Breves

68. La feria de Mora antes de 1840

Pronto llegarán los días de la feria, los más esperados en la villa por chicos y grandes. Al menos así era tiempo atrás, en la infancia de quien esto escribe; o antes aún, cuando los periódicos que se ocupaban de las cosas de Mora daban razón de la feria de ganados, de la corrida de toros, de las funciones de teatro, de la animación del ferial, de la vigilancia de la Guardia Civil «sobre la polilla y la plaga de golfos y gente maleante que ha llovido en las calles, posadas, albergues nocturnos y aduares de la villa» (como escribía con gracia el corresponsal de El Castellano a propósito de la de 1907), de las novedades e inauguraciones que quedaban fijadas necesariamente para aquellos días, algunas tan sonadas, por cierto, como las de la Plaza de Toros (1876), del Casino de Mora (1916) o del Teatro Principal (1926)…

Conservamos abundante noticia de las ferias de estos y otros años, a lo largo de los últimos del siglo XIX y buena parte de los del XX. Pero bien poca de las anteriores. Sí sabemos, como ya leímos aquí mismo en su momento (Breves, 40), que la feria de Mora quedó establecida por concesión real (Gaceta de Madrid, 1.853, 6-XII-1839, p. 4) en los días 14, 15 y 16 de septiembre. Y que desde 1840 hasta hoy ha venido celebrándose en ese 14 de septiembre (festividad de la Exaltación de la Santa Cruz) y días posteriores (que fueron alargándose en número), con alguna excepción como la de 1914, en que el traslado al 27 de agosto y días siguientes se saldó con un fracaso que llevó a los mandatarios de la villa acogerse de nuevo en 1915 a las fechas señaladas.

¿Y antes, qué ocurría? Según los hermanos Fernández Pombo (Fiestas y tradiciones de Mora, Madrid, Marsiega, 1979, p. 5), en el lejano 1745 «las ferias se celebraron a primeros de agosto, y el día 6 era la fiesta principal». Digamos que el 6 de agosto era la conmemoración de la Transfiguración del Señor, como puede verse en el Kalendario Manual y Guía de Forasteros en Madrid de ese año, y tal vez la advocación que solemnizaba el acontecimiento en la villa.

Los datos que hallamos ahora, y que fundamentan nuestra nota, hacen pensar que esa fecha se mantuvo al menos hasta los primeros años del siglo XVIII. En efecto, en el anuario titulado Almanak Mercantil o Guía de Comerciantes (1795-1807), y en la relación de «Meses y días en que se celebran las principales ferias de España», figura la de Mora (junto con la de Orihuela) el 6 de agosto, tal y como consta en los ejemplares correspondientes a 1797 (p. 500), 1798 (p. 456), 1799 (p. 489), 1800 (p. 488), 1801 (p. 374), 1802 (p. 383), 1803 (p. 419), 1804 (p. 440), 1805 (p. 444), 1806 (p. 472) y 1807 (p. 479). Y digamos de paso que la lista aludida incluye la mención de algunas otras ferias de pueblos toledanos, que citaremos siguiendo el orden cronológico: Puente del Arzobispo (22 de marzo), Quintanar de la Orden (15 de agosto), Ocaña (8 de septiembre), Madridejos (14 de septiembre), Casarrubios (14 de septiembre), Puebla de Montalbán (20 de septiembre) y Consuegra (21 de septiembre). Son datos todos ellos del anuario de 1797.

Por fortuna, contamos asimismo con otro documento coetáneo que viene a corroborar la fecha indicada y que procede del Correo Mercantil de España y sus Indias, un periódico de frecuencia bisemanal que salía todos los lunes y jueves entre 1792 y 1808. Pues bien, en el número del 25 de julio de 1799 (p. 472) —y con alguna variante en los del 28 de julio de 1800 (p. 480) y del 3 de agosto de 1807 (p. 488)— aparece este apunte que cierra el ejemplar del día: «Ferias.—El día 1º de agosto se celebra en Estella; el 6 en Orihuela y Mora; el 7 en Carcagente; y el 10 en El Escorial, Huesca, Laredo, Castellón, Agramunt, Espluga de Francolín y Moyá».

De lo que se desprende con toda probabilidad que al menos desde 1745, y al menos hasta 1807, la feria de Mora se celebró año tras año el día 6 de agosto.

Dando un paso más, cabe preguntarse cuáles serían los géneros principales con los que se comerciaría entonces en la feria de la villa. Y cabe suponer, por lo que alcanzamos a conocer de las actividades económicas de ese tiempo, que entre ellos estarían el ganado, el esparto, el jabón, y, desde luego, la cerrajería y cuchillería, que constituía una potente industria local desde mediados del XVII, si no antes (algo que estudió Hilario Rodríguez de Gracia en su excelente «Relaciones comerciales en el siglo XVII: hierro guipuzcoano, cerrajería de Mora (Toledo) y seda toledana», Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, LVIII, 2002, pp. 335-376).

Y así se colige de los periódicos ya citados. El mismo anuario de 1797 del Almanak Mercantil del que recogíamos la propia referencia de la feria moracha (y también el de 1795) informa de que «Cada arroba de cerrajería de Mora, Orche y Sigüenza» paga ocho reales en la Aduana (p. 116). Por su parte, el Correo Mercantil de España y sus Indias (núm. 59, 24-VII-1800, p. 471), al dar cuenta de los géneros y efectos conducidos a la Feria de San Pedro en Ávila (el 29 de junio de 1800 y los ocho días siguientes), anota: «Latonería, calderería, cerragería y clavazón.— De Valladolid, Peñaranda, Mora y Orcajada». Asimismo, en la de Almagro de 1800, del 15 de agosto al 4 de septiembre (Correo Mercantil de España y sus Indias, núm. 75, 18-IX-1800, p. 601; y núm. 81, 9-X-1800, p. 646), se ofrecen efectos de «zerragería» traídos «de Mora» por un montante de «12.000 reales».

Era lo que venderían y comprarían no pocos de los mercaderes que acudieran a la feria de Mora todos los días 6 de agosto más de doscientos años atrás, mucho antes de que la reina María Cristina de Borbón decretase una nueva fecha de la celebración: la del 14 de septiembre que aún nos convoca.

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67. Iturraspe juega en el Mora F.C. (verano de 1932)

Quizá sea el de Iturraspe un nombre que nada diga a nuestros amigos y amigas de Memoria de Mora, pero no está de más conocer que se trata de uno de los grandes jugadores de la historia del Valencia C.F., formando en el equipo, como medio centro, de una de sus etapas de mayor éxito, con la consecución del campeonato de Liga en 1942 y 1944, el de Copa en 1941, y el subcampeonato de Copa en 1934, 1944, 1945 y 1946.

De Carlos Iturraspe Cuevas (San Sebastián, 1910 – Valencia, 1981) sabemos que llegó a la capital de España en 1928 o 1929 para estudiar Medicina, y que aquí compaginó sus estudios con la práctica del fútbol en C.D. Nacional, un equipo amateur de la ciudad, entonces en Tercera División. Y en él destacó, hasta el punto de que Luis Colina le fichará para el Valencia C.F. en 1933, ya como profesional —el Valencia, fundado en 1919, había subido a Primera en 1931—, y en el club levantino permanecerá nada menos que 13 temporadas, hasta 1946, año en que pasará al Levante U.D., donde acabará su carrera en 1948. En el Valencia C.F. se convertirá en uno de los componentes de un cuadro histórico, del que quisiéramos aquí dejar constancia (1944): Eizaguirre; Álvaro, Juan Ramón; Bertolí, Iturraspe, Lelé; Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Quienes lo vieron jugar alabaron su técnica depurada, su inteligencia, colocación y buen golpeo del balón.

Tras su retirada, siguió dedicado al mundo del balompié, entrenando al Mestalla (1948-1953, 1959-1961 y 1963-1965), Atlético de Tetuán (1953), Deportivo de La Coruña (1953-1954 y 1957-1958), Valencia (1954-1956), Betis (1956-1957), Málaga (1958-1959), Hércules (1961-1963) y Cartagena (1967), en una trayectoria en la que la prensa deportiva puso de relieve su labor al frente del Mestalla, filial valencianista, con el que logró el hito histórico de su ascenso a Primera División en 1952. También es muy recordada su faceta de descubridor de talentos, de entre los que sobresalen dos de los mayores futbolistas de la historia del club valencianista, como son Antonio Puchades (1925-2013) y Juan Cruz Sol (1947).

Pues bien, antes de todo esto, en agosto de 1932, Iturraspe jugó en Mora, y con el Mora F.C., al menos dos partidos, de los que da cuenta El Castellano en sus números del 25 de agosto y el 1 de septiembre de ese año. En ambos formó en la tripleta central junto a Millas y Juan, y en ambos destacó especialmente. El primero acabó con la victoria del Mora F.C. por 1 a 0 frente al C.D. Republicano, de Madrid, y en la crónica del encuentro escribe Paco Gómez Corrales: «Los aplausos de la tarde fueron para el portero rojo, que estuvo enorme defendiendo el marco hasta con los dientes, y para el medio centro merengue, Iturraspe, que fue el mejor de los 22, y que hizo un partido de despedida fantástico. Al terminar, los aficionados le sacaron en hombros entre clamorosos aplausos merecidísimos».

De las palabras de Paco parece desprenderse que no fue el citado el primer partido de Iturraspe en Mora, pero esto es algo que lamentablemente no alcanzamos a documentar. Sí tenemos constancia del segundo de los reseñados, celebrado el 28 de agosto, en el que el Mora F.C. vencerá por 3 a 2 al C.D. Manchego, de Ciudad Real. Aquí Iturraspe marcaría el primer gol de los morachos, que era el del empate a 1, y sería encumbrado también por el cronista: «Los medios, inmejorables, en particular Iturraspe y Millas», escribe Paco.

En todo caso, los partidos jugados en nuestra villa por quien después figuraría entre los grandes jugadores españoles del momento no dejan de marcar un hito en la historia del fútbol moracho. Nosotros creímos en un primer momento, al ver citado en El Castellano a nuestro jugador y conociendo de oídas a Iturraspe, que se trataba de un apodo asignado a un futbolista de la localidad —como ocurrió en el caso de Kiriki, al que hallamos en una selección de Mora en mayo de 1934, que tomó el nombre del jugador guipuzcoano así conocido—, pero no parece haber dudas de que se trató del auténtico Iturraspe, como se colige también de algún vago testimonio oral que hemos podido allegar, incluso en el sentido de que fue Iturraspe quien recomendaría después a Pepe Fernández, Joyita I, para fichar por el Valencia; otro dato, dicho sea de paso, necesitado de mayor concreción y que dejamos aquí solo apuntado.

Sea o no así, lo cierto es que Iturraspe pasó en Mora unos días, o unas semanas, en verano de 1932. El motivo de su estancia no lo conocemos, pero bien pudiera ser que viniera invitado por Francisco Hormaechea de la Sota, padre del fútbol moracho, curioso personaje, muy bien relacionado en la capital, donde había nacido en 1896. En todo caso, ahora sabemos que Carlos Iturraspe Cuevas protagonizó un episodio singular, y relevante, en la historia local del deporte del balón.

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66. «Te vas a pasar, como el tío Carpito»

Difícilmente se hallará entre las cosas humanas una creación más asombrosa que la de la lengua. Y en ella, pocos elementos de mayor interés histórico y social que el de los dichos populares, esto es, las expresiones de forma fija, sentido figurado y uso común nacidas de sucesos, casos o anécdotas que la tradición ha ido estableciendo por transmisión oral de generación en generación.

Pues bien, en nuestra villa, como no podía ser de otra manera, se emplean a centenares estos dichos propios del acervo común: Irse por los cerros de Úbeda, Ni chicha ni limoná, Juan y Manuela, Más largo que un día sin pan…, entre otros parecidos pertenecientes a una fórmula habitual como insulto: Más tonto que Abundio, Más perdido que Carracuca, Más feo que Picio… Algunos hay también de rigurosa estirpe toledana: Como el perro de Olías, Cuéntaselo al santero del Valle, Pasar una noche toledana, Para campana grande, la de Toledo…; sin olvidar, claro está, los varios que presentan, como divisa inequívoca, el toledanísimo bolo: Tontolbolo (por Tonto del bolo), Más bolo que Anchuras, Ándate con el bolo colgando, Le zumba el bolo, Tócate el bolo, Manolo… Y, por supuesto, aunque no siempre resulten fáciles de determinar como tales, otros más que corresponden al universo estrictamente moracho, de los que recordaremos ahora, a título de ejemplo, casos como los de Fuma más que los Pombos; ¡Éntrate, Peñita, que l’has cagao!; Más loca que la tía Almansita, o Más raro que el tío Maloscardos.

Tenemos la firme intención de volver algún día sobre este capítulo de la cultura popular moracha y examinarlo con detenimiento. Pero hoy queremos limitarnos a tratar acerca del origen de uno de estos dichos, concretamente Te vas a pasar, como el tío Carpito, que se emplea, como sabrán nuestros amigos de Memoria de Mora, para instar a alguien a que cese en el estudio o la lectura en que se halla enfrascado por temor a que se pase, esto es, a que acabe trastocado o trastornado.

¿Se tratará verdaderamente de un dicho propio de Mora? Así es. Y la prueba indudable nos la proporciona el hecho de que no solo no hallamos la expresión en otros lugares, ni siquiera cercanos, sino que rastreando los periódicos del siglo pasado damos con un apunte concluyente: el que nos brinda en agosto de 1929 nuestro paisano Romualdo Lillo, entonces un anciano de 92 años, en una de las entrevistas de la serie «Lo que nos cuentan los viejecitos de Mora», de Francisco Gómez Corrales, Paco, publicada en la Página de Mora (El Castellano, XXV, 6.360, 6-VIII-1929, p. 2). A la pregunta del periodista acerca de si sabe leer, contesta Romualdo:

—No, señor, no llegué a aprender, pero me gusta mucho que me lean mis hijos la prensa. Fui a la escuela muy poco tiempo, con uno que le llamaban tío Carpito, que luego murió loco. La escuela la tenía donde hoy dicen que está un teatro nuevo. Creo que es tan elegante como los de Madrid.

Al margen de la alusión al Teatro Principal, de reciente construcción entonces, conviene retener los datos que nos ofrece el texto: el tío Carpito era un moracho que tuvo escuela abierta a mediados del siglo XIX en la calle Ancha, y que murió loco, o sea, que se pasó, tal y como diríamos después sus paisanos. Se pasó en un sentido que hoy no conserva nuestro idioma, pero que tuvo vigencia en siglos precedentes, como lo atestigua inequívocamente una de las acepciones de passar que trae el tomo quinto del Diccionario de Autoridades, de 1737, y que copiamos tal cual:

Significa assimismo llegar más allá del término que estaba señalado, ò paráge adonde se iba, ò exceder los límites que se tienen puestos, ù determinados. Y metaphoricamente propassarse, ó exceder los límites de la razón.

He aquí, pues, lo que le sucedió al tío Carpito: que, de tanto leer o estudiar, se pasó, excedió los límites de la razón, perdió el juicio. Y he aquí a la vez el porqué de los avisos de nuestras abuelas cuando nos veían embebidos en la lectura o el estudio: «Niño, que te vas a pasar, como el tío Carpito».

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65. Mora bajo José I: tres noticias de la Gaceta de Madrid (1809-1812)

Ya en dos ocasiones anteriores ha aparecido directamente en nuestros Breves de Memoria de Mora (números 19 y 45) el rey José I, o José Bonaparte, a propósito de sendas visitas suyas a nuestra villa realizadas el 24 de junio de 1809 y el 9 de enero de 1810. No hará falta recordar que el mayor de los hermanos Bonaparte, o Buonaparte, fue el rey de España impuesto por Napoleón en los años de la Guerra de la Independencia, y ejerció la primera magistratura de la nación del 6 de junio de 1808 al 11 de diciembre de 1813.

Hoy José I asoma implícitamente a nuestras páginas a través de tres noticias de su tiempo que llegan desde Mora a la Gaceta de Madrid, el periódico oficial, en informaciones puntuales, pero de indudable interés, de agosto de 1809, marzo de 1811 y mayo de 1812. Dan cuenta de dos victorias del ejército francés y de una obra benéfica en nuestra villa. Dice la primera (que, como las siguientes, transcribimos literalmente):

España.—Mora 11 de agosto.—Hemos visto con admiración que el exército de Venegas, que nunca quiso hacer frente á los franceses en la Mancha, haya venido ahora á presentarles la batalla cerca de Almonacid. El resultado ha sido decisivo á favor de estos: la derrota y dispersion de los enemigos ha sido completa: se le sigue el alcance sin cesar: y segun lo conseguido hasta ahora; no podrá llegar á la Sierra-Morena con el tercio de su gente ni de su artillería. Aun no se conoce exâctamente su pérdida; pero es inmensa, y puede asegurarse que este exército ha sido enteramente destruido, y con él las locas esperanzas de los insurgentes (Gaceta de Madrid, núm. 227, 14-VIII-1809, p. 1.015).

A destacar en nuestro texto que sea Mora, y en el mismo día del suceso (11 de agosto de 1909), el lugar desde el que se haga saber oficialmente al país la noticia de la victoria del ejército francés sobre los «insurgentes» —esto es, las tropas españolas, mandadas por el general Francisco Javier Venegas de Saavedra— en la que sería conocida como batalla de Almonacid. Y es que fue precisamente en Mora donde cesó, a pesar de lo que acabamos de leer en sentido contrario, la persecución a la que las milicias imperiales sometieron a las nacionales en su huida.

La segunda noticia reproduce con viveza, mediante el parte del suboficial que mandaba la tropa, la escaramuza que, partiendo de Mora, protagonizan en el camino de Madridejos soldados del 18º Regimiento de Dragones, tal vez acantonado entonces en nuestra villa, y del 4º Regimiento de Infantería de Baden —del que constan acciones en diversos puntos de la provincia toledana— contra varias partidas de guerrilleros:

España.—Madrid 9 de marzo.—Parte dado por Mr. Neucheze, subteniente del regimiento 18.o de dragones, al señor comandante de Mora.

Señor comandante:

«En cumplimiento de vuestras órdenes salí esta mañana de Mora con 32 caballos de mi regimiento, y con 80 hombres del de Baden, para salir al encuentro de los prisioneros en el camino de Madridejos.

»Habiendo llegado á la mitad del camino ví desde una altura, donde me habia situado, que la escolta del convoi que yo esperaba estaba batiéndose con dos partidas numerosas, que intentaban oponerse á su paso.

»En el instante me arrojé con mis 32 dragones sobre el enemigo, encargando á mi infanteria que siguiese mi marcha con la mayor rapidez posible. A pocos momentos se encontró el enemigo entre la escolta del convoi y mis tropas: el terror sobrecogió á los bandidos, los quales se retiraron en desórden y con toda la ligereza de sus caballos.

»Treinta y cinco dragones del regimiento 13.o, que se juntaron conmigo, han tenido el honor de perseguir con mis tropas á estos bandidos por espacio de dos leguas. Hemos muerto mas de 50 de ellos, y les hemos cogido 35 caballos.

»Las quadrillas que hemos dispersado estaban mandadas por Francisquete, Camilo y Moraleja. Su fuerza era de 400 hombres.

»Suplico á V. señor comandante, tenga á bien citar en el parte que diere sobre esta accion á los mariscales de logis Boisseau y Dizi, y al trompeta Delmas, los quales se han distinguido por su valor extraordinario.

»Mora 3 de marzo de 1811.=Firmado=Neucheze» (Gaceta de Madrid, núm. 69, 10-III-1811, p. 275).

De esta nueva victoria de los imperiales quisiéramos recalcar la presencia de quienes comandan a los vencidos o dispersados, que son tres señalados guerrilleros —«bandidos» para los franceses— de nuestras tierras: Camilo Gómez, Casimiro Moraleja, y sobre todo Francisco Sánchez Fernández (1762-1811), más conocido como Francisquete o como Tío Camuñas y natural de la localidad de su apodo, que por cierto celebra desde hace unos años una fiesta popular que rememora la rebelión de su paisano. Este moriría fusilado por los franceses en Belmonte poco después, el 13 de noviembre de este mismo año 1811.

La tercera y última, como se verá, resulta muy diferente en el contenido, aunque no tanto en la intención, que no deja de ser otra loa de los logros del régimen francés.

España.—Mora en la Mancha 1.o de mayo.—Durante los meses de marzo y abril ultimos se han repartido en esta villa 400 raciones diarias de una sopa abundante y substanciosa á otros tantos pobres, ademas de quatro onzas de pan á cada uno, con otros socorros de toda especie á los enfermos, segun el parecer de dos facultativos; proporcionando al mismo tiempo un jornal diario a mas de 40 hombres y muchachos empleados en varias obras emprendidas en los alrededores de la villa para su adorno y salubridad y conforme á las intenciones del REI.

Este benéfico establecimiento se debe á la caridad de los vecinos pudientes de Mora, y á la generosidad del señor coronel, oficiales y tropa del valiente regimiento 22.o de dragones, acantonado en esta villa, el qual no solamente ha cedido voluntariamente una parte de sus raciones en beneficio de los pobres, sino que contribuye ademas diariamente con otros sacrificios para mantener dicho establecimiento (Gaceta de Madrid, núm. 131, 10-V-1812, p. 530).

La noticia plantea el empeño social de los nuevos gobernantes, en forma de remedio de los pobres, atención a los enfermos, ocupación para los trabajadores y mejora en el «adorno y salubridad» de la villa. Nos parece destacable «la caridad de los vecinos pudientes de Mora», así como el crecido número de pobres que cuenta la localidad, en un texto que no olvida las bondades de las fuerzas de ocupación, en este caso el 22º Regimiento de Dragones acantonado en la villa, que contribuye decisivamente a dicha empresa benéfica.

Son pinceladas de la historia de Mora dos siglos atrás, en los tiempos en que José Bonaparte regía los destinos de España.

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64. Buscando al destinatario o la difícil misión del cartero (1896)

Más de uno de nuestros amigos de Memoria de Mora seguramente conocerá Un mensaje a García, un relato de 1899 que acabaría dando la vuelta al mundo vertido a infinidad de idiomas, incluido el castellano, por su valor como ejemplo personal del cumplimiento del deber, de la disponibilidad absoluta, de la determinación sin reservas. En él se narra la peripecia de un militar que, de parte del presidente estadounidense William McKinley, consigue entregar una carta a Calixto García, jefe de los rebeldes cubanos en la guerra contra España (1895-1898), sin más datos que los de destino y destinatario: García, en Cuba.

Pues bien, el asunto es que tres años antes, cuando corría el mes de julio de 1896, el azar vino a hacer de un paisano nuestro una especie de García anticipado, como se desprende de las señas que figuran en el sobre de una carta que La Época transcribe literalmente. Y que dice así:

En la Administración de Correos de Salamanca se depositó días pasados una carta, cuya dirección, copiada al pie de la letra, decía lo siguiente:

«2.a carta / Sr. D. Carlos Sanchez Cogolludo y Alvarez / sobrino de D. Emilio Benítez y Alejandre / estudiante en las unibersidades de Madrid y Salamanca y ultimamente tratante en queso / en Mora de Toledo. / Se suplica la inmediata debolución de esta carta en caso de no encontrarse á el consignatario» (La Época, XLVIII, 16.579, 29-VII-1896, p. 3).

No podrá argüirse que la cosa no tenga su gracia, como vieron de inmediato otros periódicos de la capital que reprodujeron la noticia en días posteriores. Es el caso de La Correspondencia de España (XLVII, 14.056, 31-VII-1896, p. 4) o de El País (X, 3.391, 1-VIII-1896, p. 3), que la copian tal cual, y también de La Justicia (IX, 3.014, 31-VII-1896, p. 1) y de Militares y Paisanos (I, 32, 2-VIII-1896, p. 7), que la rematan con sendas apostillas, el primero en un pareado («Estudie usted para eso. / ¡Para llegar á ser tratante en queso!»), y el segundo en estricta prosa («Al autor del sobre debía sobrarle el tiempo para escribir un sobre con tantas sobras. / Sería ciclista»). Por nuestra parte, nos limitaremos a poner de relieve que se trata de una «2.a carta», esto es, de una segunda tentativa epistolar de hallar al personaje, tras una primera fallida a saber con qué señas al frente.

En cuanto al destinatario de la misiva, diremos que no nos es del todo desconocido. Nacido probablemente en la década de los setenta, Carlos Sánchez-Cogolludo Álvarez —o Carlos Cogolludo en alguna otra referencia que consta sobre su persona— era un joven de buena familia, como se decía entonces, la de los Álvarez Coronel: hijo de Dolores y sobrino de Bernabé y Plácido. Obtuvo el grado de bachiller en el madrileño Instituto San Isidro (1889) antes de emprender los estudios de Derecho (1888-1895), que no sabemos si concluyó, en la Universidad Central de Madrid (y, de ser exacto lo escrito en La Época, también en la de Salamanca). Parece que desempeñó luego el cargo de secretario de la Diputación Provincial de Toledo, que tal vez ganase con la ayuda o mediación de su suegro, el diputado conservador moracho don Pablo Jiménez Cano, que en febrero de ese año había accedido a la presidencia de la institución.

Pero he aquí que el caso del joven moracho no solo tiene antecedente, sino calco o réplica: hace unos pocos meses, en junio de 2017, y alertados por un post del Facebook de Correos (https://www.facebook.com/correos.es/posts/1768278896530717), recogían varios periódicos la existencia de una carta dirigida a «el hombre inglés que lleva camisas de colores brillantes y toca la guitarra» (http://verne.elpais.com/verne/2017/06/29/articulo/1498739271_777433.html). Nada más, y nada menos. Bien es verdad que en esta ocasión las señas se completaban con el nombre del pueblo y la provincia, Cortes de Baza (Granada), y el código postal correspondiente (18814). Datos bastantes, por cierto, para que el cartero corteño diera con el extravagante destinatario.

Nunca sabremos si tuvo igual suerte el repartidor salmantino con nuestro paisano Carlos Cogolludo.

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63. Tres morachos, entre decenas de toledanos, en los campos de concentración nazis (1940-1945)

Tengo por seguro que a más de uno de nuestros amigos de Memoria de Mora, como a quien esto escribe, la sola mención de los campos nazis le producirá una sacudida de horror. Y no es para menos cuando el espejo en que nos contemplamos los humanos nos devuelve una imagen tan aterradora de la especie; bien alejada, por cierto, de la que cantó el poeta: «No, no hay cárcel para el hombre. / No podrán atarme, no. / Este mundo de cadenas / me es pequeño y exterior. / ¿Quién encierra una sonrisa? / ¿Quién amuralla una voz?».

Muy otra era la creencia de Hitler y sus adeptos, para quienes los campos de concentración vendrían a constituir un recurso dispuesto ya desde 1933 con el fin de recluir en ellos a adversarios políticos y a personas acusadas de comportamientos «asociales»: comunistas, socialistas, gitanos, homosexuales…, y, a partir de 1938, judíos, sobre todo judíos, que fueron perseguidos enconadamente y acabaron por ser eliminados a mansalva, cuando, impulsado en 1939 al compás de la guerra, el desdichado sistema de los campos de concentración diera paso a la creación de los terribles campos de exterminio.

Un libro excelente ha estudiado cómo afectó este hecho a nuestros compatriotas de la época: se trata de la obra de Benito Bermejo y Sandra Checa titulada Libro memorial. Españoles deportados a los campos nazis (1940-1945), y publicada en Madrid por el Ministerio de Cultura en 2006. El lector interesado hallará el volumen en bastantes bibliotecas de nuestra Comunidad, así como en numerosas otras públicas y universitarias de toda España. Más aún, premio para curiosos: los datos ofrecidos en esta obra han sido incorporados al Portal de Archivos Españoles (PARES), a través  de un buscador (http://pares.mcu.es/Deportados/servlets/ServletController?ini=0&accion=0&opcion=20), que mediante el presente enlace queremos poner a disposición de nuestros amigos de Memoria de Mora.

Pues bien, sin perjuicio de que cada cual opere en él las indagaciones que considere oportunas —a partir de nombres de personas o de lugares de nacimiento—, nosotros nos hemos aplicado a rastrear las referencias a morachos y a otros paisanos toledanos de pueblos próximos y de la capital, examinando los casos de nuestra villa y de los municipios que la rodean (aunque no en todos obtenemos resultados); concretamente, y siguiendo más o menos el sentido de las agujas del reloj (entre paréntesis el número de deportados en cada localidad): Mora (3), Mascaraque (1), Villaminaya (0), Almonacid (9), Nambroca (0), Toledo (21), Villasequilla (1), Villamuelas (0), Huerta de Valdecarábanos (2), Villanueva de Bogas (1), Tembleque (9), Villacañas (5), Turleque (1), Madridejos (7), Consuegra (4), Urda (4), Marjaliza (1), Los Yébenes (2), Manzaneque (0), Orgaz (0), Sonseca (4), Mazarambroz (1) y Ajofrín (1). De los que, dado lo limitado de esta nota, nos circunscribiremos a algunas referencias de conjunto.

El número. A destacar, de un total de 77 consignados, los 21 de Toledo, los 9 de Almonacid, los 9 de Tembleque y los 7 de Madridejos.

El lugar de destino. Constituyen inmensa mayoría los deportados a Mauthausen (66). El resto de los registrados, a Dachau (4), Buchenwald (3), Neuengamme (2) y Aurigny (1). De uno de ellos no consta el campo, pero por la fecha de liberación (5 de mayo de 1945) debe de pertenecer también a Mauthausen.

El lugar de procedencia. De los campos o prisiones de Fallingbostel (20), Estrasburgo (17), Tréveris (12), Moosburg (4), Compiègne (4), Krems-Gneixendorf (3), Burdeos (3), Sandbostel (2), Toulouse (2), Angulema (1), Brunswick (1), Kaisersteinbruch (1), Dortmund (1) y Königsberg (1). En  cinco casos, no consta.

Los grupos. En ocasiones, los deportados formaron grupos compactos, lo que añade al caso tanto dramatismo externo como solidaridad interna. Todos los de Almonacid —nueve, como dijimos— proceden de Fallingbostel (Stalag o campo XI-B, según la designación oficial alemana) y son internados en el mismo campo de concentración, el de Mauthausen, y en la misma fecha, el 8 de septiembre de 1940. A nueve ascienden también los de Tembleque, todos procedentes de Estrasburgo (Stalag V-D), confinados en Mauthausen el 13 de diciembre de 1940. En este mismo día y procedentes de este mismo lugar, Estrasburgo, llegarán a Mauthausen los dos deportados de Huerta de Valdecarábanos.

Las fechas. La mayor parte de los confinados en Mauthausen se concentra en los meses últimos de 1940 y primeros de 1941, como en cierto modo ya hemos ido viendo en los casos particulares presentados. El 8 de septiembre de 1940 llegan los nueve de Almonacid, además de Fermín Perulero Cabezas, de Consuegra (todos procedentes de Fallingbostel, Stalag XI-B). El 13 de diciembre de ese mismo año ingresan, desde Estrasburgo (Stalag V-D), los citados nueve de Tembleque y los dos de Huerta, además de José Clarc Aramburu, de Consuegra; José María Rodríguez Cano, de Madridejos; Justo Guerrero Manchero y Pedro Montero Malagón, de Urda, y Braulio López de la Torre Duque y Eugenio Montoro Bueno, de Toledo. Ya en enero del 41, el día 25, acceden desde Tréveris (Trier, en alemán; Stalag XII-D) Juan Seguido Martín, de Villanueva de Bogas; Gregorio Dorado García, de Sonseca; Esteban Arenas Fernández, de Mazarambroz; Mariano García Rodríguez y Bernardo Zapero Mellado, de Madridejos; Luciano Rubio del Valle, de Toledo, y Justo García Badela, de Mora. Y dos días después son trasladados, otra vez desde Fallingbostel, Manuel Seguín Lagos, de Los Yébenes; Santiago Rey Nieto, de Urda; Francisco Herrera Sánchez y Segundo Pacheco Torres, de Villacañas; Pedro Castelló Hernández, José Rodríguez Tocinos, Francisco Ruiz Benito, Emiliano Soteca López y Julián Villamor Rodríguez, de Toledo, y Pedro Gálvez Fernández, de Mora. Ya en abril de 1941, el día 3, y de nuevo desde Tréveris, llegarán a Mauthausen Genaro García Aranda, de Turleque; Eusebio Rodríguez Rodríguez, de Madridejos, y Raimundo Herrero Toledo, Hilario Mesa Ballesteros y Francisco Ramírez Jiménez, de Toledo.

Fallecidos y liberados. En cuanto a su destino posterior, 45 de ellos murieron en el campo de concentración, 29 fueron liberados en 1945, y de tres de ellos no consta su suerte última.

La edad. Muy jóvenes casi todos: se cuentan con los dedos de una mano los que alcanzan o superan la cuarentena. Entre los más jóvenes, José García Martín, de Almonacid, fallecido unos días antes de cumplir los 22 años, edad con la que contaba el también malogrado Justo García Badela, de Mora; Francisco Herrera Sánchez, de Villacañas, muerto a los 23; Aurelio Fernández Esteban, también de Almonacid, fallecido a los 24; Juan Seguido Martín, de Villanueva de Bogas, liberado a los 24 años; Miguel Carrero García y José Díaz Fernández, ambos de Tembleque, muertos a los 25… Por otro lado, como indicábamos, los mayores se reducen a Gregorio Torija García, de Ajofrín, fallecido a los 59 años (procedente por cierto de Angulema en el llamado Convoy de los 927, a causa del número de personas que lo compusieron, una columna de republicanos españoles que constituyó el primer envío de deportados de Europa occidental a los campos nazis), y los tres toledanos internados en Dachau: Eleno Díaz Tendero, fallecido a los 62 años; José García Miranda, que cuenta 47 años al ser confinado en el citado campo; y Augusto Ramos Fernández, a punto de cumplir los 44 cuando es liberado de este mismo lugar.

De entre todos ellos, daremos finalmente cuenta precisa de los tres jóvenes morachos de que hay noticia:

Pedro Gálvez Fernández. Nacido el 28 de abril de 1919, fue deportado al campo de concentración de Mauthausen el 27 de enero de 1941 procedente del de Fallingbostel (Stalag XI-B). Fue liberado el 5 de mayo de 1945. Contaba, pues, 21 años en la fecha de su deportación y 26 en la de su liberación.

Justo García Badela. Nacido el 15 de septiembre de 1919, fue internado también en Mauthausen dos días antes que Gálvez, el 25 de enero de 1941, procedente del campo de Tréveris (Trier, en alemán; Stalag XII-D). Falleció el 15 de enero de 1942, a los 22 años de edad.

Pablo Gómez Saavedra. Nacido el 7 de septiembre de 1916, fue confinado en el campo de concentración de Dachau el 20 de junio de 1944, a los 27 años, procedente del campo francés de Compiègne. Resultó liberado en fecha que no consta.

Nuestro recuerdo emocionado para todos ellos.

Adenda de noviembre de 2018. Juan Pedro Rodríguez Hernández, que en la actualidad investiga sobre los españoles en Dachau-Allach, nos comunica algunos datos más sobre Pablo Salvador Gómez Saavedra (incluido su nombre completo). Era granjero o campesino, y estaba soltero, cuando fue capturado en Francia, en la zona de Isère. Reconocido como resistente, fue miembro de las Fuerzas Francesas Interiores, lo que le daría una pensión militar, además de una compensación o indemnización por parte de Alemania. Dentro de Dachau estuvo confinado sucesivamente en los subcampos de Allach y Rosenheim, de donde fue liberado el 30 de abril de 1945. Aparece citado en el libro Memorias de un republicano, de Luis de Azcárate (Madrid, Taurus, 2008).

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62. Pepe-Hillo en Mora o la corrida de la feria del año siete

Hubo un tiempo, largo, en que la demanda social llevó a la corrida de toros a erigirse en festejo imprescindible de las ferias de los pueblos españoles. Como la de Mora. Como la de 1907, que el diario madrileño El Correo Español anunciaba así unos días antes:

Ferias y fiestas.—En Mora de Toledo.—En los días 14 al 17 del corriente se celebrará en esta villa la tradicional feria, en la que habrá diferentes festejos, como dianas, fuegos artificiales, cucañas, globos aerostáticos y figuras grotescas; conciertos e iluminaciones en el ferial; funciones religiosas y repartos de socorros a los pobres por el Ayuntamiento; funciones de teatro y corrida de toros, tomando la alternativa Segurita de manos de Pepe-Hillo (El Correo Español, XX, 5.629, 12-IX-1907, p. 2).

No reiteraremos lo ya escrito en otra ocasión acerca de esta corrida —Toros en Mora (1876-1935), pp. 9-10—, pero sí la recuperaremos para detenernos en algunas curiosidades acerca del hecho mismo y de sus protagonistas.

La propia corrida en primer término, que sufriría una importante alteración, tal y como leemos en El Toreo a la vuelta de tres fechas:

Mora de Toledo, 16 (6:35 tarde).—Se lidiaron toros de D. Félix Gómez, que fueron muy bravos, y uno de Perea, que cumplió./ Pepe-Hillo, bien toreando y muy valiente hiriendo, matando dos toros de dos volapiés superiores, siendo muy aplaudido./ Alvaradito, bien toreando, y cumpliendo muy bien con el estoque./ Ambos banderillearon dos toros escuchando palmas./ Mazzantinito, que estaba de espectador, bajó al redondel a petición del público, y banderilleó un toro superiormente.—C. (El Toreo, XXXIV, 1.928, 19-IX-1907, p. 4).

Como se desprende de la nota —anécdota de Mazzantinito al margen—, fue Alvaradito el que toreó, y no Segurita, quien, en consecuencia, no tomó la anunciada alternativa. El dato queda corroborado precisamente en la reseña que figura a continuación en ese mismo número del semanario:

Los Navalmorales, 16 (6:10 tarde).—Los toros de Arroyo fueron buenos y mataron cinco caballos./ Segurita, bien toreando y matando./ El Carbonero, muy valiente toreando, y mató sus dos toros muy bien./ Limiñana menor, bien toreando y desgraciado hiriendo.—C. (El Toreo, XXXIV, 1.928, 19-IX-1907, p. 4).

Y sus protagonistas, decíamos, a los que podemos seguir ampliamente a través de las revistas taurinas de la época hoy digitalizadas. Como Pepe-Hillo. Que no es el célebre José Delgado Guerra (1754-1801), émulo de Pedro Romero, inmortalizado por Goya y autor de La tauromaquia o arte de torear (1796), sino alguien que tomaría su alias un siglo después. Por cierto que, pasados otros cien años, volvemos a contar con un nuevo Pepehíllo —así escrito ahora— en la persona de José Rodríguez (Tijuana, México, 1979), que tomó la alternativa en Pachuca el 16 de octubre de 2005 de manos de Zotoluco (Toreros mexicanos).

Nuestro Pepe-Hillo resultará ser un torero modesto, pero no insignificante; y protagonista de una singular trayectoria en la que acabarán pesando más las vicisitudes de su retirada que el esplendor de sus tardes de gloria, que las tuvo, en las plazas de toros. En efecto, Cayetano Leal (Madrid, 1865-1950) gozó de una larga carrera de novillero que le consagró como uno de los diestros punteros a mediados de los noventa. Había debutado en agosto de 1887 y emprendido pronto la aventura americana en los ruedos de México, Lima y otros puntos del continente. Regresa a España en 1892 para torear asiduamente en Madrid, además de en Sevilla, Bilbao, Barcelona, Murcia, Zaragoza, Valladolid, Toledo…, y hasta en Mora, donde despachará los cuatro novillos de la feria de 1893 (El Toreo, XX, 1.037, 18-IX-1893, p. 4). Tras tomar la alternativa en Madrid, en octubre de 1897 y apadrinado por el gran Luis Mazzantini, su carrera irá decayendo en todos los aspectos, con frecuentes actuaciones en plazas francesas y americanas que no son en parte sino los esfuerzos por resistir antes de desaparecer del todo de los carteles. Lo que en realidad irá sucediendo paulatinamente, hasta que en julio de 1915, ya olvidado, sea descubierto ejerciendo como peón de albañil en el Puente de Vallecas por una revista taurina (The kon leche, IV, 170, 5-VII-1915, pp. 3-4 y IV, 171, 12-VII-1915, pp. 7-8), publicación que promoverá una corrida de despedida —con Joselito el Gallo y otros espadas— que no alcanzará a remediar sus estrecheces económicas. No obstante, volverá luego a vestirse de luces, creemos que esporádicamente, pues aún le encontramos en la corrida de la feria de Mora de 1933, cuando andaba ya cerca de los 70 años (El Castellano, XXIX, 7.595, 19-IX-1933, p. 2).

Por su parte, Antonio Segura, Segurita (Madrid, 1881-1950), viene a ser otro caso de torero que triunfa como novillero y fracasa como matador. Se había iniciado en 1898, para debutar en Madrid en noviembre de 1899 y acceder enseguida a la primera fila de los matadores de novillos, convirtiéndose pronto en uno de los más cotizados. Ignoramos las razones de su frustrada alternativa en Mora en septiembre de 1907, pero lo cierto es que la tomaría en Santoña, de manos de Guerrerito, un año más tarde (La Corrida, II, 26, 21-IX-1908, p. 4), tras de lo cual su carrera no iría sino apagándose hasta ingresar como subalterno en la cuadrilla de Rodolfo Gaona. El 20 de abril de 1919, en la corrida que abría la temporada en Madrid, sufriría una cornada al banderillear que le apartaría definitivamente de los ruedos (gestauro.blogspot.com).

Finalmente —no hay dos sin tres—, Alejandro Alvarado, Alvaradito (Sevilla, 1872-1938), fue de entrada banderillero a las órdenes de Quinito y de Cara-Ancha, hasta que hizo su presentación como novillero en Sevilla en octubre de 1894 y un año después en Madrid. Tras tomar la alternativa en México en 1901, de manos de Antonio Montes, no tardaría en volver a la categoría de novillero (1902), para acabar su carrera, desde 1909, de nuevo como banderillero (ABC de Sevilla, XXXIV, 10.794, 4-I-1938, p. 21). Pero, caprichos del destino, he aquí que no hace muchos meses hemos conocido, 115 años después, la recuperación del pasodoble Alvaradito, escrito en honor del entonces novillero por el maestro Alfredo Martos y estrenado en la plaza de Linares el 3 de junio de 1900 (https://www.linares28.es/2015/08/18/recuperacion-historia-alvaradito/).

Eran otros tiempos: los del fulgor de uno de tantos espadas que han conocido las grandezas y miserias de la profesión. Como Segurita. Como Pepe-Hillo. En suma, como los toreros que se anunciaron y que actuaron en la corrida de la feria de Mora del año siete.

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61. 12 de mayo de 1867

Hace 150 años justos, tal día como hoy, el 12 de mayo de 1867, los morachos comenzaban a escribir una de las páginas más nobles y hermosas del libro de su larga historia: la de la fundación de La Protectora, una sociedad de socorros mutuos que, con los vaivenes de las cosas humanas, nos ha cobijado a lo largo de este siglo y medio, y que, a su modo, sigue cobijándonos todavía. Dichoso acontecimiento, contemplado desde unos tiempos como los nuestros en que todo es fugaz y perecedero, que no puede sino llenarnos de emoción y orgullo.

Pues bien, en aquel día, un puñado de paisanos nuestros manifestaban en su Proyecto de Fundación de la Sociedad:

En la villa de Mora, a doce de mayo de mil ochocientos sesenta y siete, Epifanio González, Eladio y Celestino Manzano, Tiburcio Fernández Cañaveral, Francisco Díaz Benito, Juan de Dios García Fogeda y Bonifacio de Mora, vecinos contribuyentes de la misma, deseosos de crear una Sociedad de socorro mutuo para favorecerse en sus enfermedades y atender a la instrucción de todas las clases de la población, en especial de la indigente, determinaron confeccionar un reglamento que bajo las bases de instrucción, moralidad y filantropía, condujera al logro de su objeto.”

Para ello se reunían en la casa de Celestino Manzano, en el número 5 de la calle de Barrionuevo, y tras un detenido debate, acordaban encargar a su convecino José María Olmos la redacción de un reglamento fundado en las bases antedichas, que no queremos dejar de citar:

“1.—Instrucción.—Contratar profesor o profesores autorizados de Matemáticas y Dibujo que enseñe estas ciencias a los artistas y obreros en especial y en general a toda persona verdaderamente pobre que guste aprenderlas.”

“2.—Moralidad.—Procurar un repertorio de los mejores tratados de Filosofía Moral que, leídos y explicados por los mismos socios u otras personas de conocida instrucción, corrijan las costumbres, enseñen el amor a la virtud, el horror al vicio y el verdadero conocimiento de los deberes del hombre.”

“3.—Filantropía.—Socorrer la necesidad de sus individuos, nacida de enfermedad natural o desgracia acaecidas sin culpa propia, y adelantar al socio artista u obrero absolutamente pobre la cantidad necesaria para herramientas y materiales precisos, a calidad [‘a condición’] de reintegro en la forma que determine la Junta Directiva que se nombrará.”

Tres días después, el reglamento estaba listo y era discutido y aprobado por “los iniciadores del pensamiento y otros vecinos que, sabedores de este propósito, se les habían unido para llevarle a cabo”. Para llevar a cabo la noble tarea concebida por un grupo de morachos a los que se irían uniendo por miles sus paisanos de generación en generación. Era el 12 de mayo de 1867.

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60. De las ferias de 1878 y 1879

Pocas vivencias infantiles más placenteras que la de la feria. Era una ilusión que los niños alimentábamos a lo largo de todo el año con los ahorros que poco a poco iban espesando nuestras huchas y nos permitían gastar en aquellos señalados días de septiembre. Para esas fechas, y a diferencia de los domingos y otros festivos, no solo teníamos los puestos del tío Indalecio, el tío Rufo o la tía Hormiga, sino que podíamos tirar al tiro —así decíamos, con inconsciente redundancia—, comprar churros o berenjenas de Almagro o almendras garrapiñadas, jugar a la tómbola, montar en los caballitos, en la ola, en las barcas voladoras, en los coches eléctricos…

De su relevancia da fe la atención que prestaba al acontecimiento, ya desde mucho antes de nuestra infancia, la prensa toledana y hasta alguna vez la madrileña. Como en el caso que nos ocupa, que recoge sendas notas de La Correspondencia de España de 1878 y 1879.

Por entonces hacía casi cuarenta años que se celebraba, pues en los días 14, 15 y 16 de septiembre de 1840 se había verificado la primera, concedida por la reina María Cristina en diciembre de 1939 (véase el número 40 de nuestros Breves), en una época —la de estos últimos setenta— de evidente prosperidad y auge de la villa e importantes realizaciones: de 1876 es la Plaza de Toros; de 1879, la estación de ferrocarril; de los primeros ochenta, el ensanche, con la creación de las rondas y otras vías urbanas…

En las ferias de estos años, la procesión, los toros y el teatro constituían los focos principales de espiritualidad, cultura y esparcimiento. De hecho, la Cofradía del Cristo, la Alcaldía y las empresas del Teatro y de la Plaza de Toros, en comandita, eran las encargadas de «formar el oportuno programa de festejos» en 1881 (como trae Inmaculada Mora Galán, «Nuestra historia», en Feria y fiestas 2011, Mora, Ayuntamiento, 2011), algo que no sería muy diferente en las fechas aludidas, tan cercanas. Y que pasamos a ver:

Edición de la noche.—De nuestro activo y celoso corresponsal de Mora recibimos la siguiente carta:

Mora, 17.—Anteayer, segundo día de feria, se celebró una procesión del Cristo de la Vera-Cruz, concurriendo un gentío inmenso, ejecutando la brillante banda, dirigida por el profesor de piano D. Mario Camiña [creemos que por Camuñas], escogidas piezas.

Por la noche hubo baile y función en el teatro, quedándose sin poder concurrir infinidad de personas por falta de local.

Ayer se verificó la segunda corrida de toros, habiendo sido el ganado bastante flojo y huido. El espada Villaverde, tan conocido en esa corte y que se encuentra aquí, se vio precisado por exigencia del público a matar el primer toro, al que despachó después de tres estocadas […] (La Correspondencia de España, XXIX, 7.576, 20-IX-1878, p. 2).

Digamos al hilo que Vicente García, Villaverde (1834-1912) era novillero desde 1859, que tomó la alternativa en Madrid en 1864, y que estuvo en activo hasta 1896, cuando contaba 61 años de edad. Muy conocido por la afición, aunque de trayectoria irregular, actuó en las dos corridas que se dieron en la feria de ese año, los días 14 y 16. Y digamos asimismo que debe entenderse que Villaverde, a petición del público, mata uno de los novillos embolados o de capea, cosa que ocurría a veces. Se trataba de astados que no estaban destinados a ser estoqueados, pero que lo eran si el público lo demandaba y la presidencia lo otorgaba; en corridas que entonces combinaban en el mismo espectáculo varios novillos o becerros para el público con otros toros «de muerte» —como veremos a continuación—para los toreros.

Un año después, y en la misma Correspondencia:

En Mora (provincia de Toledo) se celebra este año y en los días de costumbre, 14, 15, 16 y 17 del corriente mes, su concurrida feria, la que promete estar más animada que en años anteriores por hallarse dicho pueblo con estación en la línea directa de Madrid a Ciudad Real, de cuyos puntos y de los intermedios de la expresada línea llegan infinidad de forasteros y ferieros que no han acudido otros años.

Contribuye a la celebridad de la feria, primero una gran función religiosa que al Santo Cristo de la Vera-Cruz se celebra el día 15 con procesión de alabardas, músicas, etc.; también dos funciones de toros, algunos de muerte, en los días 14 y 16, y tres funciones de teatro con otros festejos.

Su ilustrísimo ayuntamiento, con el fin de obsequiar a los forasteros y de embellecer de noche el real de la feria, instalado por primera vez en la espaciosa calle Ancha, tiene preparada una sorprendente iluminación a la veneciana de 500 faroles de colores  que serán colocados caprichosamente en la citada calle en los días de feria, amenizándose con las bandas de música de la población que en aquella se situarán (La Correspondencia de España, XXX, 7.395, 14-IX-1879, p. 3).

Como vemos, se trataba de una feria con dos señaladas novedades: era la primera después de la inauguración del ferrocarril, con lo que ello suponía —por lo que parece— de incremento de «forasteros y ferieros»; y era también la primera que se celebraba, con profusión de farolillos de colores o «iluminación a la veneciana», en la calle Ancha, que desde entonces se convertiría en el lugar tradicional de la instalación del ferial (Hilario Rodríguez de Gracia, La feria de Mora hace un siglo, en www.mora.es)

Más tarde pasaría a la Glorieta, a las Glorietas, y calles adyacentes. Pero ya eso era bien entrado el siglo XX, a mucha distancia de los días en que La Correspondencia de España se hacía eco de la famosa feria de Mora.

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59. El Atlético de Madrid y el Real Madrid juegan en Mora (1926 y 1935)

En realidad, y para ser precisos, el Athletic Club de Madrid y el Madrid Foot-Ball Club, que es como se llamaban oficialmente entonces los dos ya grandes equipos madrileños, pero que responden bajo los nombres del título a las sociedades deportivas que han llegado hasta nuestros días y que son hoy conocidas en el mundo entero.

La inauguración del Campo de Deportes moracho el 14 de septiembre de 1923 (El Castellano, XIX, 5.127, 25-IX-1923, p. 2) y del Campo de la Unión Deportiva de Mora el 19 de abril de 1925 (El Castellano, XXI, 5.429, 20-IV-1925, p. 2), ambos —¿o eran el mismo?— dedicados de manera prácticamente exclusiva al fútbol, viene a indicar hasta qué extremo la afición a este deporte había prendido en la villa, tanto en lo que respecta a su práctica por la juventud masculina, como a su seguimiento por buena parte de la población. A las pruebas nos remitimos: ya en 1923 documentamos la existencia del Mora N.S., el Mora H.C., el Athletic Club Mora y el F.C. Mora. Efímera existencia por lo que parece, pues solo el Athletic Club llegaría a la temporada siguiente. Pero irán surgiendo luego, de forma sucesiva o casi, la Unión Deportiva de Mora (1924-1929), el Mora F.C. (1929-1935) y el Racing Club de Mora (1931-1933), entre otras formaciones de menor importancia en las que no cabe entrar ahora (véase sobre ello el número 25 de estos mismos Breves.

Es en este contexto en el que se produce la actuación en la villa de los dos equipos de la capital de España. Con un elemento común: el hecho de que la disputa de ambos partidos fuera gestionada, al parecer, por Francisco Hormaechea de la Sota, promotor principalísimo del fútbol en Mora y curioso personaje, moracho de adopción, sobre cuya figura habrá que volver en su momento. En todo caso, de su protagonismo no caben dudas en la visita del Athletic Club, pues así lo consigna explícitamente el periódico (El Castellano, XXII, 5.662, 28-I-1926, p. 2), pero se desprende también de las circunstancias en las que se celebra la del Madrid F.C., precisamente para solemnizar la inauguración de las fuentes públicas de la villa, obra que había promovido y costeado el propio Hormaechea (El Castellano, XXXI, 8.105, 31-V-1935, p. 1).

Sea como quiera, eran los tiempos de la Unión Deportiva de Mora cuando se verificaba el encuentro contra el Athletic Club de Madrid. Así se anunciaba en El Castellano del 11 de diciembre de 1925:

Desde Mora. Notas deportivas.—Según nos comunica la Directiva de la «Unión Deportiva» local, el próximo domingo contenderá el primer equipo de esta Sociedad con el «Athletic Club de Madrid», que por razones de amistad, y haciendo una demostración de confraternidad deportiva, nos honrará ese día con una lección de verdadero futbol [léase futból], cosa que los aficionados de Mora sabrán agradecer.

Dada la calidad del equipo visitante, y a juzgar por el entusiasmo reinante entre la afición de Mora, el Campo de Deportes será el día 13 el punto de reunión de la buena sociedad de este pueblo (El Castellano, XXI, 5.625, 11-XII-1925, p. 1).

Pero no fue así, y no nos referimos al entusiasmo reinante, sino a que el choque no se jugaría ese día 13 de diciembre, domingo, sino seis semanas más tarde, el también domingo 24 de enero de 1926, como trae la amplia crónica del diario toledano cuatro días después, y en la que no nos detendremos más que para subrayar con el cronista que «la expectación que por presenciar el referido encuentro existía en toda la región era enorme», y que el marcador final fue de 7 a 1 a favor de los madrileños; si bien, escribe el corresponsal tal vez con un punto de optimismo, estos «tuvieron que emplearse varias veces a fondo» para contener los ataques de la delantera unionista (El Castellano, XXII, 5.662, 28-I-1926, p. 2).

Digamos al hilo que el Athletic Club de Madrid había sido en 1925 semifinalista de la Copa de España —no existía aún la Liga, que se crearía en 1928— y era el vigente ganador del Campeonato Regional Centro tras batir por 3 a 1 a la Gimnástica Española en su nuevo estadio del Metropolitano (inaugurado en 1923 y que algunos alcanzamos a conocer antes de su demolición en 1966). En el equipo destacaban sobre todo Luis Olaso, que fue uno de los que se alineó en Mora, y Monchín Triana, que no sabemos si vino a nuestro pueblo.

Nueve años más tarde, los aficionados morachos festejaban la llegada a la villa del otro gran equipo madrileño, el Madrid F.C., que había sido campeón de Liga en 1932 y 1933 y subcampeón en 1934 y 1935. Nada menos. Un mes después de concluido el campeonato de este último año, leemos en La Libertad, entonces principal diario de la capital:

El Madrid F.C., a Mora y a Aranjuez.—El Madrid jugará mañana jueves dos partidos amistosos en Mora (Toledo) y Aranjuez, contra el titular y el Áncora, respectivamente. En Mora alineará el siguiente equipo: Zamora; Quesada, Mardones; Sauto, Bonet, Monsálvez; Lazcano, Peragón, Gurruchaga, López, Diz. Y en Aranjuez este otro: Rodrigo; Ciriaco, Quincoces; Pedro Regueiro, Valle, Guzmán; Eugenio, Losada, Sañudo, León, Emilín (La Libertad, XVII, 4.729, 29-V-1935, p. 8).

Ese «titular» de la villa correspondía indudablemente al Mora F.C., y en cuanto al equipo del Madrid, cabe decir que era más débil en conjunto que el que presentó en Aranjuez, pero en él destacaba algún veterano como Quesada; otros jugadores más o menos habituales, casos de Lazcano o Gurruchaga; y jóvenes con proyección, como Mardones y Sauto. Y, claro está, el gran Ricardo Zamora, cuyo tirón popular era en aquellos días literalmente indescriptible. Se trataba de un personaje extraordinariamente mediático, por decirlo con palabras de hoy.

El partido de Aranjuez acabó con la victoria del Madrid por 8 a 4 (La Libertad, XVII, 4.731, 31-V-1935, p. 8), pero nada sabemos del de Mora, excepto que se jugó efectivamente, de lo que da fe la información de El Castellano acerca de los actos públicos con motivo de la inauguración de las citadas fuentes (El Castellano, XXXI, 8.105, 31-V-1935, p. 1), así como alguna fotografía que conservamos de Ricardo Zamora en la portería del campo moracho. Pero no cabe duda de que la visita del Madrid, y especialmente la de Zamora, debió de constituir un auténtico boom en Mora y pueblos cercanos, sobre todo cuando conocemos que el famoso portero internacional había visitado nuestra villa unos años antes, sin jugar encuentro alguno, y su mera presencia había causado un alboroto memorable (El Castellano, XXVII, 6.995, 29-IX-1931, p. 4).

Concluyamos diciendo que el Atlético de Madrid regresaría a Mora para jugar en la feria de 1959, con el recuerdo infantil aún en nuestra mente de Miguel, Jones, Chuzo o Adalberto vestidos de corto. El Real Madrid, que sepamos, nunca más. Razón suficiente, creemos, para traer el acontecimiento a las páginas de Memoria de Mora.

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58. Cofradías en Mora en 1770

Nada sustancial agregaremos aquí a lo escrito y publicado por Hilario Rodríguez de Gracia en Las cofradías de Mora entre los siglos XVI y XIX, cuya consulta recomendamos al lector. Se trata simplemente de un apunte que viene a corroborar la vigencia de este tipo de asociaciones a la altura del último tercio del siglo XVIII, cuando la España ilustrada intenta poner coto a unas manifestaciones sociales y religiosas que juzga nocivas a todos los efectos.

El fundamento de esta nota no es otro que la transcripción de la lista que contiene un documento digitalizado en el PARES (Portal de Archivos Españoles), web que pretendemos explorar en el futuro en lo que concierne a nuestra villa. Nos referimos al Expediente de remisión de Alberto de Suelves, intendente de la provincia de Toledo, al conde de Aranda del estado de las congregaciones, cofradías y hermandades que hay en los pueblos de dicha jurisdicción, custodiado en el Archivo Histórico Nacional (Consejos, 7098. Exp. 26), y que viene a mostrar cómo en un pueblo que contaba entonces con unos 4100 habitantes —son los que figuran en el censo de Aranda, de 1768—, en 1770, año del expediente, pasan de la treintena, nada menos, las cofradías existentes, que, al margen del Cabildo, la Orden Tercera de San Francisco y unas «Funciones de Soladescas», cita hasta tres cofradías del Rosario, una de ellas «por Tradición Antigua», en una lista que recoge además, y en este orden (actualizamos la ortografía): Cofradía Sacramental, Cofradía de San Josef, de los Veinte y Cuatro Hermanos, del Ángel, de la Vera Cruz, de Santa Lucía, de los Diez y Seis Hermanos, de la Virgen de la Antigua, de San Antonio Abad, de Santa Ana, de Nuestra Señora del Carmen, de la Octava, de Cuarenta Horas, de Nuestra Señora de los Desamparados, de Nuestra Señora de la Caridad, de Santa Clara, de San Isidro, de Nuestra Señora de la Concepción —a la que sigue una Hermandad de la misma Sociedad—, de Ánimas, de San Antonio de Padua, del Dulce Nombre de Jesús, de Nuestra Señora de los Remedios, de Esclavos de la Virgen y de Mancebos.

Todo ello en las imágenes 32 y 33 de la digitalización del citado expediente. Imágenes de un tiempo en el que las cofradías constituían en nuestra villa no solo un poderoso vestigio del pasado, sino una notoria realidad. Corría el año de 1770.

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57. Mitin en Mora del Frente Único Proletario (diciembre de 1935)

Muy pocas son las noticias políticas que de Mora llegan a la prensa nacional en los años de la Segunda República. Y sin embargo nos consta que en la villa las aguas bajaban agitadas. Por eso hemos creído interesante copiar esta de diciembre de 1935, que da cuenta del que debió de ser un acto de gran relevancia, pues reunió a toda la izquierda local. Se citan en ella los nombres de varios líderes morachos, así como nos da a conocer la participación de la que era entonces una dirigente muy destacada a nivel nacional del Partido Comunista de España, Dolores Ibárruri, Pasionaria. Copiamos de Heraldo de Madrid, XLV, 15.541, 24-XII-1935, p. 3:

Mitin de Frente Único Proletario en Mora (Toledo).—Con asistencia de más de 2.000 personas se celebró un mitin de Frente Único Proletario en Mora de Toledo.

Hicieron uso de la palabra los oradores de la localidad Pilar Morales, por la Juventud Comunista; Donato Cañaveral, por las organizaciones de la Casa del Pueblo y la Agrupación Socialista; Juan Moreno, del S.R.I. [Socorro Rojo Internacional]; Clemente Martín, del Comité Comarcal del Partido Comunista; Dolores Ibárruri (Pasionaria), del Comité Central del Partido Comunista, y Francisco Galán.

Presidió el acto el diputado provincial socialista [Eladio] Romeral.

A este mitin, el primero que se celebra en Mora desde la huelga de campesinos de 1934, se adhirieron todas las organizaciones de izquierda locales, incluyendo Izquierda Republicana, Agrupación Socialista, Radio Comunista, Socorro Rojo Internacional, Mujeres Comunistas y Casa del Pueblo.

Entre la concurrencia se destacaban más de 500 mujeres. Se adoptaron resoluciones por la amnistía y por el indulto y por la libertad de Thaelmann

Hasta aquí el Heraldo y hasta aquí nosotros. Anotemos finalmente, no obstante, que Ernst Thaelmann (1886-1944) fue un miembro del Partido Comunista de Alemania arrestado por la Gestapo en 1933 y finalmente fusilado en 1944, y que el antes citado Francisco Galán (1902-1971) era también un dirigente nacional del Partido Comunista de España —hermano de Fermín Galán, el sublevado en Jaca—, que luego participó como militar en la Guerra Civil.

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56. La torre de la iglesia amenaza ruina (de 1868 a 1893)

¿Quiere ello decir que el campanario de la iglesia de Mora se mantuvo en estas condiciones a lo largo de los 25 años que van de una fecha a otra? Eso creemos. Y lo creemos a partir de sendas noticias que procedentes de nuestra villa trae la prensa madrileña, en las que la mención del mal estado de la torre se suma a la de las penurias de los labradores y jornaleros morachos, y por ende de la población en general, como consecuencia de la escasez o la destrucción de las cosechas.

Lo cierto es que a mediados de junio de 1868 leemos en El Imparcial:

Según carta de Mora, provincia de Toledo, que tenemos a la vista, la situación de aquellos labradores no puede ser más aflictiva. Después de una cosecha bastante escasa de cereales y aceituna, como lo fue la del año anterior, se ha presentado la del actual, en la que la mayoría apenas cogerá para volver a sembrar y para el gasto de pan de los criados. Como consecuencia de tan mala cosecha, la paja ha de escasear muchísimo, quedando por necesidad reducida la labor a menos de la mitad.

Dícennos que, para aliviar algo la situación miserable de la clase jornalera, conveniente sería que el Gobierno acordara se entregasen a aquel Ayuntamiento los 80.000 reales que hace la friolera de seis años se le tienen concedidos para reparación de la iglesia, cuya torre amenaza ruina y concluirá por aplastar el día menos pensado a algunas de las casas inmediatas.

Creemos que la petición es justa y sobre ella llamamos la atención del Gobierno (El Imparcial, II, 391, 16-VI-1868, p. 2).

Lo cual, en lo que respecta a la torre, debe sin duda interpretarse como que su mal estado procedía ya de algunos años atrás. Pues bien, a la vuelta de un cuarto de siglo sobreviene la espantosa tormenta de piedra del 14 de septiembre de 1893 de la que nos ocupábamos en nuestro breve anterior. Y con ella la petición no ya del arreglo de la torre, sino de su demolición, lo que pensamos indica tanto la posibilidad de destinar unos jornales a la tarea como la agravación del estado del monumento, que se considera ya insalvable:

Una comisión de Mora (Toledo), compuesta del cura párroco y del Ayuntamiento y presidida por el diputado Sr. [Cristino] Martos, ha visitado esta tarde al ministro de la Gobernación para pedir el derribo de la torre de la iglesia, que amenaza ruina, y que les condonen a aquellos propietarios las contribuciones, porque han perdido las cosechas a causa de las inundaciones (El Día, 4.830, 2-X-1893, p. 2).

Por fortuna, la torre no se derribó entonces sin más, sino que, no sabemos cuándo con precisión, se reparó o reconstruyó, como lo muestra el hecho de que casi siglo y medio después de ese 16 de junio de 1868 conservemos aún enhiesto el campanario de una iglesia, que, creencias al margen, constituye uno de los monumentos más singulares y característicos de nuestra villa.

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55. Más sobre la espantosa tormenta del 14 de septiembre de 1893

Hace varios meses dedicábamos uno de nuestros Breves (el número 23) a «La espantosa tormenta del 14 de septiembre de 1893» (tal era su título). Pero entonces se nos quedó en el tintero, bien a nuestro pesar pues aún no lo habíamos descubierto, el reportaje que Manuel Alhama publicaba en El Imparcial dos semanas y media después del suceso y que hoy queremos recuperar. En efecto, esto escribía Alhama bajo el título «Las piedras de a libra» con fecha de 28 de septiembre de ese año:

Paisaje de invierno

Dejamos a nuestras espaldas las ruinas pintorescas del castillo de Mora, encaramadas en la cresta más abrupta del monte, y entramos en la vega.

Las ramas peladas de los árboles destacan sus delgadas siluetas sobre el cielo azul, las cepas desprovistas de pámpanos ponen manchas negras sobre rojizo suelo, no hay ni rastro de sembrados, por todas partes el mismo tono oscuro de la tierra húmeda; únicamente los olivos han conservado, aunque raquítico y amarilleando, parte de su verdor, tan lustroso de ordinario.

No es que el invierno se ha adelantado, sino que los destrozos causados en otras partes por el agua los ha producido aquí la piedra, una piedra fenomenal, una lluvia de durísimos témpanos que caían con la violencia de balas haciendo añicos cuanto encontraban a su paso.

Cómo fue la piedra

Buen número de casas ostenta en sus fachadas el rastro de aquel tremendo pedrisco; sus muros están acribillados, al extremo de que diríase acaban de aguantar nutrido fuego de fusilería.

Era fiesta en la villa el día en que sobrevino la tormenta, y a esta afortunada circunstancia se debe que halláranse desiertos los campos y la piedra no hiciera porción de víctimas; porque cuando pasada la nube salieron de sus casas los vecinos, quedáronse espantados ante el tamaño de aquellos témpanos, muchos de los cuales tenían las dimensiones de naranjas pequeñas y pesaban una libra [460 gramos] y habían caído en tanta cantidad que formaban montones en algunos sitios; al cabo de dos días se descubría en los estercoleros piedra sin acabar de derretir.

Todo perdido

La vega fue arrasada, perdida en el término la uva, pues la que se recoge es poquísima y estropeada; perdida también la mayor parte de la cosecha de aceituna, importantísima en esta comarca; de las huertas y de los patatares apenas hay señales. La ruina de centenares de labradores es completa.

Hay que añadir a ella que con la pérdida de las cosechas, principalmente la de aceituna, que da ocupación a los trabajadores durante los meses del invierno, el problema obrero, con su cortejo de miseria y de hambre, se presenta amenazador en extremo. El vecindario confía en que para conjurarlo se emprenderán obras públicas inmediatamente, y en realidad no falta aquí que hacer: las carreteras exigen no pocas reparaciones, y el puente sobre el Algodor, arrastrado el mismo día de la inundación de Consuegra [el 11 de septiembre de 1891], sigue tal y como lo dejó aquella catástrofe.

En Villanueva de Bogas

En Villanueva de Bogas, pueblo que por el mal estado en que, según me dijeron, se encuentran todavía los caminos no pude visitar, el desastre ha sido mayor todavía que en Mora y por la misma causa.

Allí la piedra alcanzó el peso de cinco cuarterones [575 gramos: el cuarterón era la cuarta parte de una libra]; de la vegetación no han quedado más que los troncos de los árboles y las cepas de los viñedos, y en todo el pueblo no habrá quizá mil tejas enteras. La piedra no solo rompió las demás, sino que en algunas casas agujereó el cañizo (El Imparcial, XXVII, 9.474, 1-X-1893, p. 1).

Final abrupto para una realidad no menos abrupta: la de la terrible tormenta de piedra que asoló Mora y Villanueva de Bogas el 14 de septiembre de 1893.

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54. De la crónica de sucesos: doble muerte y doble apuñalamiento (1922 y 1925)

Como se desprende de las notas que en Memoria de Mora vamos publicando al respecto, resulta infrecuente que la prensa madrileña de ayer se ocupe de las cosas de nuestra villa, excepción hecha de algunos sucesos llamativos, generalmente luctuosos. Es lo que ocurre en los dos casos que presentamos aquí al lector.

Del primero de ellos se hacen eco los diarios El Sol y La Correspondencia de España en sus respectivos números del 11 de julio de 1922. Con el título «Asfixiado en un lagar» y el antetítulo «Dos obreros muertos», leemos en este segundo:

Toledo, 11.—En una bodega, en el pueblo de Mora, ha ocurrido una doble desgracia.

El obrero Francisco López Muñoz se puso a limpiar una tinaja de 11.500 litros de cabida, y cayó al fondo, mareado por las emanaciones del ácido carbónico.

Acudieron en su auxilio los compañeros Nemesio Serrano y Eufrasio Sánchez, que corrieron la misma suerte.

Para extraerlos hubo necesidad de romper la vasija, y fueron sacados los cadáveres de Francisco y de Nemesio. Eufrasio se encuentra gravísimo (La Correspondencia de España, LXXV, 23.336, 11-VII-1922, p. 2).

Semejante en todo es la información de El Sol, fechada el día 10, con algunas pequeñas diferencias o añadidos, y con la particularidad de que aparece mutilada en la reproducción digitalizada la parte derecha del texto de la columna en cuestión, lo que dificulta la comprensión más de una vez. Aquí consta la edad de Francisco, 19 años; el nombre del propietario de la bodega, Fidel [creemos que por Vidal] Gómez; aparece alterado en Eustasio o Eustaquio el nombre que en La Correspondencia consta como Eufrasio; y se afirma que, en lugar del anterior, es Nemesio el superviviente (El Sol, VI, 1.536, 11-VII-1922, p. 3).

El segundo de los sucesos acabará siendo menos grave, pero seguramente más espectacular. Lo recogen El Imparcial y La Libertad del 1.º de febrero de 1925, y Heraldo de Madrid y El Sol del día siguiente, que calcan prácticamente la que debe de ser una noticia de agencia. Bajo el título «Un muchacho apuñala a su padre y a su hermana», esto trae El Imparcial:

Toledo, 31.—Comunican de Mora que el vecino Antonio Cabezas Sánchez, al regresar anoche de trabajar en el campo, pretendió que su madre, anciana e impedida, saliera de su casa con objeto de adquirir huevos y jamón para su cena. El padre de Antonio le amonestó, y el hijo le acometió con una navaja, produciéndole cuatro heridas graves. La hermana del agresor, llamada Eulalia, de veinticuatro años, trató de evitar que Antonio continuase apuñalando a su padre, y el muchacho se volvió contra ella y le asestó tres navajazos en la cara y en la mano izquierda. El criminal fue detenido (El Imparcial, LIX, 20.296, 1-II-1925, p. 4).

Son en esencia los mismos datos, como indicábamos, que obtenemos en La Libertad, VII, 1.510, 1-II-1925, p. 5; Heraldo de Madrid, XXXV, 12.169, 2-II-1925, p. 2, y El Sol, IX, 2.336, 2-II-1925, p. 1. No traen más variantes que las del segundo apellido del sujeto, Sánchez-Cano; su edad, 28 años, y la razón por la que pretendía que su madre saliera a comprar los alimentos indicados: por no ser de su gusto la cena que le tenía preparada.

¡Recontra! ¿Quién se atrevería ahora a decir que sobre gustos no hay disputa?

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53. Sobre el ataque de Mora en la Guerra de la Independencia (18 de febrero de 1809)

No hace mucho, y en esta misma sección de Breves, que escribíamos acerca de la cruz de distinción militar de Mora y Consuegra, instituida en 1817. Hoy trataremos sobre el hecho en el cual se fundamenta en buena parte la tal condecoración, esto es, el ataque en el que las tropas españolas mandadas por el duque de Alburquerque vencieron en Mora a las francesas capitaneadas por el general Dijon el 18 de febrero de 1809.

No hay duda de que el suceso quedó grabado en la memoria histórica de los españoles de aquel siglo, como lo demuestra el hecho, al que precisamente nos acogemos en estas líneas, de que fuese evocado más de una vez en las habituales secciones de efemérides de diversos periódicos del día 18 de febrero de distintos años. Es lo que sucede en el caso de El Clamor Público (563, 18-II-1846, p. 3), muy brevemente; y con mayor detalle, y bastante más tarde, en El Correo Militar (XXIII, 4.599, 18-II-1891, p. 3) y en El Heraldo de Madrid, diario que titula «Efémerides para hoy.—18 febrero 1809.—El duque de Alburquerque derrota a una división francesa en las cercanías de Mora (Toledo)» una gacetilla que transcribimos a continuación:

Son tan interesantes los episodios que da a conocer la historia al relatar la época de la invasión francesa, que creemos interpretar el gusto de nuestros lectores al dar preferencia en esta clase de trabajo a los hechos acaecidos durante aquel glorioso periodo.

El duque de Alburquerque, uno de los caudillos que mayor fama alcanzaron entonces, recorría al frente de sus escuadrones el territorio de Castilla la Nueva conocido por La Mancha, cuando al aproximarse a la villa de Mora divisó y consiguió dar alcance a una compañía de dragones franceses que mandados por el general Dijon se dirigían a Extremadura. De los 500 individuos que formaban esta fuerza, quedaron 80 en poder del de Alburquerque, y gran parte del resto fueron acuchillados y dispersos. Gran falta le hizo después a nuestro general contar con mayor número de gente, para no verse en el caso de tener que desistir de la persecución que con tanto éxito venía haciendo, al saber que las fuerzas enemigas estaban reuniéndose para caer sobre él.

En su defecto se encerró en Consuegra, y no creyéndose seguro en esta villa, salió de allí a los pocos días para internarse en la de Manzanares, que contaba con mejores medios de defensa (El Heraldo de Madrid, II, 112, 18-II-1891, p. 4).

Digamos que el duque de Alburquerque, teniente general de los Reales Ejércitos, era entonces don José Miguel de la Cueva y de la Cerda (1775-1811). Y agreguemos sobre todo que esta acción bélica aparece recreada en la novela Almas de acero, de José Rogerio Sánchez (Madrid, Biblioteca Patria, 1904), en un pasaje que transcribieron en su día los hermanos Rafael y Alejandro Fernández Pombo en su opúsculo Mora en la Guerra de la Independencia (Madrid, Marsiega, 1979, pp. 8-10). El lector curioso hará bien en acudir a uno u otro lugar para ampliar lo aquí expuesto.

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52. Alarma en Mora (1862)

Buceando en el pasado desde la prensa del ayer, que es el campo primero y principal de Memoria de Mora, hallamos con cierta frecuencia la mención o el relato de hechos que, si parecen intranscendentes vistos desde hoy, no lo fueron en absoluto en su momento, llegando a afectar de manera determinante al vivir diario de los morachos de entonces.

Es lo que sucede, por ejemplo, en este suelto sin firma de La Correspondencia de España de un día de mayo de 1862, que transcribimos:

El día 4 del actual ocurrió una pequeña alarma en Mora, provincia de Toledo, ocasionada por haberse presentado el sábado en una de las posadas de aquel pueblo hombres sospechosos. El alcalde hizo llamar a una pareja de la Guardia Civil; pero al presentarse en la posada, ya se hubieron marchado, saliendo primero dos y luego otros dos, que se reunieron a los anteriores. Dispuso el alcalde que la pareja de Guardia Civil saliera en su persecución, dando aviso al Juzgado para que el destacamento de la cabeza del partido judicial se pusiese en movimiento. En la mañana del domingo supo un individuo del Ayuntamiento que los cuatro hombres habían regresado a la población en la noche anterior y dormido en una casa del arrabal; y se convenció de que era exacto, si bien le dijeron los dueños de la casa que habían salido a las siete y media de la mañana con dirección a la estación del ferro-carril. Todos estos antecedentes los comunicó al alcalde, y extendida la noticia por la población, todos los individuos que tenían armas y caballos montaron, y salieron sobre treinta caballos, sin distinción de clases, y algunos a pie con escopetas, divididos en grupos de cuatro y de seis, que se extendieron en distintas direcciones, dando por resultado que el alcalde, el primer teniente y otros cuatro individuos más se apoderasen de ellos en el referido sitio, a un cuarto de legua de la población.

Recibidas las declaraciones, incurrieron en infinidad de contradicciones, y el lunes por la mañana fueron conducidos por la Guardia Civil al Juzgado. Mora, en esta ocasión, como durante la guerra civil y en cuantas se le han presentado, ha dado pruebas de celo digno de imitar, como el mejor medio de extinguir los criminales; la Guardia Civil, como siempre, ha trabajado con actividad y cooperado cuanto ha podido al buen éxito de esta empresa (La Correspondencia de España, XV, 1.421, 7-V-1862, p. 2).

Una advertencia circunstancial y un comentario de fondo nos sugiere el texto. En primer lugar, que la estación del ferro-carril no es la de Mora —que no fue inaugurada hasta 1879—, sino la de Huerta de Valdecarábanos, que era entonces la más próxima a la villa y el nexo de su comunicación por vía férrea con el sureste peninsular. Por otra parte, que los hombres aludidos deben de ser sospechosos de integrar alguna partida o cuadrilla de huidos a los montes, desde donde bajarían a hostigar a los ciudadanos en la época de las guerras civiles, que es en la que nos movemos aquí. Si bien es verdad que en 1862 no hay actividad bélica declarada formalmente —nos encontramos entre la segunda guerra carlista (1846-1849) y la tercera (1872-1876)—, no es menos cierto que por aquellos años se documentan episodios de este tipo en diversos lugares, también en Mora, como parece probar el suceso que aquí comentamos. En apoyo de esta hipótesis cabe esgrimir la relación implícita que al final se establece con los criminales de la guerra civil. Parece, pues, que por ahí van los tiros de la noticia, o, mejor dicho, la treintena de morachos a la caza y captura de estos cuatro sospechosos.

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51. Un moracho prolífico (1874)

No todos los humanos, ni mucho menos, estamos en disposición de exhibir credenciales tan firmes de nuestro paso por este mundo tal como podrían hacerlo quienes han contribuido de forma destacada al pensamiento, el arte, la ciencia, la técnica…; casos como los de Aristóteles, Platón, Cervantes, Shakespeare, Leonardo da Vinci, Goya, Beethoven, Mozart, Newton o Einstein, por poner algunos ejemplos señeros.

Relevancia aparte, legítimo motivo de orgullo pueden sentir también quienes han dado vida a una numerosa descendencia, supuesto este bien poco frecuente en los tiempos que corren, pero relativamente abundante en el pasado. Es el caso de Antonio Romero, un humilde moracho que cumplió con creces la misión de contribuir a perpetuar la especie humana, y de qué manera. Como si nos halláramos ante un patriarca bíblico, así le encontramos aludido en esta gacetilla de un diario madrileño de hace casi siglo y medio que no hemos querido pasar por alto en Memoria de Mora:

Nos escriben de Mora (provincia de Toledo) que en la madrugada del 25 falleció en aquel pueblo Antonio Romero, jornalero, a la edad de 98 años, dejando una descendencia que se eleva a la numerosa cifra de 110 individuos, en esta forma: hijos, 11; nietos, 54; biznietos, 42, y tataranietos, 3 (La Correspondencia de España, XXV, 5.932, 26-II-1874, p. 2).

Verdaderamente, casi las doce tribus de Israel, ¿no les parece?

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50. Cosas que pasan: dos noticias de 1881

No aspiramos en Memoria de Mora a descubrir mundos desconocidos; nos limitamos a dar cuenta de algunas de las novedades y curiosidades, de más o menos fuste, que han ido sucediendo, sucediéndose, en nuestra villa a nuestros antepasados. Es lo que hacemos hoy: rescatar del periódico, y reunir, dos noticias que apenas si tienen en común más que su coincidencia en el tiempo, en el año 1881.

La primera procede del semanario satírico El Buñuelo, que la toma del diario La Correspondencia de España: «Ha sido nombrado catedrático de Agricultura del Instituto de Tarragona D. Domingo Planas, y maestro de la escuela de párvulos de Mora (Toledo) D. Manuel Fernández Solano». A lo que agrega con su habitual vena contestataria: «¡Así son todas las cosas de este país!», idea que caricaturiza en verso: «¡Nadie las quiere hacer lisas y llanas!/ Yo hallaría mejor y más a mano/ el que fuera maestro el señor Planas,/ y, viceversa, agricultor Solano» (El Buñuelo, I, 51, 10-III-1881, p. 5). Nosotros, bromas aparte, nos permitimos destacar lo infrecuente en la época de que no fuera una mujer quien tuviera a su cargo la educación de los párvulos.

Pocos meses después, y ahora sin estrambotes satíricos o cómicos, la prensa daba cuenta de la llegada del telégrafo a nuestra villa, lo que ocurría el 6 de julio de ese año 81; un hecho del que informan por aquellos días varios periódicos madrileños (El Globo, VII, 2.086, 6-VII-1881, p. 2; La Iberia, XXVIII, 7.586, 6-VII-1881, p. 2; La Discusión, XXV, 671, 7-VII-1881, p. 3). Estas son las palabras que leemos en La Iberia: «Desde hoy queda abierta al público, con servicio limitado, la estación telegráfica de Mora, de la sección de Madrid, provincia de Toledo».

Lo que entonces era novedad en la villa se había ido extendiendo por Europa mucho antes, en los años cincuenta. Por lo que a España respecta, se iniciaba el servicio al público en 1855, fecha en que se aprobaba la ley correspondiente; la red básica estaba finalizada en 1858 (véase el artículo 150 años del telégrafo en España). Hubo que esperar casi un cuarto de siglo para que llegase a Mora.

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49. La cruz de distinción militar de Mora y Consuegra (1817)

En la Guerra de la Independencia, en nuestra provincia toledana, y en el año 1809, con anterioridad a las batallas de Talavera de la Reina (28 de julio), Almonacid (11 de agosto) y Ocaña (19 de noviembre), los días 18 y 22 de febrero se produjeron las acciones de Mora y Consuegra, en que las tropas españolas al mando del duque de Alburquerque vencieron a las francesas del general Dijon, hecho este sobre el que algún día habremos de volver en Memoria de Mora.

Pero hoy quisiéramos situarnos ocho años después de estas fechas, cuando leemos en la Gaceta de Madrid el siguiente «Artículo de oficio» (modernizamos ortografía y puntuación):

Los tenientes generales D. Manuel Freire, D. Santiago Withingan y D. Gaspar de Vigodet, y en representación del difunto teniente general duque de Alburquerque, han recurrido a S.M. solicitando una cruz de distinción para sí y las tropas que bajo su mando concurrieron a las acciones, dadas los días 18 y 22 de febrero de 1809, de Mora y Consuegra; y habiéndose pasado esta instancia de real orden a la junta de nuevas condecoraciones militares, con arreglo a la circular de 26 de junio del año anterior, se manifiesta por medio de la Gaceta, a fin de que las personas que tuviesen que exponer en pro o en contra acerca de los pormenores de dichas acciones lo verifiquen en el preciso término de un mes contado desde el día de esta publicación, bajo su firma y en los términos prescritos en aquella circular, dirigiendo sus exposiciones al capitán general D. Joaquín Blake, presidente de la junta de nuevas condecoraciones militares (Gaceta de Madrid, núm. 4, 9-I-1817, pp. 38-39).

Tres meses más tarde aparecía, también en la Gaceta, esta «Circular del Ministerio de Guerra»:

Los tenientes generales D. Manuel Freire, D. Gaspar de Vigodet y D. Santiago Whithingan han manifestado al Rey nuestro Señor el singular mérito contraído por las valientes tropas al mando del difunto general duque de Alburquerque en las acciones de Mora y Consuegra dadas los días 18 y 22 de febrero de 1809; y S.M., nunca satisfecho en la dispensación de gracias a los que constantemente se consagraron a la salvación de la Patria durante su cautiverio, y para perpetuar más y más la memoria de aquel digno general, se ha servido conceder a todos los individuos militares que con las armas en la mano contribuyeron al feliz éxito de dichas jornadas una cruz de distinción, que será de oro esmaltada de blanco, enlazándose en su centro las iniciales M. y C., y en el reverso una A. en lugar de Alburquerque, saliendo de cada uno de los cuatro ángulos que forman esta cruz una granada de oro con las llamas de fuego figuradas, y en el remate tendrá trofeos militares también de oro, y se llevará pendiente del ojal de la casaca con cinta blanca. Los comprendidos en esta gracia dirigirán sus instancias por conducto de sus jefes en el preciso término de dos meses los que se hallen en la Península, y de seis los de fuera de ella, y los inspectores las remitirán con su informe al Ministerio de mi cargo, en el concepto de que fenecido aquel término, y separándose de dicho conducto, quedarán sin derecho a la referida gracia. Lo aviso a V. de real orden para su inteligencia y efectos correspondientes. Dios guarde a V. muchos años. Palacio, 29 de marzo de 1817 (Gaceta de Madrid, núm. 44, 12-IV-1817, p. 390).

Precisemos que los aludidos son los tenientes generales D. Manuel Alberto Freire de Andrade (1767-1835), D. Gaspar de Vigodet (1747-1834), D. Santiago Whittingham (1772-1841) —de hecho D. Samuel Ford Whittingham en su nombre original— y D. José Miguel de la Cueva y de la Cerda, XIV duque de Alburquerque (1775-1811), y agreguemos que el curioso lector puede ver representada la imagen de la mencionada cruz en la ilustración que figura entre las páginas 10 y 11 del libro de José Velasco Dueñas, Colección de cruces y medallas de distinción de España, Madrid, Imp. de Yenes, 1843.

Por lo demás, sabemos que dicha condecoración fue concedida, además de a los citados tenientes generales, al menos a D. Joaquín Láinez, capitán del regimiento de Sagunto (Diario de Madrid, 288, 10-X-1818, p. 499); al teniente coronel D. Valeriano García de la Puente y al teniente D. Antonio Díaz Pintado (El Universal, 65, 15-VII-1820, p. 241); a D. Vicente Algarra y Avellán (1774-1839), comandante del Regimiento de Cazadores de Olivenza (http://divisionmallorquina-whittingham.blogspot.com.es/); a D. José Lucas Sanjuán Browne (1777-1846), coronel del Regimiento de Dragones de Villaviciosa, que llegó a ser ministro de la Guerra con Fernando VII en 1823 (http://lancerosvillaviciosa.blogspot.com.es/2015/01/jose-sanjuan-browne.html); y colectivamente al Batallón de Voluntarios de Cataluña (www.asasve.es).

Es lo que hemos podido averiguar sobre la cruz de distinción de Mora y Consuegra.

NOTA. Unos días después de publicado el texto anterior, nuestra amiga y paisana Gema Moreno nos comunica amablemente que la citada cruz se encuentra en la colección permanente del Museo del Ejército de Toledo -institución en la que ella ha trabajado-, en una sala de la planta 5 junto con otras medallas de la Guerra de la Independencia, y cree recordar que la pieza tiene el 40944 como número de inventario. Gracias, Gema, por tu aportación.

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48. Un año después del gordo: la lotería de Navidad de 1928

Tal vez recuerde el lector el número 7 de estos mismos Breves, «El gordo de Navidad en Mora (1927)», donde dábamos cuenta de cómo en el año aludido dos vigésimos del primer premio de ese sorteo habían correspondido a unos cuantos morachos que se habían repartido un total de millón y medio de pesetas, una auténtica fortuna en aquellos tiempos.

Hoy queremos traer aquí lo que sucedía en la villa en torno a la lotería del año siguiente. Nos valemos para ello de las páginas de El Sol, el diario que inspiraba Ortega y Gasset, en las que leemos esta noticia de la Agencia Febus:

Otras informaciones.—En Mora de Toledo.—Mora de Toledo 22 (10 n.).—Este año fue mayor la expectación por la lotería, pues, como se recuerda, el pasado año correspondió a esta población el premio gordo.

Hecha una investigación en las administraciones de loterías, resulta que en Mora se han jugado, aproximadamente, 60.000 duros.

Desde las primeras horas de la mañana, el Casino y las casas particulares que tienen estación de radio viéronse invadidas por gran público, afanoso de conocer las incidencias del sorteo.

Como caso curioso citaremos el de Valeriano Mora-Granados Herrero, que jugaba 298 números en participaciones de a peseta y de dos pesetas.

Esta tarde corrió el rumor de que en el inmediato pueblo de Orgaz había resultado premiado un vigésimo del segundo premio. La noticia no se ha confirmado aún (El Sol, XII, 3.555, 23-XII-1928, p. 6)

Ni se confirmaría, para desgracia de los orgaceños. En cuanto a Mora, no sabemos si aún tenía entonces a su cargo la administración de lotería Antonio Jiménez Peña, quien se anunciaba así unos años antes en otro diario madrileño:

Lotería de MORA (Toledo).—Esta afortunada lotería obtuvo en el sorteo del 1.º del actual las cinco series del premio segundo, 23.943, con pesetas 60.000 por serie. El administrador, D. Antonio Jiménez Peña, sirve remesas de billetes de varios sorteos y del de 11 de mayo./ Comprad billetes en la lotería de Mora (Toledo) (La Acción, VII, 1.970, 23-II-1922, p. 4).

Debió de ser también Jiménez Peña el medianero de la suerte en la Navidad de este mismo 1922, cuando uno de los últimos premios mayores —el duodécimo en importancia—, dotado con 60.000 pesetas, recayó en el número 5.154, vendido en Mora y en Madrid. Recogían la noticia, por lo que respecta a nuestra villa, La Voz (III, 776, 22-XII-1922, p. 2) y El Sol (VI, 1.676, 23-XII-1922, p. 2).

Para lectores muy curiosos: la lista completa de premios, con las localidades agraciadas, en El Imparcial, LVI, 19.935, 23-XII-1922, p. 4.

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47. Dos tragedias de 1871

Fuera de algunas excepciones —la Guerra Civil, por ejemplo—, Mora ha sido a lo largo del tiempo, por lo que conocemos, una villa «tranquila y pacífica», como leeremos a continuación. Pues bien, una de esas épocas excepcionales se produce en 1871, cuando el diario republicano La Discusión registra dos sucesos verdaderamente escalofriantes. He aquí el primero, de julio de ese año:

En la tranquila y pacífica villa de Mora, provincia de Toledo, ha ocurrido el día 14 del corriente un hecho de esos que revelan instintos salvajes en el hombre: sin mediar, al parecer, disputa de ningún género, fue herido mortalmente de una puñalada en el vientre un padre de familia, llamado Aponte, de cuya herida falleció a las diez horas, dejando en la mayor miseria a tres hijos pequeños. El agresor está preso, y parece que es un joven de aquella misma villa (La Discusión, XVI, 848, 20-VII-1871, p. 3).

El segundo, tres meses y medio después, no sucede en Mora:

Dos sujetos, hermanos, que viajaban en un tren de la línea del Mediodía, se bajaron en la estación de Huerta, y al tratar de subir al marchar el tren, tuvieron la desgracia de ser arrollados, quedando muerto en el acto uno de ellos y gravemente herido el otro (La Discusión, XVI, 936, 1-XI-1871, p. 3).

Esto ocurría el día 29 de octubre, como sabemos por otras fuentes (El Imparcial, V, 1.599, 31-X-1871, p. 3; La Esperanza, XXVIII, 8.270, 31-X-1871, p. 3), y creemos más probable que los citados viajeros no bajasen y volviesen a subir al tren en Huerta de Valdecarábanos, sino sencillamente que lo tomasen entonces, que solo subiesen —faltaban aún ocho años para la inauguración de la línea de Ciudad Real que paraba en la nueva estación de Mora—, como haría entonces cualquier moracho que se trasladase a Madrid por vía férrea. Porque los dos hermanos aludidos eran paisanos nuestros, y vivieron una situación ciertamente terrorífica. Véase si no la ampliación de la noticia que trae una semana más tarde de nuevo La Discusión, en la que parece interpretarse, en efecto, que los hermanos subían sin más entonces al tren:

Sobre la desgracia lamentable ocurrida hace algunos días en el ferro-carril del Mediodía, recibimos hoy los detalles siguientes.

D. Narciso y D. Matías Cañaveral, hermanos, vecinos de Mora, fueron las víctimas del terrible accidente.

Al ir a montar en el tren que marchaba a Madrid, y al tiempo de su partida, hubieron de caer ambos en la vía, siendo arrastrados el primero un corto trecho, habiendo tenido la fortuna de ser despedido fuera de la vía, aunque con una pierna fracturada y algunas contusiones, salvando, empero, su vida; pero el infeliz Matías Cañaveral fue luchando con la muerte durante el tiempo que tardó el tren en recorrer una distancia de cuarenta metros próximamente. Los que presenciaron este lamentable acontecimiento no pudieron menos de sentir un profundo horror al contemplar el triturado cadáver del infortunado Matías Cañaveral, quien rogaba a las personas que le rodeaban, en la hora que sobrevivió a este funesto accidente, que acabasen con su existencia, porque no podía resistir aquel martirio; además de tener completamente destrozadas ambas piernas, iba dando golpes con la cabeza, que llevaba fuera de la vía, en el andén de la estación.

La corta extensión del mismo y malas condiciones del terreno próximo a él es verosímil que den ocasión a desgracias de este género, de cuyas circunstancias pueden atestiguar cuantos frecuentan aquella estación (La Discusión, XVI, 940, 7-XI-1871, p. 3).

Sobran los comentarios ante semejante horror.

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46. Un altercado muy serio (1841)

No sabemos gran cosa acerca de nuestros paisanos a lo largo de la historia. Los datos, desde luego, apuntan al moracho tipo, al moracho abstracto, como persona seria, trabajadora y pacífica, poco dada a excesos y conflictos. Pero de que hay excepciones, y señaladas, no caben dudas. Véase si no lo que leemos encabezando la sección “Revista de las provincias” de un día de junio de 1841 en El Católico, diario carlista que había visto la luz en marzo de 1840 con el subtítulo de Periódico religioso y social, científico y literario, dedicado a todos los españoles, y con especificidad al clero, amantes de la Religión de sus mayores y de su Patria. Nada menos. Pues esto es lo que trae:

En una taberna de la villa de Mora, provincia de Toledo, dice un periódico de esta corte se enredaron en disputas unos paisanos con varios soldados y vinieron a las manos; un corneta de nacionales salió herido; este, lleno de ira, aplica la boca a su instrumento y toca llamada; los nacionales acuden y se enredan a tiros con los soldados, de cuya zambra han resultado algunos muertos y heridos (El Católico, 478, 21-VI-1841, p. 656).

Dejamos para más adelante la exposición y comentario de algunas informaciones sobre la villa en esta época de las guerras civiles del siglo XIX. Sí convendrá contextualizar mínimamente el suceso, que se sitúa pocos meses después del fin de la primera guerra carlista (julio de 1840) y pocas semanas antes del pronunciamiento (septiembre-octubre de 1841) promovido por la ex regente María Cristina de Borbón (1833-1840) contra el general Espartero, su sustituto en la regencia (1840-1843), pronunciamiento que fue apoyado por el partido moderado y por los carlistas. Las aguas, pues, bajaban revueltas.

En el texto, debe entenderse que se trata de una reyerta (zambra, ‘fiesta’, es una designación irónica) protagonizada por paisanos de Mora y soldados de fuera, con la particularidad de que entre aquellos se encontraba un corneta de la Milicia Nacional, una organización de ciudadanos armados ajena al ejército regular. Se distinguió entonces por su oposición al carlismo y por su defensa de la causa de Isabel II, debidas a la ascendencia que sobre esta institución ejercieron los mandos del ejército cristino. Da la impresión, en consecuencia, de que el periódico pretende denigrar a los nacionales. ¿Tendría algo que ver en la zambra la cuestión política? ¿Sería tal vez la bebida la que caldeó los ánimos y alimentó la disputa? Quién sabe. Lo que resulta indisputable es que constituyó un altercado muy serio, tan serio como para ocasionar algunos muertos y heridos en una taberna de nuestra pacífica villa en junio de 1841.

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45. Otra visita a Mora del rey José Bonaparte (junio de 1809)

Dentro de esta misma sección de Breves (número 19), hace unos meses nos deteníamos en la visita, ya conocida, que el rey José había hecho a la villa el 9 de enero de 1810 y en la que había condecorado a nuestro muy ilustre paisano el obispo don Francisco de la Cuerda (1747-1815). No volveremos sobre el caso sino para dar cuenta de una anterior visita real a Mora, hasta ahora desconocida, acaecida seis meses antes, concretamente el 24 de junio de 1809. Encontramos la información de este viaje en la Gaceta de Madrid, en una noticia que transcribimos sin más (modernizamos ortografía y puntuación y rehacemos las abreviaturas):

Mora, 24 de junio.—El Rey salió esta mañana de Toledo, y ha llegado aquí al mediodía. Los habitantes de los pueblos por donde ha pasado Su Majestad han salido a su encuentro, precedidos del clero y de las justicias, y lo han recibido y acompañado con transportes de alegría.

El Rey ha encontrado en el camino a los habitantes de otros pueblos, que a la voz de que pasaba Su Majestad habían venido a prestar sus homenajes. Ha hablado con los alcaldes y curas, haciéndoles varias preguntas relativas a las urgencias y necesidades de sus distritos. Su Majestad les ha dicho que ya están tomadas las providencias para que se les reintegre exactamente todo cuanto han suministrado los pueblos fieles, o en adelante suministren a las tropas, eximiéndolos de las contribuciones ordinarias hasta el total pago de su importe.

Con esta ocasión el Rey se ha mostrado muy satisfecho al saber que varios alcaldes de esta provincia han rechazado con firmeza las partidas de bandidos que de algún tiempo a esta parte ha organizado la Junta de Sevilla, y que vienen a estos pobres pueblos pidiendo víveres y cometiendo extorsiones abominables. Estas partidas, de las cuales ascienden las más numerosas a 100 hombres, se componen de ladrones, de individuos sentenciados anteriormente por los tribunales y acaudillados ahora por contrabandistas, a quienes la Junta concede títulos y dispensa honores. Este sistema es el mismo que se organizó tres años hace en Nápoles, y para cuya destrucción no se necesitó más que la indignación pública, porque un sistema tan horrible y tan sanguinario como este no se encamina ni puede dirigirse sino en contra de los pueblos. Los alcaldes han suplicado al Rey se digne permitir que los hacendados se armen contra estos bandidos. Su Majestad les ha dicho que cuando regrese a Madrid formará guardias nacionales en todos los pueblos que han dado pruebas de celo y de fidelidad, y señaladamente en la provincia de Toledo, con la cual está contento; que a esta providencia acompañarán otras disposiciones militares que muy en breve dejarán el país libre de este salteamiento y latrocinio; que a mayor abundamiento las grandes victorias de su augusto hermano en Alemania iban a dar al continente una paz general y duradera, y que la España será la primera que coja el fruto de esta paz, que tanto ha menester; que entonces cesarán todos los males que trae consigo el fanatismo de los partidos, siempre dispuesto a engañarse y alucinarse con esperanzas quiméricas, y que el Gobierno podrá dedicarse de un todo al cuidado de plantificar sobre cimientos sólidos la pública prosperidad; y por último, que Su Majestad, concurriendo a ello los verdaderos amantes de su patria, espera conseguir este objeto de sus deseos.

En este pueblo de Mora el Rey ha mostrado particularmente su bondad al obispo de Puerto Rico, a quien Su Majestad había ya visto en Madrid entre los individuos de las diputaciones que habían ido a prestarle el juramento de fidelidad en nombre de diferentes pueblos (Gaceta de Madrid, núm. 177, 26-VI-1809, p. 814).

Dos aspectos de esta noticia quisiéramos subrayar o comentar al vuelo. Uno de carácter general: la dura condena (a caballo, creemos, entre la convicción y la propaganda) de la resistencia popular de los españoles: «partidas de bandidos» organizadas por la Junta de Sevilla (esto es, la Junta Suprema de España e Indias), que cometen «extorsiones abominables», compuestas por ladrones y acaudilladas por contrabandistas; y la sintonía de los hacendados, sumisos o proclives a la ocupación francesa, quienes piden permiso para armarse «contra estos bandidos».

El otro aspecto que queremos poner de relieve es de orden particular, y afecta al obispo De la Cuerda y a Mora misma. Por si había dudas respecto a su afrancesamiento (nos remitimos a lo escrito en nuestro breve 19), don Francisco no solo recibe ahora las demostraciones del afecto real, sino que observamos que es uno de los que ya (no sabemos si antes o después de la acción en Mora del duque de Alburquerque del 18 de febrero de 1809) «habían ido a prestarle el juramento de fidelidad» en Madrid. Y nótese que lo había hecho, como otros, «en nombre de diferentes pueblos»; en su caso, claro está, el de Mora. Lo cual parece abonar la idea de que no todos los morachos estaban por la labor de expulsar al invasor; seguramente los que más tenían que perder (los aludidos hacendados) no sentían grandes escrúpulos morales o patrióticos. Y es que —aviso para incautos— nada hay más apartado de la patria que el patrimonio.

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44. Mora y la Guardia Civil

En 1863 los morachos andaban sobrecogidos. ¿La razón? En parte quizá a causa de lo sucedido en agosto: se había cometido en la villa «un robo de 18.000 reales por cuatro hombres desconocidos, tres de los cuales se presentaron a caballo» (El Contemporáneo, IV, 804, 16-VIII-1863, p. 4). Pero sobre todo por lo que anunciaba una noticia pocas semanas después: «Dicen de Toledo el 28 que acababa de ser cogido en uno de los cigarrales, extramuros de aquella ciudad, otro de los presos fugados de la cárcel. Es el conocido por el Mellado, que estaba condenado a muerte como envenenador de su hija y de su mujer» (El Contemporáneo, IV, 842, 1-X-1863, p. 4). Mejor dicho, andaban sobrecogidos por lo que se infería de la continuación de esta noticia, que era nada menos que la existencia de varios crímenes no resueltos, pues continuaba así: «Los vecinos más influyentes del pueblo de Mora han solicitado que se establezca en él un puesto de Guardia Civil como el único medio de devolver la tranquilidad a aquellos habitantes, que han visto en poco tiempo sucederse los asesinatos sin descubrirse los autores». Debía de tratarse de un despacho de agencia, pues exactamente con el mismo texto y en la misma fecha la encontramos tanto en La Correspondencia de España, XVI, 1.945, 1-X-1863, p. 1, como en La Discusión, VII, 2.385, 1-X [IX, por error]-1863, p. 3, que añade: «Anteanoche fue preso por la Guardia Civil y la Rural, en las inmediaciones de Toledo, uno de los fugados de aquella cárcel, que se llama Eusebio Gutiérrez, el cual se halla procesado por haber causado la muerte a una hija suya, haciéndola beber agua fuerte».

Retengamos de todo ello la desazón de los morachos, que debía de ser mayúscula a tenor de sus demandas. Y lo cierto es que estas fueron inmediatamente atendidas, pues unos meses después hallamos en La Correspondencia de España: «La Guardia Civil del puesto de Mora capturó el día 6 a un tal Trigueros, que se había fugado la noche anterior de la cárcel de Toledo» (La Correspondencia de España, XVII, 2.137, 10-IV-1864, p. 1). Nada nos importa el tal Trigueros y la tal fuga, pero sí la obligada deducción de que se había establecido en la villa un puesto de la Guardia Civil en los últimos meses de 1863 o los primeros de 1864.

Desde entonces menudearán en la prensa las actuaciones de la Guardia Civil del puesto de Mora, que ahora no nos interesan más que para indicar que este debió de ir adquiriendo importancia, hasta que en julio de 1904 contará por vez primera con un oficial al mando, como trae en este caso el semanario toledano El Castellano, donde leemos: «Noticias.—Mora de Toledo.—El teniente de la Guardia Civil D. Mariano Garrido Navas, que goza de gran predicamento en la Comandancia de Toledo, ha sido trasladado a esta villa, la cual no había contado hasta ahora con un oficial de la Guardia Civil. Con este motivo se aumentarán las parejas de este instituto en este puesto, y se dice que para la más perfecta vigilancia del campo habrá dos parejas de caballería./ Es voz y fama pública que estas dos parejas serán de mucho más provecho que todas las plazas de la guardería rural ordinaria» (El Castellano, I, 26, 15-VII-1904, p. 3).

Se cumplían entonces ocho lustros de la llegada a Mora del instituto armado, en esos años 1863-1864 en que los morachos andaban sobrecogidos por unos asesinatos que no se resolvían.

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43. El caso del cura suicida (julio de 1877)

Hace unos meses publicábamos, en el número 24 de esta misma sección de Breves, la nota «Quitarse la vida», y en ella reuníamos unos cuantos testimonios periodísticos de suicidios de morachos que por lo común acababan tristemente en el fondo de las quietas aguas de los pozos de la villa. Pero ninguno quizá tan curioso como el que leemos ahora en el diario La Iberia: A las ocho de la noche del día 31 del pasado, la Guardia Civil del puesto de Mora recibió aviso de haberse tirado al pozo de la casa donde vivía el presbítero don Gonzalo Gálvez y Yébenes. Constituida en el lugar del siniestro, logró sacar a este, pero cadáver («Noticias», La Iberia, XXIV, 6.365, 5-VIII-1877, p. 3).

Unos días después, el suceso era recogido por El Globo, que añadía el porqué de tan funesto caso: Dicen de Mora (Toledo) que el suicidio del respetable presbítero D. Gonzalo Gálvez y Yébenes, ocurrido en aquella villa, y de que ya dimos conocimiento a nuestros lectores, reconoció por principal causa el estado de perturbación mental en que se encontraba dicho señor, y de que había dado repetidas muestras («Noticias generales», El Globo, III, 670, 11-VIII-1877, p. 2).

Al margen de que sea o no cierto que este periódico hubiese dado ya entonces la noticia (no la encontramos en parte alguna de los números de días anteriores), resulta llamativo que la perturbación mental llevase a un sacerdote a quitarse la vida, algo radicalmente opuesto al plan de Dios desde la mentalidad religiosa católica. De ahí, en general, que la Iglesia negase el enterramiento en sagrado a los suicidas; y de ahí, en particular, el sarcástico comentario que unas semanas después insertaba el propio El Globo: Un cura de Mora ha tenido por conveniente arrojarse a un pozo, de donde fue extraído cadáver./ Suponemos que habrá sido enterrado en sagrado; porque un cura, por más que sea suicida, no es, ¡ay!, un liberal cualquiera («Miscelánea.—Sábados clericales», El Globo, III, 712, 22-IX-1877, p. 3).

Ni que decir tiene que en el subtítulo de la sección, «Sábados clericales», el adjetivo debe ser entendido, por antífrasis, en sentido opuesto al de su literalidad, en una ironía que explica el comentario mismo desde la ideología liberal del periódico y desde su talante combativo. Lamentamos ignorar, eso sí, dónde sería enterrado don Gonzalo.

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42. Cipriano Villarreal, torero moracho

No es tierra de toreros la nuestra. Nombres y números cantan. Hasta la aparición de Eugenio de Mora en los años noventa, pocos son los diestros morachos conocidos, si es que hay alguno —nos viene a la mente Eugeniete, el padre de Eugenio, en los sesenta—, al menos que haya llegado a debutar con picadores. Una buena razón, sin duda, para no silenciar el nombre de Cipriano Villarreal, del que hallamos esta única referencia del crítico taurino José Manuel Santos, más conocido por su seudónimo de Verde y Oro, en un número de El Eco Toledano de agosto de 1914. En la sección «De toros», y bajo el título «Nuevo torero de la provincia», escribe:

Aunque desconocido de nuestro público, anda por otras plazas cobrando palmas un jovencillo de dieciocho años, natural de Mora y perteneciente a distinguida familia de aquella localidad.

Cipriano Villarreal, que así se llama el diestro en cuestión, tiene contratadas varias corridas en los siguientes puntos: dos en Puertollano (feria de septiembre), Cadalso de los Vidrios, Tetuán de las Victorias, Sigüenza, Cogolludo y otras. Sea enhorabuena y a ver si tenemos pronto el gusto de aplaudir a este chico por acá (El Eco Toledano, V, 1.094, 22-VIII-1914, p. 2).

Comentemos que de su distinguida familia, si es que a ella pertenece, no tenemos registrado más que a Eusebio Villarreal, que era socio del Círculo de la Concordia en 1900. Y en cuanto a la vertiente puramente torera, no parece que Cipriano llegase muy lejos, pues nada trae sobre él ninguno de los periódicos taurinos de la época, ni tampoco los de información general en sus respectivas secciones sobre el arte de Cúchares. Razón de más para salvarlo del olvido: Cipriano Villarreal, torero moracho.

Nota. A las pocas horas de aparecer publicado el presente texto, nuestro querido amigo y paisano Antonio de la Peña nos escribe para subsanar en parte nuestra ligereza inicial, recordando en los años cincuenta a Hilario Méndez, Malagueñín, y en los noventa a Joselito de Vega, que, aun no habiendo nacido en Mora, estaba vinculado a nuestra villa y así se anunciaba en los carteles. Quede constancia de ello. Gracias, Antonio.

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41. ¿Ilmo. o Excmo.?

Fue el de 1879 un buen año para Mora, pues todo hace pensar que la inauguración del ferrocarril que comunicaba la villa con el sur y el oeste, pero especialmente con Madrid, contribuyó poderosamente a su fabuloso despegue económico, en la medida en que pasó a poder transportar sus productos con una facilidad y rapidez desconocidas hasta entonces.

Examinando la prensa, encontramos otro motivo de júbilo para Mora y los morachos. Y es que, como leemos en una noticia brevísima de El Imparcial del 12 de marzo de ese mismo año: «Se ha concedido título de Excelencia al ayuntamiento de la villa de Mora (Toledo)» (El Imparcial, XIII, 4.231, 12-III-1879, p. 3). Con el mismo redactado y en el mismo día la hallamos en El Siglo Futuro (El Siglo Futuro, IV, 1.009, 12-III-1879, p. 3), al día siguiente en La Correspondencia de España y el Diario Oficial de Avisos de Madrid (La Correspondencia de España, XXX, 7.750, 13-III-1879, p. 3; Diario Oficial de Avisos de Madrid, CXXI, 72, 13-III-1879, p. 3), y dos días después en La Iberia (La Iberia, XXVI, 6.851, 14-III-1879, p. 3); en estos tres casos con una leve variación del texto: «Se ha concedido el tratamiento de excelencia al ayuntamiento de Mora (Toledo)». Concesión que suponía para el consistorio moracho el poder usar en su nominación el rango máximo de Excelentísimo, en lugar del inferior Ilustrísimo que empleaba (y hoy sigue empleando).

La pluralidad de fuentes parece abonar la veracidad de la noticia, pero lo cierto es que nuestro asedio a la Gaceta de Madrid (en adelante GM), esto es, el equivalente al actual Boletín Oficial del Estado, no da ningún fruto. Hemos consultado todos los ejemplares en torno a ese día, directa e indirectamente (es decir, por nuestros propios medios y también a través del Servicio de Documentación de la Agencia Estatal Boletín Oficial del Estado), sin resultado alguno. Parece, en consecuencia, que no se publicó tal decreto en la Gaceta de Madrid. Sí se había hecho unos años antes para Toledo (GM, 199, 18-VII-1875, p. 160), y bastantes después, y sucesivamente (en lo que respecta a la provincia toledana), para Alcaudete de la Jara (GM, 98, 8-IV-1911, pp. 51-52), Consuegra (GM, 90, 31-III-1927, p. 1.911) y Talavera de la Reina (GM, 131, 10-V-1928, p. 788).

Buscando paralelismos, no estará de más transcribir el texto de la Gaceta de 1875 referente a Toledo: «MINISTERIO DE LA GOBERNACIÓN./ REAL DECRETO./ En atencion á los gloriosos antecedentes y altos timbres históricos de la ciudad de Toledo, y queriendo darle una señalada muestra de mi Real aprecio,/ Vengo en conceder a su Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia./ Dado en Palacio á diez y siete de Julio de mil ochocientos setenta y cinco./ ALFONSO./ El ministro de la Gobernación,/ Francisco Romero y Robledo» (GM, 199, 18-VII-1875, p. 160). Apurando el paralelismo, El Imparcial de ese mismo día traía: «Al ayuntamiento de Toledo se ha concedido el tratamiento de excelencia» (El Imparcial, IX, 2.923, 18-VII-1875, p. 3). Y un día después La Correspondencia de España: «También publica hoy la Gaceta el decreto concediendo el tratamiento de Excelencia al ayuntamiento de la ciudad de Toledo» (La Correspondencia de España, XXIV, 6.439, 19-VII-1875, p. 7). Y El Globo de esa misma fecha: «Se ha concedido el título de excelencia al ayuntamiento de la ciudad de Toledo» (El Globo, I, 110, 19-VII-1875, p. 3).

Continuando aún el paralelismo, es claro que en el caso de Mora el rey no podía invocar sus «gloriosos antecedentes y altos timbres históricos», pero sí sin duda su «Real aprecio», pues pocas semanas antes de la noticia que nos ocupa, concretamente el día 3 de febrero de 1879, los morachos habían hecho al joven don Alfonso XII un recibimiento literalmente inolvidable —véase nuestro artículo 1879. Llega el tren (y también el Rey)—; tan inolvidable como para que el monarca, agradecido, premiase a la villa con el título de Excelencia.

Queremos decir con ello que todo apunta a que, en efecto, Mora recibió de su rey el honor indicado. Todo, salvo la Gaceta (importante escollo). ¿Llegó a publicarse en la Gaceta el real decreto correspondiente? Parece que no, pero no se nos negará la rareza del caso, con los periódicos madrileños haciéndose eco… ¿de un decreto no publicado?

Lo cierto es que en los últimos siglos el Ayuntamiento de Mora siempre se ha titulado Ilustrísimo y nunca Excelentísimo. Pero visto lo visto, no creemos que deba echarse en saco roto lo aquí expuesto, y sí replantearse la cuestión en los términos con que encabezábamos esta nota. Nos permitimos sugerir que las autoridades de la villa acudan al ministerio de la Gobernación, hoy del Interior, y este dictamine a la vista de los documentos pertinentes, si es que existen: «¿Ilmo. o Excmo.?».

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40. La primera feria de Mora se celebró en 1840

Apenas si saldremos propiamente en lo que sigue del título de esta nota, que no será —permita el lector— un breve, sino un brevísimo. Digamos de entrada que sobre los inicios de la feria de Mora hay referencias en Inmaculada Mora Galán («Nuestra historia», Feria y fiestas 2011, Mora, Moraprint, 2011, s.p.), y sobre algunos aspectos de su celebración a lo largo del tiempo, en Rafael y Alejandro Fernández Pombo (Fiestas y tradiciones de Mora, Madrid, Marsiega, 1979, p. 5). Pero lo cierto es que, una vez hallado en la Gaceta de Madrid de 1839 el documento de la concesión real, no nos resistimos a publicarlo tal cual. Dice así:

S. M. la Reina Gobernadora se ha servido conceder á la villa de Mora, en la provincia de Toledo, la gracia para celebrar una feria anual los dias 14, 15 y 16 de Setiembre, y un mercado en los lunes de cada semana. Y en debido cumplimiento á lo mandado por S. M. ha acordado el ayuntamiento constitucional de dicha villa se de principio a la celebracion del referido mercado en el primer lunes del año próximo venidero de 1840, como asimismo la feria ha de tener efecto en los dias, mes y año expresado.

Era la Gaceta de Madrid del 6 de diciembre de 1839, número 1.853, en su página cuarta. Consúltela el lector si lo tiene a bien por medio del enlace incorporado.

Por tanto, el lunes día 6 de enero de 1840 celebró Mora su primer mercado semanal, y del lunes 14 al miércoles 16 de septiembre de ese mismo año, la primera feria de la villa, como cabe suponer a partir de la orden de la Reina Gobernadora, que no era otra que María Cristina de Borbón, esposa del difunto Fernando VII (1784-1833), madre de la jovencísima reina Isabel II (1830-1904), y regente en los primeros años de su reinado, desde 1833. A partir de entonces, numerosas generaciones de morachos, sobre todo de niños morachos, hemos esperado con tanta ansiedad como ilusión la llegada de esos días de mediados de septiembre.

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39. ¿Santa Teresa de Jesús en Mora? (hacia 1568-1580)

No hay duda: en nuestra civilización occidental la historia debe fundarse en los documentos antes que en las tradiciones. Pero cometeríamos un error si por principio descartásemos estas —documentos orales, al fin y al cabo—, porque no todo ha sido escrito, o no hemos sabido ni sabemos ni sabremos encontrar todo lo que ha sido escrito. Por lo demás, no resulta siempre cierto que las palabras se las lleve el viento; a veces pasan de unas generaciones a otras, constituyendo entonces un legado que debe preservarse.

De la tradición hablamos. De la que conocemos unos pocos morachos según la cual en la villa existió un convento de monjas carmelitas que visitó alguna vez santa Teresa de Jesús (1515-1582), la reformadora en el siglo XVI de la orden carmelitana. Y de esta tradición se hace eco Marcela —seudónimo que esconde a doña Rosa Pombo— en dos números de la Página de Mora de El Castellano sobre los que hoy quisiéramos volver. En el primero de ellos (El Castellano, XXV, 6.274, 23-IV-1929, p. 2) alude genéricamente a una casa de Mora que albergó a «aquella fémina inquieta y andariega», lamentando la ausencia de «ninguna lápida o señal que indique su paso por esta villa». Pocas semanas después (El Castellano, XXV, 6.314, 11-VI-1929, p. 2) precisa que «en la calle Barrionuevo existía, por la época en que santa Teresa iba de lugar en lugar, un convento de monjas carmelitas», y que por él «hubo de pasar más de una vez […] con dirección a Malagón». Y añade que «esta otra morada de santa Teresa […] sufrió una transformación considerable», hasta el punto de que entonces, en 1929, puede afirmar: «Tan cambiada está que hoy vemos allí tres amplias casas, de relativa modernidad, aunque es seguro que subsistirá algún rincón que nos hable de cuando Teresa de Cepeda dejó entre sus muros el suave perfume de santidad».

Nosotros señalábamos en nuestro artículo que, en efecto —siempre según la tradición que nos ha llegado por vía familiar—, se trata de las fincas que ocupan los números 21, 23 y 25 de la calle de Barrionuevo, mayormente la primera, muy extensa, de la que en nuestros días no queda sino el solar donde estuvo la casa  —con corrales, cuadras y molino de aceite incluidos— de doña Victoriana Cervantes y sus hijos Pablo y María Juana Rodríguez Cervantes, todos ellos difuntos. En la segunda nació quien escribe estas líneas, y la habitó con su familia hasta mediados los años setenta del pasado siglo, siendo hoy residencia de Ángel Tejero Martín. La tercera perteneció a don Eusebio Fernández Lumbreras, el eminente médico moracho, y a sus hermanas Dolores y Sofía, y tiene ahora como propietarias a las también hermanas Elisa y Olvido López Martín.

Allí escribíamos también que las «noticias verbales» llegadas al conocimiento de Marcela coinciden con las que recibió en su día el que esto escribe, además del valioso dato según el cual en unas obras hechas en la casa de don Eusebio apareció el torno mismo del antiguo recinto, lugar del que Marcela recoge aún noticias posteriores bien afinadas, en el sentido de que el convento solo desapareció «casi en vísperas de la Guerra de la Independencia», cuando sirvió de cuartel a las tropas invasoras. Aún añade pormenores sobre la propiedad posterior de la finca en los que no cabe detenerse ahora (remitimos de nuevo a nuestro artículo sobre la Página de Mora de El Castellano).

Todo ello no es imposible, y aunque ni en las obras ni en las cartas de santa Teresa haya menciones de Mora, es muy probable objetivamente que descansase aquí en sus varios traslados desde Toledo a Malagón y viceversa, conventos que había fundado en 1568 y 1569, respectivamente. Sabemos que viajó de Toledo a Malagón al menos entre marzo y abril de 1568 y noviembre de 1579, y en sentido inverso, al menos en mayo de 1568 y junio de 1576. En cuanto a su epistolario, muy nutrido, Teresa fecha cartas desde Malagón en marzo de 1568, junio de 1576 y de diciembre de 1579 a febrero de 1580; y desde Toledo, en mayo de 1568, de marzo de 1569 a julio de 1570, en enero de 1575, desde julio de 1576 hasta julio de 1577, en noviembre de 1579, y entre abril y junio de 1580.

Lo cual, bien lo sabemos, no prueba nada, pero sugiere mucho. Y, añadimos ahora, una prueba indirecta de que Mora conservaba el recuerdo de santa Teresa —esto es, la tradición de sus estancias en la villa— puede ser el hecho de que cuando se conmemora en Alba de Tormes en 1882 el tercer centenario de su muerte, entre los asistentes, además de particulares y autoridades, la prensa cita la presencia de «varias corporaciones en representación de la capital de Toledo y de los pueblos de Mora, Tomelloso y otros» (La Época, XXXIV, 10.871, 13-X-1882, p. 2; La Unión, I, 236, 14-X-1882, p. 3). Era alcalde entonces don Andrés de Contreras y Marín, al frente de un consistorio que, por lo que parece, quiso recordar la vinculación con nuestra villa de la doctora de la Iglesia y escritora insigne.

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38. Fiestas y regocijos en Mora en el regreso al trono de Fernando VII (mayo de 1814)

Tras su encarcelamiento durante la guerra y tras el reinado de José Bonaparte, el rey intruso, la recuperación del trono español por parte del deseado Fernando VII (1784-1833) originó, como es bien conocido, una auténtica catarata de entusiasmo generalizado. Otra cosa sería, y desde bien pronto, el posterior discurrir de su mandato, pero lo cierto es que su liberación del encierro en Valençay y su inmediata llegada a España desataron el júbilo enardecido en nuestras ciudades, pueblos y aldeas.

¿También en Mora? También en Mora, y hoy por fin lo sabemos con todo lujo de detalles, al haber podido conocer las fiestas y regocijos públicos que se dieron en la villa precisamente en torno al 30 de mayo, día de su onomástica, cuando se cumplían dos semanas de la definitiva entrada de Fernando en Madrid, el 14 de ese mismo mes de mayo de 1814. Es algo que hemos hallado en esta crónica anónima de La Atalaya de la Mancha en Madrid (106, 16-VII-1814, pp. 869-870), que transcribimos para nuestros amigos de Memoria de Mora sin alterar una tilde (anotando, eso sí, unos pocos términos entre corchetes):

Deseosa esta villa de Mora de manifestar en algun modo el sumo regocijo que ocupa á todos sus habitantes en el momento tan suspirado de ver ocupando el trono de sus mayores á su adorado Soberano el Sr. D. Fernando VII, señaló para este obsequio el fausto dia del Monarca, dando principio la noche del 29 con variedad de voladores [‘cohetes’], á cuya señal se reunió un pueblo inmenso. De la casa de la Señora Condesa, en cuya entrada se habia formado un hermoso cenador, cuya elevacion, ornato y gusto hacian confundir el arte con la naturaleza, comenzaron á marchar numerosas comparsas de parejas á caballo, vistosamente vestidas, que con diferentes alegorías expresaban el amor al Rey, la sumision de los dos hemisferios, la estrecha alianza de la gran Bretaña y el reconocimiento al gran Duque de Ciudad-Rodrigo [‘Arthur Wellesley, duque de Wellington, héroe de la Guerra de la Independencia’], representado con la mayor grandeza. Todo este acontecimiento precedia á un magnífico carro de triunfo ricamente adornado con variedad de pinturas, arcos y festones, cuyo centro ocupaba una matrona que representaba la heroyca Nacion española, sosteniendo un precioso estandarte con el Retrato de nuestro augusto Soberano, rodeado de genios y ángeles elegantemente vestidos, y con multitud de luces en sus manos, tirado por veinte y quatro mancebos, cuyos sobresalientes trages, así como la variedad de colores y caprichoso texido de los listones de que tiraban, formaba la vista mas agradable. La guardia de honor representada con decoro, y la brillante comitiva que rodeaba el carro, terminaban este solemnísimo triunfo, en el que la parte mas principal, pero dificil de describir, era el efecto que producia este tierno y magestuoso espectáculo en los corazones: las lágrimas mezcladas con el alborozo hacian prorumpir en afectuosos vivas que á porfia levantaban hasta el cielo. Innumerable concurso de los naturales [‘los vecinos de Mora’] y pueblos inmediatos discurria por las calles de la carrera, que así como todas las del pueblo estaban iluminadas á competencia [‘a porfía, a cuál más’], sobresaliendo entre todas las Consistoriales, en cuya portada se habia levantado un soberbio pórtico, que reuniendo la sencillez, magnificencia y arte formaba el contraste mas agradable con las innumerables luces y hermosos damascos que ornaban el resto del edificio. En el centro del pórtico se habia formado un solio, donde concluida la carrera del triunfo se colocó el Retrato de nuestro Soberano, poniéndose á sus pies todo el Ayuntamiento.

El dia 30 á las nueve de su mañana fue trasladado el Retrato del Soberano con igual pompa á la Iglesia Parroquial, y colocado al lado del Evangelio se cantó por el Párroco una solemnísima Misa y Te Deum, con el Señor manifiesto [‘con el Santísimo expuesto’]; y concluido este acto, se volvió el Retrato con el mismo aparato al lugar que ocupaba, donde permaneció durante el bayle de la tarde, á que asistió la mayor parte del pueblo despues de un solemne Rosario público; repitiendo, para volver á baxar el Retrato, la misma funcion de la noche anterior.

Este obsequio fué encargado por el Ayuntamiento á los artesanos, y executado en pocas horas.

No tardaría Fernando en defraudar las esperanzas que concitó su reinado, pero eso sucedería luego de las gozosas jornadas que vivieron los morachos durante los días 29 y 30 de mayo de 1814.

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37. Las ocho horas (una jugosa anécdota moracha de don Julián Besteiro)

1. Las ocho horas. La jornada diaria de ocho horas de trabajo, cuando aquella solía exceder —y a veces largamente— ese límite, constituyó una pretensión permanente de las organizaciones obreras de todo el mundo industrializado desde la segunda mitad del siglo XIX. Es algo que la Unión General de Trabajadores reivindicó a partir de su fundación misma, en 1888, pero lo cierto es que las ocho horas no se aprobaron legalmente en España hasta abril 1919, en un decreto que entró en vigor precisamente el 1.º de octubre de ese año, dos días antes del artículo que copiaremos a continuación, y que, como comprenderemos tras conocerlo, se convierte en un comentario de actualidad que condenaba el que era a todas luces un importante logro de los trabajadores.

2. Para trabajadores, los morachos. Sobre esta virtud nuestra ya hemos tratado alguna vez en Memoria de Mora, y ahora nos limitaremos a recordar lo que escribía el redactor de la Guía de 1901 —seguramente don Juan Marín  del Campo, al que nos referiremos enseguida— cuando afirmaba que los vecinos de la villa eran «hospitalarios, sobrios, leales, fieles cumplidores de su palabra; pero, sobre todo, ante todo y por encima de todo, trabajadores», agregando que los hombres trabajan de sol a sol: «cuando en el campo no se ve, en su casa; cuando en su casa no hay, en la del vecino; todo menos holgar»; y que la misma fiebre sienten las mujeres: «por el día, las labores de la casa, la limpieza, a que se dedican con saña, con encarnizamiento; por la noche, antes de acostarse, al esparto, es decir, a trabajar en el esparto hasta ganar el pan del día siguiente».

3. Besteiro. El protagonista de la anécdota, el político socialista don Julián Besteiro (1870-1940), residió en Toledo entre 1899 y 1912 como catedrático de Psicología, Lógica y Ética en el Instituto de Segunda Enseñanza, y fue concejal del Ayuntamiento de la ciudad (1904-1909). Sabemos que en Mora participó al menos en un mitin, algo después, el del 24 de enero de 1914 (El Eco Toledano, V, 926, 26-I-1914, p. 3), que tal vez sea el aquí referido.

4. Don Juan Marín del Campo. Quien firma el artículo, literalmente M., es sin duda el abogado y periodista moracho don Juan Marín del Campo (1865-1945), bien conocido tanto por el ingenio y la viveza de su prosa como por su radical integrismo y su defensa de la sociedad patriarcal (véase nuestro artículo sobre el personaje en Memoria de Mora). Era por entonces redactor del diario católico madrileño El Siglo Futuro (1875-1936).

Con la anécdota, que tiene todos los visos de ser verdadera, dejamos sin más al lector:

Ahora que la jornada de ocho horas va tan boyante, aunque no deja de haber sus más y sus menos, más bien sus menos, porque hay quien trabajaría siete y son legión los que no quisieran trabajar ninguna, se puede contar un sucedido, que no es chascarrillo, y que resulta de actualidad.

Mora de Toledo es un pueblo muy industrial y muy trabajador. ¿Quién no conoce, aunque solo sea de nombre, a Mora de Toledo? ¿Quién no ha oído hablar, aunque más no sea, del jabón de Mora?

Claro es que habrá por ahí quien suponga que eso de Mora es una marca registrada por cualquier fabricante africanista, puesto que no es muy general el conocimiento de la geografía nacional, pero el jabón de Mora es tan famoso que, por sí solo, mantiene el crédito del pueblo donde se fabrica y de sus fábricas de jabón.

Pues bien, en Mora de Toledo, donde se vivía en paz y en gracia de Dios, penetró un día aciago el socialismo, para perturbar aquella tranquilidad y armonía que se disfrutaba, y penetró por la propaganda que, al amparo de las libertades liberales, preconizan como legítima los avispados gobiernos a cuya tolerancia se debe todo lo que viene ocurriendo y ocurrirá en España.

Y he aquí que en aquel alborear del socialismo, un propagandista societario, o más bien obrerista, que no era otro que el señor Besteiro, llegó a Mora de Toledo para dar un mitin a aquellos trabajadores.

Hubo pasquines colocados por las esquinas, comentarios en las tabernas, malsana curiosidad, y, en efecto, el mitin se dio, concurrió la gentecita levantisca y el señor Besteiro habló y dijo:

—Trabajadores. Entre los principios fundamentales del programa socialista está el establecimiento de la jornada de ocho horas. ¡No cejéis hasta que no consigáis trabajar ocho horas solamente al día!…

¡Bueno, pues la que se armó allí fue épica!

Voces, denuestos, protestas, silbidos, gritos y hasta un “¡que se vaya!”

—¿Qué pasa? ¿A qué viene esto? —se preguntaba el señor Besteiro.

Claro está que Mora de Toledo es un pueblo muy trabajador, donde cada cual trabaja hasta reventar para sí, sin jornada que valga, pero lo que ocurría sencillamente era que los obreros en Mora de Toledo no trabajan para los patronos respectivos más que cinco horas, por vieja costumbre. Por lo cual el socialismo no les iba a resolver nada en ese respecto.

—¡Ha fracasado el primer ocho, mi amigo! —dijo un su colega al señor Besteiro—. El señor Besteiro quedó consternado. Pero desde entonces se aplicó a estudiar a los gobiernos, que es más fácil, para conocer sus flacos, gracias a los cuales tiene asiento en el Congreso y hasta sus miajas de personaje (M., «De ayer a hoy.—Un ocho», El Siglo Futuro, 2.ª época, XII, 3.860, 3-X-1919, p. 1).

Y es que Besteiro había cometido la imperdonable ligereza de desconocer cuántas eran las horas que echaban los morachos.

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36. Porroninas

Me asalta a veces la memoria el voceo de la mercancía por las calles de la villa cuando se acercaban las Pascuas, como entonces decíamos. Siempre en voz de mujer, siempre en las mismas palabras, siempre en el mismo orden: ¡Vinilloooos! ¡Almantecaoooos! ¡Porroninaaaas! Permita el lector que le confiese que los segundos no me acababan de convencer: me resultaban algo ahogadizos; los primeros, podían pasar; en cuanto a las porroninas…, sin alcanzar la excelsitud del turrón o del mazapán (¡las monerías de Indalecio!), venían a ser un manjar de los excelentes. Pero no quisiéramos internarnos por aquí, sino por allá: en los vocablos, no en los dulces.

Y lo que hallamos nos lleva al más puro asombro. ¡Cuerpo de Cristo!, que diría el clásico: ¡ninguno de ellos aparece registrado en ningún diccionario! Salvo vinillo en el de la Real Academia, pero no como una clase de pasta, sino como «vino muy flojo» sin más. María Moliner completa: «Diminutivo de vino, que se puede aplicar a uno muy flojo, o, con estimación, a uno que el que habla encuentra muy bueno». El Diccionario del Español Actual lo ignora en absoluto.

Almantecaos era la variante moracha de mantecaos (pronunciación común entre nosotros de mantecados: «pastas o tortas pequeñas hechas con harina escaldada y manteca de cerdo», según la misma Moliner). Forma en al- que no debería extrañarnos, pues responde a la muy nutrida existencia de dobletes, casi siempre en términos de origen árabe —o alárabe, y aquí ya tenemos uno—, como beldar/albeldar, canfor/alcanfor, Corán/Alcorán, rededor/alrededor (o derredor/alderredor), garroba/algarroba, guarismo/alguarismo, lorza/alhorza, jofaina/aljofaina, mizcle/almizcle, los antiguos cohol/alcohol o limosna/almosna, y no pocos más. Todo ello —y disculpe el lector la retahíla— potenciado por la frecuencia, y la frecuencia de uso, de palabras en alm-, dobletes aparte; casos como los de almacén, almanaque, almazara, almíbar, almidón, almohada, almoneda, almorrana, almorta, almorzar…, entre bastantes más.

¿Y qué hay de nuestras porroninas? Ni rastro. No aparece —ni ha aparecido nunca a lo largo de la historia— en el Diccionario de la Real Academia Española, que trae como equivalente el término perrunilla, «especie de bizcocho o torta pequeña hecha con manteca, harina, azúcar y otros ingredientes». Tampoco figura en el Diccionario del Español Actual, que agrega perronilla como variante. Menos en el de María Moliner, que no recoge el término en ninguna de sus formas.

Pero lo cierto es que el Diccionario académico circunscribe las tales perrunillas a Andalucía, Extremadura y Salamanca. ¿Y cómo habrá que decir entonces en Mora y otros pueblos cercanos? Porroninas, señor mío, porroninas. No somos las personas las que nos debemos al diccionario, sino al revés. Po-rro-ni-nas. Así de claro.

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35. Bodas de madrugada

No salíamos de nuestro asombro al leerlo la primera vez: ¿una boda «en la madrugada»? ¡Recontra! Era el 15 de agosto de 1910; no constaba la hora; los contrayentes, José María Gilly y Dolores Jiménez (El Castellano —citado en adelante EC—, VII, 373, 20-VIII-1910, p. 3). ¿Tal vez un error? No, pues pocos años después, Miguel Maestro-Muñoz y Victoriana de Mora-Granados celebraban sus nupcias a las tres de la mañana (¡cielos!) del 7 de mayo de 1917 (El Eco Toledano —citado en adelante EET—, VII, 1.811, 9-V-1917, p. 3). ¿Excentricidades de unos cuantos? No parece: otro paisano nuestro, Gregorio Lillo Jiménez, se había casado en Manzaneque con Mercedes Gómez del Campo a las cuatro de la madrugada unos días después de la feria de la villa de 1915 (EET, VI, 1.346, 25-IX-1915, p. 3).

¿Podría haber influido en esta ocasión el luto de la familia, que conocemos a través del cronista, Orencio Figueroa? Sin duda, pero no por fuerza en otros casos, como, revisando a fondo El Castellano, descubrimos en palabras del relator (seguramente Marín del Campo) de la boda de don Juan Laveissiere, entonces jovencísimo diputado provincial, con doña Vicenta Martín-Pintado, y que nos dan cabal idea del asunto: el enlace tuvo lugar en la entonces capilla nueva de la iglesia de Mora el 30 de septiembre de 1910, y a ella asistió un gentío enorme. ¿El porqué de tal revuelo? «Ha habido en el pueblo una verdadera expectación al anunciarse que la boda iba a celebrarse aquí en pleno día, contra la costumbre que en Mora se ha implantado hace algunos años, y la cual consiste en celebrarse las bodas entre gallos y medias noches; razón por la cual únicamente asisten a los tales desposorios contadísimas personas. Pero cuando se celebran de día, la afluencia de convidados es grandísima, como en esta última ha acontecido». Y sigue escribiendo que «en las casas de los novios apenas podían rebullirse los invitados»; y que «cuando el novio y su acompañamiento fueron a sacar a la novia, y sobre todo cuando en las calles y en la iglesia parroquial se juntaron todos los convidados con el inmenso público que contemplaba la fiesta, resultaban estrechas las calles y estrechísimo también el templo, a pesar de su grandeza» (EC, VII, 387, 4-X-1910, p. 4).

No hay duda, pues, de que se trata de una moda de la época, y que, como vamos viendo, se prolonga unos cuantos años, no pocos. A las siete del día 1.º de julio de 1917 (según EET, VII, 1.855, 4-VII-1917, p. 3) se casaban Cayetano Martín Barroso y Julia García-Donas, aunque eran las ocho de acuerdo con lo que trae EC, XIV, 2.418, 4-VII-1917, p. 2. A esas mismas ocho de la mañana se presentaban ante el altar tanto Esteban Gutiérrez Ramírez con Alejandra Cermeño García-Miguel (EET, VII, 1.672, 15-XI-1916, p. 3), como Juana Medina Aguilera con Domingo Punzón Sánchez (EC, XXI, 5.625, 11-XII-1925, p. 1). Y si bien no conocemos el horario preciso del enlace (en Sonseca y en febrero de 1922) del moracho Indalecio Fernández-Cañaveral con Rafaela Gómez-Tavira, lo cierto es que tras la ceremonia se servirá un desayuno —un desayuno, que no un almuerzo— a los invitados (EC, XVIII, 3.800, 22-II-1922, p. 4). Temprano era.

Bien es verdad que muchos desposorios, en los que no nos detendremos, se celebran a horas menos llamativas. A las diez de la mañana, los de Amadeo del Castillo y Pilar Ruiz-Tapiador (EC, 12-I-1916), Tomás Díaz Guzmán y Consuelo Méndez Blayer (EET, 4-X-1916), y Evelio García Sánchez-Cogolludo y Vicenta Gómez Zalabardo (EC, 17-VII-1926). A las once, el de Julia del Olmo con Joaquín Valle (EET, 10-X-1916). A las tres de la tarde, el de Isabel Maestro-Muñoz con Cándido Contreras (EC, 21-III-1925). Y sin precisar, pero a horas de luces y no de sombras, los de Juliana López-Romero y Ricardo Grima Talens (EC, 4-VII-1917), Compasión Díaz y Carmen Cabeza (EC, 31-V-1926), Carmen Cabrera López de la Torre y Francisco Hernández Guzmán (EC, 25-VIII-1926), o Jesualda Díaz Gálvez y Joaquín Redondo Pérez (EC, 27-X-1924), este último con la iglesia y las calles abarrotadas por tratarse de la hija mayor de don Anuncia, esto es, don Anunciación Díaz Jiménez, el célebre maestro de la música, el estimadísimo director de la banda municipal.

¿Sería tal vez el deseo de evitar aglomeraciones como estas, escapando con ello a las miradas de tanto curioso, el motivo del recurso a la madrugada? ¿Quizá el de reducir o eliminar invitados, ahorrando gastos en el agasajo? ¿A causa de un luto? Este último supuesto, como antes señalábamos, pudiera explicar alguno de estos horarios, pero solo alguno. Por lo demás, en nuestras lecturas de la literatura de la época —que es de lo que sabemos un poco—, nunca hemos hallado testimonio de tal usanza. De que era moda en Mora no caben dudas. Ni tampoco, sinceramente, de que no disponemos de explicación convincente de su razón de ser. ¿Nos ayudarán a encontrarla nuestros amigos de Memoria de Mora?

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34. La carretera de Toledo venía de lejos

«No tanto», pensarán nuestros lectores. Y tendrían toda la razón del mundo si no apoyásemos nuestro título en lo que tratábamos en el anterior número 8 de estos mismos Breves, donde leíamos cómo el primer tramo (Mora-Almonacid) de la nueva carretera que había de unir Mora con Toledo se inauguraba en la primavera de 1904. Y tras no pocas protestas, idas y venidas, audiencias y solicitaciones, buenas palabras…, y pocos hechos, la carretera no se completó hasta entrados ya los años treinta.

Pero es que ahora venimos a saber que ese primer tramo, el que creíamos inicio de todo, ya llevaba otros veinte años de espera. Lejos, pues, en el tiempo; no en el espacio. Vea si no el lector esta ley firmada en 1885 (!) por don Alejandro Pidal y Mon, ministro de Fomento, y sancionada por el rey don Alfonso XII, que copiamos literalmente de la Gaceta de Madrid, el equivalente del actual Boletín Oficial del Estado o simplemente BOE:

MINISTERIO DE FOMENTO/ LEYES/ DON ALFONSO XII, por la gracia de Dios Rey constitucional de España./ A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: que las Cortes han decretado y Nos sancionado lo siguiente:/ Artículo único. Se incluye en el plan de carreteras del Estado una de segundo orden que, partiendo de Toledo y pasando por Nambroca, Almonacid y Mascaraque, enlace en Mora con la de Orgaz a Horcajo de Santiago./ Por tanto:/ Mandamos a todos los Tribunales, Justicias, Jefes, Gobernadores y demás Autoridades, así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquier clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir y ejecutar la presente ley en todas sus partes./ Dado en Palacio a treinta de Mayo de mil ochocientos ochenta y cinco./ YO EL REY/ El Ministro de Fomento, Alejandro Pidal y Mon» (Gaceta de Madrid, núm. 154, 3-VI-1885, p. 644).

¡1885! ¡Cincuenta años para abrir treinta kilómetros de carretera! ¡Dios mío de mi vida!, que diría mi madre. ¡Le zumba el bolo! (con perdón), que diría mi padre. Nosotros dejamos al lector en libertad para maldecir a su conveniencia, que el caso no es para poco.

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33. Muchachas que estudian (II): reparando un olvido

No hace mucho recalcábamos (Cajón de sastre, 27), en relación con el pavoroso analfabetismo que vivía la mujer española y con la escasez de jóvenes que iniciaban el Bachillerato, el triste caso de la provincia de Toledo, que hacia 1882 era la única, o de las pocas de España, «donde no se habían formalizado matrículas de alumnas». Preguntándonos qué sería de ello en Mora, considerábamos probable que ni una sola moracha hubiese comenzado a cursar la Segunda Enseñanza en la villa antes de la apertura del Instituto en 1932. Citábamos allí, en doble homenaje de admiración, a nuestro llorado amigo Salvador Núñez Morales —que investigó ejemplarmente sobre el Instituto de Mora en los años de la República—, así como los nombres que el mismo Salvador consignaba de las jóvenes morachas inscritas en la Segunda Enseñanza en el Centro de la calle Ancha.

Pero al recopilar datos para otro trabajo de Memoria de Mora que no hace ahora al caso, hemos caído en la cuenta de que ello no es del todo cierto, y debemos subsanar cuanto antes nuestro error. La copiosa y dispersa información que manejamos nos hizo dejar en el olvido —disculpe el lector— a algunas jóvenes morachas que iniciaron el Bachillerato ocho años antes: a partir de 1924 y en el Colegio Teresiano. Ningún mérito restan a las que vinieron luego, pero resulta obligado restituirles el suyo propio, precedencia incluida.

El Colegio Teresiano abrió sus puertas en el curso 1920-1921 con las clases de la que entonces era llamada Primera Enseñanza, el equivalente de la actual Enseñanza General Básica —si es que aún se llama así, porque debemos confesar que hace tiempo que nuestro cerebro se volvió impermeable a los absurdos vaivenes de reformas sin sentido—: era también desde luego básica, pero andaba lejos de resultar general. Y no mucho después impartía los siete grados de este nivel e iniciaba el de la Segunda Enseñanza. Era el año académico de 1924-1925: «Desde este curso —escribe el diario católico El Castellano se implantará la Segunda Enseñanza, y ya se han matriculado varias señoritas que desean hacer el grado de Bachiller» (El Castellano, XX, 5.262, 2-X-1924, p. 3). Y así será, al menos en sus comienzos: al acabar ese período lectivo, ninguna de las alumnas —ni de los alumnos, que también los había— era «desaprobada» en los exámenes finales (volvía a escribir El Castellano, XXI, 5.477, 17-VI-1925, p. 3) celebrados en el madrileño Instituto Cardenal Cisneros. Y de la promoción siguiente, si bien no contamos con información particularizada, sí sabemos que en general las alumnas obtuvieron brillantes calificaciones (El Castellano, XXII, 5.785, 25-VI-1926, p. 3).

El asunto es que en 1924 —unos años antes, pues, de quienes creímos pioneras— se examinaban del Ingreso del Bachillerato Vicenta Barbudo, Santa Rey, Cándida Gómez Zalabardo, Isabel Cañaveral, Josefina Pérez y Josefina Fogeda. Algunas también del 1.º y hasta del 2.º curso en aquella ocasión, pues se nos informa de los sobresalientes y notables cosechados en diversas asignaturas (Aritmética, Gramática, Geografía, Latín) por varias de ellas, sobre todo Vicenta, Santa, Cándida e Isabel. En esos mismos días, Josefina Fogeda aprobaba nada menos que cinco años de la carrera de Piano. Y diríamos que era por entonces —pero carecemos de datos fehacientes— cuando Clotilde Carbonell, Melitona Sánchez-Cogolludo, y quizá alguna otra que olvidamos, cursaban los estudios de Magisterio.

Los casos de los chicos eran bien diferentes, y no pocos —entre las familias acomodadas, claro está— los que salían fuera a estudiar. Baste un ejemplo llamativo. Por esas mismas fechas, el final de las vacaciones de Navidad es así narrado por el corresponsal de El Castellano: «Acompañados de sus respectivas familias, que ocupaban varios automóviles y coches, llegaron a la Estación [los estudiantes de la localidad], en cuyos andenes era imposible transitar por la gran afluencia, calculándose en más de doscientas personas las que acudieron a despedirles». Añade que entre otras muchas personas vio «a los señores Cabrera (D. Eustasio), Barbudo, L. de la Torre (Dª Juana), Millas (D. Isidoro), Hormaechea, Tesorero, Cabrera (D. Juan Manuel), el virtuoso y aventajado seminarista Ramírez (D. Luis), etcétera, etc.» Y tras aludir a las efusiones sentimentales en las despedidas respectivas, concluye que «son muy numerosos los escolares de esta población, y por eso este espectáculo resulta siempre emocionante» (El Castellano, XX, 5.040, 9-I-1924, p. 2).

Antes y después no faltan menciones de estudiantes universitarios varones, y, más aún, de titulados morachos, pues los hombres sí estudiaban carreras. Que son juristas, casos de Florencio Millas, Felipe García-Suelto, Manuel Larrazábal, Alfredo Partearroyo, Juan Marín del Campo, Augusto Ruiz-Tapiador, Andrés Contreras, Plácido Álvarez y su hijo Isidro, Pablo Jiménez Cano y su hijo Hipólito, Vidal García Paredes y su hijo Evelio, Juan Laveissiere…; médicos como Manuel Cañaveral, Eusebio Lumbreras, Emilio Benéitez, Compasión Díaz o Manuel Fernández-Cabrera; farmacéuticos como Vicente Gálvez, Modesto Sánchez, Marceliano Barbudo, Juan Manuel Fernández-Cabrera, José Martín-Maestro o Ambrosio Gómez Zalabardo; veterinarios como los hermanos Ruiz y Galán, Benigno López-Romero, José Antolí…

Pero nuestro homenaje de hoy, rectificando y completando lo escrito en su día, es para esas muchachas que, junto a las que entonces mencionábamos, e incluso antes que ellas, fueron las primeras morachas en iniciarse en los estudios de la Segunda Enseñanza: Vicenta Sánchez-Barbudo Freixa, Santa Rey de Viñas García-Fogeda, Cándida Gómez Zalabardo, Isabel Fernández-Cañaveral Moraleda, Josefina Pérez Ruiz, Josefina García-Fogeda. Queden aquí los nombres completos para honra suya, que bien ganada la tienen.

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32. Mora inaugura su Plaza de Toros (14 de septiembre de 1876)

No nos cansaremos de repetirlo: en las páginas de la prensa del pasado se descubre una mina de curiosidades sin cuento. ¿Saben nuestros amigos de Memoria de Mora que en la segunda mitad del siglo XIX aparecía semanalmente en Madrid un Boletín de Loterías y de Toros? Curioso potaje: loterías y toros. Pero así era, y no flor de un día: la revista duró los 26 años y medio que iban del 14 de septiembre (en señalada fecha moracha) de 1858 al 30 de marzo de 1885. Comenzó saliendo los lunes, para pasar a publicarse los martes desde mayo de 1866. Antes y después, incluso, se prolongó (1851-1858) y se prolongaría (1885-¿1912?) en El Enano, revista satírica de rótulo no menos llamativo.

Pues bien, la cuestión es que, escudriñando en sus páginas (en sus páginas digitales de la Hemeroteca Digital), damos con este apunte de 1876:

Valentín Cabanes, El Ches, ha sido ajustado para trabajar con su cuadrilla en la plaza de toros de San Martín de Valdeiglesias los días 9 y 10 del corriente, lidiándose toros de una ganadería salmantina. El mismo diestro toreará en la nueva plaza de toros de Mora (Toledo) los días 14, 16 y 17 próximos, siendo el ganado procedente de la vacada de Benasalves (Boletín de Loterías y de Toros, XXVI, 1.333, 11-IX-1876, p. 4).

¡Ángela María! ¿La nueva plaza de toros? ¿Los días 14, 16 y 17 de septiembre? En la feria, por tanto. ¿Será ésta la inauguración del ruedo moracho? Volvamos ahora la vista al Diario Oficial de Avisos de Madrid, que recogía las noticias de La Correspondencia de España, otro periódico madrileño:

Según nos escriben de Mora (Toledo), ya han empezado los preparativos en aquella localidad para la feria que comienza el día 14. En dicho día se verificará la inauguración de la bonita Plaza de Toros que se ha construido, lidiándose dos toros de muerte y seis novillos./ La plaza es de muy buenas condiciones, sin que su dirección y ejecución se deba más que a los artesanos de aquella villa La Correspondencia de España.—Edición de la noche de ayer 13 de setiembre», Diario Oficial de Avisos de Madrid, CXVIII, 258, 14-IX-1876, p. 3).

En efecto, la plaza había sido levantada, en terrenos de la propiedad de don Manuel Millas Redondo, por una sociedad que reunía a una veintena larga de vecinos de la villa que suscribieron acciones, entre los que sobresalían por el número de títulos en su poder don Jaime Pérez López, don Julián Zalabardo Luis, don Melitón Redondo Santolalla y don Tomás Maestro-Muñoz Rueda. Son datos que debemos a Juan Álvarez Redondo-Marín, amigo entrañable desde la infancia, y que constan en la escritura de constitución, nueve años más tarde (en julio de 1885), de una nueva sociedad para la organización y administración del coso moracho.

Quede esto para otra ocasión. Porque se nos encadenan las curiosidades sin apartarnos de la inauguración misma. Véase si no lo que trae unos días después nuestro Boletín:

Tenemos el sentimiento de manifestar a nuestros lectores el fallecimiento de Valentín Cabanes y Caballero, El Ches (Q.E.P.D.), acaecido en esta corte el día 21 del corriente, a las dos y media de su tarde, a consecuencia de una pulmonía fulminante./ A pesar de sentirse malo el día 8 del citado mes, salió para San Martín de Valdeiglesias, donde trabajó; pero a la vuelta cayó en cama (día 13) para no levantarse más; y sintió no poder ir a inaugurar la plaza de Mora (Toledo), mandando a otro en su lugar./ Valentín Cabanes ha bajado a la tumba a la edad de 27 años, habiendo sido muy estimado por cuantos le trataron (Boletín de Loterías y de Toros, XXVI, 1.335, 25-IX-1876, p. 4).

Escasas, pero algunas, son las noticias que nos llegan sobre este pobre muchacho. En el propio Boletín menudea desde 1874 como banderillero, sufriendo una grave cogida en Madrid al clavar unas banderillas de fuego en enero de 1875, meses antes de que estoquease en Barcelona, como sobresaliente que era, el séptimo y último toro de la famosa corrida que reunió el 22 de agosto de ese año a Lagartijo y Paco de Oro (Antonio Santainés Cirés, «Lagartijo, el torero predilecto de Barcelona», ABC, 19-III-2006). Como matador de toros o novillos, además de este de Mora en 1876, no hallamos más que un anuncio para la plaza de Alicante de octubre de 1875.

Quién toreó en nuestra villa en sustitución del infortunado Cabanes es asunto que no conocemos por ahora. Sí que en las ferias inmediatas, las del 77 y 78, lidiaron respectivamente Antonio González (con muy buena entrada y palmas del respetable) y Vicente García, Villaverde, un diestro de renombre que frecuentaba los alberos desde hacía veinte años, precisamente cuando echaba a andar el curioso Boletín de Loterías y de Toros, el sucesor de El Enano, el periódico que hemos traído hoy a Memoria de Mora.

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31. Nombres de calles

Hace unos meses, y siguiendo la pista de nuestro paisano don Hipólito Jiménez —con quien coincidió varios años en el Partido Reformista—, me sumergí en los Diarios de don Manuel Azaña, un monumental fresco histórico a cuya valía no es ajena la aguda captación de la realidad que ofrece el autor. Buena muestra de ello podría ser esta jugosa reflexión sobre los nombres de las calles; o mejor, sobre los cambios en los nombres de calles, escrita el día 30 de agosto de 1937, en plena Guerra Civil:

Una de las primeras cosas que hace en nuestro país cualquier movimiento político es cambiar los nombres de las calles. Inocente manía, que parece responder a la ilusión de borrar el pasado hasta en sus vestigios más anodinos y apoderarse del presente y del mañana. En el fondo, es una muestra del subjetivismo español, que se traduce en indiferencia, desamor o desprecio hacia el carácter impersonal de las cosas. Madrid, administrado casi siempre por forasteros y analfabetos, ha dado sobre el particular ejemplos de muy mal gusto, y no ahora, sino desde hace mucho tiempo. Sobre todo, cuando le sobrevienen a un concejal ataques agudos de cursilería, y encuentra poco distinguido, impropio de una gran ciudad, que ciertas calles se llamen del Lobo, o la Gorguera, o el Soldado, o ¡Válgame Dios!, etcétera, etcétera. En mi triste Alcalá he visto convertirse la calle de las Flores en calle de Navarro y Ledesma; la de Libreros en General Allendesalazar; la de Roma, nada menos, en General Fernández Silvestre… (consúltese el Anuario Militar). Conviene perfectamente a la inconsciente sorna e impensada ironía de los alcalaínos, de que tanto se regocijaba mi tío don Félix, el que al advenir la República diesen el nombre de Plaza de la Libertad a la antigua Glorieta de San Bernardo, tan gustada por mí, y que es una plazuela cerrada en tres de sus caras por la cárcel, un convento y el archivo. Ahora, con motivo de la guerra y la revolución, se han visto ocurrencias divertidas, dentro del afán de rebautizar las calles. La de Alcalá-Zamora, antes de Alfonso XII, en Madrid, se llama de la Reforma Agraria. En Valencia ha aparecido una Plaza de los Derechos del Niño. Y la antigua calle de la Lealtad, después de Antonio Maura, también de Madrid, se llama calle de las Milicias de Retaguardia de las Juventudes Socialistas Unificadas. Concisión telegráfica. Una mística, como dicen por ahí impropiamente, reemplaza a otra: en Madrid tenían calles propias la Santísima Trinidad, el Divino Pastor, el Amor de Dios, etcétera, sin contar las que derivaban su nombre de la vecindad de una iglesia o convento; pero este motivo, puramente local, es cosa distinta. La manía es común a todas las banderías políticas. Si los rebeldes tomasen Madrid, veríamos probablemente a la calle del Barquillo, la del Arenal o la de Carretas cambiar su nombre típico por el de algún general cargado de laureles. En el siglo pasado, los progresistas impusieron a la calle de Alcalá el nombre del General Espartero. Después nos hemos contentado con mantener en esa calle la imagen broncínea del caudillo liberal. Si los italianos acaban por triunfar, quizá se la lleven a Roma, como trofeo, para juntarla al león de Judá, que sacaron de Addis Abeba (Manuel Azaña, Diarios completos. Monarquía, República, Guerra Civil. Introducción de Santos Juliá. Barcelona, Crítica, 2004, 2.ª edición, p. 1117).

Prescindiendo de la carga de humor, queremos hacer nuestra la idea de Azaña y proyectarla sobre el callejero de Mora. Ante todo, para lamentar la pérdida imperdonable, en distintas épocas, de nombres tan entrañables y tan entrañados entre nosotros desde antiguo como el de la calle de Albañones —que fue luego Abañones, y que se mantiene hoy para designar una plaza—, la del Villar, la calle Honda, las Callejuelas, y hasta la posterior explanada o plazuela del Pósito. No sabemos si es también el caso del callejón del Cuerno, pues ignoramos si alguna vez fue oficial el nombre con que era conocida por todos la calle del Siglo XX.

Son estos rótulos anodinos los que habría que preservar con celo, porque ningún otro implica y explica mejor nuestras raíces. Incluso en el caso de que no alcancemos a interpretarlos —¿por qué Albañones?, ¿por qué Villar?, ¿por qué Marinas?; ¿y Romero?, ¿y Borregueras?…—, mantienen viva una luz que ilumina, o puede iluminar, el pasado de la villa.

Por el contrario, resulta objetivamente razonable que hayamos ido prescindiendo de nombres de políticos y gobernantes como Ruiz Zorrilla, Sagasta, Pi Margall, Castelar, Díaz Cordovés…, y más recientemente de otros como Generalísimo, José Antonio, Calvo Sotelo, Queipo de Llano, Martínez Anido… Apurando, bien están porque ahí siguen, pero nada grave habría ocurrido de haber desechado Méndez Núñez, Polavieja, Antonio Maura, Cánovas del Castillo, Cristino Martos, Eduardo Dato…, y hasta Prim y Espartero (considerando que este es su nombre original, y no Esparteros, como consta oficialmente en la actualidad).

En el proceso de nominación de nuevas calles parece aceptable titular con artistas y científicos relevantes, como se ha hecho, en distintas épocas, con Cervantes, Lope de Vega, Velázquez, Goya, Picasso, Doctor Fleming o Ramón y Cajal; o, mejor aún, con morachos ilustres, remotos o próximos: Munio Alfonso, Diego de Mora, Fray Francisco de la Cruz, Salamanca (que antes fue Salamancas, designando a varios miembros de una familia), General Fernández Medrano, Juan Gálvez, Hilario Peñalver, Julián Marín, Maria Martín Maestro, Robustiano Cano, Francisco Sánchez Sonseca…

Eso sí, los nuevos nombres, salvo excepciones, han de reservarse para las nuevas calles. Las viejas deberían conservar los viejos, y mejor cuanto más anodinos o impersonales. Como las botánicas (bien que nos gustaría saber por qué) Flor, Clavel o Azucena. Como las que nombran caminos o destinos: Manzaneque, Orgaz, Toledo, Yegros…, Castillo, Estación… Como las que se nombran a sí mismas por su forma o condición: Recodo, Rodeo, Ancha. Como las que vinculan su designación a un edificio, establecimiento, lugar, barrio, paraje, atributo, etc.: Convento, Encomienda, Alcaná, Molinillo, Pajitos, Huertas, Jardines, Cruz, Imagen, Carretas, Marinas, Rasilla, Romero, Borregueras, Adovadoras

¡Adovadoras! ¡Qué nombre extraordinario! ¡Qué poder de evocación! ¡Qué lección de historia! Adovadoras, así, contra la ortografía, con uve, es el vencimiento de lo pasajero, o sea, el triunfo de lo que permanece.

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30. Un timo y su relato

Las puertas de Toledo/ tienen dos cosas:/ que se abren y se cierran/ como las otras, dice una seguidilla tradicional de Mora que sin duda conocerán nuestros lectores. No sabemos si era moracho su autor, pero nadie negará que la copla proyecta a la perfección, en el fondo y en la forma, algunos de los atributos más estimados por los naturales de la villa: el buen juicio y el ingenio vivo.

Bien vivo que lo era el del relator del caso que sigue, quien no deja su nombre pero sí la impronta de su verbo afilado y contundente: se trata de don Juan Marín del Campo, corresponsal entonces de El Castellano y figura familiar a nuestros amigos de Memoria de Mora. Bien romo, por contra, resulta ser el juicio del protagonista del suceso, como verá el lector en el suelto al que vamos aludiendo. Lo copiamos íntegro:

Mora de Toledo.—Un conocido prestamista de esta villa ha sido víctima de un burdo timo que le han dado tres gitanas, las cuales le hicieron creer, con la labia y con la exaltación oriental con que se expresan, que había un tesoro oculto dentro de la misma casa del prestamista, y que para averiguar con precisión y sin inútiles tentativas el sitio en que el tesoro yacía soterrado, se hacía preciso poner dentro de una talega una cantidad de duros equivalente al doble de los años del sexagenario prestamista; otros cinco duros en reverencia de los cinco sentíos; otros tres por las tres potencias del alma; otro por un Santo Cristo ante el cual habían de rezar las gitanas no sé qué ensalmos o embelecos; y otros dos duros, finalmente, por las dos velas que habían de alumbrar al crucifijo durante la gitanesca ceremonia. Total, unos tres mil reales mal contados, cantidad que se insaculó en la talega consabida.

Después de esto, trajeron un crucifijo, se encendieron las velas, se arrodillaron las pitonisas, se entonó la gitanesca salmodia, y todo lo presenciaban a puerta cerrada el creyente, una hija suya y su mujer. Luego ordenaron las gitanas al paciente que cerrase y guardase cuidadosamente la talega, y que no la tocase hasta el siguiente día. Llegado este, y después de haber sacado de nuevo la talega, tornaron las gitanas a proseguir sus santos ejercicios ante la misma talega; pero como llevaban otra de la misma forma y color y de un peso aproximado al de aquella, aconteció que en una de las zalemas o adoraciones dieron al prestamista el cambiazo con muchísima limpieza. De nuevo le ordenaron que guardase más cuidadosamente que antes la talega, que a nadie durante siete días revelase nada, que al cabo del septenario la sacase, y que entonces (sin duda por aquello de que el dinero llama al dinero) aparecería entre los mismos duros un escrito en donde se puntualizaría el sitio de la casa en donde yacía el tesoro oculto…

Lo demás se deja a la discreta consideración del lector curioso, y de la Guardia Civil, que anda a estas horas a caza de las pitonisas de rostro bronceado («Un timo más», El Castellano, I, 31, 20-VIII-1904, p. 3).

Confesamos sospechar la identidad de este avariento paisano nuestro, pero ni aunque la conociéramos a ciencia cierta caeríamos en la insensatez de cargar a los suyos con el fardo de la insensatez de su antepasado. Porque, no se engañe nadie: En todas partes cuecen habas… O mejor: Las puertas de Toledo/ tienen dos cosas:/ que se abren y se cierran/ como las otras. ¿O no?

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29. “Como el mejor jabón de Mora”

Así es, o así era hace cien años largos, el agua del lago nicaragüense de Nejapa. La comparación se debe al anónimo redactor de esta curiosa gacetilla que trae El País, diario republicano madrileño:

La República del Centro América, Nicaragua, tiene un lago que presenta la curiosidad de que sus aguas sirven para lavar sin ayuda de jabón, por contener ellas las principales materias con que se fabrican los jabones.

Las aguas del lago de Nejapa tienen en disolución tal cantidad de bicarbonato, de potasa, de sosa y de sulfato de magnesia, que en cuanto se frota con ellas cualquier objeto grasiento, produce una magnífica espuma, como el mejor jabón de Mora. Los indígenas de las orillas del Nejapa lo usan constantemente para el lavado de sus ropas y personas, principalmente para el pelo, y la toman también como medicina, pues goza de gran reputación curativa en las enfermedades cutáneas y algunas internas.

Como los nicaragüenses no se distinguen por sus condiciones mercantiles, todavía no se les ha ocurrido explotar ese lago.

Sin embargo, el último año se vanagloriaban de haber exportado a su vecina república, Guatemala, cuatro barricas de aguas de jabón, como la llaman los indígenas («Rodando por el mundo.—Un lago útil», El País, XXI, 7.276, 8-VII-1907, p. 2).

El texto, que sería reproducido dos meses después por el semanario El Castellano («Gacetilla.—El lavadero más barato del mundo», El Castellano, IV, 192, 14-IX-1907, p. 2), viene a confirmarnos una vez más no solo la calidad del jabón que entonces se fabricaba en nuestra villa, sino la creencia generalizada de que este era superior a todos los demás: el mejor jabón de Mora era el mejor entre los mejores.

Por lo demás, sepa el lector que la laguna de Nejapa se halla muy cerca de Managua. Las informaciones a nuestro alcance revelan, entre otros detalles, que a causa de su escasa profundidad se ha secado en varias ocasiones a lo largo de la historia, pero nada dicen de las propiedades limpiadoras de su agua (cuando la tiene). ¿Habrán pasado a mejor vida, como el jabón de Mora?

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28. El cine en Mora: el Coliseo Moderno

El cinematógrafo como espectáculo público irrumpió con fuerza en toda España a principios del siglo pasado. También en nuestra villa, donde los teatros ofrecieron sesiones de cine regularmente al menos desde 1916. Pero para entonces las proyecciones cinematográficas eran ya bien conocidas en Mora: los programas de la feria de 1912 anunciaban, sin más, «cinematógrafo público» para las nueve de la noche del primer día, 14 de septiembre (El Eco Toledano, III, 516, 14-IX-1912, p. 2), y acerca de los festejos de la de 1915 avanzaba El Duende de Mora a finales de ese agosto: «Exhibiranse decentísimas películas al aire libre, para que sin temor, y sin costar un perro [‘una perra, unos céntimos’], las puedan presenciar hasta los gatos, sus mayores enemigos. Un mundo nuevo con precioso cosmorama» (El Castellano, XII, 962, 28-VIII-1915, p. 5).

Pero será a partir de 1916 cuando el nuevo arte comience a menudear en la villa, y ello se hará posible gracias al Coliseo Moderno o Cine Moderno, que lo elevará nada menos que a la categoría de «atractivo del verano» de ese año, cuando Julián García-Donas y sus socios Ramírez y Crespo brinden asiduamente a los morachos «películas atrayentes de toda moralidad», como escribe el Dr. Sotero García de Mayoral. «Ahora proyectará en breve ¿Quo vadis?» [de Enrico Guazzoni, 1912], continúa el reportero, quien precisa que «los días de cine, que son jueves y domingos, el público va a ver las películas, llenándose el local de numeroso y selecto público» (El Castellano, XIII, 2.136, 24-VII-1916, p. 2). Varias fechas después consigna que «sigue muy frecuentado el Cine-Coliseo Moderno, presentando películas notables, y los jueves y domingos se dan cita allí todas las clases sociales de la población en busca de fresco para el calor del día y de esparcimiento que haga llevadero el rigor estival» (El Castellano, XIII, 2.152, 12-VIII-1916, pp. 2-3). Ignoramos qué cintas pasó luego en la feria, pero sí que se trataba de «las más renombradas y conocidas películas de las casas Pathé y Gaumont» (El Eco Toledano, VI, 1617, 12-IX-1916, p. 3).

El auge del cine veraniego se prolongará en el invierno inmediato, con enorme concurrencia a las sesiones de los días 19 y 26 de noviembre (El Eco Toledano, VI, 1.682, 27-XI-1916, p. 2): «En la noche del pasado domingo [día 26] se exhibieron el 1.º y 2.º episodio de la gran película policiaca El cofrecito negro, de gran éxito mundial, y otras películas cómicas», en funciones que «han sido un éxito para los señores empresarios» (El Eco Toledano, VI, 1.685, 30-XI-1916, p. 2). Unas semanas después, el pase de Las peripecias de Paulina [de Louis Gasnier, en 15 episodios, con Pearl White o Perla Blanca] también fue muy del agrado de todos, y pronto encontraremos anunciadas, para el 11 de febrero, «la grandiosa película, moral y religiosa, Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nueva creación de la casa Pathé Frères, de París»,  (El Eco Toledano, VII, 1.739, 9-II-1917, p. 3), y para el 4 de marzo, la también «grandiosa película dramática Su alteza real el príncipe Enrique, cuyo argumento está escrito por el notable periodista El Duende de la Colegiata» (El Eco Toledano, VII, 1.756, 2-III-1917, p. 3).

De las proyecciones de ese verano de 1917 no conocemos más que un título: el de la célebre La máscara de los dientes blancos (que tal vez se ofreció en sus 16 episodios), de nuevo con la rutilante Perla Blanca (El Eco Toledano, VII, 1.883, 8-VIII-1917, p. 3); y tampoco nos ha llegado el detalle de la programación del cine de esa feria, anunciado unos días antes por los periódicos (El Eco Toledano, VII, 1.910, 10-IX-1917, p. 3). Es la época en que los coliseos morachos apuestan por el cine con varietés: «Siguen los teatros Peña y María Teresa dedicados al cine y varietés, habiendo figurado últimamente en sus programas las célebres artistas Las Isabelinas, Antonia Torres, Angelina Guerra, La Guillot, La Tienese y otras varias./ En María Teresa echaron la hermosa película Sangre y arena, y en breve, El signo de la tribu» (El Eco Toledano, VIII, 2.010, 8-I-1918, p. 3). Todo lo cual se prolonga con La sortija fantástica en junio de 1919, «que tan buenas entradas viene dando cuando la anuncian» en sus diversos episodios (El Eco Toledano, IX, 2.440, 17-VI-1919, p. 3), y otras cintas, sin especificar, en la feria de este mismo año (El Eco Toledano, IX, 2.445, 11-IX-1919, p. 2).

Desde esa fecha, apenas si contamos con referencias, lo que no se debe tanto a la ausencia de proyecciones, creemos, como a la carencia de informaciones de prensa sobre el tema una vez desaparecido El Eco Toledano en junio de 1920. En todo caso, no registramos más que un par de menciones genéricas al anunciar los programas de festejos de la feria de 1923 («el cine Coliseo Moderno nos recreará con emocionantes y sentimentales películas», El Castellano, XIX, 5.109, 29-VIII-1923, p. 1) y de 1927 («en la Glorieta de don José Iborra, cinematógrafo al aire libre», El Castellano, XXIII, 5.803, 13-IX-1927, p. 3). Por entonces, eso sí, se incorporaba a la tarea el recién fundado Teatro Principal (El Castellano, XXV, 6.222, 19-II-1929, p. 2), que estaba dotado desde su inauguración, en la feria de 1926, de una cabina de proyecciones (El Castellano, XXII, 5.484, 16-IX-1926, p. 4).

La inmensa mayor parte de estas sesiones, como traen las respectivas noticias y gacetillas, corrió a cargo del muy citado Coliseo o Cine Moderno. Pero ¿dónde estaba situado tal coliseo? Creemos que en ninguna parte. Estamos convencidos de que este nombre no designaba un local, sino una empresa que celebraba sus sesiones en espacios alquilados o cedidos (en el Teatro Peña en invierno, o al aire libre en verano). Valga como prueba el hecho de que la campaña invernal del Coliseo de 1916-1917 se haga en el Peña, y que el mal tiempo impida en la feria de 1917 la proyección prevista de Los dos pilletes [adaptación de la novela de Pierre Decourcelle], como trae El Eco Toledano, VII, 1.915, 15-IX-1917, p. 3.

¡El cine…! ¡Quién pudiera volver a un domingo de la adolescencia y sacar entrada para el programa doble de las cuatro!

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27. “El caso de Mora” en las elecciones municipales de 1931

Si nuestra villa constituyó un caso especial en las elecciones municipales de 1933 —lo señalábamos aquí mismo, en el breve 14, «Las mujeres de Mora votan primero»—, más aún lo fue dos años antes, en las de abril de 1931, que tan decisivas se revelarían inmediatamente, con la proclamación de la República. Incluso la expresión el caso de Mora, tal cual, saltó entonces a la prensa provincial y nacional. ¿Por qué? Vamos a verlo enseguida.

La campaña electoral de esa primavera de 1931 ya había acusado la «pasividad de los elementos monárquicos» (El Siglo Futuro, LXVI, 17.110, 6-IV-1931, p. 1), algo que preocupaba a la derecha más consciente: los adictos a la monarquía, escribía La Época (LXXXIII, 28.493, 1-IV-1931, p. 1), «no se dan cuenta del significado de estas elecciones municipales y no se preparan para ellas en debida forma». Y en eso también abundaron las izquierdas: ya constatando («los candidatos monárquicos parece que están en la muda» [‘callados como pájaros cuando mudan la pluma, que no cantan’], La Voz, XII, 3.206, 7-IV-1931, p. 1), ya censurando (como quienes aludían a «la vergonzosa desbandada de las fuerzas monárquicas», Crisol, I, 2, 7-IV-1931, p. 1). Y es que la polarización era tan marcada, que los que habían de ser comicios meramente administrativos —como deseaban y defendían con calor los conservadores— acabaron convirtiéndose en un plebiscito acerca de la forma de Estado.

En nuestro breve citado, poníamos también de relieve cómo la ley electoral vigente (la llamada ley Maura, de 8 de agosto de 1907) establecía en su artículo 29 que no cabía proceder a la votación en las circunscripciones en que concurriese un número de candidatos igual o inferior al de escaños elegibles, siendo entonces aquéllos proclamados directamente. En virtud de la aplicación de esta norma, el día 5 de abril de 1931 —una semana antes de las votaciones— habían sido proclamados ediles los aspirantes afectados, 15.850 en toda España y 322 en la provincia de Toledo, de los que 14.018 en el total nacional y 296 en el provincial eran monárquicos, mientras que los republicanos o antidinásticos ascendían a 1.832 en la nación y 26 en la provincia.

La mayor parte de estos últimos pertenecía a Mora, donde para los 18 puestos en liza habían sido nombrados sin pasar por las urnas los 18 morachos aspirantes, que eran 10 socialistas, seis republicanos y dos radicales; simplificando, 18 antimonárquicos, antidinásticos o republicanos. Nos informa de ello El Castellano («La proclamación de candidatos en Toledo», XXVII, 6.849, 6-IV-1931, p. 4), agregando que también habían accedido en la demarcación por este artículo 29 los concejales de Navahermosa (10 monárquicos y dos antidinásticos), Puente del Arzobispo (nueve monárquicos y un antidinástico) y Valdeverdeja (ocho y cuatro), así como los de La Puebla de Montalbán, Orgaz, Lillo, Yepes, El Toboso, Lucillos, Illán de Vacas, Los Cerralbos y Otero, donde todos los proclamados eran monárquicos.

Por tanto, el caso de Mora era único en la provincia toledana, lo que adquiría mayor significación considerando que se trataba de uno de sus municipios más poblados (el único de los afectados con más de diez mil habitantes); pero no solo en la provincia, como leemos en el comentario que trae ese mismo número de El Castellano tras haber ofrecido los resultados que anteceden. Bajo el epígrafe «El caso de Mora, único en la Península», escribe el redactor anónimo:

Al llegar a este punto, el lector seguramente volverá a leer de nuevo el resultado de ayer en Mora, creyendo haber leído mal o haber comprendido mal lo leído. Y no saldría de su asombro si no se le ofreciera la ancha puerta del error periodístico o la errata de caja: «¡Bah; debe ser una equivocación!»

Pues no hay tal error nuestro, ni tal errata del cajista, amigo lector. Reintégrese a su asombro, que allí nos encontraremos todos: usted, nosotros, los monárquicos de Mora —que son muchos, más de los que usted se imagina— y toda España.

Pero, asómbrese usted más todavía: el caso lamentable, tristísimo de Mora, es único en la Península, no se ha dado otro, ni aun en poblaciones de regiones levantinas donde el republicanismo tuvo siempre su más vasto campo de acción, y donde la lucha de clases fue siempre más tenaz. En ninguna. Solamente otro caso se ha dado, de perfecta analogía al de Mora, en toda España; Santa Cruz de la Palma, en las Islas Canarias.

De absoluta analogía, porque allí, como aquí, el triunfo de los enemigos del Régimen no se debe a su influjo ni a su fuerza, sino simplemente a abandono del campo por los contrarios.

Triste caso de incuria, de indolencia, de abstención, cuyas consecuencias pronto se dejarán sentir en ese industrioso pueblo, tan necesitado, por su misma vida de actividad y trabajo, de paz y armonía.

Opuesto al anterior es el sentir de la prensa de izquierdas, pero no en cuanto a la indiscutible relevancia de «El caso de Mora», como trae Donato Sigraya en Heraldo Toledano (XX, 4.171, 9-IV-1931, pp. 7-8):

Si las izquierdas toledanas no estuvieran saturadas de un entusiasmo sin límite por su próximo triunfo en las elecciones del día 12, el caso de Mora, nuestro vecino pueblo, con su Ayuntamiento absolutamente antimonárquico y republicano, bastaría para encender nuestro optimismo.

El caso de Mora, no permitiendo la entrada en su municipio a un solo monárquico, será comentado en España entera, y muy especialmente en el Consejo de Ministros, como un síntoma cierto del estado actual de la nación. Mora, a dos pasos de Toledo, la ciudad levítica por antonomasia, el pueblo estrujado entre los férreos brazos de un clericalismo intransigente y absorbente, levantará llamaradas de optimismo en los corazones liberales.

Porque es estúpido decir que si este magnífico pueblo, magnífico por su laboriosidad y su acendrado liberalismo, ha podido proclamar el pasado domingo a 18 hombres de izquierdas (10 socialistas, 6 republicanos y 2 radicales-socialistas), no consintiendo la entrada a ningún monárquico, es debido a que estos han abandonado el campo a los contrarios, y no porque los antimonárquicos carecieron de fuerza para salir triunfantes en la lucha. No, el caso de Mora es la manifestación patente del espíritu de ciudadanía que para bien de España está brotando enérgicamente de todos los corazones españoles; el caso de Mora es un aviso más a los que se empeñan en permanecer sordos ante la realidad española; es un botón de muestra de la conciencia civil de la nación.

Se extiende a continuación sobre la pérdida del que considera último asidero de la monarquía, la masa rural, para concluir:

El caso de Mora […] es aleccionador y viril a la vez. Infundirá ánimos a los demócratas y pondrá sobre aviso a los obstinados en conservar lo que está corroído y próximo a hundirse. Que los toledanos aprendan y recojan este ejemplo. Habrá de ser Mora, el pueblo magnífico por su laboriosidad y su democracia, quien debiera infundirnos más ánimos aún de los que conservamos a las izquierdas y poner sobre aviso y descubrir la realidad a las derechas…

Más de un periódico se hará eco entonces de la transformación política de la España rural aduciendo el caso de Mora y dándolo así a conocer («El artículo 29 en los pequeños pueblos», La Voz, XII, 3.207, 8-IV-1931, p. 4). Lo que posibilitará, por ejemplo, que cuando el conde de Mora sea acusado de «feudalismo despótico» por su actuación en Layos (Arturo Pérez Camarero, «El feudalismo en España.—En Layos de Toledo subsisten el dominio y la servidumbre con caracteres medievales», La Libertad, XIII, 3.482, 19-V-1931, pp. 3-4), se permita exhibir como credencial democrática el caluroso recibimiento que poco antes le había tributado el pueblo de Mora, precisamente por tratarse de un «pueblo eminentemente socialista y republicano, el primero que tuvo en España un Ayuntamiento totalmente antimonárquico» («El caso de Layos de Toledo», La Libertad, XIII, 3.485, 22-V-1931, p. 9).

¿«Abandono del campo» de unos? ¿«Manifestación patente» del nuevo «espíritu de ciudadanía» de otros? Verdaderamente, todo es según el color del cristal… También en el caso de Mora.

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26. Calamidades en Mora: un perro rabioso aterroriza a los morachos (noviembre de 1923)

Nada nos acerca más al prójimo que las vivencias compartidas: los anhelos, esperanzas y realizaciones; las tribulaciones, contrariedades y desengaños. Y, por encima quizá de todo, el terror, el terror pánico. Los morachos viejos nunca podremos olvidar la tarde de una feria de los primeros años sesenta (¿1963?), cuando corrió como reguero de pólvora en toda la villa la noticia de que un león acababa de escaparse del circo y andaba suelto por las calles. Se trataba en realidad de una falsa alarma, pero eso se supo bastante después. Durante un buen rato se apoderó de nosotros un espanto que desembocó luego en innumerables anécdotas, historietas y hablillas, que relatábamos con tanta profusión como regodeo. ¡Qué trances los de Fulanito o Menganita en lo alto de la baca del coche de Madrid, en el váter del cine Cuesta, en la tarima de los músicos del baile de la Glorieta, en la terraza de La Rana Verde…!

El caso viene a nuestra memoria leyendo en la prensa otro sucedido cuarenta años antes, el 19 de noviembre de 1923, lunes, que recoge El Castellano, XIX, 5.160, 20-XI-1923 («Desde Mora.—Un perro hidrófobo», p. 2): «Esta mañana, a las ocho, cuando más concurrida de personal estaba la plaza de abastos y calles que a ella bifurcan» —esto es, la Plaza con mayúsculas—, «hizo presencia un perro, al parecer hidrófobo, mordiendo a cuantas personas hallaba a su paso», escribe con más pena que gloria el corresponsal, quien agrega que el alano pudo escapar pese a los «cuatro tiros de revólver» que dispararon sobre él, lo que provocó «carreras y sustos a cuantos por allí transitaban, siendo un verdadero milagro que alguna de las balas no alcanzase a algún viandante». Se intuye la angustia vivida por todos, que debió de prolongarse no poco, hasta que el animal «por fin fue muerto por un tiro de escopeta en el barrio denominado Las Delicias».

Antes había atacado a «varios perros y caballerías», pero en especial a diez personas, curadas de primera intención por el doctor Lumbreras, que vieron sus piernas «horriblemente destrozadas» en la arremetida. «Las personas mordidas —precisa el reportero— son Manuel Peña y Mora, José Pintado Rodríguez, Cándida Martín Ruiz, de quince años; Jenaro Moreno Martín, de nueve años; Sotero Martín Ortega y cinco personas más». Y tras informar de cómo la alcaldía ha dispuesto «que en el tren de la una sea conducida la cabeza del perro al Instituto Antirrábico» de Madrid, concluye denunciando el reiterado incumplimiento de las ordenanzas municipales por parte de muchos dueños de perros.

No trae el periódico ningún seguimiento posterior de la noticia, pero sí el testimonio de otras calamidades del verano de ese año 23, cuando la fatalidad de la plaga de langosta que había asolado Mora se vio redoblada con los pavorosos incendios de las fábricas de sulfuros de don Vidal Gómez (el 9 de julio) y de esparto de don José Gilly (el 29 de agosto). Entretanto —el 18 de agosto, y en caso que presenta alguna semejanza con el que nos ocupa—, en una función de circo celebrada «en uno de los teatros de esta población» (¿el Teatro Peña?, ¿el María Teresa?) se habían desplomado «las gradas que estaban ocupadas por unas cien personas, produciendo verdadero pánico»; por fortuna, eso sí, sin dejar heridos de gravedad (El Castellano, XIX, 5.102, 22-VIII-1923, p. 1).

Calamidades, decíamos, pero ninguna tan angustiosa como la del perro rabioso que destrozó las piernas de diez morachos en la mañana de aquel lunes de noviembre de 1923.

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25. El Campo de Deportes de las Delicias (1923 y 1925)

Abordar los primeros tiempos del foot-ball moracho, en los años veinte y treinta del siglo pasado, es tarea que deberá emprenderse algún día: recuperar los nombres y los afanes de sus impulsores (Francisco Hormaechea), valedores (Luis Criado, Emilio de Villa, Manuel Cañaveral, Ricardo Marull…) y jugadores (los hermanos José y Antonio Fernández, más conocidos como Joya o Joyita I y II, Andrés, Morales, Mario, Sánchez…), y hasta el pasodoble que, bajo el título Mora F.C., llegó a interpretar varias veces la banda municipal en los conciertos de los domingos del verano de 1931.

Lo cierto es que a lo largo de esos años se gestó en Mora la afición al hoy deporte rey en torno a los equipos principales de la villa, que fueron, sucesivamente o casi, el F.C. Mora (1923), el Athletic Club (1923-1924), la Unión Deportiva (1924-1929), el Mora F.C. (los llamados merengues o azucarillos,1929-1932) y el Racing Club (1931-1933). Otras escuadras de menor relieve contribuirían también a la eclosión: Mora N.S. (1923) y H.C. (1923) —que bien podrían corresponder a la Nacional y la Cultural mencionadas en una crónica de la primavera de 1924 (El Castellano, XX, 5.163, 31-V-1924, p. 1)—, y las que disputaron el campeonato local de 1932 (del 28 de febrero al 1.º de mayo), que eran, además de las citadas Racing y Nacional y del equipo reserva del Mora F.C., Náufragos F.C. (campeón local de 1931), Unión Júpiter, Castilla F.C., Republicanos, Acero S.C. y Unión Musical (El Castellano, XXVIII, 7.115, 20-II-1932, p. 1, diario que citaremos en adelante por las siglas EC).

El punto de partida de todo ello es, como vemos, el año de 1923, y la razón inmediata, bien simple: la construcción reciente de un campo de deportes, situado «en las inmediaciones del Paseo de la Estación, a poco más de un kilómetro del pueblo» (así leemos en la crónica de la remodelación que se hizo año y medio después, EC, XXI, 5.429, 20-IV-1925, p. 2). Quienes alcanzamos a conocerlo antes de su demolición sabemos que tenía la entrada por la calle de Julián Marín, frente a los Bloques, y que a poniente quedaba limitado por el Parque. Ocupaba el terreno en que se levantó a principios de los años setenta el centro de Formación Profesional, que es hoy parte del Instituto de Enseñanza Secundaria Peñas Negras.

Pues bien, más de dos mil personas («Mora.—Partido de foot-ball», EC, XIX, 5.127, 25-IX-1923, p. 2) se congregaron en el lugar el día en que se iniciaba la feria de 1923, 14 de septiembre, justamente «para presenciar la inauguración del campo de foot-ball, que a costa de mil trabajos ha preparado don Francisco Hormaechea». Parece que el acto resultó movido, pues al partido anunciado contra el F.C. Mora no se presentó el equipo de Ciudad Real, que acabó siendo sustituido por el también moracho Athletic Club. Formaron por el Athletic —escribe el cronista anónimo— los señores Hormaechea, Calvo, Pérez, Díaz, Robles, García, Villajos, Priedes, Rodríguez, Núñez y Pintado; y por el F.C. Mora, los señores Gómez, Millas, Pinilla, Paradas, F. Cabrera, Partearroyo, M. Cabrera, Hidalgo y Pinilla (no da más nombres que estos nueve). Los varios goals convertidos hicieron que «el distinguido público» quedase «altamente satisfecho de la agilidad y maestría de los deportistas».

Cabe pensar que en la villa se diera ya por entonces una cierta inclinación al deporte del balón, pues no solo los festejos de esa misma feria se cerrarán el día 18 con dos nuevos encuentros (EC, XIX, 5.114, 5-IX-1923, p. 2), no solo a lo largo de los meses siguientes menudearán los partidos, sino que la semilla prendió en terreno abonado, hasta el punto de que el match que abra la feria del año siguiente, 1924, entre la Unión Deportiva de Mora y la Cultural de Toledo (4-0 para los locales), convocará a más de tres mil espectadores (EC, XX, 5.248, 16-IX-1924, p. 2), y sobre todo hasta el punto de que pocos meses después, en marzo de 1925, la directiva de la Unión Deportiva realizara en el nuevo campo una importantísima remodelación y concertara sendos choques contra la Unión Criptanense y tres equipos madrileños: el reserva del Racing, los Almacenes Rodríguez y el Ciudad Lineal. Y agrega Punterazo, que escribe para la ocasión: «Solo plácemes merecen los señores que con verdadero espíritu de progreso quieren conducir su pueblo al nivel que merece por su trabajo y laboriosidad, y de desear sería que en fecha no lejana alcance por su amor a los ejercicios [deportivos] el mismo renombre que hoy tiene en todo el mundo por su escrupulosidad en el cultivo del olivo y fabricación del aceite» («Mora.—Foot-ball»,  EC, XXI, 5.394, 7-III-1925, p. 2). El propio Punterazo anota en la crónica que remata esta serie de partidos, contra el Ciudad Lineal: «Muchas lamentaciones se oían por todas partes al ver el día desagradable y frío con que la primavera nos obsequió, y a pesar de ello, razón más que suficiente para retraer al público, este acudió al campo en tal número, que hoy se puede asegurar, sin incurrir en exageración, que hay afición grande, afición que al traducirse en pesetas hará que la directiva realice la serie de mejoras que está dispuesta a implantar en breve». Y acto seguido confiesa su asombro «de que en tan poco tiempo (no hace aún el año de su implantación) el arraigo de este deporte alcance tal intensidad, lo mismo en ellos que en ellas» («Todos los deportes.—La Unión Deportiva de Mora empata en el equipo primera categoría Ciudad Lineal Madrid», EC, XXI, 5.409, 26-III-1925, p. 3).

Pocas semanas más tarde y a toda página, la extensa crónica de El Castellano no dejaba lugar a dudas desde los titulares mismos («Interesante festival atlético deportivo.—En Mora, se inaugura el campo de la Sociedad Unión Deportiva.—La Academia de Infantería y Escuela de Gimnasia realizan importantes demostraciones.—En el campeonato regional manchego Unión Deportiva vence 8-0 a Futbolística Manchega de Valdepeñas.—El gobernador y otras autoridades, en Mora»), al describir unas instalaciones que no cabe calificar sino de extraordinarias, no solo porque el nuestro es «el primer pueblo toledano que ha construido un campo de deportes», sino porque este ha sido dotado ahora de 15 palcos, 600 localidades de preferencia y capacidad para más de 5.000 espectadores (EC, XXI,5.429, 20-IV-1925, p. 2). Todo lo cual, añadimos por nuestra cuenta, debió de perderse en la Guerra Civil, ya que en los años cincuenta del pasado siglo, cuando nosotros conocimos el lugar, los espectadores no disponían más que de un único banco corrido de cemento a lo largo del lateral norte.

Llegarían luego horas bajas para la Unión Deportiva (EC, XXII, 5.671, 8-II-1926, p. 2), antes de las campañas triunfales del Mora F.C. que significaron el esplendor del foot-ball moracho. Pero esa es harina de otro costal; el costal de la historia primera de este deporte en la villa de Mora, tarea que deberá emprenderse algún día.

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24. Quitarse la vida

Sobre el vivir cotidiano de los morachos de ayer, como alguna vez hemos visto y aún veremos, se ciernen a menudo pequeñas o grandes tragedias personales. No escasean, por ejemplo, las noticias de suicidios de paisanos nuestros en los periódicos toledanos durante los años que corren desde finales del XIX hasta los tiempos de la República. El desamparo, la soledad, la miseria, la enfermedad, el desengaño amoroso…, en una época de precaria atención médica y casi nula asistencia psiquiátrica, infunden en no pocos desventurados la terrible determinación de quitarse la vida.

Arrojarse al pozo, como en el suceso de la joven viuda que relatábamos aquí mismo hace unas semanas, es la desdichada solución a la que se acogen Feliciano Díaz-Marcote (que se echa al de la Antigua, El Castellano, IV, 170, 11-IV-1907, p. 3), Felipe Sánchez-Paus (al de la Ronda de Prim, El Castellano, XIX, 5.001, 14-IV-1923, p. 2), Juan Díaz-Marcote (a uno «de los alrededores del pueblo», El Castellano, XXX, 7.926, 22-X-1934, p. 4) y buena parte de los mencionados a continuación.

Suelen ser pobres y/o ancianos estos pretendientes de la muerte. Así en los respectivos episodios, próximos en el tiempo, que protagonizan en Consuegra el moracho Atilano Martín de Blas (La Campana Gorda, VIII, 452, 15-X-1899, p. 2), y en nuestra villa los vecinos Dionisio Martín de Vidales y Braulio Martín de López Díaz-Cano (La Campana Gorda, VIII, 454, 18-X-1899, p. 3; La Campana Gorda, X, 548, 11-IV-1901, p. 2). Pero, edades al margen, abundan los suicidios originados por los padecimientos insoportables de enfermos incurables o muy graves, como en los trágicos impulsos con que ponen fin a sus vidas Venancio Martín Villamuelas, disparándose un tiro de tercerola (El Castellano, XIII, 2.115, 28-VI-1916, p. 3; El Eco Toledano, VI, 1.563, 28-VI-1916, p. 3); Eustaquio Bravo Esteban, ahorcándose de una oliva con su propia faja (El Castellano, XVI, 3.015, 15-VII-1919, p. 3; El Eco Toledano, IX, 2.462, 15-VII-1919, p. 2); el notario Gil Gómez, lanzándose al vacío por el hueco de la escalera en su casa de la plaza de España de Madrid, cuando se había mudado a la capital con el fin de «someterse a un plan curativo» (El Castellano, XXIII, 5.839, 25-X-1927, p. 1); o Francisco Benavente Salas, al que sus familiares encontraron por la mañana en la cama, ya cadáver, con las ropas empapadas en sangre y unas tijeras y una navaja al lado tras haberse seccionado la arteria de un brazo (El Castellano, XXVIII, 7.338, 12-XI-1932, p. 1).

En el fondo del pozo rinden sus vidas asimismo varios dementes o enajenados, ahora también mujeres: como la pobre «que no estaba muy sana de la cabeza» (El Castellano, V, 212, 1-II-1908, p. 3), y que resulta ser Nemesia Lumbreras García (El Heraldo Toledano, X , 800, 4-II-1908, p. 2); como el curtidor Salustiano Villarrubia (El Castellano, IX, 526, 10-II-1912, p. 2) o el confitero Raimundo Martín Ortega (El Eco Toledano, VI, 1.318, 6-VIII-1915, p. 3; El Castellano, XII, 944, 7-VIII-1915, p. 6); o como Blasa Martín-Maestre García-Donas, quien acabará logrando su infausto propósito a la vuelta de varios intentos (El Castellano, XX, 5.248, 16-IX-1924, p. 4).

No faltan jóvenes entre estos suicidas enloquecidos o perturbados. Encoge el ánimo lo que adivinamos de la historia de Antonia Abad García-Alcobendas, internada en 1906 en el Hospital de Dementes de Toledo (El Heraldo Toledano, VII, 280, 19-V-1906, p. 2) antes de ser rescatado su cuerpo del fondo del pozo dos años después (El Heraldo Toledano, X , 800, 4-II-1908, p. 2»; La Campana Gorda, XVII, 903, 13-II-1908, p. 3). Tenía 27 años. Solo 22 contaba Juliana Ángel Martín cuando se lanzó al aljibe en plena feria de 1921 (El Castellano, XVII, 3.669, 16-IX-1921, p. 3); y 20 la «muy agraciada» Antonia Bautista-Abad Villarrubia, que gozaba de «muchas simpatías en todo el pueblo»: «El suceso tuvo lugar en pleno día, en el pozo más frecuentado, y la joven suicida tomó la precaución (muy corriente en mujeres enajenadas) de mudarse todas las ropas antes de realizar su funesto designio» (El Eco Toledano, VI, 1.303, 14-VI-1915, p. 3). Otro periódico subraya que el suicidio «ha obedecido indudablemente a enajenación mental de la pobre joven, cuyo padre tuvo también la desgracia de morir falto de razón, y sabido es que este linaje de enfermedades —añade el redactor con ironía que mejor se hubiera ahorrado— se heredan más fácilmente que los olivares y las viñas» (El Castellano, XII, 898, 15-VI-1915, p. 5).

Muy jóvenes. Pero lo son aún más los protagonistas varones, como en dos casos atroces que causaron enorme conmoción entre el vecindario en noviembre de 1925: el de Justo, ¡de 12 años!, hijo menor de Isidoro Lillo del Pozo, que se colgó de una viga (El Castellano, XXI, 5.598, 9-XI-1925, p. 1); y el de Dámaso Portillo Sanz, de 17 años, ordenanza de Telégrafos, quien se arrojó a la vía al paso de un tren que salía de la estación de Mora hacia la de Manzaneque (El Castellano, XXI, 5.601, 12-XI-1925, p. 1).

Y, por fortuna, dos tentativas no consumadas: la de Felipe Muñoz López, de 18 años, novio de Ascensión Téllez Jiménez, de 14, heridos ambos tras disparar aquel a su novia y luego sobre sí mismo. Llevaba Felipe en el bolsillo tres cartas: para su padre, para el padre de Ascensión y para el juez (El Castellano, XVIII, 3.869, 16-V-1922, p. 3). También acabó felizmente el curiosísimo episodio sucedido en la farmacia de Vélez, en la calle del Romero, que copiamos de El Castellano, XXVI, 6.627, 9-VII-1930, p. 3, y con el que cerramos esta nota:

Desgracia evitada.—En la farmacia de don Anastasio Vélez, y en la mañana del lunes, el dependiente Antonio Muñoz, de diez y seis años, «cansado de la vida», intentó quitársela, tomándose como desayuno la friolera de sesenta centigramos de morfina. Antes de tomar tan funesta determinación, dejó escrita una nota para el encargado, que en esos momentos preparaba fórmulas en el laboratorio, en la que decía: «Marcho a casa porque me he envenenado».

El encargado de la farmacia, don Cenobio Navas, con serenidad pasmosa, hízose cargo de la gravedad del asunto, y a todo correr buscó la ayuda de un doctor, volando ambos al domicilio del suicida. Afortunadamente llegaron a tiempo, cuando el veneno estaba próximo a surtir el efecto mortífero y cortar el hilo de la existencia del «desesperado» joven.

Afortunadamente llegaron a tiempo.

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23. La espantosa tormenta del 14 de septiembre de 1893

El final del verano, en torno a la feria nuestra, es tiempo de tormentas. No sabemos si se dio en esos días el huracán de 1844, que por junio de 1929 recordaba en la Página de Mora el entonces anciano don Vicente García de Fernando (La Página de Mora de El Castellano, p. 11), pero sí la riada que no olvidamos muchos morachos viejos: era el 26 de septiembre de 1961, iniciado ya el otoño. También la del 11 del mismo mes de 1891, que no alcanzó en la villa las trágicas secuelas que originó en Consuegra, con cientos de ahogados (Tribuna Consaburense), pero que con todo provocó «grandes inundaciones» (por fortuna «sin que hayan ocurrido desgracias», puntualizaba el corresponsal de El Imparcial, XXV, 8.732, 13-IX-1891, p. 2), hasta el punto de que dos trenes de la línea de Badajoz quedaron varados en Mora al no poder pasar más allá (El Imparcial, XXV, 8.735, 16-IX-1891, p. 2).

Queremos detenernos hoy en otra menos famosa, pero no mucho menos aciaga. La que se desató en Villacañas el día 14 de septiembre de 1893, una tempestad pavorosa que anegó en el fango los silos o cuevas del lugar, causó la muerte de 43 personas y dejó sin techo a más de 300 vecinos. La prensa madrileña siguió el caso muy de cerca: en la Hemeroteca Digital dispone el lector de los números de esos días (del 15 en adelante) de El Imparcial, El Liberal, El Siglo Futuro, La Correspondencia de España, La Época, El Día y El País, así como los grabados, a partir de fotografías de Company, que publicó dos semanas después La Ilustración Española y Americana (año XXXVII, núm. XXXVI, 30-IX-1893, pp. 192, 193 y 200).

Pero la extensión de las borrascas fue mucho mayor, y estos mismos periódicos nos informan de los desperfectos en las vías férreas de la zona y de los considerables daños sufridos al menos en Lillo, Yepes, Villasequilla, La Guardia, Tembleque, Huerta de Valdecarábanos, El Romeral, Puebla de Don Fadrique, Corral de Almaguer, Sonseca, Orgaz, Mascaraque…, y en Mora, como traen los periódicos de ese sábado:

Mora, 15 (3 tarde)./ Ayer descargó sobre este pueblo una tormenta asoladora./ Quedaron arrasados los campos./ Se han perdido por completo las cosechas de uva y aceituna./ Los huertos han desaparecido./ El agua se ha llevado las plantaciones./ Han sido arrastradas por las aguas caballerías y reses lanares./ No se sabe de desgracias personales, pero la miseria es inminente y terrible.—Giménez (El Imparcial, XXVII, 9.459, 16-IX-1893, pp. 1-2, que copia, sin citar su fuente, El Día de esa misma fecha).

Al día siguiente, y dentro de la serie «La catástrofe de Villacañas», el enviado especial del periódico escribe sobre Mora: Varias cartas que recibimos de esta población añaden terribles detalles a los ya referidos./ Las cosechas se han perdido, los aperos de labranza destruido y la desolación es general (El Imparcial, XXVII, 9.460, 17-IX-1893, pp. 1-2). Y El Liberal de ese mismo domingo inserta en su crónica este capitulillo: En Mora./ En Mora alcanzó la tormenta al pueblo, destruyó el arbolado y los viñedos. Lanzó piedras, no espesas, pero de extraordinario tamaño. Una dio en la pierna de un peón caminero, y a pesar del capote y del pantalón, le produjo un extenso cardenal (El Liberal, XV, 5.198, 17-IX-1893, p. 2)

De nuevo en el seno del reportaje diario sobre «La catástrofe de Villacañas», y de nuevo en El Imparcial de la jornada siguiente, se incluye la información procedente de nuestro pueblo, que acoge las de Mascaraque y Villanueva: Mora, 17 (9.25 mañana)./ Son ya conocidos con certeza los daños causados por las tormentas en este término./ Es muy escaso el número de fincas donde no han quedado completamente destruidos los viñedos y los olivares./ Produce penosísima impresión ver caídas en el suelo la cosecha de aceitunas, y desgajados los olivos, que quedan estériles lo menos por dos años./ Por causa de la tormenta se nota gran desanimación en la feria./ Hoy, último día, hay más concurrencia que los anteriores, debido sin duda a que comienza a renacer la calma, viendo que el tiempo mejora./ En Mascaraque también han sido de importancia las pérdidas ocasionadas por el temporal, pero no pueden compararse a las sufridas aquí./ De Villanueva de Bogas recibo tristes noticias. Además de los daños inmensos causados en el campo por el temporal, casi todas las casas de la población quedaron desmanteladas./ Si no hubo desgracias personales, débese a la hora en que descargó la nube./ A haber ocurrido la tempestad ya muy entrada la noche, habría que deplorar muchas muertes./ El servicio de ferrocarriles se hace todavía con mucha dificultad, habiendo sido preciso variar la ruta./ Así se explica que ayer pasaran por aquí veintiséis trenes./ La comunicación telegráfica ha quedado restablecida.—Lafuente (El Imparcial, XXVII, 9.461, 18-IX-1893, p. 1).

En esa misma fecha se leía en El Siglo Futuro una nota tan sobria como sombría: Mora/ Se han perdido las cosechas y destruido casi todos los aperos de labranza./ La consternación del vecindario es indecible (El Siglo Futuro, XIX,5.575, 18-IX-1893, p. 1).

Era el último día de una feria que no fue.

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22. Del colegio de la calle Honda (1915) al Colegio Teresiano (1921)

El conocimiento del pasado nos llega (cuando nos llega) disgregado, fragmentado, disperso. De ahí que con frecuencia no alcancemos a interpretarlo porque nos faltan piezas para armar el rompecabezas. Es lo que nos ocurría al considerar los primeros pasos, o los pasos previos, del Colegio Teresiano; mejor dicho: del colegio construido en la calle Honda en 1915, que hubo de esperar todavía unos cuantos años para ser el Colegio Teresiano. No comprendíamos esa tardanza porque no habíamos sabido casarla con la peripecia personal de su impulsor, el cura párroco don Ángel Ríos Rabanera.

Como señalábamos en nuestro breve anterior («El caso del suicidio de la criada del párroco»), Ríos Rabanera fue un activo promotor y curador de la arquitectura religiosa moracha: restauró el convento de San Eugenio y el templo parroquial, donde abrió además la capilla del Santísimo, antes de acometer la que sería su obra principal: la construcción de nueva planta de un colegio religioso en la calle Honda que él mismo planeó y dirigió y que costeó doña Maria Martín-Maestro (acerca de la historia del centro, véase el artículo «La enseñanza en Mora ayer y hoy.—Colegio Teresiano de M.ª Inmaculada», publicado sin firma, y con oportunas ilustraciones, en el folleto Feria y Fiestas 2009, Mora, Gráficas Cervantes Díaz, s.a.).

Corría aún 1914 cuando Ríos elevaba su petición al Ayuntamiento, que a primeros de enero de 1915 aprobaba los trabajos previos de urbanización en la calle Honda para proceder a la construcción del edificio. Y las obras debieron de comenzar de inmediato, pues a finales de esa primavera se hallaban ya muy adelantadas, como refleja Luis de Moya en la crónica de su visita: se trata de un colegio de niños —así dice, creemos que por error— en el que, bajo la dirección del párroco y con el dinero donado por doña Maria, trabajan entonces un albañil y un carpintero (El Castellano, que citaremos abreviadamente EC, XII, 892, 8-VI-1915, p. 5). Por lo demás, Ríos tenía ya resuelto el destino de su obra, pues solo una semana después llegaba a Mora la madre Josefa Benet, prepósita general de las Religiosas de la Inmaculada Concepción, para examinar el colegio en construcción del que su orden iba a hacerse cargo: «El referido colegio será dirigido por religiosas de esa orden, y se calcula que podrá abrirse a fines del corriente año o a principios del venidero» (EC, XII, 900, 17-VI-1915, p. 6).

Y así había de ser. En febrero de 1916, cuando se está librando «la conflagración más tremenda que han presenciado los siglos», el Dr. Sotero García de Mayoral celebra en su crónica «la creación de un grandioso edificio que será colegio de niñas y señoritas, a cargo de religiosas de la Inmaculada Concepción». La obra, escribe, se debe al párroco D. Ángel Ríos, que la ha dirigido, y a la señorita D.ª Maria Martín-Maestro, que la ha costeado. Y está ya concluida, o a punto de concluirse, pues describe con detalle las dependencias, felicita a la fundadora, al director y al pueblo de Mora «por este adelanto en su cultura y por esta prueba que da una de sus hijas más preclaras», y consigna que en aquellos días era «visitadísimo por todas las clases de la población»  («De Mora», EC, XIII, 1.098, 8-II-1916, p. 3).

Pero pocas semanas después, la tragedia del suicidio de la criada del párroco daba al traste con todo: Ríos, destituido, salía de Mora y quedaba apartado de su propio proyecto, lo que comportó al parecer que las monjas de la Inmaculada Concepción también se retiraran. Por ello, uno de los objetivos del cardenal Guisasola en su visita a la villa en octubre de 1917 debió de ser desbloquear la situación, verdaderamente grave: transcurrido más de un año, las magníficas instalaciones del colegio no solo seguían cerradas a cal y canto, sino que ni siquiera se avizoraba a nadie que se encargase de ellas.

Poco fruto debió de dar la entrevista del primado con doña Maria (EC, XIV, 2.506, 17-X-1917, p. 2), porque habrá que aguardar hasta el curso 1920-1921 para que el centro eche a andar, una vez que don Ricardo Cuadrado, el nuevo párroco, hubiera encontrado a la postre otras monjas, las de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, que aceptasen ponerse al frente de la institución. Por fin, el día 16 de abril de 1921 eran inauguradas con toda solemnidad unas instalaciones que desde ese momento serían orgullo de propios y asombro de extraños («Mora de Toledo.—Inauguración de un Colegio Teresiano», por El Intruso de la Corte, EC, XVII, 3.544, 20-IV-1921, p. 4). En lo sucesivo no habrá huésped distinguido al que no se lleve al nuevo colegio; de lo que podrían dar fe el cardenal Reig (EC, XIX, 5.162, 8-XI-1923, p. 3); el general Carniago, gobernador civil (EC, XX, 5.084, 25-II-1924, p. 2); el ministro Martínez Anido (EC, XXII, 5.712, 27-III-1926, p. 1); el conde de Vallellano, alcalde de Madrid (EC, XXIII, 5.649, 4-IV-1927, p. 1); el cardenal Segura (EC, XXIV, 5.930, 15-II-1928, p. 1)…

El colegio de la calle Honda era ya entonces el Colegio Teresiano, y la calle Honda, la de doña Maria Martín-Maestro.

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21. El caso del suicidio de la criada del párroco

Hubo un tiempo en que arrojarse al pozo, en Mora como en los pueblos de toda España, era la forma más frecuente de suicidio. Algún día volveremos sobre el asunto. De momento no haremos sino quedarnos con esta noticia de El Castellano, el diario católico: «En Mora ha puesto fin a su vida, arrojándose al pozo de la casa donde se hallaba sirviendo, Francisca Martín Rodríguez, de 35 años de edad y viuda» (El Castellano, XIII, 2.057, 17-IV-1916, p. 3).

Al margen de la tragedia de la víctima, nada de particular, diríamos. Pero eso sería si no dispusiéramos de otra versión del caso, la que nos ofrece El Eco Toledano, periódico liberal, en su sección «De la provincia» («Mora.—Un suicidio»): «En el domicilio del cura párroco de esta localidad, D. Ángel Ríos, se ha suicidado arrojándose al pozo que existe en dicha casa Francisca Martín Rodríguez, de treinta y cinco años, viuda, produciéndose la muerte al chocar el cuerpo con las piedras de las paredes del mencionado pozo, según opinión facultativa./ Dicha mujer prestaba el servicio de criada. No habiéndosele observado nada anormal, [se] ignoran los motivos que haya tenido para suicidarse./ El Juzgado municipal instruye las diligencias correspondientes» (El Eco Toledano, VI, 1.515, 17-IV-1916, p. 3).

Nos interesa en especial, como ya habrá calibrado el lector, uno de los datos que saltan de un texto a otro: «la casa donde se hallaba sirviendo» del primero, pasa a ser en el segundo «el domicilio del cura párroco de esta localidad, D. Ángel Ríos». Importa el detalle porque importa el hecho, desde el punto de vista social y moral, de que una mujer cercana a un sacerdote se quite la vida.

Por otra parte, don Ángel Ríos no es para nosotros un desconocido. Hagamos memoria con Memoria de Mora. Fue nombrado párroco de la villa en octubre de 1907 (El Castellano, IV, 198, 26-X-1907, p. 3) y dos meses después tomó posesión del cargo (El Castellano, IV, 205, 14-XII-1907, p. 3; y IV, 206, 21-XII-1907, p. 3). Para entonces hacía más de dos años que ejercía en la villa, donde era cura ecónomo, es decir, párroco en funciones: «Con el ceremonial de rúbrica, tomó en el día de ayer posesión en propiedad de esta parroquia el que venía siendo cura ecónomo de la misma, D. Ángel Ríos» (El Heraldo Toledano, IX, 758, 16-XII-1907, p. 3).

Pero también sabemos, a través de La Idea y echando la vista atrás, que desde muy pronto don Ángel había despertado la animadversión de los liberales morachos. Lo leímos en nuestro breve número 12, «Clericales y anticlericales a la greña (1906)», que ampliamos ahora en algún extremo: «Su eminencia —escribe el periodista anónimo— ha tenido a bien mandarnos un cura ecónomo tan vivo que trae vuelto el seso a la mitad del género femenino, con unos sermones y una nueva organización de novenas y funciones…, que me río yo de los curas listos y habilidosos para ablandar el corazón y los cordones de las bolsas de sus feligreses» (La Idea, VII, 310, 15-VII-1905, p. 2).

Unos meses más tarde refería el corresponsal de este mismo periódico cómo el obispo había desoído la propuesta de la condesa de Mora, que era entonces la emperatriz Eugenia de Montijo, para nombrar a un cura «que se dedica a atraerse a las mujeres y párvulos con pláticas atrayentes para las clases pudientes del pueblo» (La Idea, VII, 337, 13-I-1906, p. 2).

Sabido lo que ocurriría después, las alusiones al género femenino se cargan de sospechas hacia Ríos, como no podía ser de otra manera. Sospechas que se refuerzan cuando vemos que muy pronto será nombrado párroco don Ricardo Cuadrado (El Castellano, XIII, 2.122, 7-VII-1916, p. 3), del que se esperan —escribe el Dr. García de Mayoral— «iniciativas loables encaminadas a restablecer la normalidad, alterada por causas conocidas que no son propias de este lugar» (El Castellano, XIII, 2.136, 24-VII-1916, p. 2). El subrayado es nuestro. No exageramos al conjeturar que el escándalo en la villa debió de ser formidable, y, por lo que parece, todos los dedos acusadores —incluido el de la Iglesia, que lo relevó de su cargo— apuntaron hacia don Ángel Ríos Rabanera.

Por otra parte, la coincidencia en el tiempo de la visita a Mora del cardenal primado y la participación de don Ricardo Cuadrado en el concurso correspondiente para poder optar en propiedad a la parroquia de la villa (El Castellano, XVII, 2.499, 9-X-1917, p. 2) abona la idea de que el objetivo —o uno de los objetivos— del viaje de monseñor Guisasola fuese cerrar el caso, o, cuando menos, serenar los ánimos. Y quizá también buscar solución al callejón sin salida en que había quedado el colegio de niñas promovido por el propio Ríos, que llevaba casi dos años construido y no tenía aún quien se hiciese cargo de él.

Volveremos pronto sobre la cuestión, pero digamos ahora que don Ángel Ríos fue un activo promotor de obras: a él se debieron, además de las del recién citado, que después sería Colegio Teresiano, la restauración del Convento (El Eco Toledano, V, 1.090, 17-VIII-1914, p. 2) y de la iglesia parroquial (Luis de Moya, «Información militar.—De vuelta del campamento.—En Mora», El Castellano, XII, 892, 8-VI-1915, p. 5), así como la construcción de la capilla del Santísimo en este último templo (Juan Marín del Campo, «El mejor recuerdo de la Academia de Toledo», El Castellano, XII, 888, 3-VI-1915, pp. 2-3).

Lo cierto es que el cardenal, tras recibir en Mora a las Hijas de María, y en palabras de García de Mayoral: «Al despedirlas rogó a la presidenta que se quedara, pues tenía que hablar con ella. Esta conferencia la relacionaban muchos con el Colegio para niñas que ha costeado dicha presidenta, Srta. Maria Martín Maestro, que aún no se ha inaugurado por dificultades surgidas que no son de este lugar» (El Castellano, XIV, 2.506, 17-X-1917, p. 2). De nuevo el subrayado es nuestro. En él, diciendo sin decir, andaba envuelto el caso de la pobre viuda que se arrojó al pozo.

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20. Festejos en prosa rimada (1912)

De entre las notas, noticias e informaciones que sobre la feria de Mora publicaron hace un siglo los periódicos toledanos, queremos hoy destacar una verdaderamente singular. Se debe a Un Magister, seudónimo tras el que se oculta nuestro paisano Mónico Bautista-Abad (1888-1953), colaborador en su juventud (1911-1915) de El Castellano y El Eco Toledano con escritos que tendremos ocasión de examinar en Memoria de Mora.

Pues bien, en una de las crónicas que envía desde la villa a principios de septiembre de 1912 (El Castellano, IX, 586, 7-IX-1912, p. 2), su vena juguetona se aplica a establecer períodos, contar sílabas y hacer consonar palabras, de tal manera que acabará componiendo este curioso ejercicio de versificación no carente de chispa (ni de irregularidades y altibajos, para ser sinceros), que copiamos literalmente:

Agárrese usted, mi amigo,/ y no juzgue hablo de guasa,/ que aquí como en todos pasa/ con los dichosos festejos,/ mucho ruido en los concejos,/ de novedad siempre escasa.

14.—Por la mañana, diana,/ y para remate fiesta,/ por la noche, a gran orquesta,/ cine al aire,/ ya es desgaire.

15.—Por la mañana, diana/ y reparto de colaciones;/ por la tarde, novenada,/ ¡valiente par de… funciones!;/ por la noche, iluminada/ la Glorieta y el paseo,/ vuelta al cine/ y al churreo.

16.—Función religiosa/ a la Patrona Santa Ana./ A las nueve de la mañana,/ Misa a gran orquesta,/ ocupando la palestra/ oratoria nuestro Párroco/ y amigo,/ Sr. Ríos.

17.—Por la tarde, gran corrida/ con gente no conocida/ en el momento que escribo,/ los caballos del tío vivo/ y una carrera de cintas/ dan fin-i-quito a mi tinta.

Si acude el lector al original, observará que este se presenta sin marca especial alguna (los signos de separación que indican los períodos han sido añadidos por nosotros), pero vienen a dar la pauta unos versos descriptivos que abren y cierran el texto, enmarcándolo (Empaliados balconajes/ de damascos tunecinos,/ rebosantes los casinos/ de engomados personajes… Burdas tascas de esterones/ forradas y solerones…), y que también se deben, creemos, al propio Bautista-Abad, quien no será la única vez que muestre en el periódico su ingenio lingüístico, como pronto comprobaremos.

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19. José I visita Mora y condecora a don Francisco de la Cuerda (9 de enero de 1810)

Algo sabemos sobre Mora y los morachos en los años y en los hechos de la Guerra de la Independencia (1808-1814), y algo también sobre nuestro paisano el obispo don Francisco de la Cuerda y García (1747-1815), que vivió y protagonizó en parte unos y otros. Debemos este conocimiento a Rafael y Alejandro Fernández Pombo, a través de sus opúsculos Mora en la Guerra de la Independencia (Madrid, Marsiega, 1979) e Hijos ilustres de Mora (Mora, Ayuntamiento de Mora, 1995, p. 13), y a Hilario Rodríguez de Gracia, autor de un apunte publicado aquí mismo, Sobre el testamento de don Francisco de la Cuerda: una nota biográfica. Pues bien, en este fondo queremos situar el documento que ofrecemos a los lectores de Memoria de Mora y que ilumina puntos hasta ahora oscuros de la visita a la villa del rey intruso y de la actitud de don Francisco hacia los nuevos gobernantes.

José I visitó Mora el día 9 de enero de 1810. Venía de Toledo y se dirigía al sur. Llegó a la población acompañado por sus ministros, con «un voluminoso equipaje» y «una escolta de cinco mil infantes y quinientos soldados de caballería» (Mora en la Guerra de la Independencia, p. 12) que era de hecho un auténtico cuerpo de ejército. Y en Mora, como veremos inmediatamente, recibió al obispo De la Cuerda en una audiencia que debería despejar las dudas sobre el afrancesamiento de nuestro paisano, y hasta sobre su supuesto rechazo del arzobispado de Toledo, para el que sería nombrado unos meses más tarde (véase ahora el documento en Gaceta de Madrid, núm. 167, 16-VI-1810, p. 704). «Quizá sea demasiado categórico contestar afirmativamente [a la pregunta de si era o no afrancesado] —escriben prudentes los Fernández Pombo—, pero sí parece por las escasas referencias que tenemos que fue respetuoso con el régimen del rey José» (Mora en la Guerra de la Independencia, p. 19). Y sobre su designación para la sede de Toledo afirman, primero, que «ni el prelado moracho debió aceptar tal nombramiento, a todas luces anticanónico, ni debió ir la cosa muy adelante» (Mora en la Guerra de la Independencia, p. 19); y concluyen luego, sin rodeos, que «se negó a aceptar este nombramiento que no venía de Roma y que tenía más sentido político que religioso» (Hijos ilustres de Mora, p. 13).

Pero he aquí que la Gaceta de Madrid del 12 de enero viene a sacarnos de dudas (Gaceta de Madrid, núm. 12, 12-I-1810, p. 51) en este texto que reprodujo el Diario de Madrid al día siguiente (Diario de Madrid, 13, 13-I-1810, pp. 49-50, que es donde nosotros lo hemos localizado). Copiamos de la Gaceta sin mover una tilde:

Madridejos 9 de enero de 1810.

El REI, habiendo salido esta mañana de Toledo, acaba de llegar á este pueblo.

En el corto rato que se detuvo en Mora recibió á la municipalidad; se informó mui por menor del estado y necesidades del pueblo, y dexó al cura párroco una suma de dinero para repartir á los pobres. Habiéndose presentado el Ilmo. Sr. Don Francisco de la Cuerda, digno prelado que fue de la iglesia de Puerto-Rico, y que reside retirado en Mora, á cuyo pueblo ha acarreado muchos beneficios con sus consejos y conducta en medio de los males que trae consigo la guerra; y queriendo S.M. darle una prueba de lo agradable que le ha sido su modo de proceder, ha expedido el real decreto siguiente:

Extracto de las minutas de la gran cancillería de la Orden Real de España.

En Madridejos á 9 de enero de 1810.

Don Josef Napoleon por la gracia de Dios y por la constitucion del estado, REI de las Españas y de las Indias.

Hemos decretado y decretamos lo siguiente:

ARTICULO I. “Concedemos á D. Francisco de la Cuerda, obispo que fue de Puerto-Rico, la condecoracion de nuestra Orden Real de España.

ART. II. Nuestros grandes canciller y tesorero de dicha Orden Real, cada uno en la parte que le toca, quedan encargados de la execucion del presente decreto. = Firmado = YO EL REI. = Por S.M., en ausencia del gran canciller, el consejero del consejo de dicha Real Orden, Francisco de los Heros, conde de Montarco.”

Hasta aquí el documento. Del que se infiere:

1.—José I no pernoctó en Mora, pues el decreto está fechado en Madridejos en la tarde o noche del mismo 9 de enero, el día en que por la mañana había emprendido viaje desde Toledo; por tanto, después de su estancia en Mora (que duró un «corto rato») y tras seguir viaje desde esta.

2.—En Mora recibió a la municipalidad, se informó con detalle sobre la villa, dejó dinero al párroco para los pobres y recibió también a don Francisco de la Cuerda, quien fue a cumplimentar («habiéndose presentado») al rey.

3.—Don Francisco era un seguidor activo del partido de Napoleón en Mora («á cuyo pueblo ha acarreado muchos beneficios con sus consejos y conducta en medio de los males que trae consigo la guerra»).

4.—Complacido por ello («queriendo S.M. darle una prueba de lo agradable que le ha sido su modo de proceder»), el rey le premia entonces con la condecoración de la Orden Real de España (que había sido ideada por José I precisamente «para recompensar los méritos de los afrancesados españoles y de los franceses hispanizados a su servicio en el tambaleante trono de Madrid», como escribe Almudena de Arteaga, Orden Real de España).

5.—Cabe pensar, en consecuencia, que don Francisco de la Cuerda no rechazó el nombramiento como arzobispo de Toledo, sino más bien que este no llegó a hacerse efectivo al no ser aceptado ni confirmado por la Santa Sede (Ángel Fernández Collado, Obispos de la provincia de Toledo (1500-2000), Toledo, Estudio Teológico de San Ildefonso, 2000, ficha 83, p. 155).

Lo que no implica necesariamente que don Francisco fuese un adulador o un trepador, y menos un traidor. Bien pudo ser un ilustrado, un partidario de las reformas, de la modernización del país frente al absolutismo, como tantos españoles cultos, también del clero. O no. Esto, hoy por hoy, no lo sabemos.

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18. Automóviles en Mora a principios del siglo XX

 Al moracho de hoy le costará imaginarlo, pero hubo un tiempo sin automóviles, ni siquiera en la plaza. Hasta hace unos cien años, cuando comenzaron a rodar los primeros, tanto públicos como particulares, por las calles y carreteras españolas. También por las de Mora y alrededores.

El proyecto de un servicio diario de automóviles para viajeros y mercancías entre Mora y Toledo nace en 1904, una vez iniciados los trabajos de la nueva carretera por Mascaraque, Almonacid y Nambroca. Tras construirse el primer tramo, de Mora a Almonacid, se dice que dos empresarios morachos piensan establecer el citado servicio (El Castellano, I, 12, 16-IV-1904, p. 3), pero la demora en las obras debió de retraer a nuestros paisanos. Lo cierto es que en los años inmediatos el propósito sigue en el limbo y los actores han cambiado: primero se atribuye a una sociedad bilbaína (La Idea, VI, 335, 30-XII-1905, p. 3; La Campana Gorda, XV, 797, 1-II-1906, p. 3) y más tarde a La Automovilista Toledana (El Castellano, III, 133, 2-VIII-1906, p. 1). Es posible que la controversia sobre el asunto surgida en Mora (El Heraldo Toledano, VII, 339, 27-VII-1906, p. 3; El Castellano, III, 133, 2-VIII-1906, p. 1) perjudicase su realización (La Idea, VII, 365, 7-VIII-1906, p. 3), que, por lo que parece, no se llevó a término entonces, toda vez que no mucho después se recordará el «fiasco hecho por La Automovilista Toledana» (El Heraldo Toledano, IX, 674, 9-IX-1907, p. 3).

Desconocemos cuánto tiempo hubo de aguardar el proyecto. Sí sabemos que unos años después operaba una línea de viajeros de Mora a Toledo por Sonseca —es decir, por la carretera antigua— a cargo de un tal don Juan Martín, pues en febrero de 1921 este solicita permiso para prolongar el trayecto desde Mora hasta Madridejos (El Castellano, XVII, 3.495, 19-II-1921, p. 3). Posiblemente se vio pronto complementada —o quizá sustituida— por la que debió de crear el moracho don José Gilly a tenor de lo que trae El Castellano a finales de 1923: «D. José Gilly Paños, vecino de Mora, ha solicitado del Gobierno Civil, Jefatura de Obras Públicas, autorización para establecer un servicio público de viajeros de Mora a Toledo y Mora a Madridejos, como asimismo para cualquiera otro servicio que se solicite a más del indicado, con una camioneta capaz para doce viajeros» (El Castellano, XIX, 5.118, 11-IX-1923, p. 4). A estas rutas vendría a sumarse la de Quintanar a Toledo que abrió la Agencia Campos en noviembre de 1924, con numerosas paradas intermedias, entre ellas la de Mora (El Castellano, XIX, 5.312, 28-XI-1924, p. 3).

Para entonces, numerosos coches particulares rodaban por las calles de la villa. Suponemos que eran automóviles los que empleaba Dionisio Cervantes para cubrir el trayecto del Hotel Mercantil —que regentaba Rafael Villajos en la Plaza de la Constitución— y el Hotel del Comercio —de la viuda de Esteban Maestro-Muñoz, en la calle de Toledo— a la Estación (véase el anuncio publicitario de El Heraldo Toledano, XII, 1.181, 28-IV-1909, p. 3). Pero, sea como quiera, eran abundantes: «Causa verdadera satisfacción y contento el aspecto de sus caminos, calles y carreteras, pues este riquísimo pueblo se ufana en alternar el regio automóvil con el humilde borriquejo agrícola, la trepidante motocicleta con la chirriante carretela industrial, la democrática bicicleta con la vistosa recua trajinera», escribe con su prosa galana Mónico Bautista-Abad en 1913 (Un Magister, «Por tierras manchegas.—En Mora», El Eco Toledano, IV, 755, 2-VII-1913, p. 1). Y ya en los años veinte, las páginas de nuestro inseparable El Castellano dan fe de un camión de la Fábrica Grande del señor Zalabardo (XIX, 5.108, 28-VIII-1923), y de los autos de don Carlos Sánchez-Cogolludo (XX, 5.213, 4-VIII-1924), don Pelayo Sánchez-Biezma (XXII, 5.759, 24-V-1926; XXIV, 6.034, 21-VI-1928) y los señores Martín-Maestro, Fogeda (XX, 5.327, 18-XII-1924), Gómez Ferrer, Fernández-Cabrera y Rodríguez de Segovia (XXIV, 6.071, 7-VIII-1928), estos tres últimos en su viaje del veraneo del año 28.

La cruz es la de los accidentes, de los que también da cuenta El Castellano. Casi siempre leves, tienen como víctimas a los niños Sebastián García (V, 252, 7-XI-1908) y Gregorio de Gracia (XIX, 5.134, 3-X-1923); a don Francisco Hormaechea, don José Antolí y don Luis Cabrera, heridos al despeñarse su coche (XIX, 5.029, 26-XII-1923); a don Manuel Aparicio Delgado, doña Julia Díaz Martín (su esposa), doña Isabel Díaz Montoro y don Carlos Díaz Martín (madre y hermano de la anterior), un niño de pocos meses y un dependiente de la casa llamado Mario Sánchez (XXIV, 5.990, 28-IV-1928), que sufren el vuelco del automóvil en que viajaban; y a doña Juana López de la Torre y su hija doña Carmen Fernández-Cabrera, que se arrojan del coche en marcha al incendiarse el vehículo, resultando la joven gravemente herida (XXIV, 6.034, 21-VI-1928).

Eran otros tiempos. Baste saber que el recién citado era «el automóvil 821 de la matrícula de Toledo».

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17. Escribanos de Mora

Desde su creación en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio, y hasta la ley del notariado de 1862, el escribano era el depositario de la fe pública. Quiere esto decir que tenía a su cargo, entre otras funciones, autorizar o verificar testamentos, escrituras, inventarios, relaciones, contratos, censos, cartas, declaraciones, pleitos…, reflejando así las mil facetas de la vida personal y social de los ciudadanos.

Gracias al Catálogo de escribanos de la provincia de Toledo (1524-1867) de Mercedes Mendoza Eguaras, editado por la Diputación Provincial en 1968, conocemos los nombres de quienes ejercieron esta función en Mora a lo largo de esos tres siglos y medio. Los datos allegados nos muestran cómo hubo casi siempre escribanos en nuestra villa, generalmente más de uno, y que en ella coincidieron por momentos hasta cuatro de estos profesionales. Igualmente observamos la larga permanencia de oficiales como Diego Sánchez Mijares, que ejerció durante 58 años entre 1738 y 1796; o Manuel Martín Coronel —que tal vez los lectores de Memoria de Mora recuerden del alistamiento de 1808—, quien desplegó su actividad a lo largo de medio siglo (entre 1793 y 1843), Diego Ramos de Pulgar (1669-1711), Faustino Rodríguez Malo Castellanos (1759-1791), Francisco González (1636-1668), etc.

Partiendo de la citada obra de Mendoza Eguaras, que no está digitalizada por ahora, nos hemos permitido elaborar listas alfabéticas y cronológicas de los escribanos morachos, a las que remitimos al lector curioso. Ir al documento.

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16. El cabello de Sagasta

A causa de su calidad incomparable, claro está, el jabón de Mora fue tan conocido y estimado en Madrid a lo largo de todo el siglo XIX, que no exageramos al afirmar que apenas si hubo por entonces en la villa y corte producto alguno más afamado. Tendremos ocasión de probarlo cumplidamente en próximas entregas de Memoria de Mora. Valga por ahora como avance esta anécdota protagonizada por el célebre dirigente liberal don Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), varias veces presidente del Gobierno en la España de la Restauración.

Pues bien, a su muerte, acaecida el 5 de enero de 1903, los periódicos recogerán con profusión hechos y lances de su vida, como hace El Globo (XXIX, 9.886, 7-I-1903, p. 1), en este pasaje de un artículo («Sagasta») que copiarán en fechas inmediatas tanto La Época en Madrid (LIV, 18.886, 8-I-1903, p. 2) como La Vanguardia en Barcelona (XXIII, 8.373, 9-I-1903, p. 1). Don Práxedes era por entonces un ingeniero de Caminos recién titulado con destino en Zamora.

Estaba muy orgulloso de su admirable cabello, y cuando alguien se lo elogiaba, decía con aquella gracia irónica tan suya, tan original:

—¡Pero hombre, no he de tenerlo bueno, si mi pelo es veinticinco años más joven que yo!

Porque Sagasta fue calvo, con una calvicie completa, espantosa, que durante algún tiempo constituyó su desgracia.

La adquirió en Zamora cuando, recién salido de la escuela, fue destinado a la provincia para ejercer su carrera.

Estaba en el campo dirigiendo unas obras; descargó una gran tormenta, y don Práxedes, que no encontró sitio donde resguardarse, se puso hecho una sopa.

Al día siguiente, tal vez por el remojón, el joven ingeniero se levantó sin un cabello, con la cabeza hecha una bola de billar, según él mismo confesaba.

Vino a Madrid buscando un remedio para su desdicha; se hizo una magnífica peluca, tomó una infinidad de remedios, sin conseguir que brotase un solo pelo, y cuando ya se despedía de la esperanza de ver en su cabeza alguna vegetación que la cubriese, un médico que vivía con él, Dr. Cañuela, le aconsejó lavarse frecuentemente con jabón de Mora, y al mes la calvicie había desaparecido, y con ella la tristeza de don Práxedes.

 La cosa no era para menos, como verá el lector acudiendo al retrato del personaje.

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15. Las mujeres de Mora votan primero

Es bien sabido: el sufragio universal, con el reconocimiento del derecho al voto femenino en la Constitución republicana de 1931, se ejerció en España por vez primera en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933, que ganó la CEDA al Partido Radical de Lerroux y demás formaciones políticas. Es bien sabido, pero no del todo cierto, puesto que hubo españolas mayores de edad que hicieron uso de su derecho siete meses antes: en las elecciones municipales parciales celebradas el 23 de abril de ese mismo 1933. Entre ellas, las mujeres de Mora. Y no parece inútil rememorar el caso cuando no creemos que sobreviva hoy en la villa ni una sola protagonista del acontecimiento en cuestión.

Si el número de concejales que había de ser renovado en aquellos comicios resultaba cuantioso (un tercio largo en todo el país), no lo era tanto en el orden cualitativo, ya que no comprendía a los de ninguna capital de provincia y a muy pocos de los municipios más poblados. Viniendo a nuestras tierras toledanas, bien es verdad que afectaba a 69 ayuntamientos (la lista, en El Castellano, XXIX, 7.459, 5-IV-1933, p. 1), pero no a la ciudad de Toledo, ni a Talavera, Quintanar, Consuegra, Villacañas, Madridejos, Corral de Almaguer, La Puebla de Montalbán, Ocaña…, esto es, a ninguna de las diez localidades de mayor población, excepción hecha de Mora.

Conviene por un momento echar la vista atrás: para no ignorar que, en el tiempo de la proclamación de la República, la ley electoral vigente (de 8 de agosto de 1907, conocida como ley Maura) establecía en su artículo 29 que no cabía proceder a la votación en las circunscripciones en que concurriese una sola candidatura, siendo esta entonces proclamada directamente.

Pues bien, en virtud del célebre artículo 29, el día 5 de abril de 1931 —una semana antes de las elecciones que acabarían instaurando el régimen republicano— habían sido proclamados concejales los aspirantes que integraban estas listas únicas: 14.018 ediles monárquicos y solo 1.832 republicanos o antidinásticos en toda España. También en Mora, donde sorprendentemente no se había presentado más que una candidatura para cubrir las dieciocho concejalías en liza, pero que, muy al contrario de lo que era común, estaba formada por diez socialistas, seis republicanos y dos radicales; una auténtica hecatombe para «los elementos de orden» —a la que volveremos en otra ocasión; véase «La proclamación de candidatos en Toledo», El Castellano, XXVII, 6.849, 6-IV-1931, p. 4—, habituados a que la lista única fuera siempre cosa suya, nunca de sus adversarios políticos. Pero esta vez se habían dormido en los laureles.

Poco tardarían los primeros gobiernos de la República en tomar cartas en el asunto: de entrada (decreto de 8 de mayo de 1931), derogando una ley que numerosos caciques rurales habían explotado a conciencia; más tarde (ley de 20 de diciembre de 1932), ordenando el cese de todos los concejales elegidos por el artículo 29 y creando luego comisiones gestoras que gobernasen temporalmente los ayuntamientos cesados; y finalmente convocando elecciones, las citadas del 23 de abril de 1933, para renovar todos los consistorios afectados.

En Mora, informa El Castellano con indisimulado gozo («es grandísima la satisfacción de los elementos de orden», El Castellano, XXIX, 7.474, 24-IV-1933, p. 1), a los dieciocho «concejales socialistas» del Ayuntamiento formado en abril del 31 (en verdad eran diez socialistas, seis republicanos y dos radicales) sustituyen ahora ocho reformistas, tres socialistas, tres de Acción Republicana, dos radicales y dos patronales (por tanto, una mayoría, doce, de «antigubernamentales»). Y estima que «las mujeres de orden contribuyeron muy eficazmente a la derrota de la coalición ministerial».

¿Realidad o deseo? A ciencia cierta no lo sabemos, pero sí que Mora vivió aquel día una jornada histórica: sus mujeres habían votado por vez primera en unas elecciones democráticas, antes incluso que la mayor parte de las españolas.

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14. Mora al teléfono

Hoy, cuando casi todos (sálvese quien pueda) andamos agarrados al teléfono celular o portátil, el llamado móvil, conviene recordar que no hace tanto que las comunicaciones personales a distancia eran diferentes. Muy diferentes: por carta, las que podían esperar; y las urgentes, casi siempre graves, por telegrama. Mal asunto si llamaba a la puerta el operario de Telégrafos: solía ser una noticia ingrata; con frecuencia, de un fallecimiento.

Muchas de las personas de edad hemos vivido (asómbrense los jóvenes) parte de nuestra vida sin teléfono, ni en el bolsillo ni en la casa. No era necesario. Quien esto escribe recuerda la presencia del artilugio en el domicilio familiar solo desde los primeros años setenta, la época en que se instalaron en Mora las líneas automáticas; esto es, cuando se pasó a marcar directamente el número, sin pedírselo a una operadora, mediante la rueda o disco que traían al efecto los, para nosotros, nuevos aparatos.

No obstante, la telefonía había llegado a España bastante antes. Los ensayos iniciales datan del lejano 1877, y de 1882, la existencia de una red telefónica oficial en Madrid. En lo que atañe a Toledo, y por la publicidad inserta en la prensa, sabemos que no pocos establecimientos comerciales de la ciudad disponían de teléfono al menos desde 1894, pero los pueblos de la provincia hubieron de aguardar todavía treinta años, pues no constan evidencias de centrales telefónicas anteriores a 1923, fecha en que se documentan abonados en los municipios de Ocaña y Villacañas (A. Bahamonde Magro y L.E. Otero Carvajal, El teléfono. El nacimiento de un nuevo medio de comunicación, 1877-1936).

El deseo se hizo realidad gracias al empeño de la Compañía Telefónica Nacional de España, fundada en abril de 1924, que actuó con extraordinaria diligencia desde el momento mismo de su constitución. Respecto de nuestra villa, leemos en la prensa que para agosto de ese mismo año ya se está tendiendo la línea que enlazará a Sonseca, Orgaz y Mora con Tembleque, Consuegra y Urda («De Orgaz.—Reunión importante», El Castellano, XX, 5.242, 8-IX-1924, p. 2), lo que entonces tal vez no pasase de ser un proyecto inmediato, pero que no tardó en realizarse, pues, como escribe a bombo y platillo un periodista anónimo siete meses después, «con notable y plausible impulso se está llevando a cabo la instalación del teléfono en todos los pueblos importantes de la provincia» (excepción hecha de Talavera, precisa y lamenta luego). Para detallar: «A las instalaciones verificadas en Villacañas, Quintanar, Ocaña y Madridejos, seguirán muy en breve las de Orgaz, Mora, Tembleque, Turleque, Madridejos [sic], Consuegra y Urda, para las que ya se ha comenzado a recibir el material necesario» («Los teléfonos en la provincia», El Castellano, XXI, 5.423, 13-IV-1925, p. 1).

Así fue. El 16 de septiembre, durante la feria de ese 1925, se procedió a la inauguración de la línea Toledo-Sonseca-Orgaz-Mora («En Mora», El Castellano, XXI, 5.554, 18-IX-1925, p. 2), y también a la de la central de Mora, que se festejó en la villa por todo lo alto. A ella asistió el subdirector de la Compañía Telefónica, Sr. Berenguer, entre otras personalidades que fueron recibidas por las autoridades locales y el pueblo en masa. De la relevancia de la novedad da fe nuestro inseparable El Castellano, diario de la tarde, que recoge la noticia en la página primera del número de ese mismo día: «Precedidos de la banda de música y con un público inmenso, se dirigieron a la central, instalada en Clavel, 4, donde se procedió a la bendición de aparatos por el dignísimo párroco don Ricardo Cuadrado./ Del despacho se ha quedado encargada la simpática señorita Dolores Pérez Pozuelo./ Acto seguido el señor subdirector invitó a las autoridades para comunicar, haciéndolo los señores alcalde [D. Eugenio Gómez Ferrer] y diputado [D. Manuel Martín del Campo] con el señor gobernador, con muchos ofrecimientos y felicitaciones». Todo ello previo al «espléndido lunch» servido en el Ayuntamiento («Mora inaugura su central telefónica», El Castellano, XXI, 5.552, 16-IX-1925, p. 1).

No tardaría el teléfono en colarse en los hogares morachos, o, para no mentir, en algunos hogares morachos de familias acomodadas. Al año siguiente se estaban tendiendo para ello los cables por las fachadas, como traen varios avisos de mediados de noviembre («A Toledo y pueblos de su provincia», El Castellano, XXII, 5.534, 15-XI-1926, p. 4) y como corrobora un suelto de finales de ese mes: «Se está llevando a cabo en esta localidad la instalación del teléfono urbano, la cual quedará terminada en breve tiempo». Se anuncia su entrada en servicio «para Navidad o primeros de año», lo que es prueba, escribe el redactor, de «que Mora no es de las últimas poblaciones que poseen todos los adelantos de la vida moderna» («Desde Mora.—Teléfono urbano», El Castellano, XXII, 5.547, 30-XI-1926, p. 3). Digamos por nuestra cuenta, y sin ánimo de contradecir al periodista, que por entonces en San Sebastián se instalaba el teléfono automático, que Mora aún habría de esperar ¡casi cincuenta años!

Pero cada uno va a su aire, y el de Mora no era lento en lo que cabe: a mediados del 29, casi cuatro años después de la apertura de la central, se cursaban al año unos 8.000 telefonemas y se celebraban más de 20.000 conferencias, hasta el extremo de que el movimiento telefónico de la localidad suponía «un trabajo abrumador» para Lolita del Pozuelo, encargada de la oficina («Movimiento telefónico en Mora», El Castellano en Mora, núm. 20, El Castellano, XXV, 6.326, 25-VI-1929, p. 2).

En fin, todo esto hoy quizá nos haga sonreír, pero no se engañe nadie: es la mueca de quien, a toda prisa, no va a ninguna parte.

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13. La gripe de 1918

En marzo de 1918 se declaró en los Estados Unidos una epidemia de gripe —o grippe, como escribían generalmente los periódicos de entonces— que acabaría segando las vidas de entre 25 y 40 millones de personas en América y Europa, hasta constituir una de las pandemias más mortíferas de la historia de la humanidad. Pronto llegó a España la que curiosamente sería conocida a la postre en todo el mundo como la gripe española, no tanto por la violencia que presentó en nuestra tierra —donde se calculan unas 300.000 víctimas mortales— como por la resonancia pública que le brindó la prensa en un país que, a diferencia de la mayor parte de los occidentales, no combatió en la Gran Guerra y, por tanto, no vio censurada o condicionada su información con el fin de no desmoralizar a las tropas.

La prensa toledana informará puntualmente de la epidemia desde finales de septiembre (El Eco Toledano) o inicios de octubre (El Castellano), con unas primeras afectaciones en Valdeverdeja que pronto se irán extendiendo a otras localidades: ya el 7 de octubre se dan 500 casos en Urda, y tres semanas después quedan en la provincia solo 48 pueblos indemnes frente a 153 en que ha aparecido la terrible enfermedad, con centenares de invasiones y decenas de defunciones diarias. Parece que a lo largo de noviembre el ritmo va decayendo, si bien el saldo estadístico total de este mes es alto: 24.632 invasiones y 910 defunciones en la provincia, con lugares muy afectados, casos de Pulgar en los primeros días (1.200 invadidos de un censo de 1.383 habitantes, El Castellano, XV, 2.816, 5-XI-1918, p. 3) o de Casarrubios del Monte en los últimos (1.426 invadidos de un censo de 2.055 habitantes, El Castellano, XV, 2.837, 29-XI-1918, p. 1).

Cuando el 25 de noviembre se reabren los centros de enseñanza de la capital, siguen produciéndose aún en la provincia entre una y nueve defunciones diarias, lo que se mantiene entrado diciembre, mes que en su transcurso apenas si registra nuevas invasiones. Pero pronto rebrota en Añover de Tajo y pueblos colindantes, y, a principios de febrero, en Toledo —a causa de las concentraciones de quintos— y en municipios como Villarrubia de Santiago, Polán, Cedillo y Ajofrín. Con el paso de los días se va agravando y extendiendo: Recas, Sonseca, Villafranca de los Caballeros, Bargas, Orgaz (con más de 500 casos), Arisgotas, Noblejas, Villa de don Fadrique, Valmojado, Villacañas, Camuñas, San Martín de Montalbán, Azaña (hoy Numancia dela Sagra), San Pablo de los Montes, Yébenes…, y también en la capital, donde a lo largo de ese mes de febrero del 19 se producirán 170 defunciones. Parece que va declinando desde mediados de marzo, aunque a finales de abril todavía quedan afectados en Méntrida, Oropesa, Fuensalida y Yébenes (cuenta en el mes 270 invasiones y 17 defunciones), que se prolongan hasta mayo en Iglesuela (300 casos, 11 defunciones) y hasta junio en Lucillos (220 casos, 11 defunciones).

Por entonces la epidemia ha dejado de ser noticia, por más que en septiembre se produce un nuevo brote en Toledo, con un centenar largo de nuevas afectaciones, y a comienzos de 1920 se recrudece en varios pueblos, hasta el punto de que en enero de ese año el montante de defunciones a causa de la gripe asciende a 118 fallecidos.

A Mora tarda en llegar. El Eco Toledano del 12 de octubre de 1918 trae que «hasta la fecha no ha hecho su aparición en este pueblo la enfermedad reinante, aunque existe en casi todas las poblaciones limítrofes» (El Eco Toledano, VIII, 2.236, 12-X-1918, p. 3), y será el 26 de ese mes cuando nuestra villa aparezca en las listas de localidades afectadas, con cuatro invasiones (El Castellano, XV, 2.809, 26-X-1918, p. 3), una de las cuales costará la vida al niño Pepito Bazán, hijo de don Gregorio Bazán, encargado de la estación telegráfica (El Castellano, XV, 2.812, 30-X-1918, p. 3).

No parece que la epidemia atacase a Mora con especial virulencia. Solo registramos cuatro defunciones (en El Castellano de los días 28-X-1918, 29-X-1918, 4-XI-1918 y 20-XI-1918); y aunque pudieran ser más, todo hace pensar que las acciones emprendidas por el alcalde dieron su fruto, como él mismo cuenta a don Santiago Fernández y Contreras: «Fui a visitar las casas invadidas y un guardia se encargaba de desinfectar. Además, en todas las entradas del pueblo tenía puestos dos hombres para que fumigasen a toda persona que viniera a Mora» (El Intruso de la Corte, «Interviús de mi pueblo.—Don Manuel Muñoz», El Eco Toledano, VIII, 2.288, 13-XII-1918, p. 2).

La consecuencia no es baladí: al proteger la vida de nuestros bisabuelos, don Manuel Muñoz acabó asegurando la de cada uno de nosotros.

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12. Clericales y anticlericales a la greña (1906)

Quien haya seguido lo publicado sobre El Castellano (1904-1935) en Memoria de Mora habrá observado que este periódico católico conservador concede en sus páginas generoso espacio tanto a las celebraciones religiosas como a las actividades protagonizadas, impulsadas o amparadas por eclesiásticos y organizaciones pías de la provincia. De vez en cuando incluso se presentan en él declarada o veladamente los conflictos surgidos con los sectores liberales y progresistas. También de Mora.

Es lo que sucede en la primavera de 1906, cuando El Castellano informa de «las conferencias que sobre las verdades del catolicismo viene dando los sábados por la noche, en el templo parroquial, el señor cura»; para comentar acto seguido: «Ni los esfuerzos de los corifeos del libre pensamiento, ni las mentiras que esparcen entre el vulgo, serán bastantes a desvirtuar el fruto religioso que los trabajos del párroco […] han de producir. ¡Adelante!» («Noticias generales.—De los pueblos.—Mora», El Castellano, III, 115, 29-III-1906, p. 3).

Es este uno de los casos en que podemos aquilatar el trasfondo del comentario con el parecer del otro bando. Veamos. La Idea, subtitulado Semanario Republicano, informa de que a la primera de las conferencias «para hombres solos» del padre Ángel asistió un nutrido grupo de anticlericales que le escuchó cortésmente, pero que organizó a renglón seguido otra conferencia propia en la que don Julio Díaz se dedicó a glosar párrafo a párrafo la del sacerdote, «rebatiéndola con gran fortuna y oyendo muchos aplausos». Afirmó allí el orador que «en tanto esté levantada la tribuna clerical contra la libertad, el progreso y la democracia, él no abandonará la tribuna erigida por los elementos progresivos, y que no se dará el caso de que las mujeres de Mora, dirigidas por la reacción, hagan hogueras en la plaza pública con los periódicos liberales» («De la provincia.—Mora de Toledo: clericales y anticlericales», La Idea, VII, 346, 24-III-1906, p. 3).

Digamos que el semanario La Idea (julio 1899-octubre 1906) era entonces el órgano de la Unión Republicana de Toledo, y que por su conducto sabemos que en Mora existió un comité republicano —constituido en abril de 1902 y del que formaban parte Antolín Rey de Viñas, Estanislao Cano, Anastasio Gómez Rojas, Vidal Gómez del Campo, Isidoro Briones, Leandro Díaz y Martín Cano de Aldas— que no simpatizaba en absoluto con la Iglesia, como percibimos en la nota de adhesión al homenaje a la memoria de Garibaldi, en el vigésimo aniversario de su muerte, que envía al periódico a comienzos de junio de 1902: «Los republicanos de Mora de Toledo se adhieren a las demostraciones de admiración y simpatía que gran parte del mundo civilizado siente por el egregio caudillo de la libertad, Garibaldi, cuyos esfuerzos consiguieron la unidad de Italia, destrozando para siempre el poder temporal del Papa, causa de todas las desdichas que afligen a la humanidad y particularmente en estos momentos a los españoles» («Crónica.—Información», La Idea, IV, 151, 7-VI-1902, p. 4. La cursiva es nuestra).

Pero La Idea no solo se aplicaba a generalizar; también enfocaba, por ejemplo, el mercantilismo del cura ecónomo de Mora, don Ángel Ríos Rabanera, quien vendía las cintas de las carrozas de las procesiones y ponía a las señoritas a recaudar para «el bolsillo de los curas» («De la provincia.—Mora.—Religión y explotación», La Idea, VII, 310, 15-VII-1905, p. 2); un cura —escribe— que se afanaba «a atraerse a las mujeres y párvulos con pláticas atrayentes para las clases pudientes del pueblo» y que medía con rasero distinto a pobres y ricos («De la provincia.—Mora.—De párrocos y… otros excesos», La Idea, VII, 337, 13-I-1906, p. 2).

Pues bien, si El Castellano no vuelve ya sobre las conferencias, La Idea carga de nuevo contra la segunda de ellas, a la que también asistieron los anticlericales y en la que el párroco «dirigió calificativos de mal gusto al Sr. Salmerón y verdaderos insultos a la memoria de Riego». Da cuenta de que al día siguiente tuvo lugar la conferencia anticlerical correspondiente (otra vez a cargo del Sr. Díaz; «jamás se ha visto en Mora una reunión tan numerosa y tan entusiasta»), que reseña con algún detalle e informa de que ha surtido efecto, pues en la tercera sesión «el padre Ángel parecía otro, y no se ocupó de nada más que de los adelantos de la industria y de la ciencia». Concluye el corresponsal que «jamás en Mora se ha hecho una propaganda tan activa e intensa como ahora contra el clericalismo, que ya se bate en retirada» («De la provincia.—Mora de Toledo: clericales y anticlericales», (La Idea, VII, 347, 31-III-1906, p. 2).

Pero el periodista confundía sus deseos con la realidad, porque en la cuarta conferencia el padre Ángel terminó «mascullando pastillitas y excitando a los fieles a morir envueltos en la bandera de Cristo»; lo que revela, según el corresponsal, que «los ungidos de la Iglesia […] tratan de provocar algún conflicto, lamentable seguramente para todos». Se extiende en la refutación que hizo luego don Julio Díaz y concluye: «El entusiasmo es grande y continúa en crescendo la animación para la lucha, que estamos dispuestos a mantener con tesón. Clericales sensatos desaprueban la conducta del cura» («De la provincia.—Mora de Toledo: clericales y anticlericales.—Se anima la lucha.—¿Provocando un conflicto?», La Idea, VII, 348, 7-IV-1906, pp. 1-2).

Por esta vez, y por fortuna, las cosas no debieron de pasar a mayores, pues ni un periódico ni otro vuelven sobre el asunto. Pero, lo veremos otro día, las heridas siguieron abiertas.

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11. Morachos que veranean: del balneario al tren botijo

Si resulta cierto que no es hasta tiempos recientes cuando se ha generalizado el veraneo —o las vacaciones de verano, por decirlo a la moderna—, no lo es menos que un siglo atrás paisanos nuestros —no siempre opulentos, ni siquiera pudientes— andaban escapando de los rigores del chicharrero acá o allá para tomar las aguas de los balnearios o los baños del mar.

No faltan en la prensa toledana, especialmente en los años veinte, referencias de familias morachas acomodadas que veranean en balnearios diversos: Montemayor (D. Vicente Pérez Curbelo), Medina del Campo (D. Jaime Pérez Curbelo), Paracuellos del Jiloca (D.ª Eustaquia Fernández Cabrera)…; pero sobre todo en el Norte, casos de D. Juan Laveissiere, D.ª Ascensión Calderón de la Barca, D. Manuel Muñoz, D. Robustiano Cano, D. Román Pérez de Córdoba, D. Eustasio Fernández-Cabrera, D. Eugenio Gómez Ferrer, D. Cristino Ruiz Tapiador, D. Eusebio Lumbreras, D. Carlos Rodríguez… Alguno, como D. Manuel Martín del Campo y sus hijas en 1923, incluso viaja por el extranjero.

Pero son muchos más, por lo que parece, los no tan pudientes que marchaban a Alicante en los llamados trenes de recreo, que la chispa popular rebautizó como trenes botijo: trenes de bajo coste, como diríamos hoy —20 pesetas en segunda clase; 12 pesetas en tercera—, que la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid, Zaragoza y Alicante ponía a disposición del público desde 1893 —y hasta 1917— y que posibilitaban estancias organizadas de doce días a precios económicos. Llegaron a transportar unos treinta mil viajeros por año y a convertirse en todo un fenómeno sociológico (vea el lector El tren botijo, en Repasos del ayer) que dejó rastro en el acervo popular y en la literatura costumbrista.

A ello aludirá en agosto de 1915 El Duende de Mora, esto es, el entonces jovencísimo don Santiago Fernández y Contreras, quien escribe que en llegando la canícula los morachos «ya están haciendo la maleta para marcharse a tomar aguas por todo el cuerpo». A Alicante, claro: «Porque de cada cien veraneantes que de aquí se ausentan durante estos meses, uno —si le hay— sienta sus reales allá en el Norte, permaneciendo en el punto de llegada, solo y exclusivamente, dos o tres días escasos; y los noventa y nueve restantes se dirigen a la costa mediterránea, haciendo el viaje en tren botijo» («¡Alerta!—A bañarse tocan», El Castellano, XII, 956, 21-VIII-1915, p. 2).

Lo que no difiere gran cosa de la noticia que once años antes ofrecía en este mismo periódico su corresponsal anónimo, que era don Juan Marín del Campo: «Van regresando ya de los respectivos balnearios los numerosos bañistas que todos los años salen de aquí para Alzola, Mondariz, Santander, Liérganes, La Puda, Paracuellos, Alhama, Betelu, Panticosa y para algunos otros puntos» («Noticias.—Mora de Toledo», El Castellano, I, 32, 27-VIII-1904, p. 3). Quien proseguía: «En la ciudad de Alicante principalmente, llama tanto la atención todos los años el inmenso número de personas de todas clases que acuden allí como en tropel en los famosos trenes de recreo, que en Alicante se dice que las dos poblaciones que dan a aquellas playas más contingente de bañistas son la villa de Madrid en primer lugar, y después esta villa de Mora. La estación de la misma ofrece aspecto como de romería, pintoresco y animado por demás los días de llegada y de regreso de los mentados trenes» (la cursiva es nuestra).

¿Exageraba el periodista? Seguramente. Pero la exageración, por más que abulte, no inventa; contiene necesariamente un fondo de verdad, que en este caso conjeturamos: en Mora, en torno al mil novecientos, un número estimable de vecinos vivía con cierto desahogo, y hasta iba a tomar el sol, a tomar aguas… o a tomar vientos.

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10. Sobre don Fermín Larrazábal

Una de las noticias de Mora con mayor relieve en la prensa de finales del XIX fue la del pavoroso incendio que, en marzo de 1899, destruyó la mansión de D. Fermín Larrazábal, recién construida entonces en el número 11 de la calle del Romero. Estaba situada donde se levantó después, hoy deshabitada y cerrada a cal y canto, la que fue residencia hasta hace no tanto de algunos de sus nietos y biznietos: la familia compuesta por D.ª Pilar Martín-Maestro Larrazábal, su esposo, D. Miguel Gallegos, y sus hijos Miguel y Carlos.

De la dimensión del incendio da fe indirecta el hecho mismo de que la prensa madrileña se ocupase del suceso, que era recogido así en el apartado del «Servicio telegráfico de El Imparcial»: «Incendio/ Mora de Toledo 20 (6.40 tarde)/ A las seis de la tarde se ha iniciado un horroroso incendio en la casa de D. Fermín Larrazábal, ingeniero que reside en esta población./ La finca, recientemente levantada de nueva planta, quedará completamente destruida, a juzgar del incremento que han tomado las llamas./ Además, se teme que el fuego se propague a las casas contiguas.—Jiménez» (El Imparcial, XXXIII, 11.464, 21-III-1899, p. 2).

El número siguiente volvía a informar mediante un nuevo mensaje telegráfico: «Incendio/ Mora de Toledo 21 (10 mañana)/ A las nueve de la noche se consiguió localizar el incendio de que di cuenta en mi telegrama de ayer, gracias a las acertadas disposiciones de las autoridades, secundadas por infinidad de obreros, que trabajaron con gran arrojo./ No hubo desgracias personales, salvándose muchos muebles, pero las pérdidas son de mucha consideración./ Dícese que estaba todo asegurado por una respetable cantidad.—Jiménez» (El Imparcial, XXXIII, 11.465, 22-III-1899, p. 3).

Hasta unos días después no se hacía eco del caso la prensa provincial, cuando el diario La Campana Gorda ampliaba algunos detalles —creemos que equivocándose de día y adelantando una fecha—, al señalar que «el edificio quedó reducido a escombros», y que se salvó, además del mobiliario, «una fuerte suma en monedas de cinco pesetas», precisando asimismo que el cálculo de los daños ascendía a la astronómica cifra de 75.000 pesetas (La Campana Gorda, VIII, 285, 24-III-1899, p. 1).

Digamos que don Fermín Larrazábal y Maestro-Muñoz había nacido en Mora el 1.º de julio de 1833 y que fue un personaje de cierto relieve, sobre el que no faltan menciones en la prensa toledana de la época, como cuando obtuvo la Gran Cruz de Carlos III en 1887 en premio a sus servicios como ingeniero jefe de Montes de la provincia (El Nuevo Ateneo, IX, 3, 1-II-1887, p. 21), o la medalla de plata en la Exposición Universal de Barcelona de 1888 por la calidad del «trigo de su cosecha» (El Nuevo Ateneo, X, 20, 15-XII-1888, p. 166). Falleció en Mora el 27 de septiembre de 1908 (El Día de Toledo, XV, 873, 3-X-1908, p. 6; La Justicia, I, 1, 9-X-1908, p. 3; El Castellano, V, 249, 17-X-1908, p. 3), dejando viuda, D.ª Ascensión Calderón de la Barca y Fernández-Cabrera, que le sobrevivió unos años (El Eco Toledano, IV, 671, 22-III-1913, p. 3), y seis hijos: Ascensión, Consuelo, Carmen, Manuel, Fermín y José (esquela conmemorativa del primer aniversario de su muerte en El Castellano, VI, 298, 25-IX-1909, p. 1), a los que cabe añadir una séptima, María de los Dolores, que había fallecido a los 18 años de edad, el 11 de enero de 1889 (El Nuevo Ateneo, XI, 2, 15-I-1889, p. 15).

No fue esta, lamentablemente, la única vez que la muerte segó una vida joven de la familia Larrazábal. Ya poco antes de su tránsito, en el verano de 1907, perdió D. Fermín a uno de sus nietos (El Castellano, IV, 191, 7-IX-1907, p. 3), y la misma suerte corrieron más tarde dos de las hijas de Carmen Larrazábal y Calderón de la Barca, María de los Dolores y María del Carmen Martín-Maestro y Larrazábal, fallecidas respectivamente en octubre de 1930 (El Castellano, XXVI, 6721, 29-X-1930, p. 4) y enero de 1934 (El Castellano, XXX, 7686, 8-I-1934, p. 1), a los 27 y 25 años de edad. De la primera de ellas podemos leer la crónica de su fastuosa boda en Madrid, banquete en el Hotel Ritz incluido (El Castellano, XIX, 5116, 14-IX-1923, p. 3), con el odontólogo D. Francisco González Fabián, quien tuvo consulta abierta en la casa del número 11 de la calle del Romero, la misma que, si alguien no lo remedia, acabará cayéndose a pedazos ante los ojos de los morachos.

A uno le acecha la tentación de hacer de esa casa, construida y reconstruida y hoy abandonada, una cifra o símbolo de Mora en el último siglo. Pero, por fortuna, el futuro no está escrito.

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9. La carretera de Toledo

La mirada del niño confiere a su mundo la firmeza de lo incuestionable. Hace cincuenta años —en la infancia de quien esto escribe—, ¿a qué chiquillo podría caberle en la cabeza que no existiera la carretera de Toledo? ¿Por dónde iría, si no, el coche de Toledo, como todos llamábamos al ómnibus de Pérez Díaz, con Manolo de conductor y Nicasio de revisor? ¿Cómo llegar a la capital de la provincia sin pasar por Mascaraque, Almonacid y Nambroca? El adulto, sin embargo, alcanza a aceptar que en otro tiempo las cosas pudieran ser de otra manera.

El caso es que a comienzos del siglo pasado había caminos que unían estos pueblos, pero no una carretera acondicionada a las necesidades de los pocos automóviles que circulaban. El trayecto de Mora a Toledo se realizaba tomando la Nacional 401, por Orgaz y Sonseca, aunque no parecía entonces que fuera a hacerse esperar demasiado la nueva carretera, ya en construcción. Efectivamente, en la primavera de 1904 se inaugura el tramo comprendido entre Mora y Almonacid, y los morachos se las prometen muy felices: «dos empresarios de Mora piensan establecer un servicio diario de coches entre ella y Toledo cuando definitivamente se abra al público toda la carretera» (El Castellano, I, 12, 16-IV-1904, p. 3).

Pero las cosas de palacio iban despacio. Diez años después, ante la desesperación de todos, las obras no han progresado ni mucho ni poco. En noviembre de 1914, el alcalde de Toledo y varios diputados provinciales viajan a Madrid con la decidida voluntad de lograr del ministerio de Fomento (Diario Toledano, I, 43, 10-XI-1914, p. 2) que «lo antes posible sea un hecho la construcción de la carretera de Mora a Toledo» (Diario Toledano, I, 44, 11-XI1914, p. 1).

Las buenas palabras del ministro, Sr. Ugarte, no se traducen en hechos. Transcurridos once años desde su puesta en servicio, la carretera seguirá limitada al tramo entre Mora y Almonacid, como comprobamos en el mapa del itinerario previsto para las prácticas de primavera de los alumnos de la Academia de Infantería (La Campana Gorda, XXIV, 1.238, 1-V-1915, p. 10).

El asunto se activa más adelante. A finales de 1918 El Eco Toledano trae «una relación de fincas, en los términos de Nambroca y Almonacid de Toledo, que han de expropiarse para la construcción del segundo trozo de la carretera Toledo-Mora» (El Eco Toledano, VIII, 2.244, 22-X-1918, p. 3). Se procede a la expropiación (El Eco Toledano, IX, 2.348, 20-II-1919, p. 3), pero habrán pasado muchos meses cuando se anuncien las gestiones para sacar a subasta el tramo primero, del puente de Alcántara a Nambroca (El Castellano, XVI, 3.380, 4-X-1920, p. 2).

Cinco años más tarde, lejos aún de completarse el trazado, se hace necesaria la reparación de los kilómetros 22 al 32, esto es, de Almonacid a Mora, el trayecto inicialmente construido (El Castellano, XXI, 5612, 25-XI-1925, p. 3). Poco después se proyectan las obras de los kilómetros 13-21, entre Nambroca y Almonacid (El Castellano, XXII, 5655, 19-I-1926, p. 2), pero no hay movimiento entre Toledo y Nambroca. Definitivamente, los mapas nos confirman que al acabar el decenio no hay más recorrido útil que el de Mora a Almonacid (Mapa de España y Portugal, trazado por D. Benito Chías y Carbó, 1930), y que solo en los años inmediatos se completó la carretera (Ministerio de Obras Públicas. Red Nacional de Caminos, 1940). ¡Treinta años, o más! Ya sabemos: las cosas de palacio…

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8. El monumento a Pablo Iglesias

No hará falta explicar que Pablo Iglesias (1850-1925), fundador del Partido Socialista Obrero Español (1879) y de la Unión General de Trabajadores (1888), fue el padre del socialismo español y una figura de gran calado en la historia contemporánea. Pero tal vez los morachos de hoy no conozcan dos lazos que lo asocian a nuestra villa: su visita en 1903, para presidir un mitin obrero multitudinario (Tribuna Pública, I, 27, 11-IX-1903, p. 3), y, sobre todo, el homenaje póstumo que le tributó el pueblo de Mora dedicándole un monumento en 1932, que es el asunto que centra esta nota.

Parece que la llama socialista prendió con fuerza en Mora al menos desde los primeros años del novecientos. Espigando en la prensa (disculpará el lector lo limitado de estos apuntes), podemos sumar a la anterior varias referencias que corroboran la apreciación que precede: el mitin celebrado en abril de 1904 (Tribuna Pública, II, 52, 9-IV-1904, p. 1); la concentración antimonárquica organizada en Almonacid en 1906 por la Agrupación Socialista de Mora (La Idea, VII, 352, 5-V-1906, p. 1); la intervención de las Juventudes Socialistas de Mora, junto con las agrupaciones de Madrid y Toledo, en el acto del Teatro de Rojas en la primavera de 1909 (El Heraldo Toledano, XII, 1.192, 11-V-1909, p. 1, y XII, 1.197, 17-V-1909, p. 2)… En Mora se celebrará la asamblea para proponer el candidato socialista a las Cortes por el distrito en 1914 (La Región, I, 6, 28-II-1914, p. 2), y a Mora había asistido Julián Besteiro en ocasión de la protesta contra la guerra de África (El Eco Toledano, V, 926, 26-I-1914, p. 3). De «pueblo eminentemente socialista y republicano» le tildará el conde de Mora ya en 1931 (El Castellano, XXVII, 6.887, 23-V-1931, p. 1).

Sabemos también que, al menos desde 1909 (El Heraldo Toledano, XII,1.186, 4-V-1909, pp. 2-3), no faltaron ediles socialistas en el Ayuntamiento: valgan las referencias contenidas en El Castellano,que hemos ido publicando, sobre los resultados de las elecciones locales en 1911, 1912, 1918, 1920 y 1922, a las que remitimos al lector (El Castellano, VIII,502, 18-XI-1911, p. 3; IX, 516, 5-I-1912, p. 3; XV, 2.589, 21-I-1918, p. 3; XVI,3.187, 10-II-1920, p. 3; XVIII,3.786, 6-II-1922, p. 2). Sin contar el llamado caso de Mora, sobre el que volveremos, que se tradujo en la obtención de diez concejales en las municipales de 1931 (El Heraldo Toledano, XX,4.171, 9-IV-1931, pp. 7-8). A todo ello cabe agregar el escaño que ocupó el moracho  Anastasio de Gracia en las Cortes en las legislaturas de 1931, 1933 y 1936 (El Castellano, XXVIII, 6.920, 2-VII-1931, p. 4).

En este contexto se inscribe el homenaje póstumo del pueblo de Mora a la figura de Pablo Iglesias con la inauguración del monumento citado. Curiosamente, apenas si tenemos datos de la propia obra escultórica, que, paradojas de las cosas, nos proporciona El Castellano, periódico católico y notoriamente antisocialista: se trata de un busto en bronce, obra del escultor moracho D. Francisco Sánchez, que fue emplazado en la glorieta de D. José Iborra (El Castellano, XXVIII, 7.274, 30-VIII-1932, p. 4; véase también Heraldo de Toledo, I, 12, 25-VIII-1932, p. 7).

Del acto en sí, sin embargo, es el semanario socialista Heraldo de Toledo el que informa, muy cumplidamente, a toda página y desde la portada («Grandioso acto en Mora.—En memoria de Pablo Iglesias», Heraldo de Toledo, I, 14, 8-IX-1932, pp. 1-2). Por él sabemos que concurrieron los cuatro diputados socialistas a Cortes de la provincia (que eran Fermín Blázquez, Domingo Alonso, Félix Fernández Villarrubia y Anastasio de Gracia), además del presidente de la Diputación toledana y de numerosos representantes y militantes de agrupaciones, sociedades y comités socialistas, que detalla: 200 personas llegadas de Almonacid, 127 de Toledo, 95 de Tembleque, 87 de Yébenes, 56 de Consuegra, 45 de Turleque, 40 de Mascaraque, otras tantas de Manzaneque…; sin contar a morachos simpatizantes y/o curiosos, hasta reunir —dice el periódico— a más de cuatro mil personas. Se organizó una comitiva, acompañada por la banda municipal, desde la Casa del Pueblo, y tras el descubrimiento de la efigie tomaron la palabra Anastasio de Gracia, Alfonso Quintana y Eladio Romeral. La celebración se completó con «un mitin grandioso», en el que destacó el discurso de D. Luis Jiménez de Asúa, y que congregó a unas seis mil personas en el campo de fútbol (véase, más escueto, a El Castellano, XXVIII, 7.280, 6-IX-1932, p. 1).

Esto ocurría el 4 de septiembre de 1932. Cabe suponer que el monumento se conservase en su emplazamiento en los años inmediatos, tal vez hasta el final de la Guerra Civil. Lo que luego fue de él no lo sabemos, pero no queremos creer que averiguarlo sea misión imposible. ¿Nos permitirán nuestros amigos de Memoria de Mora que les roguemos que indaguen sobre el asunto? Eso sí, olvídense de la Wikipedia y acudan a los morachos de edad muy avanzada.

NOTA DE ABRIL DE 2015. Víctor Martín-Albo nos comunica en esta fecha qué fue del citado busto, noticia que, con nuestro agradecimiento al informante, trasladamos a nuestros amigos de Memoria de Mora casi con sus mismas palabras. Por su padre, don Joaquín Martín-Albo Fernández-Marcote, aprendiz, discípulo y amigo del escultor don Francisco Sánchez Sonseca, supo que al final de la Guerra Civil el busto fue enganchado con una soga a un vehículo, arrastrado por el pueblo, y seguramente fundido. Nos comunica asimismo que el pedestal se encontraba en el antiguo matadero municipal, aunque cree que no identificado como tal. Y en cuanto al molde, y por temor a las represalias, fue ordenada su destrucción por don Francisco haciendo de él partículas menores de un centímetro, que fueron guardadas en un saco durante muchos años hasta que en una remodelación del taller fueron mezcladas con los escombros. Una página negra que viene a añadirse a tantas otras de la Guerra Civil en nuestra villa.

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7. El gordo de Navidad en Mora (1927)

Sin ser abundantes, en los periódicos que hemos ido examinando en estos últimos meses no faltan noticias sobre la lotería en Mora. Nos ha llamado la atención sobre todo la fortuna de algunos morachos agraciados con el gordo de Navidad del año 27.

Pero vayamos por partes. Sabemos que nuestra villa, al menos desde finales del siglo XIX, contaba con un despacho o administración de lotería, y que, tras Toledo y Quintanar, era por entonces la localidad de la provincia que más dinero invertía en este juego (Diario de Toledo, I, 145, 22-XII-1894, p. 3). Sabemos también que esa administración fue regentada hasta su muerte por D. Heriberto Ruiz y Galán (El Eco Toledano, VI, 1.649, 19-X-1916, p. 3), para pasar luego al cargo de D. Francisco Fernández Cabrera (El Castellano, XIII, 2.226, 8-XI-1916, p. 3).

No parece que el establecimiento fuese muy favorecido por la suerte. Tenemos noticias de dos premios menores, de 600 y 3.000 pesetas, en agosto y septiembre de 1894 (Diario de Toledo, I, 54, 4-IX-1894, p. 2, y Diario de Toledo, I, 67, 20-IX-1894, p. 3), y de otro bastante más sustancioso al cabo de treinta años, cuando recibió uno de 60.000 pesetas en las Navidades de 1922 (El Castellano, XVIII, 4.030, 22-XII-1922, p. 1).

La pedrea del primer sorteo de agosto de 1926 (El Castellano, XXII, 5.815, 2-VIII-1926, p. 1) vino a ser un adelanto del gordo de Navidad del año siguiente, que recayó en el número 10.123 y del que correspondieron dos vigésimos a unos cuantos morachos  de nombre conocido. El Castellano de esa tarde (XXIII, 5.885, 22-XII-1927, pp. 1 y 4), que titula a toda página «Por fin… el gordo en Toledo», se detiene en los agraciados de Mora, donde «don Cristino Ruiz Tapiador, industrial en esta, jugaba un vigésimo en unión de su cuñado don Amadeo del Castillo». Informa asimismo que el otro vigésimo lo había comprado en Madrid D. Anastasio Rodríguez, sargento retirado de la Guardia Civil y concejal del Ayuntamiento, que jugaba diez pesetas y compartía el resto con vecinos y amistades que cita al detalle (en una copia endiablada, véala el lector, por defectos en la impresión del original). Jugaban cinco pesetas tanto el zapatero Antonio Muñoz [?] como el sastre Isaac Valero; tres pesetas, Salvador Núñez; dos pesetas, el arriero [?] Felipe [?] Moreno, el sacristán Julián Cosmen, el pescadero Norberto [?] Navarro, y también Juliana Valero y Consuelo Díaz; una peseta llevaban Nicolás Díaz, Feliciano Martín, Justino Sánchez, Benito Sánchez, Tomás Velázquez y Cecilio Velázquez; y Antonio Saavedra, «una pequeña cantidad» que no se cifra. «Un verdadero reparto», concluye el informador.

Y así fue. Ciertamente, ninguna de estas personas se hizo millonaria —y es que un millonario entonces era inmensamente rico—, pero calcule el lector: correspondían 15 millones de pesetas al billete, o, lo que es lo mismo, un millón y medio al décimo, que costaba 200 pesetas, y 750.000 pesetas al vigésimo, de 100. El premio reportaba 7.500 pesetas a la peseta, como solía decirse, con lo que desde esta cantidad (un buen remiendo para pobres), que correspondió a quienes llevaban una peseta, hasta las 750.000 que se repartieron Cristino Ruiz Tapiador y Amadeo del Castillo (una pequeña fortuna) la esquiva diosa se dignó visitar unas pocas casas de nuestro pueblo.

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6. Censos de población de Mora y otros municipios de la provincia entre 1900 y 1930 (con un lamento final por lo que pudo haber sido y no fue)

¿Alguien se atreverá a poner en duda la ecuación población-riqueza? Matices al margen, población es riqueza porque riqueza es población. Este es el prisma desde el cual queremos contemplar el caso de Mora en el primer tercio del siglo XX (y en nuestros días).

Como señalamos en uno de los breves precedentes (La Glorieta), Mora experimenta un enorme incremento demográfico a lo largo de los treinta años referidos (que constituyen, téngase en cuenta, un período de tiempo considerable). ¿Ocurre lo mismo en otros pueblos de la provincia? ¿Qué lugar ocupa Mora entre ellos por su número de habitantes? Los datos históricos que nos suministra el Instituto Nacional de Estadística (INE. Fondo documental. Censos de población) nos ayudarán a dirimir la cuestión. He aquí la relación de los diez municipios toledanos más poblados en 1900, su censo en 1930, y la variación porcentual que el cotejo comporta a partir de la cantidad primera:

Municipio Habitantes 1900 Habitantes 1930 Incremento
Toledo 23.317 27.443 17,69%
Talavera de la Reina 10.580 14.876 40,60%
Quintanar de la Orden 8.276 9.498 14,76%
Mora 7.795 10.973 40,76%
Consuegra 7.601 9.808 29,03%
Madridejos 7.158 8.651 20,85%
Villacañas 6.212 9.202 48,13%
Ocaña 6.616 6.387 -3,46%
La Puebla de Montalbán 6.189 7.305 18,03%
Corral de Almaguer 4.996 8.491 69,95%

Observamos con ello que el fuerte incremento de Mora (40,76%) es semejante en términos relativos al de Talavera (40,60%), aunque inferior al de Villacañas (48,13%) y sobre todo al de Corral de Almaguer (69,95%). Estimable viene a ser también el aumento de Consuegra (29,03%), no tanto el de Madridejos (20,85%), La Puebla de Montalbán (18,03%) y Toledo (17,69%), y discreto el de Quintanar (14,76%). Significativo resulta el caso de Ocaña, único municipio de entre los considerados que reduce su población en estos años (-3,46%). Lo que supone, en términos absolutos, que Mora ha pasado a ser la tercera población de la provincia, tras Toledo y Talavera, y que, además de superar ampliamente a Quintanar, se ha distanciado mucho de Consuegra y Madridejos, sus inmediatos seguidores.

Bien distinto, por cierto, de lo que ha sucedido desde entonces, cuando, salvo en los últimos años, la población de Mora, y por tanto su prosperidad, ha ido decayendo. No hemos sabido crear riqueza, por triste que sea reconocerlo. ¿Se ha preguntado el lector cuántos serían los vecinos de Mora si, al igual que en los primeros treinta años de siglo, nuestra villa hubiera crecido al mismo ritmo que Talavera? La respuesta, desde nuestra condición de morachos, es para echarse a temblar (de desencanto, o tal vez de envidia). Mora tendría ahora… ¡56.720 habitantes!

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5. El alcalde Carranza y la tradición perdida

Somos tiempo. Vivimos lo que vivimos, y nuestro conocimiento del mundo alcanza lo que alcanzan nuestros afanes. Por fortuna, podemos ensanchar la existencia hacia el pasado: oír las palabras de nuestros mayores, atender al relato de lo que hicieron, sintieron, contaron… Y escribirlas, para poder escuchar con los ojos a los muertos, por decirlo como don Francisco de Quevedo.

La prensa de otro tiempo, esa llave que nos abre el arca de la historia de lo cotidiano, se revela como un instrumento formidable para recuperar hechos y personas. Hechos y personas que vivieron, que sobrevivieron incluso en la memoria colectiva, pero que no han logrado perpetuarse hasta nuestros días. En este sentido, la realidad virtual que aquí manejamos no solo nos alberga, sino que nos permite una especie de doble salto: recuperar la prensa que no está ya a nuestro alcance directo para recuperar así la memoria perdida.

Valgan estas reflexiones al evocar a quien «fue todo un personaje» en Mora hace siglo y medio, D. Francisco Carranza, valiéndonos de lo que escribe sobre él un periodista anónimo —pero que es indudablemente D. Juan Marín del Campo— muchos años después (El Castellano, XII, 914, 3-VII-1915, p. 6). «Hijo de familia humilde, llegó a ser abogado, desempeñó cargos oficiales de importancia en la provincia, fue sujeto de mucha cuenta y tuvo que ver algo, y aun algos, en aquellos revueltos días con la casa de la emperatriz Eugenia, condesa de Mora».

Al polígrafo moracho, si no es que conoció al personaje, le llegaron nítidas las hablillas o tradiciones que se le achacaban. Y nos relata uno de los «muchos chascarrillos y anécdotas» que circulaban sobre él. «La más popular», nos dice, «es la que se refiere al pasquín que apareció un día de San Sebastián cabe la estatua de este santo tan venerado en la villa. La estatua le representa casi desnudo, atado al tronco de un árbol, y varias saetas aparecen enclavadas en el sagrado cuerpo del invencible mártir». «Un ingenio anónimo», sigue D. Juan, «que debía de ser muy devoto del santo pero nada devoto de Carranza, deseaba por lo visto para este señor (que por entonces era alcalde de Mora) la misma muerte y pasión que padeció San Sebastián». Y agrega: «Así lo reza la siguiente copla que de padres a hijos ha venido transmitiendo la tradición popular». Si se nos permite la intrusión: que había venido transmitiendo la tradición popular hasta 1915, que es cuando escribe Marín del Campo, mas no hasta 2011, cuando escribimos nosotros. Pero venga la copla, saladísima: Glorioso San Sebastián / a quien da el sol en la panza: / mi alma, como la tuya; / como tu cuerpo, ¡Carranza!

Sin duda a nosotros ya no nos es dado reanudar la tradición, pero sí conocerla. Y hasta saborearla: vea el lector con qué finura se puede vilipendiar al adversario. Y es que la grosería no es una elección; es una condena. La de la ignorancia.

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4. La luz llega a Mora (con muchas sombras)

En enero de 1904, coincidiendo punto por punto con la aparición de El Castellano, periódico que ya nos es familiar en Memoria de Mora, se iniciaron en la villa las gestiones para los trabajos de la instalación del tendido del cable, y, con ello, para la ulterior distribución del fluido eléctrico a empresas, establecimientos y vecinos en general. Bien es verdad que, previa a la solicitud de que daremos cuenta a continuación, hallamos en el mismo diario (El Castellano, I, 4, 20-II-1904, p. 3; también en algún ejemplar posterior) referencia de una «sociedad eléctrica de Mora de Toledo», titulada La Progresiva y presidida por D. Manuel Martín del Campo, de la que ignoramos su alcance.

Sea como quiera, el último número de febrero de nuestro periódico (El Castellano, I, 5, 27-II-1904, p. 3) trae que el Boletín Oficial de la Provincia ha insertado «hace más de un mes» una circular del Gobierno Civil «anunciando una solicitud del Sr. Ratié Jauriac que interesa mucho a los pueblos de Mora de Toledo […], Almonacid, Mascaraque» y varios otros. Agrega que «el Sr. Ratié es propietario de la Central Eléctrica de Aceca, sita en el término municipal de Villaseca de la Sagra, y en la referida solicitud se pide el tendido del cable eléctrico desde dicha fábrica hasta los pueblos mencionados». La obra se remató en otoño de 1907: «Dentro de poco, según se dice, la empresa de la luz eléctrica de M. Ratié podrá proporcionar a los abonados [de Mora] los correspondientes contadores de luz eléctrica» (El Castellano, IV, 187, 10-VIII-1907, p. 3).

El gozo del novedoso bienestar se vio pronto empañado por disgustos sin cuento, que comenzaron cuando Ratié recargó cada kilovat «¡¡con cinco céntimos!!» (El Castellano, V, 210, 18-I-1908, p. 3, donde el doble signo exclamativo evidencia el pasmo del reportero), y se redoblaron unos días después (El Castellano, V, 211, 25-I-1908, p. 3), en que oímos a los morachos lamentarse de «las gabelas inventadas nuevamente» y de las reformas hechas «a costa siempre de los abonados», hasta el punto de disponerse a renunciar al fluido eléctrico y promover instalaciones de acetileno.

Se multiplicarán entonces las reclamaciones y las iniciativas emprendidas por los reclamantes: constituirán una junta, «en cierto modo de resistencia» (El Castellano, VII, 362, 12-VII-1910, p. 3), representativa del vecindario e integrada por varios notables de la villa (D. Emilio Benéitez, D. Juan Laveissiere, D. Pedro Antonio Carrillo, D. Juan Manuel Cabrera, D. Vicente Pérez Curbelo y D. Juan Marín del Campo); se darán de baja en masa como abonados, y hasta buscarán otra empresa suministradora (El Castellano, VII, 370, 9-VIII-1910, p. 3).

Y debieron de encontrarla, porque desde finales de 1913 documentamos la presencia en Mora de Sobrinos de Peña y Villarejo, nueva compañía proveedora que convive con la de Ratié (El Noticiero, I, 16, 19-XII-1913, p. 3). Son días en que una comisión del Ayuntamiento de la villa había protestado «ante el señor ministro de la Gobernación» a causa de «la conducta seguida por la sociedad eléctrica, extranjera» (El Eco Toledano, IV, 894, 15-XII-1913, p. 3).

La competencia no parece que redundase en mejora ninguna del servicio, y menos aún cuando, para mayor afrenta, «la guerra de banderías» sostenida algún tiempo por las dos compañías (El Castellano, XI, 735, 11-II-1914, p. 7) acabe en concordia entre ellas, y, por consiguiente, en discordia de ambas con el pueblo todo (El Castellano, XII, 865, 7-V-1915, p. 5), en lo que se presenta como un abuso (El Eco Toledano, VI, 1.428, 28-XII-1915, p. 2) que clamará al cielo cuando las crecidas del Tajo lleven en la primavera de 1916 a varios pueblos, entre ellos Mora según parece, a vivir «en tinieblas» durante más de dos semanas (El Eco Toledano, VI, 1.507, 4-IV-1916, p. 3).

Quién sabe si los morachos de entonces dirían, como mi abuela Luisa, cuando venía la luz (que mucho antes se había ido, claro está): «Desengañaros, la luz no es pagá con ningún dinero».

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3. La Glorieta

El primer tercio del siglo XX constituye para Mora una etapa de prosperidad sin parangón en la época moderna de la villa. Un indicador tan fiable como el del crecimiento sostenido de la población lo manifiesta de modo incuestionable, cuando nuestro pueblo pasa de los 7.795 habitantes de hecho de 1900 a los 10.973 de 1930 (por medio: 9.304 en 1910 y 10.052 en 1920; datos ahora accesibles en INE. Fondo documental. Censos de población), lo que supone un incremento de algo más del 40% en términos relativos, cifra considerable donde las haya.

Sin embargo, la configuración urbana de la localidad no rayaba a la altura de la exigencia de los tiempos, tributaria como era de una fuerte dependencia de la autoridad de sus señores los condes. Es por ello que el consistorio de 1904 dará un paso tan audaz como determinante para paliar las carencias de espacio público y de servicios. «Ha comenzado ya a incoarse por el Ayuntamiento de Mora de Toledo el expediente de expropiación de los dos extensos huertos que, precisamente en el centro de tan importante villa, posee la condesa de Mora, o sea, la emperatriz Eugenia», trae en su página tercera uno de los primeros números de El Castellano (I, 5, 27-II-1904), que prosigue: «Cuando estén expropiados dichos huertos, el Ayuntamiento proyecta edificar sobre ellos nuevas Casas Consistoriales, Juzgado Municipal, Casa Cuartel para la Guardia Civil, Casa de Correos y Telégrafos, Escuelas Públicas, paseo y glorieta».

La determinación del Ayuntamiento moverá a la condesa, que, tan sensata como hábilmente, convertirá la incautación en donación, como vuelve a recoger el periódico pocos meses después: «Con motivo de la expropiación, incoada por este Ayuntamiento, de dos extensos huertos que en medio de esta villa posee la emperatriz Eugenia, condesa de Mora, se dice que la casa condal piensa regalar al pueblo dichos huertos con tal que en ellos se reserven a la casa terrenos suficientes para un jardín que pueda estar en comunicación con el antiguo palacio de los condes de Mora, sito en la plaza principal de la villa, y conocido vulgarmente con el nombre de La Caserna» (El Castellano, I, 22, 18-VI-1904, p. 3).

La lista de proyectos esbozados empezará a hacerse tangible tras la construcción de la Glorieta —con la mayúscula del nombre propio que corresponde a lo que es único y no necesita de aditamentos para los morachos—, esto es, librando a los vecinos la inmensa mayor parte del espacio recuperado en forma de lugar acondicionado para el esparcimiento. Lo que se hará realidad, a la vez que motivo de intensa satisfacción, tres años más tarde: «Cada noche —afirma el reportero— está más concurrida la inmensa glorieta recientemente emplazada en el sitio más céntrico de la población y en los antiguos huertos de la Condesa». Y apostilla con indisimulado orgullo: «Con excepción del magnífico y regio paseo del Prado, de Talavera, no conocemos en la provincia de Toledo una glorieta más espléndida que la de Mora» (El Castellano, IV, 187, 10-VIII-1907, p. 3).

La Glorieta se convertirá pronto en núcleo principal del recreo de todos, especialmente en verano: lugar de paseo, punto de encuentro, campo de juego para los chicos, mentidero para los grandes, teatro abierto de los conciertos dominicales de la banda municipal, real de la feria en septiembre… La víspera de Santiago Apóstol de 1916 anotaba en su crónica el doctor Sotero García de Mayoral: «A primera hora de la noche, la pollería de ambos sexos pasea por las calles de Orgaz y Ancha, y después de cenar, en la Glorieta, donde acude todo el mundo, como lugar apropiado para el esparcimiento y recreo que nos dan sus preciosos jardines llenos de frescura que compensa el calor que se toma durante el día» (El Castellano, XIII, 2.136, 24-VII-1916, p. 2).

Más adelante, no faltarán quejas sobre lo mucho o poco que se riega, sobre el polvo que se levanta o los charcos que se forman… Recientemente incluso, su remodelación ha suscitado la controversia. Pero esa es harina de otro costal. Lo cierto es que, más de un siglo después, no sabríamos concebir Mora sin la Glorieta.

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2. ¡El jabón de Mora!

Dos siglos y medio cumplirá el jabón de Mora. Para no mentir: los cumpliría si aún existiese, ya que pasó a mejor vida hace años. Lo grave del caso es que no hay símbolo o indicio más cabal del tránsito en nuestra villa del esplendor al ocaso, de la grandeza a la decadencia.

Parece, yendo a los datos, que la introducción del olivar en el campo moracho, avanzado el siglo XVIII, alimentó de inmediato la aventura del jabón. Hilario Rodríguez de Gracia —El condado de Mora (Apuntes de su historia, 1180-1812), Mora, Ayuntamiento, 1987, pp. 80-86— documenta la existencia de una caldera en 1776, que ya serán dos en 1783 —véase nuestro Mora en varios testimonios de viajeros…, p. 9—, primeros pasos de la que se revelará como una industria pujante con el correr del siglo XIX.

Prueba fehaciente de este auge será la creación en 1808 de la llamada Fábrica Grande (que muchos morachos de edad alcanzamos a conocer en activo), y que cien años después, en palabras de D. Juan Marín del Campo (El Castellano, IX, 520, 20-I-1912, pp. 1-2), es una de las que aún «siguen fabricando las dos clases típicas del famoso jabón de Mora, […] el jabón blanco de primera y el jabón de pinta natural; […] no superadas ni igualadas siquiera por ningún otro jabón del mundo, digan lo que quieran Marsella, Santander, Sevilla y la imperial Toledo». Nada menos. Son jabones —sigue Marín— como los del maestro Aquilino Contreras, que de «tanta fama gozan, hace ya muchos años, en la villa y corte». Y si bien se aplican en el día a renovar sus producciones, «no olvidan los fabricantes que el jabón blanco de primera y el jabón de pinta natural son los dos jabones clásicos y tradicionales de este pueblo, las dos perlas de esta tierra, las dos maravillas de esta villa; y ambas clases mantienen incólumes su prístina integridad y […] su justa fama». Fama que conserva en el decenio siguiente, cuando el reportero de la Página de Mora (El Castellano, XXIV, 6.103, 15-IX-1928, p. 2) vuelve a la Fábrica para escribir que «tiene un mercado verdaderamente excepcional», pues «sus jabones son enviados a todas las cuarenta y nueve provincias y al extranjero», y «los pedidos que recibe desde América son sorprendentes».

¿Cosas de morachos que sacan pecho? En absoluto. No es infrecuente, por ejemplo, en la admiración invariable que Mora despierta entonces en el exterior, designarla como la tierra del jabón o la villa del jabón famoso. Una guía de hacia 1901 (Guía práctica de Toledo y su provincia, Madrid, A. Pérez, s.a., p. 145), tras señalar el adelanto de su industria, agrega que son «por extremo renombradas sus fábricas de jabones», y concluye que «no ha sido posible nunca sostener competencia» con ellas, «pues de parte alguna salen tan bien elaborados los productos».

No era esta fama flor de un día; ni patrañas del terruño. A la Exposición de 1862 de Londres, entre otros artículos de la región habían concurrido los «afamados jabones de Mora», que «supieron recabar en aquella lejana isla señaladas manifestaciones de aprecio y de estima», escribe Alonso Casaña (El Tajo. Crónica decimal de la provincia de Toledo, I, 7, 10-IV-1866, pp. 82-84). Y así era: allí no solo participaron los jabones de Jiménez Hermanos y de la Viuda de Guerrero e Hijos, sino que estos últimos llegaron a saborear las mieles del triunfo en forma de medalla (V. Rubio y Díaz, Memoria acerca de la Exposición Universal de 1862, Cádiz, Rev. Médica, 1862, p. 89; J. Castro y Serrano, España en Londres. Correspondencias sobre la Exposición Universal de 1862, Madrid, Fortanet, 1863, pp. 390-391). Ambas firmas morachas volverían a presentar sus jabones en la Exposición de París de 1867, como anuncia otra vez el mismo periódico (El Tajo, I, 31, 20-XI-1866, p. 273).

Con todo, el mayor timbre de gloria del jabón nuestro estaba entonces por llegar. Veámoslo. En un pasaje de la novela Ángel Guerra (1891), el narrador muestra a Mancebo escatimando el dinero que entrega a su sobrina para la compra. Falta jabón, y le manda traer «del amarillo». Pero la joven protesta: los canónigos a los que sirve se quejan de «que huele mal la ropa y que no está bien blanca». Tira y afloja, y Mancebo concede: «En fin, para que no se queje nadie, te traes un poco jabón del pinto de Mora, para dar una jabonadita antes de aclarar, ¿entiendes?» (Benito Pérez Galdós, Ángel Guerra, Madrid, La Guirnalda, 1891, 2.ª, II, 4, pp. 66-67).

Justina lo entenderá enseguida, y también el lector: la clase inferior del jabón de Mora (el mejor era el blanco) basta para salir del apuro. Lo que evidencia la fama de nuestro jabón en el más amplio sentido del término: no solo tiene calidad, sino nombre; es conocido por Galdós y por su legión de lectores de España y América, pues no cabe suponer razonablemente otra cosa en una novela del más puro realismo.

Ahora sí que podemos mostrar nuestro legítimo orgullo: el jabón de Mora llegó a todas partes; hasta encontramos un poco del pinto en el universo de la mejor literatura.

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1. En el nombre de Mora

No siempre las cosas son como parecen ser. ¿A quién se le ocurriría poner en duda que la palabra Mora tenga origen en el adjetivo femenino que designa lo norteafricano, o, más genéricamente, que valga como sinónimo de árabe, musulmana, mahometana, agarena, sarracena? Parece puesto en razón, y más al considerar el largo período musulmán de España en general y de la villa nuestra en particular. Cuando el enviado del emir Muley Ismail escribía en 1691 (Voyage en Espagne d’un ambassadeur marrocain (1690-1691), Paris, Ernest Leroux, 1884, p. 80) que el motivo del nombre se debía a que este lugar «abrazó el cristianismo más tarde que las poblaciones de su vecindad», contribuía a forjar un tópico que el tiempo ha ido asentando. Así, Juan Antonio de Estrada (Población general de España, Madrid, Imp. del Mercurio, 1748; vol. II, p. 349) recordaba que Alfonso VI la conquistó de los moros en 1083, si es que no la hubo en dote en su casamiento. Con lo que el asunto se nos enreda en la leyenda de la mora Zaida, y, por lo que hace a nuestro vocablo, en una etimología tan caprichosa como disparatada.

¿Caprichosa? ¿Disparatada? Ciertamente. El nombre de Mora (señala don Aureliano Fernández-Guerra en el Boletín de la Real Academia de la Historia,I, 1877, p. 134) ya regía en la época ibérica, es decir, en los siglos previos al tercero antes de Cristo, cuando los mahometanos, y aun los romanos, no habían pisado este extremo occidental de la Ergávica celtibérica y la Arcávica visigoda. En consecuencia, no se divisaban árabes en el horizonte…, sino piedras. Porque, como ha escrito Álvaro Galmés de Fuentes, «es evidente que la villa toledana de Mora nada tiene que ver con una sarracena, pues hace referencia, sin duda, a la sierra pedregosa que domina en el lugar» (Los topónimos: sus blasones y trofeos (la toponimia mítica), Madrid, Real Academia de la Historia, 2000, p. 46). Y lo corrobora Jairo Javier García Sánchez (Atlas toponímico de España, Madrid, Arco Libros, 2007, p. 149) cuando estudia la denominación entre los orotopónimos o voces que nombran accidentes geográficos. Y es que Mora, digámoslo sin rodeos, procede de la raíz prerrománica mor, ‘montón de piedras’, y se asocia por su origen a una larga parentela de términos dispersa por la geografía peninsular: Moro, Morón, Moral, Morella, Morilla, Morato, Moreda, Moraña, Navalmoro, Navalmoral…; parentela que hallamos en tierras bien cercanas (Moraleja, Valdemoro, Valdemorillo, Los Navalmorales, Navalmoralejo, Navamorcuende), y hasta propias, casos del cerro del Morejón o de la venta o ventas del Moral.

En definitiva, Mora no oculta a la Zaida de la leyenda, sino que descubre orgullosa la peña sobre la que nuestros antepasados alzaron su fortaleza.

3 respuestas a Breves

  1. Cristina López dijo:

    Esta página web me parece genial, y este apartado en concreto me parece muy interesante. Es muy bonito saber nuestros orígenes y respecto a este tema había muy pocas referencias. En la página web de Mora hacen referencia a la época musulmana pero no dicen nada de una época anterior. Por eso esta explicación me parece genial, porque aunque sabemos que en el pueblo hubo vida ya en la Edad del Bronce, luego hay un vacío hasta la época musulmana. Me parecería buena idea que en la página web de Mora se contara lo que se cuenta en este artículo, así todos los morachos y todas las personas que visiten la página web entenderían mejor nuestra historia.
    Felicidades para la persona que ha escrito este artículo.

  2. Miguel dijo:

    Me ha parecido estupenda vuestra propuesta de dar el nombre del moracho Fray Francisco de la Cruz a una calle. Independientemente de las creencias religiosas de cada persona, este hombre hizo una hazaña increíble al peregrinar a pie desde tierras conquenses a Roma, Jerusalén y Santiago de Compostela en el s. XVII y actualmente se ha recuperado el Camino de Santiago que siguió (Camino de la Santa Cruz) que tiene su prolongación por Mora y Toledo.
    Sería bueno preguntar a los mayores de Mora si alguno se acuerda de una casa que tenía una cruz en la puerta, ya que esa era la casa de Fray Francisco de la Cruz y se debió perder en la guerra civil.

  3. José Mª dijo:

    Estos relatos tienen un valor inmenso, esta genialmente muy bien datado, es impresionante, es de agradecer que gracias a estos amplios relatos conozcamos muy de cerca los orígenes del pueblo de Mora.

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