Cajón de sastre

56. Palabra de malhechor

La prensa de ayer, como no dejamos de comprobar en Memoria de Mora, ofrece con frecuencia las más peregrinas curiosidades, hasta el punto, sin salir de nuestras mismas páginas, de protagonizar por sí solas este ya nutrido Cajón de sastre. Es lo que sucede, por ejemplo, en el suelto «Vocabulario de que usan los criminales», con el que El Nuevo Ateneo toledano abre sus números del año 1882, y que viene a constituir una pequeña pero estimable aportación a las diversas obras y repertorios que desde antiguo se han ocupado del tema. Transcribimos:

Los ladrones se conocen con el nombre de ingenieros o tomadores.

Los que seducen a los incautos se llaman timadores, y a las acciones de que se valen para engañar, timos.

Los tomadores son del dos, del cuatro o del cinco, según se apropien lo ajeno con dos, cuatro o cinco dedos; los del dos son los más sutiles.

Los robos en poblado se llaman chenes, y los autores, chenistas.

Los robos en despoblado, drones, y sus perpetradores, dronistas.

Los que se dedican al robo de telas en piezas se llaman mecheros; si los géneros son de hilo o de algodón se llaman de estopa; si son de seda, pita.

Al bolsillo robado con dinero le llaman breva.

Al sombrero le dicen estache; a la chaqueta, la sobre; a la capa, nube o plasta; al chaleco, el filiché; a la camisa, el gate; a los pantalones, alares; a la faja, culitraba; a las medias, las cañas, y a los zapatos, tirabañes.

A los instrumentos de que se sirven para abrir las puertas los llaman espadas; a la palanca, la fuerza; a las puertas, las torpas; a las ventanas, dicañis; a los coches, cañamones; a los carros, rocas.

Al padre o la madre, bato o bata.

A la querida, la ja; al comer, jañipear; al beber, privar; si vino, mol; si aguardiente, pita.

A la cama, la piltra; al colchón, estenderé; a la manta, la perlincha, y al dormir, sornar.

Al acto de hacerles presos llaman cargar; al escribano, ibanó; al alguacil, chinel; a los individuos de la ronda, chotas; a los confidentes, jaraques; al juez, el huaril; a la cárcel, el estaribé; al verdugo, buchí; al garrote, la filimichilla.

A la luna, escandalosa; al sol, olipandó; al aire, taló; a la luz, el ñacle; al reloj, el parto; al huir, picar; al hablar, boquear; al callar, sonsoniche.

A los cofres, los galápagos; al perro, chusquel; a la libertad, bola.

A los ojos llaman sacáis; al ver, pincharar; al pan, manró; al licor, peñascaró; a la cara, la fila; al corazón, garlochí; a la navaja, la tea; a no tener un cuarto, estar arruchi (El Nuevo Ateneo, IV, 1, 1-I-1882, p. 7).

Como tal vez haya advertido el lector, no pocas de las voces de esta jerga son gitanismos o términos procedentes del caló, el idioma de los gitanos españoles. Vienen a poner de relieve la situación marginal del pueblo gitano a lo largo de nuestra historia, a la vez que se suman a otros gitanismos más o menos habituales en la lengua coloquial, estándar, y hasta alguna vez culta, casos de baranda, camelo, canguelo, catear, chalado, chaval, chingar, chungo, curda, currar, diñarla, fetén, gachó, gili, guipar, jiñar, menda, molar, paripé, parné, payo, pinrel, postín… Y es que aquí también chanelamos el sermo vulgaris, que diría Max Estrella, el iluminado irrepetible de Valle-Inclán.

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55. Prohibido fijar carteles (1867)

Muchos de nosotros recordaremos seguramente haber visto escrita más de una vez en alguna fachada, sobre todo tiempo atrás, la fórmula que da título a nuestra nota, fecha al margen. Pues bien, digamos que esta remite al año en que se empieza a generalizar la prohibición, tras un tiempo en que, por lo que parece, era común insertar anuncios sin tasa en el exterior de las casas, sobre todo en las esquinas.

Así hallamos reflejada la cuestión en el semanario El Tajo, que se publicó en Toledo entre febrero de 1866 y junio de 1868. Bajo el título «Los anuncios de las esquinas», la revista reproduce la carta de Un suscritor, fechada el 1.º de junio de 1867, que introduce con estas palabras:

Hasta los asuntos más triviales pueden gozar el privilegio de llamar la atención de un periódico si se tratan con la novedad y atractivo que lo hace cierto suscritor anónimo, respecto del que es objeto del epígrafe, en la carta siguiente.

Continúa la misiva, escrita en efecto, como comprobará el lector, con no poca novedad y atractivo. Y dice así:

Sr. Director de El Tajo.

No sé si pertenece al ramo de policía o al de seguridad un negocio del que, fiado en el favor de V. y en la benevolencia de los lectores de su crónica, me voy a atrever a hablar en estas líneas.

Corresponda al uno o al otro, yo, propietario de una miserable casita que compré con los apuros que sabe Dios de Bienes Nacionales hace tres años y tiene la desgracia de estar situada en punto céntrico de esta capital, amén de formar ángulo o esquina, después de haberla lavado la cara de pies a cabeza, o sea desde los cimientos a los tejados, la veo hoy embadurnada, deslucida, sucia y llena de engrudo, con tantos emplastos y pegaduras que me temo venga abajo o se resienta, el día que menos lo piense, del peso que se la ha echado encima.

Dicen que mejora en esta población la policía, y será cierto; pero en mi casa no se conoce.

Añádese que la propiedad es sagrada e inviolable, y todo el mundo se entra en la mía cual si fuera corral de concejo o alijar de pobres.

La fijación de anuncios es una industria libre, y algo más que libre, privilegiada, por cuanto a las demás las limita en su ejercicio el dominio privado, y ella vive a sus anchas, sin respetar ningún derecho.

Como si no fuera ya bastante el tizón del travieso muchacho que al salir de la escuela se entretiene en pintarrajear horrendas figuras o en escribir letreros poco inocentes sobre las fachadas recién revocadas, al día siguiente de haberlo sido ya las vemos adornadas con todo género de anuncios, con carteles de más colores que ostenta el arco de iris, y los cuales, superpuestos unos a otros, forman al cabo una coraza impenetrable.

Tal costumbre no solo peca contra las leyes de la propiedad, a la que se hace sufrir esta servidumbre como contribución de guerra, a trágala por la fuerza, sino que es un ataque brusco a las ordenanzas, que ignoro si están escritas, para el ornato público.

Yo creía que así como la policía municipal tiene facultades para examinar si se abre o se cierra una puerta o una ventana, y en algunos pueblos hasta si se pinta bien o mal el exterior de los edificios, tenía también derecho a reglamentar la fijación de anuncios.

Mi creencia, según me ha informado un alguacil cesante, no descansa en fundamento alguno. El papel impreso o manuscrito bajo la forma de cartel es un tirano invasor a quien nadie osa resistir.

Ni la propiedad le contiene, por lo que ya se ha visto por lo que le sucede a la mía y está pasando en la de los vecinos que sufren y callan, ni el ejemplo le encarrila por buen camino.

En Toledo, donde aún no se conoce el kiosco, hay la saludable e inofensiva costumbre de fijar los anuncios oficiales en tablillas portátiles, que se colocan de día y se retiran de noche. ¿Por qué no imitan los particulares esta costumbre?

¿Y por qué, me permitiré proponer en cuanto a los otros anuncios, no se adopta este método por la autoridad local o por una empresa que con la debida autorización cuide de su conservación, integridad y custodia, con solo una pequeña, muy pequeña, retribución que dé el anunciante al efecto?

Ya me figuro lo que se podrá contestar a estas dos preguntitas; pero eso no obstante, como estoy persuadido de que a menudo más consigue el gozquecillo que ladra que el mastín que muerde, allá van, Sr. Director, con el sombrero en la mano para saludar a V. y suplicarle las acoja en un rinconcito de su apreciable semanario, por si tienen la dicha de obtener favorable acogida en algún círculo.

Si lo consigo, a V. que las ampara desde luego, deberé quizás la limpieza que para mi pobre tugurio busco en vano, y quedaré reconocido eternamente (El Tajo, II, 22, 2-VI-1867, pp. 85-86).

No tardaremos gran cosa en encontrar cumplido eco de esta carta en nuestra revista, pues pocas semanas más tarde descubrimos en sus páginas la noticia que sigue, precisamente titulada «Los carteles de las esquinas»:

Los perjuicios de que se lamentaba cierto suscritor en una carta que publicamos hace poco parece que se sentían también en Barcelona; pero allí los propietarios, en uso de su indisputable derecho, han puesto entredicho al abuso, según lo revela un periódico en que leemos estas líneas: «La mejora de prohibir que se fijen carteles en las fachadas de las casas de Barcelona va generalizándose entre los propietarios de la misma y contribuirá no poco a desterrar el mal efecto que producen las paredes embadurnadas de carteles sin orden ni concierto» (El Tajo, II, 27, 7-VII-1867, p. 108).

La conclusión se impone: si en el verano de 1867 la prohibición comenzaba a generalizarse en la Ciudad Condal, es más que posible que nuestro suscritor hallase pronto solución en la Imperial Ciudad al mal que aquejaba a la esquina de la céntrica casita que con tantos apuros había logrado adquirir.

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54. Tiempos de curas, frailes y monjas

Nada revelamos a los amigos de Memoria de Mora aludiendo con el título que antecede a este ámbito de la sociología religiosa a lo largo del pasado histórico español (y no solo español). Pero resultará curioso afinar algo más acudiendo a nuestro ya inseparable El Nuevo Ateneo, que en un suelto de 1880, bajo el marbete «Recuerdos» (y que transcribimos modernizando ortografía y puntuación), plantea el caso de forma sutilmente crítica desde su percepción progresista o ilustrada de la realidad. Dice así:

En 1834 existían y funcionaban en España 37 religiones [entiéndase ‘órdenes religiosas’], desde la de agonizantes hasta la de los trinitarios.

Estas se dividían en especies y géneros.

Los frailes agustinos tenían 279 conventos; los benedictinos, 91; los bernardos cistercienses, 180; los carmelitas, 297; los dominicos, 351; los jerónimos, 67; los mercenarios, 138; los mínimos de Nuestra Señora de la Victoria, 91; los trinitarios, 113.

Los respetabilísimos franciscanos, en sus distintas variedades de observantes, terceros, menores descalzos y capuchinos, sumaban 1.175 conventos.

El total de conventos en España ascendía a 3.027.

Las comunidades monacales «mendigantes» eran 2.706; es decir, 2.706 comunidades que se mantenían mendigando y que infestaban el país pidiendo limosnas.

Según el censo de 1768, los frailes eran 55.453; las monjas, 27.665; total 83.118, para una población de 9.309.814 habitantes.

Según el censo de 1787, había 53.300 frailes y 25.365 monjas; total 77.665, para una población de 10.409.879 habitantes.

Según el censo de 1793, los frailes eran 53.093 y las monjas 24.007; total 77.100, para una población de 10.541.221 habitantes.

Agregando a los frailes y monjas los curas párrocos, tenientes, beneficiados, capellanes, etc., etc., la milicia religiosa ascendía a 149.805 individuos en 1768, a 137.061 en 1787, y a 134.595 en 1797 (El Nuevo Ateneo, II, 39, 26-IX-1880, p. 311).

Lo que viene a suponer ya por entonces una progresiva disminución de la citada milicia religiosa. Que no ha hecho sino incrementarse paulatinamente hasta nuestros días, pues en los más de doscientos años transcurridos desde entonces han pasado a contarse en España 60.927 religiosos, de los cuales 49.312 son monjas (de acuerdo con los últimos datos publicados por la Conferencia Episcopal Española), lo que implica, sobre todo del lado masculino, un decrecimiento más que notable, habida cuenta que la población española se ha multiplicado por cuatro desde finales del siglo XVIII.

Y es que, para bien o para mal, no son éstos tiempos proclives desde luego a la profesión religiosa. Números cantan.

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53. Gastar en el bar

No siempre es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor, como escribió el poeta, pero sí, ahora a la pata la llana, que fue más barato. Más barato en términos absolutos, claro está, porque enfocado relativamente el asunto cambia de raíz. No obstante, creemos que tiene su aquel detenerse en el dinero que costaban a nuestros bisabuelos algunos productos y servicios.

Los del bar, pongamos por caso. Podemos verlos en la lista completa de precios de la Terraza del Miradero, en Toledo, que hallamos en un número de El Castellano de junio de 1929, a punto de iniciarse el verano de ese año. Son, en pesetas, ojo, los siguientes:

Mantecado con barquillos: 0,65. Id. copete con barquillos y pastas: 1,00. Leche helada con barquillos, vaso pequeño: 0,60. Id., id., id. grande: 1,00. Café con leche helado, vaso pequeño: 0,60. Id., id. grande: 1,00. Naranjada helada, vaso pequeño: 0,50. Id., id. grande: 0,75. Limón helado, vaso pequeño: 0,50. Id., id. grande: 0,75. Limón y naranja al natural: 0,60. Mazagrán: 0,65. Refrescos seltz o agua: 0,50. Tercio cerveza: 0,50. Doble cerveza: 0,70. Botella cerveza Águila: 0,75. Id. gaseosa: 0,60. Vermouth Rossi o Cinzano: 0,65. Id. Blanco Cinzano: 0,75. Martini Cocktail: 1,00. Coñac Byass o Domecq: 0,75. Anís del Mono: 0,75. Café solo o con leche: 0,50. Thé o manzanilla: 0,60. Leche fría o caliente, vaso pequeño: 0,50. Id., id., id. grande: 0,75. Chocolate con bollo: 1,00. Id. a la francesa, con bollo: 1,50. Bocadillo de jamón, salchichón, chorizo de Pamplona, quesos, anchoas o boquerones: 0,50. Patatas fritas, ración: 0,50. Aceitunas manzanilla y rellenas: 0,50. Anchoas o boquerones: 0,50. Anotemos de paso que el mazagrán, término que no recoge el diccionario académico, era un refresco de café con hielo, limón, azúcar y ron u otro licor.

Añade el anuncio que se trata de artículos legítimos y de primera calidad, con una nota en la que ruega al distinguido público que haga presente al encargado del despacho la queja o reclamación que estime conveniente formular, y un aviso importante: el de que la casa tiene suprimida la propina en todos los servicios (El Castellano, XXV, 6.315, 12-VI-1929, p. 4).

Pues bien, como vemos, entre un bocadillo de casi cualquier cosa, o un tercio de cerveza, o un vaso pequeño de naranja o limón helado…, y un chocolate a la francesa con bollo, el cliente podía gastar entre cincuenta céntimos y una peseta con cincuenta, unas quinientas veces menos, a ojo de buen cubero (recordemos que un euro equivale a 166,38621 pesetas), de lo que pagaría hoy. Ahí es nada.

Por cierto, el periódico costaba entonces diez céntimos: unas dos mil veces menos (!) que en nuestros días. Eso sí, no tenía más que cuatro páginas.

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52. Lo que necesita una mujer bella

Esto es, lo que necesita una mujer bella para serlo absolutamente, para alcanzar la perfección en su belleza. Recoge estos atributos, de tres en tres, nuestro viejo conocido El Nuevo Ateneo, revista toledana de finales del XIX en la que abundan curiosidades y planteamientos no carentes de ingenio. Como los citados, que copiamos sin más comentarios:

Una mujer bella necesita:

Tres cosas blancas: la piel, los dientes y las manos.

Tres cosas negras: los ojos, las cejas y las pestañas.

Tres cosas largas: el talle, los cabellos y las manos.

Tres cosas cortas: los dientes, las orejas y… la lengua.

Tres cosas pequeñas: la nariz, la cabeza y los pies.

Tres cosas redondas: los brazos, las piernas y… la dote.

La mujer que reúna esas tres cosas blancas, negras, largas, cortas, pequeñas y redondas, es una mujer perfecta (?) (El Nuevo Ateneo, III, 3, 16-I-1881, p. 23).

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51. Una vergüenza nacional: el analfabetismo en España cien años atrás

No es esta la primera vez, y seguramente tampoco será la última, que tratamos sobre alguna de las facetas del atraso español, una realidad que no deriva de ningún extraño azar o inexplicable maldición, sino que responde a causas puramente objetivas. Vamos a verlo en el artículo que A. Cadiñanos publica a mediados de febrero de 1919 en El Día de Toledo. Lleva por título «El analfabetismo en España» y dice así:

El analfabetismo en España constituye ya una verdadera vergüenza nacional, contra la cual debía irse con mano dura, sin contemplaciones ni recelos mal entendidos, empleando los más enérgicos revulsivos que precisos fueran para extirpar ese mal, causa no pequeña de nuestra decadencia, por falta de verdadero cultivo de la inteligencia, misión de la que no se ha preocupado ningún gobierno con la atención que por su importancia merece, no escuchando la voz de los que, diariamente pudiera decirse, vienen dando el grito de alarma, sobre todo en lo que a las estadísticas de delincuencia se refiere, las cuales están en relación directa con las de analfabetismo, habiendo alcanzado ambas a una progresión ascendente que acusa ha llegado la hora de poner los medios que impidan su alarmante desarrollo.

Agrega el articulista que «causan verdadero dolor las cifras de analfabetismo que aparecen en el Anuario Estadístico de España de 1917», recién publicadas entonces, y que ordenaban de menor a mayor las distintas provincias españolas según el tanto por ciento de iletrados, que era como sigue: 1, Santander: 26,03%. 2, Álava: 32,37%. 3, Madrid: 36,34%. 4, Palencia: 36,51%. 5, Burgos: 37,25%. 6, Segovia: 39,40%. 7, Guipúzcoa: 40,68%. 8, Vizcaya: 40,79%. 9, Barcelona: 41,60%. 10, Soria. 43,40%. 11, Navarra: 43,41%. 12, Valladolid: 44,56%. 13, Oviedo: 45,01%. 14, Logroño: 46,73%. 15, Salamanca: 47,11%. 16, León: 47,29%. 17, Zamora: 50,35%. 18, Gerona: 51,18%. 19, Guadalajara: 51,44%. 20, Ávila: 54,90%. 21, Huesca: 56,94%. 22, Lérida: 58,60%. 23, Tarragona: 59,61%. 24, Zaragoza: 60,19%. 25, Cádiz: 62,12%. 26, Pontevedra: 62,84%. 27, Lugo: 63,66%. 28, Orense: 64,63%. 29, Huelva: 64,94%. 30, Coruña: 65,04%. 31, Sevilla: 65,70%. 32, Cáceres: 66,10%. 33, Teruel: 66,72%. 34, Toledo: 67,38%. 35, Baleares: 67,64%. 36, Badajoz: 68,32%. 37, Valencia: 68,56%. 38, Cuenca: 69,01%. 39, Alicante: 70,21%. 40, Castellón: 71,57%. 41, Córdoba: 72,45%. 42, Ciudad Real: 73,37%. 43, Canarias: 74,30%. 44, Granada: 74,47%. 45, Murcia: 74,81%. 46, Albacete: 74,85%. 47, Jaén: 77,26%. 48, Almería: 71,78% [sic]. 49, Málaga: 79,45%. Resultando con ello una proporción media en toda España de un 59,35%, «cifra verdaderamente aterradora», escribe el periodista, quien añade:

¿Por qué razón no evitar esto haciendo la enseñanza obligatoria desde los seis a los diez años? ¿No se priva a los padres de la ayuda de sus hijos desde los 21 a los 24 para cumplir sus deberes militares? Pues si esto puede hacerse, y se hace, sin tener en cuenta el trastorno que aquel trae en muchos hogares, ¿por qué no privarles de los hijos desde los seis a los diez años, en que poca o ninguna ayuda pueden prestar, encargándose el Estado de la instrucción primaria con el mismo celo que practica la de la enseñanza militar?

Y continúa: En cuatro años había más que suficiente para que esos niños pudiesen aprender lo más elemental, y después que cada cual tomase el rumbo que tuviese por conveniente, o el que le diesen sus padres, pero el analfabetismo se habría evitado. Y concluye: Hora es ya de que alguno se preocupe de esta cuestión, que es una de las más importantes a que deben prestar su atención los gobiernos, para que no pasemos por el bochorno de estar asimilados, por el analfabetismo, a Portugal, Bulgaria y Rumanía, y muy por bajo de Italia, la cual, con ser una de las naciones en que menos está difundida la cultura, solamente alcanza la cifra de 51,5. Y remata: ¡Qué vergüenza! (El Día de Toledo, XXVI, 1.413, 15-II-1919, p. 1).

Precisamente sobre lo que se gastaba por entonces en la enseñanza pública en España y en otros países europeos, contamos con otra estadística previa, de 1915, que, leída a la luz de la anterior, resulta tan reveladora como desoladora. Esto aparece en un suelto sin firma del Diario Toledano titulado «La enseñanza en España», con el antetítulo «Siempre a la cola»:

Ahora que acaba de combatirse el aumento de sueldo a los maestros de primera enseñanza, necesidad imperiosa tiempo hace sentida por el profesorado nacional, vamos a copiar la siguiente estadística, cuya dolorosa elocuencia ningún escrito podría superar.

Y anota que Inglaterra gasta en la enseñanza 7,60 pesetas por habitante y año; Suiza, 7,50; Noruega, 6,50; Alemania, 6,20; Bélgica, 6,05; Francia, 5,75; Suecia, 5,50; Italia, 5,27; Rumanía, 5,24; Dinamarca, 4,17; Austria, 2,25; Portugal, 2,15. ¿Y España? A la cola: 1,65 pesetas, ni más ni menos (Diario Toledano, II, 91, 12-I-1915, p. 1).

Visto queda: todo tiene su porqué.

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50. Como el lirón y la marmota

Tal se encuentra una joven alemana de 1880 sobre la que nos llama la atención El Nuevo Ateneo, periódico muy dado a las curiosidades y rarezas y al que acudimos desde aquí con alguna frecuencia. Lo hacemos hoy una vez más para compartir con nuestros amigos de Memoria de Mora la extrañeza que ha despertado en nosotros la noticia que sigue:

Un caso de letargia.—Hace ocho meses que una joven en Grambke, junto a la Brema [hoy diríamos Bremen, en Alemania], duerme un sueño profundo, interrumpido solo durante algunas horas cada seis semanas. Su estado puede compararse al embotamiento de los animales invernantes como el lirón y la marmota.

Durante su sueño letárgico la joven permanece insensible a todo movimiento, observándose solo un ligero temblor en los párpados. Sin embargo, sus padres logran hacerle tomar algún ligero alimento cuando su sueño es menos profundo y sostienen así sus fuerzas.

Este singular estado se declaró en enero último a consecuencia de una clorosis.

En los intervalos de los accesos, es decir, durante algunas horas cada seis semanas, goza de pleno conocimiento, recuerda perfectamente que ha dormido mucho tiempo, pero no se da cuenta exacta de la duración de su letargia, y dice que mientras dormía no entendía nada de lo que pasaba en derredor suyo.

Hasta ahora ninguno de los tratamientos ensayados ha sido eficaz, y se cree que volverá súbitamente al estado de salud (El Nuevo Ateneo, II, 35, 29-VIII-1880, pp. 278-279).

Cabría pensar que más vale así; aunque hay épocas, si se nos permite la frivolidad, en que no serían pocos los que se apuntarían al sueño prolongado de lirones y marmotas. ¡Qué tiempos!

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49. Nuestra emigración hace cien años (1913)

Durante el último siglo, y salvo en unos pocos años recientes, el nuestro ha sido un país de emigrantes. Y parece que vuelve a serlo en estos tiempos de crisis. Pues bien, hace cien años casi justos que El Eco Toledano publicaba este suelto, que titulaba «Datos estadísticos.—Nuestra emigración en 1913», y que decía así:

Según la estadística del Consejo Superior de Emigración, en 1913 salieron por los puertos españoles 151.000 emigrantes, o sea 43.443 menos que el año anterior.

Los países adonde mayor número se dirigieron fueron Argentina, 101.636; Cuba, 31.939; Brasil, 9.075; Uruguay, 3.139; Estados Unidos, 2.185; Méjico, 1.541; Chile, 602.

Aumentó la emigración con relación al año anterior: a Cuba, 2.603; a los Estados Unidos, 1.172; a Panamá, 110; a Venezuela, 106, y a otros países, en menor escala.

Disminuyó: a la Argentina, 46.004; Brasil, 566; Méjico, 510; Chile, 168, y en menor número a otros países.

El mismo Consejo avisa a los emigrantes que la afluencia de europeos que ha llegado al Canadá pasa de 320.000 solo en 1913, y que esto, unido a los que llegaron en años anteriores, ha dado lugar a un exceso de brazos que produce el paro de muchos obreros, hasta el punto de que más de cien mil han holgado forzosamente durante más de cinco meses. Además, en Canadá se prefieren los trabajadores del Norte de Europa.

Las noticias de Cuba dicen también que es grande la escasez de trabajo en toda la isla, y que se cuentan por centenares los españoles que piden la repatriación (El Eco Toledano, V, 1.047, 25-VI-1914, p. 3).

Por lo que vemos, casi todos los compatriotas que dejaban España se dirigían a distintos países de América —a hacer las Américas se decía entonces—, pero sobre todo a la Argentina, que absorbía nada menos que dos tercios del total. Hoy, a cien años de distancia, acuda el lector curioso a la cronología de la página Inmigrantes españoles y verá cómo en ese 1913 la Compañía Transatlántica Española incorporaba los lujosos vapores Reina Victoria Eugenia e Infanta Isabel de Borbón, el logroñés Pedro García abría la librería y editorial El Ateneo, o Margarita Xirgu actuaba por primera vez en Buenos Aires.

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48. Una de indios

Hoy traemos a nuestro Cajón de sastre no un decálogo, sino un dodecálogo (pase el vocablo). Es de nuestro viejo conocido El Nuevo Ateneo de Toledo, publicación muy dada a las curiosidades de todo tipo. En este caso, resulta relevante que en una sociedad tan machista como entonces (y después de entonces) era la nuestra, el periodista recoja el texto con el fin de establecer una nítida distancia ante sus lectores con lo que este expone. Copiamos sin más:

Entregamos a la reflexión de las mujeres casadas que reniegan de su condición una muestra de la dicha que gozan las esposas de los indios:

  1. No tendrá la mujer sobre la tierra otro ídolo que su marido.
  2. Que el marido sea viejo, contrahecho, repugnante, brutal, o que malgaste locamente sus bienes, la mujer debe poner todo su interés en tratarle como su amo y soberano señor.
  3. Una criatura femenina es nacida para obedecer en todo tiempo: cuando niña, debe inclinarse ante su padre; cuando mujer, ante su marido, y cuando vieja, ante sus hijos.
  4. Toda mujer casada evitará cuidadosamente llamar la atención de los hombres que no sean anticipadamente dueños de su alma y de su cuerpo.
  5. La mujer no se permitirá nunca comer con su marido; debe considerarse sobradamente honrada con comer lo que él le deje.
  6. Si su esposo ríe, reirá también la mujer; si llora, llorará.
  7. Toda mujer, cualquiera que sea su rango, prepara por sí misma la mesa y manjares a su marido.
  8. Para agradarle se bañará todos los días; primeramente en agua pura, después en agua de azafrán, se peinará y perfumará su cabellera, se pintará con antimonio el borde de los párpados y trazará sobre la frente alguna señal roja.
  9. Si el marido se ausenta, ayunará la mujer, dormirá sobre el suelo y se abstendrá de todo adorno de tocador.
  10. Cuando vuelva el marido, saldrá a recibirle triunfalmente, y en seguida le dará cuenta de su conducta, de sus palabras y aun de sus pensamientos.
  11. Si la reprende, le agradecerá sus consejos.
  12. Si la sacude algún linternazo, recibirá pacientemente la corrección; después le tomará las manos, las besará respetuosamente y le pedirá perdón por haber provocado su cólera.

Podríamos citar otros artículos, pero creemos que esta docena es más que suficiente para dar una idea de la libertad que conceden los indios a sus caras mitades (El Nuevo Ateneo, II, 37, 12-IX-1880, pp. 294-295).

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47. Un invento notable (que sustituye a la ropa)

La humanidad ha conocido a lo largo de la historia inventos verdaderamente trascendentales: la rueda, la imprenta, la penicilina, las vacunas, el teléfono, el avión, internet… También otros de menor alcance objetivo pero no carentes de utilidad: el impermeable, la máquina de afeitar, el bolígrafo, el abrelatas, la dentadura postiza… Los españoles podemos enorgullecernos de figurar entre los compatriotas de quienes crearon el botijo, el futbolín, la fregona o el chupa-chups.

Pues bien, entre estos últimos —los inventores españoles, queremos decir— parece que estuvo a punto de ingresar, al decir de El Eco Toledano en 1916, este Sr. Navarro Briones al que se refiere el periódico en un suelto sin firma, titulado «Un invento notable», que reproducimos a continuación:

Un ilustrado profesor del Seminario, D. Julio Navarro Briones, ha patentado un invento que, si es como nos le han escrito, revolucionará inmediatamente la manera de vestirnos, la higiene, el arte de la calefacción y hasta el método de abrigarse en las trincheras.

Trátase de un producto que, aplicado como tela al cuerpo, le conserva en su temperatura normal lo mismo en el Polo que en el Ecuador.

Se suprimirán, por tanto, los abrigos de vestir y los de cama; no habrá enfriamientos, ni catarros, indigestiones, ni congestiones de ninguna clase.

Y probablemente no habrá necesidad de veranear.

El invento resulta, además, en extremo económico.

Esperamos poder dar más pormenores apenas el invento quede patentado en el extranjero (El Eco Toledano, VII, 1.463, 27-I-1916, p. 2).

No parece que el periódico volviera sobre el tema, y menos que el invento, a pesar de lo dicho, quedase patentado en ninguna parte. Nos habríamos enterado, ¿no creen?

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46. Decálogo higiénico

Como no ignoran nuestros amigos de Memoria de Mora, al menos los de cierta edad, el decálogo es el conjunto de los diez mandamientos de la ley de Dios, que estudiábamos de memoria, y hasta cumplíamos, cuando éramos chicos. En nuestro tiempo, sin embargo, ha pasado a significar también, como trae el Diccionario de la Real Academia, “conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad”.

Y así, espigando en internet, hallamos que hoy hay decálogos de casi todo o para casi todo: existe el decálogo del abogado, del juez, del policía, del maestro, del periodista, del viticultor, del agente de seguros, del emprendedor, del aventurero, del ama de casa, del buen fumador, del escanciador, del manifestante, del emancipado, del optimista, del ciudadano odioso… Existen igualmente decálogos de la serenidad, de la amabilidad, de la responsabilidad, de la sostenibilidad, de la lealtad, de la buena suerte, del bienestar animal… Otros para vivir mejor, para el primer empleo, para hacer una buena entrevista, para escribir una biografía íntima, para cuidar tu bolsillo, para sacar partido a la deflación, para solteros que quieren tener autoestima alta, para que Whatsapp no rompa tu relación de pareja, para acertar con tu look cada día…, y hasta, ahí es nada, para la conquista del mundo.

Pues bien, cuando aún no había decálogos para casi todo, he aquí el que publica nuestro viejo conocido El Nuevo Ateneo en su primer número de febrero de 1889. Es, como reza su título y el nuestro, un decálogo higiénico:

Los periódicos higienistas de Londres no cesan de predicar al público que siga sus saludables preceptos. Para disminuir en una mitad, dicen, la mortalidad, bastaría con observar el siguiente decálogo higiénico:

1. Limitar el consumo de la carne, proscribiendo por completo la de puerco.

2. Substituir el pan blanco de harina por el de harina de trigo molido con la cáscara. Este precepto ha tenido tal aceptación, que al paso que va el desarrollo de la venta de pan de esta clase, se puede dar por desterrada la costumbre de comer pan blanco.

3. Comer de postre mucha fruta madura, lo más recién cogida posible.

4. No desayunarse con café ni té puro, sino con cacao o una ligera infusión de té.

5. Dar a los niños al levantarse una taza de caldo de harina de avena bien cocida mezclada con leche, cocida también, pues la leche sin cocer es difícil de digerir y de asimilarse como alimento.

6. Reducir a lo estrictamente necesario toda bebida alcohólica, y, mejor aún, suprimirla por completo si es posible.

7. Desnudarse por completo al acostarse, quitándose cuantas prendas se han llevado puestas durante el día, volverlas del revés y sacudirlas y colgarlas.

8. Quitarse al levantarse la ropa con que se ha dormido, volviéndola también al revés y colgándola cerca de una ventana abierta.

9. Lavarse bien todos los días, si no es posible bañarse, con agua fría o templada, frotándose con un cepillo o esponja y jabón ordinario.

10. No dejar de abrir las ventanas del cuarto de dormir.

Todo ello en El Nuevo Ateneo, XI, 3, 1-II-1889, p. 23. Verá el lector que, en general, este decálogo higiénico apenas si ha perdido vigencia en los 125 años transcurridos hasta hoy. A destacar, por curiosos, los preceptos 7 y 8, explicables en una época en que la gente se mudaba la ropa mucho menos que en nuestros días. Ahora la echamos pronto a la lavadora, siguiendo, por cierto, el decálogo del buen lavado de ropa, que pertenece a su vez al decálogo de la ecología casera. ¡Qué tiempos!

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45. Besos en los tribunales

Los tiempos cambian, y cómo cambian… Es posible que a nuestros lectores jóvenes el título de esta nota les mueva a extrañeza, si no a risa. ¿Es que alguna vez un beso ha sido motivo de denuncia ante un juez? ¿Es que alguna vez alguien ha pretendido cobrar mediante un juez los besos recibidos? Pues no se asombren ni se burlen, amigos incrédulos de Memoria de Mora, porque presentamos las pruebas de que en 1906, y con pocos días de diferencia, en materia de besos pasaban por el mundo, de Colmenar Viejo a Londres, casos tan curiosos como los que hoy traemos.

Veamos. En primer lugar, este comentario de El Día de Toledo firmado por Casto, que, a la vista del texto, bien podría ser un seudónimo ideado para la ocasión. Se titula «No es delito dar un beso» y dice así:

En Colmenar Viejo, el sereno, mozo galante y cumplido, saludó a la antigua usanza a una doncella y estampó en su blanca frente casto beso.

El hecho en sí nada tiene de pecaminoso; un beso es prueba indeleble de afecto, con él sellamos la amistad sincera, el amor casto, purísimo; en él se condensa a veces una pasión santa, la fe en símbolos sagrados; y nuestros antepasados, menos maliciosos que nosotros, se besaban siempre que se hacían un saludo, y hoy mismo se mantiene tal costumbre en algunas aldeas, lo que dice mucho en favor de la sencillez y candor de sus habitantes.

En Colmenar Viejo, sin embargo, nunca prevalecieron tales usos, y el acto realizado por su guardián nocturno fue estimado como «grave ofensa al pudor y a las buenas costumbres», entablando criminal querella contra el que tal desmán había cometido.

Mas nunca faltó un defensor para una buena causa, y en este caso ha sido el fiscal de la Audiencia de Madrid el encargado de enderezar el entuerto, retirando su acusación contra el inocente vigilante, por entender que el besar no es delito, y por tanto no es penable, y que el procesado solo sería responsable de una falta si el hecho fue realizado contra la voluntad de la dama.

Tal declaración hecha por el representante de la ley devolverá la tranquilidad perdida a muchos inocentes que veían su reputación seriamente amenazada por un proceso criminal, sin que de nada les valiesen sus protestas de inocencia, y servirá de precedente provechoso para poner de nuevo en práctica usos y costumbres que solo la malicia humana pudo desterrar.

No hay pues que alarmarse, que el dar un beso nunca fue delito ni es en la actualidad materia penable (El Día de Toledo, XIII, 742, 31-III-1906, pp. 1-2).

En segundo lugar, y de la revista Alrededor del Mundo, sin firma, vea el lector este fragmento de «Cómo matan el tiempo algunos personajes»:

No tan inocente como el anterior [el pasatiempo favorito de un diputado escocés, que consistía en hacer media durante las sesiones de la Cámara de los Comunes] es, o mejor dicho, era hasta hace poco, el entretenimiento predilecto de Miss E.W., una bellísima señorita de la buena sociedad londinense a la que acaban de conceder los tribunales de la orilla del Támesis derecho a exigir a su novio una indemnización de 600 libras esterlinas. Parece ser que la tal señorita invertía sus ratos de ocio en anotar en un librito, con los correspondientes comentarios, los ósculos amorosos que depositaba sobre su casta frente o en otras partes de su rostro el dueño de sus pensamientos. Este entretenimiento ha tenido su utilidad, pues habiéndose negado el novio a cumplir su palabra de casamiento, la engañada señorita acudió a los tribunales exigiendo la consabida indemnización, y apoyando sus pretensiones en el referido memorandum osculatorio. La lectura ante los magistrados del librito en cuestión dio motivo, como puede suponerse, a incidentes cómicos. De las anotaciones hechas por la Miss resultaba que el pretendiente no perdía el tiempo en las entrevistas, puesto que en catorce años de noviazgo había besado a su dama 1.236 veces. Tomando como base esta cifra, reclamaba la señorita londinense, a título de indemnización de perjuicios epidérmicos, 10.000 libras, o sea unas ocho libras por beso; pero los tribunales han entendido que una suma de 600 libras, equivalente a 10 chelines próximamente por ósculo, es muy razonable para reparar pecuniariamente los daños causados por el besuqueo (Alrededor del Mundo, 353, 8-III-1906, p. 15).

Y es que, como dijo Lagartijo —o Guerrita, o El Gallo, o quien fuera—: Azí ez er mundo, don Fennando. ¡Hay gente pa to!

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44. El peto o la vida

De 1928 data la nueva reglamentación según la cual los caballos de los picadores en las corridas de toros habían de salir al coso provistos de un peto que les defendiera de las acometidas de los astados, casi siempre con funestas consecuencias para los equinos. En efecto, una real orden de mayo de 1926 establecía que se nombrase una comisión que «estudiara y propusiera la forma de reducir el riesgo a que son sometidos los caballos en las corridas de toros, y que el dictamen que emitiera en su día la comisión se incorporara al reglamento de corridas de toros vigente». Una vez elevado el informe de la citada comisión, se acabaron estudiando dos medios: «uno, el de proveer a los caballos de un peto que, en lo posible, les defienda de las acometidas de las reses, aminorando el riesgo a que están expuestos; y el otro, el de que los picadores no salgan al redondel hasta que el toro haya sido fijado» (Gaceta de Madrid, año CCLXVII, tomo I, núm. 40, 9-II-1928, pp. 980-982).

En junio de este mismo 1928 ambos medios se aprobaban definitivamente, en una real orden que a la vez suprimía las banderillas de fuego y prohibía las capeas, y que rezaba en lo que nos concierne: «Se hace extensivo y obligatorio en todas las plazas de España, para la celebración de corridas de toros y novillos, el uso de los petos protectores de los caballos que hayan de utilizarse en la ejecución de la suerte de varas, cuyos petos se ajustarán a los modelos aprobados por la real orden número 243, de 12 de marzo del año corriente. Si las pequeñas dimensiones del ruedo hicieren peligroso el uso de los petos para los lidiadores a caballo, podrán celebrarse corridas de toros y novillos suprimiendo en ellas la suerte de varas» (Gaceta de Madrid, año CCLXVII, tomo II, núm. 166, 14-VI-1928, p. 1.499). Los petos, que no se describen, habrían de acomodarse, según la citada orden, «a las características que tienen los que fueron examinados y aprobados por la Comisión con los números 2, 3 y 5, presentados, respectivamente, por don Esteban Arteaga, señora viuda de Bertolí y D. Manuel Nieto Bravo» (Gaceta de Madrid, año CCLXVII, tomo I, núm. 76, 16-III-1928, p. 1.704).

Y es que la realidad que pretendía corregirse resultaba escalofriante, porque los picadores encaraban su caballo al cornúpeta sin protección ninguna, de donde se seguía que era rara la res, y rarísima la corrida, que no dejaba algún caballo muerto. Revisando la prensa taurina hoy digitalizada hallamos que no son infrecuentes los festejos con más de 10 caballos sin vida, que en ocasiones pasan de 20. Por ejemplo, en Málaga, el 19 de junio de 1881, se cuentan 22 caballos muertos y uno herido (El Toreo, VIII, 314-29-VIII-1881, p. 3). Antes, y de Valencia, nos llega el dato de los 24 corceles extintos en una tarde de julio de 1874 (El Toreo, I, 21, 26-VII-1874, p. 1). Y en la misma capital levantina, una serie de tres corridas en agosto de 1878 acaba nada menos que con 53 caballos (El Toreo, V, 142, 5-VIII-1878, p. 4).

Hasta tal punto tiende a destacarse el dato en la prensa, que una de las principales referencias estadísticas de las corridas viene a ser la del número de caballos muertos. Por ejemplo, en este telegrama: «Granada, 19.—Los toros de Orozco (antes de Adalid), corridos hoy en esta plaza, buenos.—Caballos muertos, 20.—El Marinero, superior.—Lavi, mal» (El Toreo, XI, 494, 20-X-1884, p. 4). Y hasta la bravura de las reses y la calidad de los festejos mismos se cifraba en buena parte en el número de caballos despachados en el albero. Esto se dice de uno de los toros de Ibarra corridos en Madrid el 25 de octubre de 1885: «El primero, segundo de la corrida, fue un toro como no se había visto en Madrid hace mucho tiempo. En un palmo de terreno tomó todas las varas, y fue amontonando caballos muertos uno sobre otro, mostrando a la vez que bravura mucha cabeza y dureza de carnes» (El Toreo, XII, 559, 26-X-1885, p. 3). Y esto, de los que se torearon unos meses después: «Apreciando, pues, el mérito de la corrida por los caballos muertos, que fueron 18, muchos dirán que fue muy buena» (El Enano, XXXVI, 1.823,1-II-1886, p. 2).

Tan habitual resulta el fin del caballo, de los caballos, que la nueva plaza de Madrid contará entre sus dependencias con «un corral para caballos muertos» (El Toreo, I, 13, 12-VI-1874, p. 2). Tan habitual, decimos, que en noviembre de 1856 podemos leer en El Enano: «Toros.—Se han matado 191 durante la temporada que ha finado, y han sucumbido 412 caballos, de los cuales 398 han quedado en el redondel y 14 en las cuadras de resultas de heridas recibidas»; lo que suponía una media de más de dos caballos por toro (El Enano, VI, 298, 11-XI-1856, p. 4; trae el dato el blog Larga Cordobesa, que nos ha puesto sobre la pista de todo ello).

En fin, acuda el lector, si lo tiene a bien, al Boletín de Loterías y de Toros (1858-1885, continuación de El Enano), a La Lidia (1882-1927, digitalizada desde 1914), a La Nueva Lidia (1884-1886), a Palmas y Pitos (1913-1915)…, y se convencerá por sí mismo de la utilidad del peto que salvó de la muerte en la suerte de varas a tantos caballos desde 1928.

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43. Sermón de un cuáquero

O cuákero, como escribe literalmente el periódico. Digamos que los cuáqueros, formalmente pertenecientes a la Religious Society of Friends o Sociedad Religiosa de los Amigos, se caracterizan por la búsqueda de la verdad y por la defensa de la justicia, la vida sencilla y el pacifismo. Algo de todo ello hay en el «Sermón de un cuáquero» que da título a nuestra nota a partir de este suelto de El Nuevo Ateneo, II, 38, 19-IX-1880, p. 303:

Hermanos míos, tres cosas hay que maravillan mucho:

La primera es que sean tan tontos los muchachos, que tiren piedras, cascotes o palos a los frutales para echar abajo la fruta, cuando si la dejaran sola, ella misma se les caería a las manos.

La segunda es que sean los hombres tan malvados que vayan a la guerra a matarse unos a otros, cuando por sí solos se han de morir.

Y la tercera y última, y la que más me confunde, es que sean tan bobos los jóvenes, que van a buscar a las muchachas, cuando si estuviesen quietos en sus casas, ellas irían a buscarlos.

Verdaderamente. Otro gallo nos cantaría si a todos nos maravillasen cosas como estas.

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42. El hombre casado que iba a casarse otra vez (1929)

Las bodas siempre han reclamado la atención del respetable. Buena parte del éxito de las revistas llamadas del corazón (en papel, en televisión, en el medio que sea) reside en las crónicas e imágenes de amores que acaban en esponsales (como antes se decía), y en los esponsales mismos. El cine de nuestra época, por ejemplo (a veces de la serie B, o C, que es sociología más que arte), bien que lo atestigua, con la profusión de novios y novias, de madrinas y damas de honor, de tules y banquetes; es decir, de las celebraciones de enlaces matrimoniales y todo lo que las envuelve. Y si hay circunstancias que las hacen peculiares o diferentes, mejor que mejor, miel sobre hojuelas.

Nos viene todo ello al magín descubriendo el pintoresco suceso que el 20 de julio de 1929 recoge en Valencia La Voz madrileña, un popular y popularista «diario independiente de la noche»; suceso que se anuncia con buenas dosis de sensacionalismo desde un título, «El hombre casado que iba a casarse otra vez», que va precedido por el encabezamiento «Boda interrumpida» y seguido por la entradilla «Las vendedoras de un mercado valenciano sitian en la iglesia al contrayente». Lo firma la agencia Febus, y dice así:

Valencia 20 (3.40 t.).—Esta mañana se ha producido un ruidoso y pintoresco incidente en las inmediaciones de la iglesia de San Valero, del populoso barrio de Ruzafa.

Cerca de las diez comenzaron a llegar al referido templo los invitados a una boda que debía celebrarse allí, y de la que eran protagonistas un individuo cuyo nombre no conocemos aún y una linda muchacha, natural de Valencia y maestra de escuela.

A las diez en punto se personaron en la iglesia los contrayentes, y en el instante en que se dirigían al altar con los padrinos y testigos, surgió inopinadamente una señora, por cierto bastante agraciada, y a la que acompañaban dos o tres criaturas de corta edad. Esta señora comenzó a protestar contra la celebración de la boda, y aseguró dando grandes voces que el novio era su esposo legítimo, y que iba a cometer un delito de bigamia.

Naturalmente el sacerdote suspendió la ceremonia del enlace y se dio cuenta del caso a las autoridades.

El escándalo que se produjo fue enorme, pues, circulada la noticia, rápidamente se situaron frente a la iglesia numerosos curiosos y casi todas las vendedoras de los mercados en espera de que salieran los protagonistas de este pintoresco suceso. La policía ha tenido que intervenir, y los novios continúan en estos momentos en la iglesia, sin poder salir, temerosos de la acogida que les hagan los centenares de personas congregadas frente a la iglesia (La Voz, X, 2.671, 20-VII-1929, p. 3).

Nos hubiera gustado saber en qué acabó el pintoresco suceso, pero lo cierto es que nada traen los periódicos de fechas posteriores. Lástima.

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41. ¿Un español inventó la bicicleta en 1632?

La historia asegura que la bicicleta fue ideada por el alemán Karl Drais en 1817. Es algo comúnmente aceptado, pero se cita a un francés muy anterior, el conde Mede de Sivrac, al que se atribuye la invención del célérifère, que consistía en un bastidor de madera al que se añadían dos ruedas y se activaba y dirigía impulsando los pies contra el suelo (http://www.mundocaracol.com/bicicletos/historia.asp). Parece, sin embargo, que el invento, y la personalidad, de Mede de Sivrac es una superchería creada en 1891 por el periodista francés Louis Baudry de Saunier en su Histoire générale de la vélocipédie (http://fr.wikipedia.org/wiki/Comte_Mede_de_Sivrac).

Conviene saber al menos todo esto antes de leer el artículo que transcribimos a continuación. Su autor es Ángel Rodríguez Chaves, un curioso escritor del género histórico que bien pudo urdir en él una treta del estilo de la de Baudry. Se titula «Un velocípedo de dos siglos ha» y aparece en El Deporte Velocipédico, I, 23, 31-VII-1895, pp. 6-7, revista semanal ilustrada dirigida por Ramón Cilla, un famoso dibujante del momento. Dice así:

Sin haberme tomado el trabajo de comprobar si las afirmaciones que en ella se hacen son del todo ciertas, pero sin variar punto ni tilde, por si pudiera servir de base a más luminosas disquisiciones históricas, en que por faltarme fuerzas para ello no he de enfrascarme, me permito transcribir la siguiente carta que, sin otra firma que el pseudónimo que va al pie, aún no hace dos días recibí por el correo.

Sr. D. Ángel R. Chaves.

Distinguido Sr. mío: Aunque para mí tengo que no ha de ser el invento del artificio conocido en las edades modernas con el nombre de bicicleta o velocípedo de los que hagan famoso un siglo, ni por mucha que sea la rapidez de su marcha contribuyan a acelerar la de la humanidad hacia grandes progresos, no tengo por bueno dejar que un extraño se engalane con la gloria —siquiera sea esta pequeña— de haber descubierto lo que hace más de dos siglos era ya conocido de un compatriota nuestro.

Entre algunos papeles curiosos que poseo, y que procedentes, a lo que sospecho, del deshecho archivo de una de las más nobiliarias casas andaban sirviendo en una lonja de comestibles para envolver garbanzos de Fuentesaúco y empaquetar jabón de Mora, tengo a la vista copia, aunque incompleta y no bien tratada, de letra de la época, de una serie de cartas en que un hidalgo de esta corte, cuyo nombre se perdió con la portada del cuaderno, daba casi día por día cuenta de los más notables sucesos acaecidos en ella durante casi dos terceras partes del reinado de Felipe IV a un su amigo que, por el contexto de las epístolas, se colige vivía retirado en Madrid después de haber prestado sus servicios en el Consejo de Aragón.

En la que da comienzo al folio 83 vuelto y que lleva la fecha de 17 de febrero de 1632, entre varias novedades relacionadas con el suceso no del todo próspero de nuestras armas en varios países, hay un párrafo que dice así:

«Antiyer sábado fue de ver a S.M. mostrar en la Huerta de la Priora la misma gallardía de que a diario da pruebas rigiendo los más indómitos brutos que en las floridas márgenes del undoso Betis se apacentaron, manejando un cierto ingenio que sin otro artificio que unas tan sutiles como bien templadas ballestas montadas en unas ruedas poco menores que las de los birrotones [‘carruajes de dos ruedas’] que agora se usan, aventaja en celeridad a los más voladores caballos.

»La invención dícese que es de un vizcaíno nombrado Bartolomé de Mendieta, que en el reinado anterior se aventajó sirviendo como soldado en Italia y los Países Bajos, y lo notable de ella es que, sin otra fuerza que la del jinete, recorre la máquina leguas y leguas sin sufrir daño alguno ni causar grandes fatigas al que la monta.

»La única que hasta el presente existe es la que, aunque un poco toscamente labrada por su mismo inventor, ha venido a parar a las manos del Rey más poderoso que empuña, para ventura nuestra, el cetro de esta vasta monarquía. Asegúrase que ha estimado en mucho el presente y que el donante será recompensado en la medida que su ingenio y necesidad piden».

No vuelve el epistolario a mentar ni la máquina ni el inventor; pero indudablemente este Bartolomé de Mendieta es el mismo que firma un largo memorial dirigido en agosto de aquel año a la Católica Majestad de Felipe IV y que se conserva en la Biblioteca de Palacio entre los muchos papeles enlegajados con el tejuelo de Obras y bosques.

En él, a la vuelta de las más intrincadas hipérboles y de períodos que por enrevesados causaran envidia a los más conspicuos imitadores del Cisne cordobés [D. Luis de Góngora], se da menuda cuenta del aparato, que resulta parecerse al velocípedo, que ahora tan revueltos nos trae, como una gota de agua a otra gota.

Pero, ¡oh decepción!, todas aquellas larguezas del Rey que empuña el cetro de esta vasta monarquía parece quedaron reducidas a esta lacónica nota que el memorial lleva en su margen: «Dense por una sola vez al Mendieta 14 ducados».

Con lo cual sospecho que no habría de tener ni para pagar aquellas sutilísimas y bien templadas ballestas montadas en ruedas poco menores que las de un birrotón, que tanto deleitaron al gran Philipo.

Ni a este le ocurrió que los soldados de aquellos tercios, que aunque ya sentían cernerse en el aire el desastre de Rocroi conservaban aún frescos en sus banderas los laureles de Breda, Ostende y la Valselina, se dieran en espectáculo caballeros en aquel artificio, aventajador en celeridad a los más voladores caballos.

Tanta gloria estaba reservada a nuestros días que, sin embargo, no han tenido la curiosidad de reivindicar para nosotros la paternidad de tan portentoso invento.

La verdad es que yo tampoco tengo mucho empeño en ello; pero como deduzco, por lo que escribe, que usted es de los españoles a marcha [sic] martillo, que no pasan por nada de lo que de fuera nos viene, le facilito estas notas por si quiere utilizarlas.

Y queda rogando a Dios por sus prosperidades.—Un Curioso de esta corte.

Da fe de que concuerda la letra con su original.—           Ángel R. Chaves.

Hasta aquí Rodríguez Chaves y hasta aquí nosotros. ¿Historia o superchería? Juzgue el lector.

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40. Un bandido se echa a la carretera (1929)

Acababa la feria de 1929 cuando el diario madrileño El Imparcial traía lo que anunciaba como «Un suceso anacrónico», bajo el título «Un bandido se echa a la carretera» y el subtítulo «Para debutar, roba a un arriero y es detenido por la Policía». Tal vez al lector actual le cueste percibir el anacronismo, que lo hay —era la época de Al Capone y Eliot Ness—, pero no lo divertido del caso, y hasta la gracia del reportero, que de todo tiene.

Toledo, 17.—Se ha registrado un suceso completamente anacrónico, pero que conviene divulgar para que los periódicos extranjeros, que tanto gustan de comentar las cosas de España, le recojan. No faltará algún francés amigo de lo pintoresco y alguna inglesita neurasténica, ansiosa de emociones, que se decidan a venir a España.

En las proximidades de Nambroca, un honrado vecino de aquel término que, sin duda, se habría leído los viejos folletines en que el bandido aparece como un héroe romántico, decidió echarse al campo, dispuesto a robar a todo el que pasase por la del rey [‘la calle’].

¿Puede haber juez que condene a individuo tan inocente?

Anacrónico en todo, no se le ocurrió proveerse de un automóvil y una ametralladora para dar el alto al primer Rolls que apareciese en la carretera, sino que se procuró una jaca, y a falta del clásico trabuco, se armó con una escopeta de dos cañones.

Claro es que dispuesto para el asalto de esta guisa, solo podía desvalijar a un modesto carretero: Antonio Mora Aguilar, que se dirigía tranquilamente al inmediato pueblo de Mora, cuando de pronto vio al feroz bandido plantado en medio de la carretera, encañonándole con la escopeta y gritándole como Diego Corrientes en sus buenos tiempos: “¡La bolsa o la vida!”

El pobre carretero, apenas repuesto de su sorpresa, cuando se convenció, no sin frotarse los ojos y pellizcarse, de que no estaba soñando, entregó al salteador de caminos 1.150 pesetas que llevaba.

El forajido, animado por el buen éxito de su primera hazaña, se humanizó, y como en el fondo es muy buena persona, descendió al terreno de las confidencias y comunicó al carrero que era el Platerito del Castillo, pero que le guardase el secreto. Así se lo prometió Antonio, y hasta le dio palabra de honor; pero al llegar al primer pueblo se apresuró a denunciar el hecho a la Policía.

No ha sido preciso destacar fuerzas de la Guardia Civil y dar una batida al estilo de las organizadas por Zugasti en Andalucía para capturar a este Tempranillo. Bastaron dos agentes. No opuso ninguna resistencia, y declaró que otro individuo apodado el Dientes le había facilitado la jaca y la escopeta, a condición de repartirse el botín.

La Policía busca ahora al socio capitalista (El Imparcial, LXIV, 21.644, 18-IX-1929, p. 3).

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39. De tiendas por Madrid (1880)

Volvemos hoy a enfrentar pasado y presente en uno de sus mil aspectos, algo por lo que sentimos especial debilidad, lo confesamos, en Memoria de Mora. Así, leemos en el semanario El Nuevo Ateneo de comienzos de septiembre de 1880:

Según datos oficiales, hay en Madrid 97 cafés, 914 tiendas de ultramarinos, 1.233 de vinos y licores, 156 farmacias, 31 fondas, 176 casas de huéspedes (que pagan contribución), 400 peluquerías y barberías, 403 tiendas de modas y sedas, 301 de zapatos, 196 sastrerías, 198 periódicos y revistas de todas clases, 100 imprentas, 42 librerías, 143 estancos, 102 confiterías y 89 tahonas (El Nuevo Ateneo, II, 36, 5-IX-1880, p. 287).

Eso era ayer. Hoy, y partiendo de informaciones de fiabilidad relativa —pero sin duda suficiente para nuestro propósito—, existen en la ciudad de Madrid (http://www.paginasamarillas.es/es/madrid/) 1.639 cafeterías, 6.148 tiendas de alimentación, 4.331 bares, 851 farmacias, 4.941 restaurantes, 305 hoteles, 2.680 peluquerías, 2.588 tiendas de ropa, 753 zapaterías, 118 sastrerías, 587 imprentas, 528 librerías, 447 estancos, 497 confiterías y 635 panaderías.

No intentaremos una comparación detallada de unas y otras cantidades, que dejamos a criterio del lector. Solo aludiremos a los extremos de la escala en estas clases de establecimientos —no siempre homologables de ayer a hoy, pero es que el tiempo no perdona—: las fondas, que en nuestros días serían sobre todo restaurantes, cuya cantidad encontramos multiplicada unas 160 veces; y las sastrerías, que hallamos divididas —sí, divididas— casi por la mitad.

Todo ello sin echar mano de El Corte Inglés, Ikea o Bauhaus. Y es que verdaderamente los tiempos cambian que es una barbaridad.

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38. Mujeres analfabetas. Una estadística vergonzosa (1916)

Con este doble título publica El Día de Toledo lo que queda bien anunciado por sí solo, y lo cierto es que los datos resultan literalmente escalofriantes. Con doble título y doble inserción, pues la noticia aparece a finales de mayo de 1916 (El Día de Toledo, XXIII, 1.270, 27-V-1916, p. 4) y reaparece, con una coletilla respecto de nuestra provincia, unas pocas semanas más tarde (El Día de Toledo, XXIII, 1.278, 22-VII-1916, p. 2). Reproducimos esta segunda, que dice así:

El problema de la cultura en España es uno de los que se estiman por solución como implazables.

En honor a la verdad, el actual Gobierno parece preocuparse de ella, y así lo anuncia en el Mensaje de la Corona que leyó el monarca ante el Parlamento.

En España el analfabetismo en la mujer reviste caracteres verdaderamente extraordinarios, como lo demuestra una reciente estadística, conforme a la cual Almería cuenta con un 84 por 100 de ineducadas; Málaga, con un 83; Jaén, con 82; Albacete, con otro 82; Murcia, 81; Ciudad Real, 80; Pontevedra, Granada y Castellón, con un 79; Cuenca y Teruel, con un 78; Lugo y Alicante, 76; Canarias y Valencia, 75; Coruña y Toledo, con 74; Cáceres, Badajoz y Baleares, con 73; Orense y Sevilla, con 71; Huelva, con 70; Zaragoza, Lérida y Huesca, 67; Tarragona y Cádiz, con 66; Guadalajara, 65; Ávila y Zamora, con 63; Gerona, con 59; León, con 58; Salamanca, 56; Soria, 55; Logroño, 54; Valladolid, 52; Oviedo, 51; Barcelona, 48; Segovia, 47; Navarra y Vizcaya, 46; Burgos, 45; Palencia, 44; Madrid y Guipúzcoa, con 42; y la provincia más instruida, que es Santander, la cita con un 28 por 100 de mujeres que no saben leer y escribir.

Como verá el lector, en Toledo no nos quedamos a la zaga en el analfabetismo femenino. Y lo peor es que en el masculino tampoco vamos a la zaga.

No exagera el periódico: una estadística vergonzosa.

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37. Soldadito español (1921)

Cuando el 15 de febrero de 1921 se incorporaban a filas los reclutas del llamamiento de ese año, el periodista anónimo iniciaba su columna con el consabido tópico amable: «¡La savia de la patria! ¡Las rosas más lozanas del huerto!», que enseguida trocaba por un crudo pesimismo: «Pero los menos son fuertes; los más, enclenques, débiles, enfermizos. Llevan en su cuerpo las huellas de la decadencia de la raza. Sus pechos huesudos, descarnados; sus mejillas lacias; sus bíceps flácidos, tienen el valor de profecía» («Del momento.—¡Ya se van los quintos, madre!, El Castellano, XVII, 3.494, 18-II-1921, p. 4).

De ello venía a dar fe el «desfile de cifras trágicas» en que se fundaba a continuación, y que remataba con una más que elocuente: de cada 100 muchachos alistados, solo resultaban útiles 56, lo que, picaresca aparte, no requería de sesudos comentarios en cuanto a la salud y robustez de nuestros mozos de entonces. Indicaba el reportero asimismo el coeficiente de mortalidad por cada 100 soldados, que era el más alto de entre las naciones con que establecía comparación: 4,50 en el caso español; cuando, entre otros, el de Alemania era de 1,49, el de Holanda de 1,89, o el de Suecia de 2,60.

Pero seguramente el dato más alarmante venía a ser el de la descomunal ignorancia que asolaba la nación, pues, mientras que en ciertos países el analfabetismo era prácticamente nulo (Suecia: 0,20%; Alemania: 0,52%), y en otros, más o menos preocupante (Francia: 7,50%; Bélgica: 16,31%), el de España resultaba tan llamativo como penoso, puesto que ascendía nada menos que a un tercio justo de los quintos: un 33,35%.

Hoy hemos querido presentar la cara oscura de la historia. Una lección del pasado que es, que debe ser, un aviso para el futuro. No se equivocaba el periodista cuando auguraba «valor de profecía» a tanta decadencia.

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36. Don Francisco Arjonilla inaugura sus siestas (día de San Marcos de 1916)

Lo hemos expuesto más de una vez. Hubo un tiempo en que el mundo en torno era mucho menos tortuoso y crispado, mucho más humano y amable. Se trata de algo que percibimos a las mil maravillas, por ejemplo, en esta noticia de El Eco Toledano de finales de abril de 1916. Dentro del apartado de «Noticias varias», y junto a otras tituladas «Fallecimiento», «Una reyerta», «Un banquete», «Accidente casual», «Nombramiento», «Heridos en riña», «Un buen servicio» y «La Policía trabaja», aparece ésta titulada «La siesta», con la que dejamos sin más al lector:

Ayer, día de San Marcos, y siguiendo su tradicional costumbre, ha inaugurado sus siestas nuestro querido amigo don Francisco Arjonilla. Lo que ponemos en comunicación de sus numerosas amistades para hacerlas saber que el popular Arjonilla no se hará visible hasta pasadas las seis de la tarde en los días laborables, y un poco más tarde los festivos (El Eco Toledano, ).

Ignoramos en absoluto quién era este don Francisco Arjonilla, pero poco importa. ¿No lo cree así el lector?

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35. Un orgaceño en las Indias Occidentales: el soldado Alonso de Contreras (siglos XV-XVI)

En cuestión de lecturas, como en la mesa, todo alimenta. No hace muchos meses que nos sumergíamos en las 1.500 páginas largas de la inmensa, en todos los sentidos, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568), de Bernal Díaz del Castillo. Un alimento tan nutritivo como exquisito, en el que, por añadidura, hallábamos esta pequeña golosina, que nos aprestamos entonces a anotar: la mención de un tal Alonso de Contreras, «natural de la villa de Orgaz», del que carecíamos en absoluto de noticias.

Puestos a la consulta de www.villadeorgaz.es, espléndida página a cargo de Jesús Gómez Fernández-Cabrera, comprobábamos que en ella no aparecía nuestro Contreras, ya fuera en calidad de militar (de entre los que hay allí consignados), o de orgaceño ilustre o de prestigio. Pero sí figuraba, como indicábamos, en la obra de Díaz del Castillo, donde habíamos leído en relación con la preparación de la expedición de Las Hibueras, en Honduras, acaecida en 1524: «Y en las instrucciones que Cortés le dio [al capitán Briones] fue que desde el puerto de la Villa Rica fuesen su derrota [‘hiciesen ruta, pusiesen rumbo’] a La Habana, y que allí en La Habana hallaría a un Alonso de Contreras, soldado viejo de [Hernán] Cortés, natural de la villa de Orgaz, que llevó seis mil pesos de oro para que comprase caballos e cazabi [‘y pan de harina de mandioca’] y puercos y tocinos y otras cosas pertenecientes para la armada, el cual soldado envió Cortés adelante [‘por delante, antes’] del Cristóbal de Oli por causa que si vían ir el armada los vecinos de La Habana, encarescerían los caballos y todos los demás bastimentos [‘provisiones’]». Transcribimos literalmente a Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Edición, estudio y notas de Guillermo Serés. Madrid, Real Academia Española, 2011 (Biblioteca Clásica, 36), p. 763. Los añadidos explicativos entre corchetes, como la letra cursiva, son nuestros.

Dejemos aquí a Díaz del Castillo, pues lo que continúa narrando ya no rige con nuestro propósito. Pero el fragmento nos permite afinar algo más en dos aspectos: uno, en el de la edad de Alonso de Contreras y su aventura americana; dos, en el de la enorme importancia de la misión que Cortés le asigna.

Que en 1524 Contreras fuera «soldado viejo de Cortés» es algo que podemos interpretar enfocando sobre todo la primera parte de la expresión (‘era hombre entrado en años’), o la segunda parte (‘era veterano al servicio de Cortés’), o incluso ambas a la vez (‘era un soldado viejo, y veterano, al servicio de Cortés’). Teniendo presente que Hernán Cortés (1485-1547) había partido de aquí a La Española en 1504 e iniciado sus expediciones militares en 1511, nuestro Alonso de Contreras debió de haber nacido en el último tercio del siglo XV (quizá antes incluso que el propio metelinense), y tal vez le acompañase desde primera hora. Es más, creemos probable que, al alistarse en la tropa de Cortés, Contreras fuese ya veterano en las Indias Occidentales, a las que seguramente habría llegado formando parte de las expediciones  iniciales: en alguno de los viajes de Colón (1492, 1493, 1498 y 1502), o tal vez de los llamados menores, como los de Alonso de Ojeda (1499 y 1502) o Vicente Yáñez Pinzón (1499 y 1508). No caben dudas, en consecuencia, de que el orgaceño Alonso de Contreras fue uno de los primeros soldados españoles que pisaron las entonces llamadas Indias Occidentales.

Por otra parte, la misión asignada a Contreras por Cortés fue en verdad trascendental, pues —recordemos— nuestro hombre fue el encargado de transportar, custodiar y administrar los seis mil pesos de oro con que adquirir vituallas, armamento y elementos para la operación. Si contrastamos el dato con los suministrados por los historiadores, crece el papel de Contreras cuando conocemos que «Cortés envió el año de 1524 al mando de su capitán Cristóbal de Olid cinco navíos y un bergantín rumbo a Las Hibueras, a bordo de los cuales iban 400 hombres, suficiente artillería, armas y municiones, además de ocho mil pesos oro para comprar en Cuba caballos y bastimentos», como leemos en Wikipedia: Hernán Cortés, artículo excelentemente documentado.

Una advertencia final: no confunda el lector a nuestro Alonso de Contreras con el también soldado y aventurero madrileño homónimo que vivió un siglo más tarde (1582-1641). Fue autor de su propia biografía —que suele titularse Vida del capitán Alonso de Contreras y que permaneció inédita hasta 1900— e igualmente expedicionario a las Indias Occidentales —a Cuba entre otros lugares—; pero eso ocurría cien años después de los de nuestro Contreras, el orgaceño Alonso de Contreras, por el que los habitantes de la villa, aun a quinientos años de distancia, no deberían renunciar al legítimo orgullo de contarlo entre los suyos.

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34. Compuesta, sin novio…

…Y sin 2.250 pesetas. Por si no era poco el infortunio de la mujer —en su desvalimiento tópico tradicional— que perdía de golpe el novio y el casorio, he aquí una situación aún más grave, pues la moza en cuestión hubo de rascarse el bolsillo, y bien rascado. Esas 2.250 pesetas, hoy poco más de 13 euros, representaban hace cien años «una respetable cantidad de dinero»; tanta, por hacernos una idea, como para poder llegar a comprar hasta siete relojes de bolsillo de oro de 18 quilates (marca Lepine, a 318,75 pesetas uno, como leemos en un anuncio de por entonces: La Esfera, II, 54, 9-I-1915, p. 33). Pero vayamos a la noticia, que leemos en el Diario Toledano del 1.º de marzo de 1915:

Suceso curioso.—Compuesta, sin novio y sin 2.250 pesetas.—Venancia Farelo Castaño se presentó anteayer en el cuartel de la Guardia Civil de Torrejón para denunciar un episodio muy curioso que le ha ocurrido con su novio.

Deseosa Venancia de casarse con Prudencio Collado Cerro, con el cual llevaba mucho tiempo de relaciones sin que el tal sujeto mostrase deseos de llegar al enlace, ofreciole el día 6 de enero último una respetable cantidad de dinero si se allanaba a contraer con ella matrimonio en fecha próxima.

Prudencio le dio palabra de que con mil amores procuraría complacerla, y quedó el trato estipulado en 2.250 pesetas, que a los pocos momentos entregaba Venancia a su futuro cónyuge en billetes del Banco de España.

Pero transcurrieron los días hasta el 6 de febrero sin que Prudencio cumpliese su palabra, y sospechando Venancia que transcurriese igualmente el 6 de marzo, se entrevistó hace unos días con su novio, y después de un violento altercado, le exigió que, si no estaba dispuesto a casarse, le devolviese el dinero que le había entregado.

Ni te doy el dinero ni me caso contigo —fue la sola respuesta que dio el buen hombre.

Y Venancia, toda compungida, pidió el auxilio de la Guardia Civil para recuperar, si no el prometido, a lo menos las 2.250 pesetas en que le había contratado.

Parece que la Benemérita ha logrado ya que Prudencio devuelva el dinero a la engañada muchacha (Diario Toledano, II, 129, 1-III-1915, p. 3).

Algo es algo: compuesta, sin novio…, pero con las 2.250 pesetas a buen recaudo. Y es que, sin salir del dicho, sobre dinero no hay compañero.

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33. “Catorce versos dicen que es soneto…”

UNO. No faltarán amigos de Memoria de Mora amantes de la literatura —o expertos en la materia, quién sabe— que lo conozcan, y hasta que lo recuerden con nitidez. Nos referimos al célebre soneto de Lope de Vega que comienza: Un soneto me manda hacer Violante,/ que en mi vida me he visto en tanto aprieto;/ catorce versos dicen que es soneto… Etcétera. Léalo o repáselo el lector si lo tiene a bien: aquí mismo, entre mil sitios posibles (YouTube incluido).

Se trata en verdad de una maravilla de gracia y oportunidad. No tanto una maravilla del arte como de la artesanía: un curioso ejercicio de taracea que consigue aún hoy interesar a muchos y cautivar a no pocos.

Pues bien, un periódico toledano de 1917 nos desvela otro ejercicio de composición poética —nunca mejor dicho— en torno al soneto, a la especie del soneto; no de autor tan ilustre como Lope de Vega, sino de… —¡Guarda, Pablo!, que dirían los clásicos—; poco a poco: vea el lector el poema, que reproducimos en documento aparte para poder presentarlo en un diseño razonable (y no el que nos impone nuestra web, con amplios espacios entre líneas muy poco adecuados para el caso): Cándida Luna, que con luz serena…

¿Visto y leído? Hermoso soneto, ¿no es cierto? Pero ¿qué tiene de particular? Pues que… viene a ser otra labor de taracea (o de ensalada, si prefiere el lector la metáfora culinaria). Muy distinta, pero no menos admirable: catorce versos correspondientes a catorce poemas diferentes escritos por catorce autores diversos, que alguien combinó —paciencia y barajar: mucha paciencia y mucho barajar, qué duda cabe— para conseguir un más que estimable soneto en sí mismo.

El Eco Toledano, en su número del 28 de marzo de 1917, donde hallamos el texto, nos resuelve el enigma dando los múltiples autores del centón, bien distintos en todo uno por uno (copiamos del diario y completamos por cuenta nuestra para situar al lector: en cursiva, el periódico tal cual; en redonda, los añadidos nuestros):

El primer verso es de Fernando de Herrera (1534-1597); el segundo, de Manuel José Quintana (1772-1857); el tercero, de Saturnino Martínez (1840-1905); el cuarto, de José Cadalso (1741-1782); el quinto, de Ramón de Palma (1812-1860); el sexto, de Manuel María de Arjona (1771-1820); el séptimo, de Lope de Vega (1562-1635); el octavo, anónimo; el noveno, de Francisco de la Torre (hacia 1534-hacia 1590); el décimo, de José de Espronceda (1808-1842); el undécimo, de José Zorrilla (1817-1893); el duodécimo, de José María Roldán (1771-1828); el decimotercero, de Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), y el decimocuarto, de Ignacio de Luzán (1702-1754).

Antes de ofrecer la composición, titulaba el periódico «Un soneto de catorce autores.—A la luna», y comenzaba: Este curioso soneto es de bastante mérito por haber sido compuesto hace algunos años, tomando de las obras de catorce autores distintos, catorce versos que, reunidos, riman maravillosamente y dan a la composición un sentido perfecto.

DOS. De bastante mérito, sin duda. Tanto como para desear fervientemente conocer al que preparó tan exquisito salpicón. Pues…, nada de nada; no hay nombres. Lanzados al rastreo, comprobamos que fue publicado hace medio siglo en alguna antología de la poesía española, y recientemente en varios lugares de internet. Pero ni una palabra sobre su procedencia primera —que no es desde luego El Eco Toledano, como veremos a continuación— ni sobre su hacedor o forjador.

Sacando la lupa cronológica, observamos que el verso más moderno o tardío de los catorce (porque, comprobados, el de Martínez de la Rosa data de 1827, y el de Zorrilla, de 1840) es a ciencia cierta el de Saturnino Martínez, que debe de ser ya de los sesenta, si no posterior (no figura entre los de las Poesías de Saturnino Martínez, Habana, Imprenta del Tiempo, 1866, que reúne poemas fechados entre 1861 y 1866). Considerando que el citado don Saturnino —asturiano afincado en Cuba— es con mucho el menos relevante de los poetas de nuestro collage, y que de los demás el único no nacido en la Península es también cubano —Ramón de Palma—, nos asalta la sospecha de que la taracea pueda deberse al propio Saturnino Martínez, curioso poeta y periodista hispano-cubano nacido en Asturias (Ignacio Gracia Noriega, «Saturnino Martínez, periodista de combate», La Nueva España, 24-VIII-2009). O, quién sabe —de pálpito en pálpito—, si no quepa achacarla a la musa juguetona de alguien como Juan Martínez Villergas (1816-1894), singularísimo trotamundos —y singularísimo escritor— que también anduvo por la isla antillana en los últimos cincuenta y primeros sesenta.

TRES. ¿Y cuál es la fuente en la que bebe El Eco Toledano? Esto, por raro que parezca, resulta mucho más sencillo —desde este invento maravilloso que es internet—; no tanto quizá establecerlo sin sombra de duda, pero sí aproximarse mucho al manantial.

Véalo el lector con pelos y señales. De El Liberal del 21 de enero de 1886 pasaba dos días más tarde a La República, de donde lo tomaban sucesivamente, uno de otra, la revista barcelonesa La Hormiga de Oro y el diario madrileño El Siglo Futuro. Al mes aparecía en El Genio y el Arte, y de aquí debió de reproducirlo el semanario barcelonés La Ilustración del 14 de marzo, siempre de ese año 86. Tras estas semanas de candente actualidad, varios saltos sucesivos llevan A la Luna primero al Diario Oficial de Avisos de Madrid, ya a mediados de octubre de 1897, luego en marzo de 1900 al Mar y Tierra de Barcelona, antes de recalar, en nueva pirueta, en La Unión Ilustrada de Málaga en marzo de 1913, y pasar más de un año después, ya en mayo de 1914, a la revista bonaerense Caras y Caretas. Tal vez de aquí, o de allá, o de más allá, debió de fusilarlo un redactor de El Eco Toledano a la caza y captura de curiosidades, invenciones o rarezas en periódicos más o menos viejos, práctica a la que nos hemos referido más de una vez en Memoria de Mora. Redactor que, bien mirado, no hacía más que lo que habían ido practicando unos y otros, que se copiaban sin miramiento ninguno ni misericordia. Véalo el lector punto por punto en los textos que adjuntamos —por no decir en el texto que todos repiten—, y vea cómo, de creer a La Unión Ilustrada, la que pone algún ingrediente más en el salpicón, este dataría de hacia 1879.

CUATRO. He aquí, pues, un soneto tan interesante en su lectura como enigmático en su gestación, con algunas luces con las que hemos alcanzado a enfocarlo, y con algunas sombras que no hemos logrado disipar. Hasta qué punto puede haber interesado a nuestros amigos de Memoria de Mora es cosa que ignoramos. A nosotros, créannos, la aventura de la búsqueda nos ha resultado literalmente apasionante.

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32. ¡En seis meses tiene seis hijos!

No es de ahora, sino de siempre: la noticia se compadece mal con lo común, con lo sabido, con lo acostumbrado. Antes incluso de alcanzar la categoría de norma y hasta de apotegma, los periódicos y noticieros ya venían rigiéndose por el principio de que a nadie interesa que un perro muerda a un hombre, y sí a muchos que un hombre muerda a un perro. Pues bien, al margen de que en los tiempos que corren la máxima haya llegado a ser literalmente verídica, con algún individuo que la ha emprendido a bocados con sabuesos, alanos, lebreles o pequineses (acudan a internet los descreídos), no hay duda de que los periodistas de los años de nuestros tatarabuelos andaban a la caza y captura de tanta rareza, extrañeza y sutileza como la realidad brindaba (y vamos viendo en este mismo Cajón de sastre de Memoria de Mora).

Lo descubrimos por ejemplo, y una vez más, entre las columnas de El Castellano del verano de 1930: «Un caso extraordinario.—En seis meses tiene seis hijos» (El Castellano, XXVI, 6.626, 8-VII-1930, p. 1), donde se da razón de un suceso singularísimo que, indagando, hallamos que procede de otro diario digitalizado, La Prensa, de Santa Cruz de Tenerife, en su número del domingo 6 de julio de ese año. Y a él acudimos:

Extraño caso de fecundidad en el Hierro.—¡Seis niños en seis meses!—Por noticias que hemos recibido del Hierro, sabemos que en el pueblo de La Frontera, de aquella isla, se ha dado un caso curiosísimo, en una mujer que con intervalos de seis meses primero, y de solo algunos días después, ha dado a luz seis niños, cuatro varones y dos hembras, uno de ellos, el primero, vivo, y muertos los demás.

El hecho es el siguiente:

La vecina de aquel pueblo Francisca Febles Armas dio a luz normalmente en el mes de diciembre un niño, que en la actualidad se cría robusto y fuerte, sin que la madre pudiera hacerlo por notar al poco tiempo los síntomas de un nuevo embarazo.

Ahora, o sea a los seis meses, la mujer en cuestión ha vuelto a dar a luz, primero un niño, al día siguiente un niño y una niña, y a los seis u ocho días otro niño y otra niña, es decir, en total, contando con el primero, cuatro varones y dos hembras en un plazo no superior a seis meses.

Los últimos niños nacieron todos muertos, pero sin ninguna deformidad ni anormalidades aparentes.

El caso, por lo extraño, está siendo objeto de grandes comentarios, que en verdad merece, por tratarse de algo realmente extraordinario, quizá sin precedentes conocidos (La Prensa, XX, 4.331, 6-VII-1930, p. 1).

Nada más hemos oído ni leído sobre el caso. Pero alerta a lo que de aquí adelante pudiera suceder. ¿Quién nos asegura que nuestra Francisca Febles Armas no aparecerá antes o después en la serie Encuentra tus antepasados, que viene publicando Juan Carmelo Padrón en El Hierro Digital? Ojo avizor los muy curiosos.

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31. Lo que va de ayer a hoy

Hace tiempo que lo descubrimos y ahora lo confesaremos: nuestra fascinación por el pasado es directamente proporcional a nuestro desvío del presente. Y es que con frecuencia, con bastante frecuencia, entendemos mejor lo de ayer que lo de hoy. Por ejemplo, lo que trae esta breve nota, titulada «Vergonzoso» con letras bien grandes, y aparecida en El Eco Toledano de un día de verano de 1914: «Es muy lamentable que en un sitio tan céntrico como es la plaza de Zocodover no haya habido quien viese robar ayer una escalera larga de madera, perteneciente a la empresa del Cinema Pum». Que agrega y termina: «Ponemos esta desvergüenza en conocimiento de las autoridades» (El Eco Toledano, V. 1.053, 3-VII-1914, p. 2).

Hoy esto no solo no saldría en ninguna revista ni periódico —tan ocupados en airear las hazañas de las famosas y los famosos—, sino que a más de cuatro les haría asomar al rostro un mohín de suficiencia. ¿Comprenden los amigos de Memoria de Mora por qué uno preferiría vivir en 1914?

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30. Otra de fútbol

Tal vez alguno de nuestros amigos de Memoria de Mora recuerde la nota «Una de fútbol: el penalty amistoso», que publicamos en mayo de 2011 y que aparece, con el número 4, en el interior de este revuelto Cajón de sastre. Más abajo la tiene a su disposición. Hoy queremos regresar al llamado deporte rey con una noticia de los periódicos de junio de 1925. Copiamos el texto de la que juzgamos más completa en su redacción, que es la que trae El Imparcial, diario madrileño, del día 18 de ese mes y año:

Hace tiempo publicamos en estas columnas el proyecto de la International Board de modificar la regla del offside, que data de 1886. La reforma, llevada a cabo, ha sido aprobada por 14 delegados: tres ingleses, tres escoceses, tres irlandeses, tres galeses, y por MM. Delaunay y Johansson, representantes de la Federación Internacional.

Consiste tal modificación, como ya es sabido, en reducir a dos el número de jugadores que ha de tener uno del equipo contrario entre él y la línea de goal para no estar fuera de juego.

Con ella el foot-ball ganará en vistosidad, ya que el juego no será detenido con tanta frecuencia, especialmente en Inglaterra, donde tan usual es la táctica del one-back. Lo que sucederá es que el número de los tantos marcados será mucho mayor.

Esperemos, pues, para criticar la reforma, su resultado práctico. En principio, la estimamos acertada.

También se acordó en dicha reunión que en lo sucesivo el saque de banda se realice estando el jugador detrás de la línea y no pisándola, como hasta ahora acontecía.

Es el suelto sin firma de dicho periódico «Foot-ball.—La modificación del offside» (El Imparcial, LIX, 20.413, 18-VI-1925, p. 6). Puntualicemos que la citada regla no databa propiamente de 1886 (que es la fecha de la creación de la International Football Association Board), sino de veinte años antes, como diremos. Agreguemos que la táctica del one-back (‘un defensa’) consistía en el adelantamiento rápido de uno de los zagueros para provocar el offside del contrario, lo que venía a ser un avance del moderno achique de espacios. Y subrayemos el leve cambio que también entonces se operó en cuanto al punto del lanzamiento del saque de banda.

La del offside o fuera de juego (Wikipedia: «Fuera de juego») es la undécima de las 17 reglas que componen el reglamento del fútbol (Wikipedia: «Reglas del fútbol»). La regla antigua (1863) consideraba en fuera de juego a todo jugador que se colocase por delante del balón (como en el rugby). La regla clásica (1866), que es la reformada en 1925, establecía que se situaba en fuera de juego el jugador que se encontrase más cerca de la línea opuesta que el balón y el antepenúltimo adversario; de otra manera, estaba en posición legal si tenía ante sí a tres o más oponentes. La regla actual es precisamente la que comienza a regir en 1925: se produce la situación de fuera de juego cuando el jugador se halla más cerca de la línea opuesta que el balón y el penúltimo adversario; o lo que es lo mismo, ocupa posición legal si tiene ante sí a dos o más oponentes. Esta regla se matizó o modificó levemente en 1990 al establecer que un atacante en línea con el penúltimo oponente no se encontraba en fuera de juego.

Pues bien, viniendo a lo nuestro, solo unas semanas antes de la fecha de la noticia que nos ocupa se había reinaugurado en Mora, tras su remodelación, el Campo de Deportes de las Delicias (El Castellano, XXI, 5.429, 20-IV-1925, p. 2), que tantos aficionados contribuyó a crear en el que fue un auténtico boom del foot-ball en la villa, con especial incidencia en una chiquillería que hacía suyo cualquier lugar abierto para dar rienda suelta al ardor balompédico. Véase si no lo que escribe cinco años después Paco Gómez Corrales, corresponsal de El Castellano, en forma de viva súplica a las autoridades: «¿No podrían suspender los continuos partidos de foot-ball callejeros, tan perjudiciales para los transeúntes y cristales? Es verdaderamente bochornoso tener que adoptar medidas preventivas al salir uno de casa, porque a lo mejor, y donde menos lo piensa uno, le atizan un balonazo en las narices, y a esto no hay derecho» («Mora.—Las madres morachas ruegan a la autoridad», El Castellano, XXVI, 6.627, 9-VII-1930, p. 3).

¡Aquellos partidos de nuestra infancia en la Glorieta Nueva con un ojo puesto en los municipales! Poca cosa sabíamos los niños de la época de la regla 11. Ni falta que nos hacía.

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29. Automóviles en el mundo (1914)

Volvemos a los automóviles de cien años atrás, como ya hiciéramos en la nota 17 de este mismo Cajón de sastre. Recogíamos allí la cantidad de coches que corrían entonces por España (5.816 vehículos), desglosada en algunas provincias (1.461 en Madrid, 1.040 en Barcelona, 688 en Guipúzcoa, etc.). Ahora nos llegan datos de todas partes, con números de los principales países, en el suelto sin firma «¿Cuántos automóviles hay en el mundo?», de El Eco Toledano, V, 1139, 14-X-1914, p. 2, que copiamos:

Para que nuestros lectores puedan juzgar el desarrollo que el automovilismo va adquiriendo, vamos a recopilar en este artículo datos sobre las estadísticas automovilistas publicadas por las diferentes naciones el día 1.º de enero de 1914.

Quien mayor número de coches en aquella fecha poseía era Estados Unidos, pues los matriculados eran 1.300.000; muy diferenciada le sigue Inglaterra, que, vacilante durante largo tiempo, logró al fin alcanzar el segundo puesto con 245.000; el tercero lo posee Francia, que cuenta 100.000; y en el cuarto se encuentra clasificada Alemania, con 57.000.

El Canadá posee 46.000, y es uno de los países en que el automovilismo presta mayores servicios a causa de las distancias que hay que recorrer por hallarse desprovistas de ferrocarril; 19.000 cuenta Austria-Hungría; y Australia, 15.000.

A estas le preceden: Italia, 12.000; Argentina y Rusia, con 10.000; Bélgica, 9.000; Dinamarca, España y Zelanda, con 7.000; la India Inglesa, con 7.000; 6.000, El Transvaal, Argelia, Java y El Cabo; Suecia, Suiza y Brasil, con 5.000; 4.000, México; 3.000, Bulgaria y Holanda; Ceilán, con 2.100; Rumanía, 1.600; 1.500, Puerto Rico, Filipinas y Uruguay; y Cuba, 1.000.

[En] el extenso imperio chino no suma el número de sus autos 1.000, y Siberia, a pesar de su millón y medio de habitantes, no posee más de uno.

Total, se estima en dos millones el número de automóviles existentes en el mundo el día 1.º de año.

A punto de cumplirse un siglo, los datos —y los países— han cambiado bastante, como nos muestra el documento World Vehicles in Operation (2010), que consultamos en Wards Auto (http://wardsauto.com/ar/world_vehicle_population_110815) y al que remitimos al lector curioso. Según él, en el mundo había en 2010 más de 1.015 millones de coches (por tanto, mientras la población se ha multiplicado por cuatro desde 1914, el número de automóviles lo ha hecho ¡por 500!): 291 millones (redondeamos) en Estados Unidos; 35 millones en Inglaterra; 38 millones en Francia; 45 millones en Alemania; 21 millones en Canadá; por encima de 18 millones en el antiguo Imperio Austrohúngaro (que incluía, junto a Austria y Hungría, las actuales Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y algunos otros territorios); 15 millones en Australia.

Fuera de los citados, los países con más automóviles en todo el planeta son ahora la China, que cuenta 78 millones (seguimos redondeando); el Japón, con 74 millones; Italia, 42 millones; Rusia, 41 millones; el Brasil, 32 millones; México, 30 millones; y la India, 21 millones. Y por continentes, corren en la actualidad 392 millones de automóviles por toda América; 340 millones son los que tiene Europa; 287 millones hay en Asia; 27 millones en África, y 19 millones en Oceanía.

Subrayemos el espectacular ascenso de la China, y asimismo el de la India, sobre todo si consideramos que mientras el índice de los Estados Unidos es de 1,3 (un coche por cada 1,3 habitantes), el de Italia, de 1,45, y el de Francia, Japón y Reino Unido, de 1,7; China presenta un coeficiente de 17,2; e India, de 56,3. Quiere decirse que la progresión de estos países emergentes —como también, por ejemplo, la del Brasil— será en el futuro inmediato incomparablemente mayor que la de los primeros.

Por lo que respecta a España, y según el documento anterior, en el año 2010 contaba con 27.750.000 coches. Pero a finales de 2011 integraban el parque nacional de vehículos 31.269.081 automóviles, de los que 22.277.244 eran turismos. Y en ese 2010, la última de la lista española por provincias, que era Soria, tenía 69.705, más que toda Alemania en 1914.

Por cierto, y volviendo a nuestro artículo de El Eco Toledano, ¿quién sería el siberiano que tenía coche?

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28. Los efectos del anuncio

Que los periódicos se alimenten unos de otros no es peaje o condena de esta era nuestra de internet, en que asistimos a vampirizaciones —pase el vocablo— de toda condición. Desde los primeros tiempos de la prensa escrita hallamos casos de publicaciones modestas que difícilmente pueden aspirar a sobrevivir si no es acudiendo con frecuencia a fuentes ajenas. Pero no queremos ir a la teoría, sino al grano. Para mostrar, por vía de ejemplo, cómo El Día de Toledo, en un número de junio de 1910 (El Día de Toledo, XVII, 962, 18-VI-1910, p. 5), incluye un suelto que asegura tomar, sin más detalles, de «un periódico alemán»; un texto, por cierto, con el que muchos meses después volveremos a tropezar en El Eco Toledano, III, 367,13-III-1912, p. 2, quien dice ahora que procede de El Automovilismo Ilustrado, y con el que probablemente tropezaríamos aún si ampliáramos las cabeceras consultadas. Lo que, a juicio nuestro, resulta bien explicable, dado su interés. Leemos literalmente en El Día de Toledo:

LOS EFECTOS DEL ANUNCIO.—Un periódico alemán ha estudiado los efectos que producen al público los anuncios publicados en la prensa. Según él, para tener algún éxito, un anuncio debe publicarse por lo menos diez veces seguidas, a ser posible, en el mismo sitio del periódico.

Los efectos se suceden entonces de esta manera:/ Primera inserción: los lectores ni siquiera ven el anuncio./ Segunda inserción: lo ve, pero no se detiene a leerlo./ Tercera inserción: le pica la curiosidad, y lo lee./ Cuarta inserción: el lector se fija en el precio del artículo anunciado./ Quinta inserción: se fija en las señas de la casa donde se vende el artículo./ Sexta inserción: habla del anuncio a su mujer./ Séptima inserción: se propone adquirir las cosas anunciadas./ Octava inserción: la adquiere./ Novena inserción: habla del anuncio a sus amigos./ Décima inserción: vuelve a hablar del anuncio a sus amigos, y estos lo cuentan a sus mujeres. Entonces, la familia de cada uno de los amigos compra a su vez el periódico, y si las inserciones continúan, los efectos son los de la bola de nieve; el éxito es completo.

Interesante texto, ¿no es cierto? Nuestros bisabuelos no habían inventado aún la palabreja (marketing, márquetin, mercadotecnia, mercática), pero sabían, y mucho, del asunto.

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27. Muchachas que estudian (1882 y 1932)

Aun considerando los grandes avances de los últimos tiempos, no hay duda de que la plena igualación social del hombre y la mujer resulta todavía hoy entre nosotros más una noble aspiración que una realidad efectiva. Cosa que no sorprende cuando se conoce, por ejemplo, que hasta hace no mucho más de cien años era prácticamente impensable que una muchacha estudiase. En realidad, ¿para qué iba a hacerlo, si le estaba vedada cualquier ocupación al margen de las labores propias de su sexo?

Vienen a nuestra mente estas reflexiones al leer en la «Miscelánea» de El Nuevo Ateneo del 1.º de octubre de 1882:

Lo celebramos.—En el acreditado Colegio de Talavera, incorporado a este Instituto [de Toledo], ha sufrido con brillantes resultados los exámenes de ingreso para la segunda enseñanza la señorita doña Aurora García Izquierdo, habiéndose matriculado en las asignaturas de primer curso de Latín y Geografía. ¡Ojalá la imitaran otras muchas señoritas de la capital y de la provincia, pues por desgracia es este Instituto quizá el único donde no se habían formalizado matrículas de alumnas!

¡Bien por la señorita Aurora García Izquierdo y por el Colegio de Talavera, que ha tenido la honra de hacer la primera matrícula del bello sexo en la provincia! (El Nuevo Ateneo, IV, 33, 1-X-1882, p. 263).

Dos aspectos quisiéramos destacar de estas líneas: el hecho de que se trate de la primera joven que inicia en tierras toledanas la Segunda Enseñanza, y el atraso que parece presentar nuestra provincia en relación con el resto de España, pues el de Toledo, como trae el texto, es «quizá el único» instituto «donde no se habían formalizado matrículas de alumnas».

Rastreando en internet aprendemos, efectivamente, que en buena parte de los institutos de España —que eran entonces 82— habían ido matriculándose durante los años setenta algunas jóvenes pioneras, concretamente una en Huelva (1871), otra en Barcelona (1871), dos en Cádiz (1872), cinco en Baeza (1872), una en Albacete (1874), dos en Teruel (1878), dos más en Badajoz (1879)… Y ello cuando la ley ni siquiera contemplaba la posibilidad de que la mujer accediera al estudio. Piénsese que las chicas que hasta 1910 deseaban cursar la Segunda Enseñanza —también en la Universidad— estaban obligadas a recabar la autorización de los órganos competentes. Solían inscribirse además en asignaturas sueltas, lo que significaba que no pretendían tanto graduarse como incrementar sus conocimientos en ciertas materias —Dibujo, Higiene, Francés, Geografía…— con el fin de mejorar su cultura general y algunas habilidades.

Y en Mora, ¿qué pasaba entonces?, se nos ocurre preguntarnos. Lo ignoramos en absoluto, pero es más que posible que ni una sola moracha hubiese comenzado a cursar la Segunda Enseñanza antes de que la villa asistiese a la apertura del Instituto en 1932. En esto, al igual que en tantas cuestiones relativas a nuestro pasado, habría que investigar seriamente. Como lo hizo de modo ejemplar nuestro querido y llorado amigo Salvador Núñez Morales en su documentadísimo trabajo «Un instituto para recordar» (Feria y fiestas Mora 2010, Mora, Gráficas Cervantes Díaz, 2010, s.p.). Asociados a la memoria de Salvador, y a la memoria de su fecunda labor como maestro de niñas y niños, queremos dejar aquí anotados los nombres, que él rescató, de estas morachas, a las que dedicamos nuestro recuerdo emocionado: Lola Aracil, Maruja Campos, Germana de la Cuerda, Pilar y Ana Díaz Méndez, Vicenta Díaz García, Pilar Díaz-Bernardo, Petra Escudero, Ana María Galve, Vicenta Gálvez, Petra García, Pilar Gómez Fernández-Cabrera, María Hidalgo, Dominga Lillo, Carmen Martín de Vidales, Saturnina Méndez, Angelines Núñez Vallejo, Calixta Ruedas, Leocadia Sánchez. Algunas de ellas viven aún entre nosotros. Que sea por muchos años.

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26. Niños y féretros

Lo exige la higiene.—Consérvase entre muchas personas la costumbre de conducir al cementerio los cadáveres de los párvulos en cajas abiertas. En esta época los cadáveres entran en putrefacción muy pronto, y conducidos en esta forma, van esparciendo por la calle olores miasmáticos que además de repugnantes pueden ser y son perjudiciales para la salud pública. Y como todo lo que a esta se refiere es de interés vital, suplicamos al señor gobernador civil, al señor alcalde, o a quien competa, que prohíba terminantemente esta costumbre, disponiendo que los cadáveres de los niños sean llevados en cajas bien cerradas, pues los miasmas de la descomposición cadavérica son iguales en los párvulos que en los adultos, y no se explica esta tolerancia en la manera de llevar aquéllos descubiertos por las calles de una ciudad.

Leída hoy, diríamos que esta gacetilla de prensa pertenece a un lugar y/o a un tiempo bien remoto. Pero, para nuestra sorpresa, es de aquí mismo y de ayer mismo (o de anteayer, si se quiere); en concreto, de un periódico toledano de hace poco más de siglo y cuarto (El Nuevo Ateneo, III, 32, 14-VIII-1881, p. 263). Dicho de otra manera: los tatarabuelos nuestros que sufrían la desgracia de ver morir a un hijo o una hija de corta edad se resistían a cerrar el féretro antes de librar su cuerpo definitivamente a la tierra.

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25. De la magia de los nombres (y apellidos)

En nuestros largos paseos por las columnas de los periódicos toledanos de finales del siglo XIX y principios del XX, nos han llamado la atención algunos nombres de personas raros o curiosos. Bien es verdad que hemos perdido irremediablemente unos cuantos antes de decidirnos a trasladarlos al papel, pero nos resistimos a dejar de compartir con nuestros amigos de Memoria de Mora los que hemos llegado a anotar.

Comencemos por unos pocos que desconocíamos hasta ahora, de origen germánico y con la W por divisa, casos de Wistano, Wilibaldo y Wistremundo, junto a otros, letras y orígenes aparte, como Horsinio, Sindimio, Fibicio, Exoristo, Galdino, Asurio, Sínico u Onarina (este femenino). Nos han chocado igualmente varios nombres de mujer que suenan por lo común en su forma masculina, tales como Gaspara, Gonzala, Bernabea, Lopa, Jorja o Bruna (aunque me dicen mis allegados que este último sí ha comenzado a sonar recientemente), y más otros masculinos que resultan habituales en su variante femenina. En Mora, desde luego, no se nos hacen extraños (o no se nos hacían) Isabelo, Magdaleno, Mónico, Natalio o Brígido, pero diversos periódicos traen otros menos usuales, casos de Águedo, Tereso, Casildo, Candelo, Ineso, Olallo (y Olayo), Adelaido (varias veces), Catalino, Elviro, Lauro, Rito, Amparo, Paz, Consuelo, Loreto y hasta Rosalío, que corresponde al por entonces conocido industrial toledano Rosalío de la Cruz y Matamala, fallecido en marzo de 1923 (necrología en El Castellano, XIX, 4.097, 28-III-1923, p. 4, y abundantemente publicitado en diversos periódicos de los años diez: valga como ejemplo El Eco Toledano, IV, 754, 1-VII-1913, p. 4). En verdad extravagante viene a ser el nombre de pila de Ampliati Díaz Cordovés, de Consuegra, presente también a través de su nota necrológica (La Campana Gorda, XIV, 780, 5-X-1905, p. 3).

Entrando en los apellidos, descubriremos a Justo Bajo Ávila, comerciante de Salamanca (que anuncia su establecimiento de perfumería, fotografía y ortopedia en El Día de Toledo, XXIV, 1.302, 6-I-1917, p. 6), a Leandro Palomo Gallardo, Ambrosio Peinado Enamorado (esquelas respectivas en El Pueblo, IV, 143, 17-VI-1917, p. 1, y El Eco Toledano, VIII, 2.143, 20-VI-1918, p. 3) y Enrique Sordo y Magro, oficial de la Diputación Provincial (La Idea, III, 103, 29-VI-1901, p. 2); sin olvidar, en estos atroces tiempos nuestros de la prima de riesgo, al temblequeño Perpetuo Mercado Caro, oficial de la Sección Administrativa de Primera Enseñanza de Madrid y colaborador esporádico en la prensa.

Caprichos de las palabras. Con todo ello —permita el lector— me viene a la memoria el equipo de fútbol que recitábamos cuando muchachos, en una alineación, como entonces se hacía, con tres defensas, dos medios y cinco delanteros: Reina; Ponte, Braga, Verde; Muñoz, Zárraga (o Mauri, Maguregui, o Segarra, Gensana…, tanto daba); Tejada (u otro), Pintó, Losco, Jones, Del Sol.

Hay que decir que no todos jugaban en el puesto que aquí se les asignaba, que no todos eran estrictamente coetáneos, y hasta que en Pintó —creo recordar— cambiábamos la acentuación para ayudar a la fonética. Pero ¿quién podrá resistirse a la magia de los nombres?

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24. Las mujeres francesas, inglesas y españolas

Confiamos en que nuestros lectores no pertenecerán a la categoría de los insensatos que desconocen la superioridad de los españoles en casi todo. Y de las españolas, claro está. La cosa viene de lejos, como comprobamos en la «Miscelánea» de El Nuevo Ateneo, III, 2, 9-I-1881, p. 15, que copiamos literalmente:

Un colega parisiense, que ha estudiado la mujer en Francia, en Inglaterra y en España, opta por la última.

Resulta de sus observaciones que la francesa se casa por cálculo, la inglesa por costumbre y la española por amor.

La francesa ama toda la luna de miel, la inglesa toda la vida y la española eternamente.

La francesa enseña a sus hijas a hablar, la inglesa a rezar y la española a guisar.

La francesa tiene gracia, la inglesa inteligencia, la española sentimiento.

La francesa viste con gusto, la inglesa sin gusto, la española con modestia.

La francesa charla, la inglesa habla, la española razona.

La francesa es superior por su lengua, la inglesa por su cabeza, la española por su corazón.

Hasta aquí El Nuevo Ateneo. Cuánta razón tenía el pasodoble: «La española, cuando besa,/ es que besa de verdad,/ y a ninguna le interesa/ besar por frivolidad».

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23. Hablantes de español hace cien años

Según datos actuales (del año 2003), accesibles en la Wikipedia (Idioma español) y conocidos por casi todos, hay en el mundo a comienzos de este siglo XXI más de 400 millones de hablantes que tenemos el español o castellano como lengua materna. En números redondos, y ordenados los principales de mayor a menor: 107 millones en México, 46 millones en Colombia, 42 millones en España, 37 en los Estados Unidos, 36 en la Argentina, 29 en Venezuela, 25 en el Perú, 17 en Chile, 12 en el Ecuador, 11 en Cuba, 10 en Santo Domingo, 9 en Guatemala, 8 en Honduras, 6 en Bolivia, otros tantos en El Salvador, etc.

Pues bien, nuestros paisanos calculaban con asombro hace cien años que los hispanohablantes pasaban entonces de setenta millones, como trae el suelto «El idioma español», publicado en El Castellano, IV, 200, 9-XI-1907, p. 2, y que copiamos a la letra:

Pasan de setenta millones de individuos que hablan el idioma español en el mundo, pues en España lo hablan dieciocho, en Méjico bastante más de trece, en las Antillas tres, en Guatemala 1.600.000, en el Salvador 600.000, en Honduras 398.000, en Nicaragua 500.000, en Colombia 3.000.000, en Venezuela 2.400.000, en el Ecuador 1.200.000, en el Perú 4.500.000, en el Paraguay 656.000, en el Uruguay 881.000, en Chile 3.000.000 y en la Argentina 4.500.000. Total, 60.087.000 individuos.

Pero además, en Filipinas lo hablan cinco millones; los tagalos revolucionarios han proclamado el castellano su lengua oficial, y en el Sur del Brasil, en el Norte de América y en el Norte de África hablan nuestra lengua personas bastantes para llegar a los 70 millones, sin contar el barrio judío de Constantinopla, casi todos los judíos de Moravia, de Argel y de puntos de África, como Egipto, y las muchas familias de origen español que habitan en los Países Bajos, más los judíos de Ginebra.

Dejando aparte la exactitud de las cuentas —por más que nos aplicamos a la suma, no nos salen «60.087.000 individuos», sino 57.235.000— y dejando aparte también lo mucho que ha retrocedido nuestro idioma entre los hispanojudíos o sefardíes, el cotejo nos muestra que esos setenta millones ni con mucho alcanzarían siquiera en nuestros días a la actual población castellanohablante de México.

Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad, como casi cantaba por entonces don Hilarión en La verbena de la Paloma. Una barbaridad.

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22. La televisión en 1924

En 1924, la televisión aún no ha llegado al diccionario, pero sí al periódico. Es por entonces un reto para la física y pura fantasía para el común de los mortales. Lo aprendemos en la Wikipedia: la experiencia inaugural surge en 1925, e inmediatamente se dan en Inglaterra (1927) y Estados Unidos (1930) las primeras emisiones públicas por sistemas mecánicos, un procedimiento que caducará pronto, cuando a mediados de los años treinta se inicien los sistemas electrónicos. De entonces datan las primeras emisoras: la BBC en Inglaterra (1936), la NBC en los Estados Unidos (1939). En España, como casi siempre («¡Que inventen ellos!»), habrá que esperar: a 1948 para la emisión inicial, a 1956 para la creación de Televisión Española.

Pues bien, he aquí que el periódico nos transporta al momento previo, cuando nuestros abuelos, a comienzos de 1924, se frotaban los ojos ante lo que leían en una columna («La televisión») de la página segunda de El Castellano, XX, 5.066, 2-II-1924, fechada en París el 30 de enero de ese año:

El profesor Fournier d’Albe, de las universidades de Birmingham y de Londres, conocido inventor del optofón, que permite a los ciegos leer por las orejas, y del tonoscopo, que permite a los sordos leer los sonidos, hizo al Daily News las declaraciones siguientes:

«Estoy convencido que la televisión, es decir, la visión por telegrafía sin hilos, estará realizada en el transcurso del presente año, y no temo comprometer mi reputación científica haciendo esta afirmación. Creo que la televisión, aun en su estado embrionario actual, será una de las maravillas de la exposición inglesa en Wembley, este año».

Se agrega que, una vez perfeccionado el notable invento, no sería imposible que dentro de cinco o seis años el público, sentado en el Albert Hall de Londres, pueda ver el Derby, las regatas de Cowes, una revista naval o un combate de box en los Estados Unidos.

Predicciones semejantes han sido hechas, estos últimos días, en Norte América, donde un periodista hizo observar a este respecto que las torturas de la prohibición (ley seca) vendrían a ser completadas por el suplicio de Tántalo, cuando los americanos, reducidos a beber limonadas, vieran por la televisión las terrazas de los cafés de los bulevares de París…

Por suerte para los americanos de entonces, el suplicio, la ley seca, no duró más allá de 1933. En cuanto a sus descendientes, lo vieron por televisión en las aventuras de Eliot Ness y Los intocables.

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21. El pueblo se divierte: una tarde de fiesta hace dos siglos

La historia menuda, y hasta la historieta, nos enseña en ocasiones más sobre el pasado que la Historia con mayúscula: una copla resulta a veces más elocuente que un tratado de paz; un grabado, más que una operación militar… Pero no es cuestión de predicar, sino de dar trigo, y a ello vamos. En efecto, a través de la prensa de entonces, descubrimos uno de los espectáculos más concurridos en Madrid (y no solo en Madrid) a finales del XVIII y principios del XIX: las corridas de novillos, que además experimentan en estos años cambios curiosos. Aunque nos consta que se celebraban con anterioridad, las hallamos reflejadas en los periódicos al menos desde mediados de 1787, como en las «Noticias particulares de Madrid» del Diario curioso, erudito, económico y comercial (350, 15-VI-1787, p. 4; las hay semejantes en otros números de este periódico o del Diario de Madrid), que copiamos literalmente:

NOVILLOS. El Domingo 17 del presente es la 4.ª y última corrida en Aranjuez: los que se correrán en ella son de Pedro Garcia de los Barrios, vecino de dicho Real Sitio, criados en la Alcudia; los unos de la vacada que fue de la Excma. Señora Duquesa del Infantado, y los otros de varios ganaderos de la Provincia de la Mancha. A los dos primeros novillos saldrán á caballo Alfonso Alarcon y Juan Joseph de Torres, vestidos á lo chinesco, los que ofrecen divertir al Público con varias suertes de capeos desde estos, prosiguiendo la quadrilla de á pie parcheando y haciendo diferentes suertes. A los dos segundos se presentará en la plaza el famoso Moro Muza con su esposa Fatima, vestidos en trage de su Nacion, en un vistoso carricoche, tirado de un arrogante borrico, enjaezado, con su cola, freno y trage de caballo, acompañado de sus dos batidores en caballos de pasta, y sus dos volantes, desde el que capearán y pondrán rosetas y parches, haciendo con ellos otros diferentes juguetes para complacer y divertir al Público. Al quarto y sexto se pondrá á la puerta del toril el juguete de los dominguillos que tanto complació á los concurrentes la corrida anterior. Y á los demás restantes proseguirán capeando y parcheando la quadrilla de toreros, al cuidado de Alfonso Alarcon (alias el Pocho). La fiesta se empezará á las cinco de la tarde.

Se trata, como vemos, de un espectáculo que la gente presencia y en el que no consta que participe activamente, aunque albergamos la duda de si en la lidia de esos novillos «restantes», que la «quadrilla de toreros» iría «capeando y parcheando», no saltarían al ruedo los mozos más arriscados. Es lo que ocurre unos años después, cuando bastantes de los animales de la corrida—del total de 16, generalmente— se destinan al público aficionado que quiera participar, en un festejo que presenta otras novedades, como, alguna vez, las luchas de lobos o de zorros contra perros, y, sobre todo, los fuegos artificiales, que comienzan a hacerse habituales como fin de fiesta. Algo de todo ello, en Diario de Madrid, 5, 5-I-1793 («Noticias particulares de Madrid.—Novillos», pp. 19-20), donde, tras los tres novillos picados «con varas delgadas» por «el valiente Antonio Rodríguez, natural de Zamora, y su competidor el esforzado joven Joaquín García, natural de la villa de Alcobendas», y tras los dos siguientes, a cargo de «seis gallardos mancebos, naturales de Galicia, acaudillados del intrépido Vicente Álvarez (alias el Pelón)», que saldrán «formados a manera de soldadesca desde la puerta del Arrastradero, tocando el tambor y gaita, a tributar sus respetos al magistrado, y picar luego, para aumentar la diversión, los dos siguientes, que lidiará igualmente que los demás la cuadrilla de a pie, al cuidado de Alfonso Alarcón y Cristóbal Díaz»; en definitiva, tras estos cinco novillos, se permite bajar al ruedo a los aficionados para los restantes. Después de lo cual, «el célebre polvorista Fermín Zamora […] presentará a su vista [la del público] la más singular [idea] que hasta ahora ha dispuesto», y que explica al detalle.

Parece que desde noviembre de 1798 estas corridas se hicieron con novillos embolados (Diario de Madrid, 335, 1-XII-1798, pp. 2151-2152), y en años venideros se incorporarán otros números al espectáculo; como el de los volatines, que encontramos en este aviso, uno entre cientos, de un domingo de octubre de 1811, y que valdrá para dar cumplida idea de todo ello. Copiamos de nuevo literalmente del periódico:

El REI nuestro señor (que Dios guarde) se ha servido señalar hoi domingo 13 (si el tiempo lo permitiere) para la 2.ª corrida de novillos embolados de las que su real piedad tiene concedidas en beneficio de los reales hospitales civiles de esta corte, á fin de que sus líquidos productos se inviertan en la curacion y asistencia de los pobres enfermos de ellos. Mandará y presidirá la plaza el Sr. Don Manuel García de la Prada, caballero de la Orden Real de España, y corregidor de esta villa de Madrid. Los 10 toros y novillos embolados serán de las mejores y mas conocidas ganaderías de Castilla. Se dará principio con 2 toros embolados, que picarán con vara larga los arrogantes y diestros Pasqual Montalvo (alias el Pollero), vecino de San García, y Santos Miranda, de Madrid, nuevos en esta plaza; y los banderilleara y sorteará con su acostumbrada eficacia la quadrilla de banderilleros destinada al efecto, la qual se esmerará con el mayor empeño por llenar sus deberes y complacer á quien por tan legítimas causas tiene obligacion de servir. En seguida se correrán los 8 restantes novillos para los aficionados; y se advierte que solo es permitido lidiarlos, capearlos y demas á los que tengan las debidas proporciones, y no á los ancianos y muchachos, porque á estos se les prohibe de órden del gobierno baxo la pena de 50 ducados. Concluido, como el intento es presentar con la variedad posible objetos diversos para aumentar la diversion y proporcionar á toda clase de personas la que apetezca, como lo exige la primera y mas principal obligacion de quien se constituye á servir generalmente á un público, se ha dispuesto aumentar á la fiesta de novillos otra completa de volatines: en ella, sobre el tablado que habrá en la plaza, la famosa compañía hará de todas clases que se incluyen en el arte de su profesión las suertes que permita el tiempo, eligiendo las mas vistosas y agradables de todas ellas; y se advierte que en la cuerda tirante la célebre mona (que con tan justo motivo ha logrado la aprobacion de quantos la han visto trabajar) hará los mas particulares y divertidos juguetes con mayor gracia y agilidad que una persona. Continuarán las fuerzas de Hércules y volteos, manifestando entre otros el magnífico y extraordinario equilibrio tan singular como digno de verse, en el qual tiene quien le ha de executar la seguridad de realizar quanto ofrece, y ademas la de obtener la aceptacion que generalmente ha merecido en las plazas donde lo ha executado, y la misma que logró en el coliseo de los Caños del Peral de esta corte el profesor Romanini quando presentó esta propia suerte, que no pudo ser tan visual y admirable entonces como lo será ahora en razon de la diferencia que para su mas expedita execucion presta el edificio: ésta es el vuelo de un globo, que partirá desde el tablado, con una lancha pendiente y dos niños en ella con banderas, y en la cima del globo irá en equilibrio el famoso Romano con la cabeza abaxo y los pies arriba, y asi permanecerá todo el tiempo que gaste este grupo en subir hasta mas arriba del tejado de la plaza; en cuya aptitud repartirá unas papeletas demostrando su gratitud y la de su compañía al público, distribuyéndose otras iguales en el propio momento desde todos los puntos de ella: en la eminencia dexará el equilibrio y se pondrá en otra forma sobre el globo, volviendo despues á él para baxar adonde partió tan breve y rápidamente como un trueno; terminándose la diversion de volatines con las bonitas, expuestas y apreciables suertes que en la cuerda floxa executará el acreditado Diableto. En seguida los bien conocidos maestros polvoristas Jaime Charini y su hijo el Romano, que han tenido el honor de manifestar sus obras en la misma plaza con la satisfaccion de agradar todas ellas hasta lo sumo, darán una compuesta de 14 piezas de fuego todas diferentes; tanto, que en lo primoroso de cada una, y en la justificacion del público que ha de juzgar su mérito, funda el premio de que no descenderá del antiguo concepto la opinion de los expresados artistas. Con el fin de desterrar el abuso introducido de arrendarse por varias personas balcones para subarrendarlos despues por asientos al público, se impone de órden del gobierno 6 ducados de multa, y la pérdida del uso del balcon al que incurriere. Se prohibe de orden del mismo gobierno que nadie entre con palos, ni arroje á la plaza cáscaras de naranja, melon, zandía, piedras ni otra cosa que pueda perjudicar a los lidiadores, baxo la pena de 20 ducados. Tambien se previene que nadie baxe á la plaza hasta que se concluya el último toro de varas, ni que ninguno pueda estar entre barreras sino es los precisos operarios, baxo la misma pena. Precios: cada palco 60 rs., cada asiento de grada cubierta y andanada 6 rs., y cada asiento del tendido 2 rs., sin excepcion de barandillas, tabloncillos y barreras de sol y sombra. Se empezará la corrida a las 3 ½ en punto. Los palcos se despacharán en la administracion de la plaza, desde la víspera de la funcion, á las horas acostumbradas («Noticias particulares de Madrid.—Avisos», Diario de Madrid, 286, 13-X-1811, pp. 426-427).

Muchos madrileños, hace doscientos años, pasaban así la tarde del domingo.

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20. Un caso curioso

Y tan curioso. Vea el lector la escueta noticia que con este título trae El Castellano del 23 de abril de 1936 (XXXII, 8.375, 23-IV-1936, p. 1, número que no está digitalizado):

Alcázar de San Juan.—El niño Bonifacio Raboso expulsó hoy una peseta que se había tragado hace ocho años. Ante lo extraordinario del caso, los médicos se proponen hacer una radiografía que aclare dónde ha podido tener alojada la moneda durante tanto tiempo.

No alcanzó el periódico a averiguarlo, según parece, pues no hallamos la solución antes del 17 de julio de ese año, fecha a la que llegan los ejemplares de El Castellano conservados en archivos y bibliotecas.

Porque «lo extraordinario del caso», como leíamos, no ofrece dudas. Prueba de ello es que no damos con nada parecido ayer ni hoy rastreando en internet. Nada parecido, pero sí algunas joyas que queremos compartir con nuestros amigos de Memoria de Mora. Así, omaryalia clama desesperada el 28 de octubre de 2007 («Socorrooo; se tragó una moneda», foroenfemenino.com, que reproducimos corrigiendo la ortografía, lo mismo que en los textos que siguen):

Mi hijo de 20 meses se acaba de tragar una moneda (5 céntimos). He llamado al médico y me ha dicho que solo hay que esperar a que la expulse por las heces, pero luego otro médico amigo mío me ha dicho que lo tenía que llevar al hospital. El niño está bien, pero no sé si tengo que llevarlo o no. ¿A alguna le ha pasado esto?

A la petición de socorro responde, entre otras, la sabia voz amiga de rosajarley:

Hola.

Yo me tragué una peseta de las grandes de pequeña y me llevaron al médico; solo quedaba esperar a que la echase con las heces y vigilar que no me diese fiebre alta, mareos o dolor de barriga fuerte… por si hacía infección o no la expulsaba y se quedaba plana a la hora de expulsarla por el recto final y entonces ayudarme a sacarla. La saqué sola en 4 días con las heces.

Mi nena con 6 años se tragó accidentalmente unas llaves de diario pequeño [?]… Se las puso en la boca, esa es su costumbre, todo a la boca, y le sirvió de lección… Estuvimos 9 días para que las expulsase, y eran dos llaves con arandela y todo, de esas minis, y el peligro que corría era que la arandela se hubiese quedado abierta por un lado y se enganchase en el intestino o recto y lo perforase…, pero tuvo suerte y las echó el noveno día. Le hicieron varias radiografías para seguir el seguimiento [!] de las llaves y el octavo día estaban en la entrada al recto, casi a punto de mezclarse con la bolsa de las heces y camino de salir, pero se le atravesaron, y si estaba dos días más sin salir se las sacaban por abajo…, pero, ya te digo, salieron solas y bien.

Has de vigilar siempre las heces, que no se maree, que no vomite, que no tenga fiebre, que no le duela la barriga y darle de comer mucha fibra…, espárragos blancos son geniales para eso, las cosas de fibra que tengan hilos hacen que se envuelvan las cosas cuando están dentro del cuerpo, y así facilitan la salida y no dañan nada al salir por el recto hasta llegar al ano; y fuera, el cuerpo es sabio y la expulsará bien, ya verás… Yo sé de niños que se han tragado agujas y las han sacado bien, y como es de metal lo podéis seguir un seguimiento [!] de radiografías. Si fuera de plástico no sale en las radiografías y no se ve por dónde van los objetos de plástico en el cuerpo… Ahí solo queda [¿o tal vez Ah, y solo queda?] esperar a que las saquen. Y te aseguro que las sacan.

Que la expulse pronto, ya nos contarás.

Besos.

Es la respuesta de la experiencia casera. Pero también tenemos, en otro lugar («Mi hijo se tragó una moneda, ¿qué debo hacer?», www.flsolucionendoscopica.com), la respuesta de la razón científica, impagable:

«Comenzaré por definir qué es un cuerpo extraño». Y sigue: «Un cuerpo extraño es todo aquello, llámese objeto o sustancia, que se localiza en alguna cavidad del cuerpo…», y sigue. «La ingestión de un cuerpo extraño es un problema común; cerca del 80% de los casos…», y sigue. «Existen otras causas como las ocupacionales (trabajadores de una carpintería que por mal hábito tienen los clavos en la boca)…», y sigue. «Otra causa común es la persona que por intento suicida ingiere en forma voluntaria…», y sigue. «Qué hacer cuando sospechamos que nuestro hijo se tragó un cuerpo extraño». ¿Parece que va a romper por fin? Pero sigue: «A.—Primero, ver que el niño no tenga ninguna molestia grave…», y sigue. «B.—Ver si efectivamente se tragó el cuerpo extraño y la forma ideal es la radiografía, donde permitirá ver si lo tiene y su localización…»

¡Acabáramos! ¡Hacer una radiografía! ¿Por qué no me lo dijo antes?

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19. Pasa más hambre que un maestro de escuela”, o los sueldos de 1914

Pasa más hambre que un maestro de escuela. Así reza un dicho que muchos de los que hoy peinamos canas aprendimos e hicimos nuestro desde la niñez; por más que su sentido, bien transparente, no se apoyaba ya en la realidad de entonces, sino de otra que venía de lejos —de tan lejos, que había llegado a penetrar en el acervo de la lengua—, como en su día estudió nuestro querido amigo y paisano Alejandro Fernández Pombo (El profesor en la sociedad española del siglo XIX a través de la literatura, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1992).

Lo cierto es que a comienzos del siglo pasado la estrechez en que vivían muchos maestros era angustiosa, como percibimos cuando en noviembre de 1914 los profesores interinos de primera enseñanza levantan la voz ante la sociedad aireando su queja al ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes: «aún existen maestros que cobran menos que un pocero, que un mozo de cuerda, que un criado de labranza, y muchísimo menos que un aguador»; en otras profesiones, agregan, «para las que no se necesita título alguno, entran con sueldos de mil quinientas pesetas», en tanto que en el magisterio los «irrisorios» haberes anuales son, según categorías, de 500, 550, 625, 1.100, 1.375 y 1.650 pesetas (esto es, y en números redondos, de entre 3 y 10 euros ¡al año!). Y ofrecen un cuadro comparativo en esta «Estadística vergonzosa» que reproducimos literalmente:

Empleado de Correos, 1.500 ptas. Empleado de Telégrafos, 1.500 ptas. Policía secreta, 1.500 ptas. Guardia civil, 1.000 ptas. Guardia de orden público, 1.000 ptas. Oficial de albañil, a 3,50 pesetas [de jornal], 1.250 ptas. Oficial de zapatero, a 2 pesetas, 730 ptas. Empleado de tranvía, 1.250 ptas. Barrendero de la Villa, a 2 pesetas, 730 ptas. Bedeles, ordenanzas y porteros, 1.000 ptas. Muchacho recadero de tienda (comida, 1 peseta; ropa limpia y vestido, 0,50), 550 ptas. Mozo de cuerda (cada dos días, tres encargos), 550 ptas. Vendedor de periódicos (0,50 ptas. periódicos de la mañana, 0,50 ptas. periódicos ilustrados y extraordinarios durante el día, y 0,50 ptas. periódicos de la noche), 550 ptas. Jornalero del campo (a 1,50), 550 ptas. Mozo de mulas (a 2 pesetas), 730 ptas. Aguador (30 cubas diarias, a 0,10 pesetas), 1.200 ptas. MAESTRO CON CARRERA Y TÍTULO, 500 ptas.

«¿Es justo, o vergonzoso?», concluye en forma de pregunta el anónimo redactor del diario El País, que recoge y apoya la causa de los maestros («Petición justa.—Los maestros interinos», El País, XXVIII, 10.004, 25-XI-1914, p. 5).

Las voces de alarma y socorro de los maestros surtieron efecto inmediato. La cuestión se discutió ampliamente en el Congreso, y se acordó decretar un aumento sustancial de los haberes mínimos ya en la Ley de Presupuestos para 1915. Sustancial, decimos, ¿pero suficiente? El caso es que la Gaceta del 31 de diciembre de 1914 publicará una real orden que dispone: «1.º Los Maestros y Maestras que desempeñen en propiedad Escuelas nacionales de Primera enseñanza y perciban sus haberes con cargo al presupuesto del Estado, teniendo asignado un sueldo inferior al de 625 pesetas anuales, deberán ser ascendidos al disfrute de este haber desde el día 1º de Enero próximo. 2.º En lo sucesivo, las vacantes que deban proveerse en propiedad en el concurso de ingreso para Maestros interinos establecidos por las disposiciones vigentes se anunciarán con el sueldo legal de 625 pesetas». Así reza una disposición oficial (Gaceta de Madrid, núm. 365, 31-XII-1914, p. 988), que será difundida ampliamente por la prensa del momento («La Gaceta», El Siglo Futuro, 2ª época, VIII, 2.367, 31-XII-1914, p. 3; «El sueldo de los maestros» y «Sección oficial.—La Gaceta.—Sumario», La Correspondencia de España, LXVI, 20.778, 1-I-1915, pp. 5 y 7, respectivamente; «Disposiciones oficiales», El Imparcial, XLIX, 17.195, 1-I-1915, p. 4).

Los maestros interinos alcanzaron entonces a cobrar 625 pesetas al año (es decir, 3 euros y 75 céntimos). Mejoraron con ello su situación, ¿pero dejarían de pasar hambre?

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18. Don Tancredo

Entre los españoles de cualquier condición, siempre que no sean muy jóvenes, es sobradamente conocido el nombre de Don Tancredo, que designaba al torero bufo que subido a un pedestal se plantaba inmóvil ante el toro, y que el idioma ha hecho suyo para censurar la pasividad o la inacción, especialmente en política.

Lo que ya se conoce menos es que no aludía en origen a un tipo o figura genérica, sino a un individuo de carne y hueso. Nosotros acabamos de saberlo al tropezar en un diario madrileño de primeros de octubre de 1923 con este suelto sin firma («El final de un ídolo.—Ha muerto el famoso Don Tancredo», El Imparcial, LVII, 20.178, 3-X-1923, p. 2), que queremos compartir con el lector:

En Valencia acaba de morir Don Tancredo. ¡Cuántos recuerdos resucita la noticia, y qué amargo comentario ponen para todas las glorias estrepitosas las breves líneas telegráficas que llegan a nuestra redacción!: «En la mayor miseria —dicen— ha dejado de existir D. Tancredo López, el que hace años era conocido por el Rey del valor».

En efecto, ¿quién no recuerda la serenidad pasmosa, el insuperable valor de aquel hombre que se exhibía vestido de blanco en el centro de las plazas, allá por el año 1900?

Don Tancredo fue uno de los hombres más populares: se le anunciaba en los carteles con grandes y rojas letras; se le aplaudía frenéticamente, y su nombre figuró en más de un cuplé. Sin embargo, Don Tancredo ha muerto oscuro, en la trágica situación económica de tantas otras personas que fueron ídolos de las multitudes.

Aquellos que alentaban desde los tendidos con el calor de sus aplausos entusiastas el alarde de desprecio de su vida, aquellos que buscaban con avidez su efigie en las charoladas páginas de las revistas, pasaban últimamente ante él sin conocerle siquiera. Don Tancredo era el fracasado… El hambre, que le empujó a la heroicidad y que le proporcionó la fama, fue creando poco a poco competidores implacables. De vez en vez aparecía un nuevo Don Tancredo por los ruedos taurinos. Eran los acosados por la vida, los candidatos al suicidio. Don Tancredo tuvo que hacer supremos esfuerzos por mantener su posición privilegiada. Y un día se puso ante los seis bravos toros vestido de rojo, y otro tuvo que ejecutar su suerte cabeza abajo; hasta que los años fueron venciendo sus fuerzas, y la indiferencia de las gentes le arrinconó definitivamente.

Así fue. Acudiendo a los periódicos de esos días, comprobamos que el Rey del valor había muerto en la más absoluta indigencia el 29 de septiembre de ese año 23 (La Época, LXXV, 26.134, 2-X-1923, p. 4: «Valencia, 1º.—En el Hospital Provincial ha fallecido en la mayor miseria el popular Don Tancredo./ El entierro ha sido costeado por suscripción entre los amigos del finado»). Y acudiendo a los periódicos y a los libros de hoy («Don Tancredo, “el rey del valor”», Levante-EMV.com, 18-X-2009; Fernando García Bravo, Tauromaquia añeja. Historias, Madrid, Los Sabios del Toreo, 2009, pp. 83-88), aprendemos que Tancredo López Martín (Valencia, 1862), torero de tercera fila, hizo suya la suerte del cajón, que había visto ejecutar en La Habana en 1898 a José María Vázquez, Orizabeño, matador mexicano. Con ella debutó en Valencia (19-XI-1899), actuó en Madrid (30-XII-1899) y recorrió numerosas plazas españolas y extranjeras, donde se le anunciaba como Don Tancredo, el rey del valor, sugestionador o hipnotizador de toros. Y allí se colocaba en el centro exacto del redondel, sobre un pedestal de madera, vestido de blanco, cruzado de brazos, quieto como una estatua.

Su fama inmensa llega indirectamente hasta nuestros días: hace solo unas semanas, y hablamos de política madrileña, Jaime Lissavetzky manifestaba que «la alcaldesa no puede seguir haciendo el D. Tancredo ante este problema» (Sara Medialdea, «Madrid.—La oposición municipal se une para pedir el fin de los derribos en la Cañada», ABC, 15-III-2012). Más de cien años después de sus tiempos de gloria, Don Tancredo sigue gozando de la mayor popularidad que puede ser dada: pervivir en el idioma. Porque, cuando se borra el recuerdo, nos queda la palabra.

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17. Automóviles en 1912

Seguimos bebiendo en esa fuente inagotable que es la prensa. A un siglo justo de distancia, queremos recuperar «El automovilismo en España», un suelto de El Eco Toledano (III, 506, 3-IX-1912, p. 2) que nos ofrece el número de coches que había entonces en todo el país, a la vez que incluye referencias de algunas provincias. También de las líneas de automóviles de servicio público. Es lástima que no traiga datos de Toledo, pero podemos añadir por nuestra cuenta que al menos desde 1906 existían líneas de coches de servicio público de la capital a Villamiel (y de aquí a Huecas, Fuensalida y Portillo) y a Gálvez (y de aquí a Navahermosa) (El Día de Toledo, XIII, 743, 7-IV-1906, p. 1), y que en noviembre de ese mismo año La Automovilista Toledana inauguraba los trayectos Toledo-Bargas y Toledo- Navahermosa («La Automovilista», El Día de Toledo, XIII, 774, 10-XI-1906, pp. 5-6). Antes, en el verano de este 1906, La Automovilista Toledana proyectaba crear una línea a Mora, que parece que no cuajó («Noticias», El Heraldo Toledano, VII, 339, 27-VII-1906, p. 3; «La Automovilista Toledana» y «Noticias provinciales», El Castellano, III, 133, 2-VIII-1906, pp. 1 y 2). Pero de los coches de Mora hablaremos otro día. Leamos ahora lo que trae El Eco, que copiamos fielmente:

La Dirección General de Obras Públicas ha publicado una relación del número total de automóviles (particulares y públicos) inscriptos en cada una de las provincias de España.

En esta relación, que alcanza hasta el último día del pasado junio, figuran inscriptos en primer lugar: Madrid, 1.461 coches; Barcelona, 1.040; Guipúzcoa, 688; Vizcaya, 298; Coruña, 205; Sevilla y Valencia, 167; Santander, 157; Oviedo, 125; Baleares, 117; Pontevedra, 100, y Canarias, 100.

En las demás provincias, las inscripciones varían entre Granada, con 85, a la que sigue Cádiz, con 68, y Cuenca, con 4, y Teruel, que sólo tiene inscriptos 3 coches.

El total de los automóviles inscriptos en España se eleva a la cifra de 5.816.

Las líneas de automóviles de servicio público en España son 103, siendo las provincias en que más número de ellos existen las siguientes: Guipúzcoa, Salamanca y Canarias, con 9; La Coruña, 7; Barcelona, Gerona, Huesca y Lugo, 6; y otras provincias, entre 5 y 1.

Catorce provincias no tienen líneas de automóviles para el servicio público.

El número de kilómetros que recorren los coches automóviles destinados al servicio público es de 4.653. De los 100 automóviles inscriptos en Canarias, 18 son ómnibus.

En otras líneas sólo prestan servicio los coches durante las cortas temporadas de baños, ferias y fiestas.

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16. De la necrópolis iberorromana de Mascaraque nunca más se supo

Una de las noticias de la comarca que nos ha llamado poderosamente la atención en nuestro examen de la prensa toledana digitalizada de la pasada centuria ha sido la del hallazgo en Mascaraque, a comienzos de 1934, de algunos restos de una necrópolis iberorromana de los siglos II-I antes de Cristo.

De la mano de Teerre, seudónimo del periodista Tomás Rodríguez Bolonio (1889-1961), conocemos los detalles del descubrimiento («Valioso hallazgo arqueológico.—Aparece en Mascaraque una necrópolis ibero-romana», El Castellano, XXX, 7.692, 15-I-1934, p. 1). Cuando los hermanos Martín e Hilario Peralta Arroyo cavaban para plantar vides en una tierra próxima a la zona de Villa Antigua de la que eran dueños sus padres, Críspulo Peralta y Casiana Arroyo, desenterraron algunos objetos antiguos de barro cocido: dos ánforas grandes, «dos cántaras ventrudas», varias orzas, platos, vasos y tejas, y «cinco piezas pequeñas, cónicas y esferoidales, perforadas por sus centros, como de haber formado parte de un collar».

Con el fin de inspeccionar el hallazgo se trasladaron a Mascaraque varios arqueólogos e historiadores toledanos, en especial don Francisco de Borja San Román (1887-1942), entonces director del Museo Provincial, quien «examinó detenidamente los objetos, reconoció el terreno en que han aparecido», y concluyó que se trataba de un «ajuar funerario» perteneciente a «una necrópolis ibero-romana» de los siglos II-I antes de Cristo.

Hemos indagado qué fue del asunto, y la respuesta resulta desoladora: aun siendo el caso conocido por los mascaraqueños de hoy (Araceli García Vidales, «Noticias del pasado», Raíces de Mascaraque, año III, núm. 10, 2009, pp. 9-11), los restos parecen haberse perdido definitivamente, pues no llegaron entonces al Museo Arqueológico, sino que quedaron en poder de la familia Peralta, que los vendió en los años setenta del pasado siglo a un coleccionista anónimo (María de Gracia Peralta Martín, «La noticia narrada por su nieta María de Gracia», nota complementaria del artículo anterior, p. 11).

Por lo demás, y a pesar de situarse previsiblemente en la que fue la aldea de Villa Antigua, documentada desde el siglo XII, no se ha excavado nunca en el paraje. Ni tampoco figura el lugar entre los bienes culturales inventariados por la Dirección General de Bienes y Actividades Culturales de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. No obstante, en el informe previo al proyecto de instalación allí de un polígono o zona industrial (Estudio de evaluación y corrección del impacto sobre el patrimonio histórico-arqueológico generado por el proyecto Sector Industrial I-1, crta. CM-400, p.k. 19,760, Mascaraque, Toledo, fechado en junio de 2003, que consultamos en la Biblioteca de Mascaraque), el arqueólogo Raúl Arribas Domínguez escribe que en una de las áreas afectadas (la denominada «Zona 3»), «es preciso destacar la presencia, aunque muy escasa, de algunos fragmentos cerámicos identificables con producciones de terra sigillata hispánica y cerámica pintada de tradición ibérica»; y que en una finca aledaña al «Sector 2» ha aparecido «algún material de época romana».

Quisiéramos equivocarnos, pero mucho nos tememos que Mascaraque y los mascaraqueños de hoy y de mañana han perdido una parte insustituible del tesoro de su historia. ¿Para siempre? A ellos toca en buena parte conjurar (o consumar) la tragedia.

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15. La cesión de un marido

Cambian los tiempos y cambian las costumbres, para bien o para mal. Lo decimos a propósito de esta noticia de El Eco Toledano, V, 1.134, 8-10-1914, p. 3, que en la época (va ya para un siglo) sería singularísima, y ahora…, quizá no tanto. Pero leamos:

Sabido es que en los Estados Unidos se hace del matrimonio materia de comercio.

El divorcio es allí cosa tan frecuente casi como la boda; pero de lo que no había precedente era de que se explotase la cesión de marido.

Este caso acaba de registrarse en la ciudad de Cincinatti. Una señora llamada Eracia Nansfield cede su esposo en ventajosas condiciones.

Así lo anuncia en un diario razonando la oferta.

«El divorcio es cosa pesada y costosa. Ofrezco mi marido —agrega— a la mejor postora. Sin embargo, debo manifestar que deseo obtener cuando menos 1.000 dólares —5.000 pesetas—. Estamos de perfecto acuerdo. No, no se trata de un hombre vulgar y perverso, no: tiene cuarenta y dos años y gana por término medio 4.500 dólares al año».

El periódico que ha publicado el anuncio tiene encargo de recibir los ofrecimientos de los solicitantes.

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14. Vocabulario de los guantes

De El Nuevo Ateneo, II, 21, 23-V-1880, p. 167:

Las jóvenes de la buena sociedad inglesa han convenido en sustituir el lenguaje de las flores, del abanico, del pañuelo, etc., con el siguiente que publicamos en obsequio a las bellísimas suscritoras de nuestro periódico:

Sí.—Dejar caer un guante.

No.—Arrugar los guantes con la mano derecha.

Me es usted indiferente.—La mano izquierda con medio guante puesto.

Sígueme.—Golpearse sobre el hombro izquierdo con el guante.

Ya no te amo.—Golpearse sobre la barba con los guantes.

Te odio.—Voltear los guantes al revés.

Deseo estar a tu lado.—Doblar los guantes con esmero.

¿Me amas?—Ponerse el guante izquierdo dejando fuera el dedo pulgar.

Te amo.—Dejar caer ambos guantes.

Ten cuidado: nos espían.—Dar vueltas a los guantes alrededor de los dedos.

Estoy molesta.—Golpearse la mano con los guantes.

Estoy furiosa.—Tomar un guante en cada mano y abrir los brazos.

Vete pronto: viene papá o mamá.—Arrugar ambos guantes con ambas manos.

Acércate: estoy sola.—Arrojar los guantes por lo alto y recibirlos con ambas manos.

¿Cuándo me escribes?—Morder los guantes.

Salgo a paseo o a hacer visitas.—Mostrar ambas manos con los guantes puestos.

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13. El silbato de las locomotoras

De El Día de Toledo, XVI, 891, 6-II-1909, p. 6:

Hace 75 años los maquinistas [de los trenes] llevaban un cuerno de latón, con el cual avisaban al tomar las curvas y al cruzar los pasos a nivel. En 1833, un campesino inglés que se dirigía al mercado fue arrollado por un tren que, además de matarle a él y a los caballos, estropeó el carro y la mercancía que llevaba, consistente en un millar de huevos y cien libras de manteca, todo lo cual pagó religiosamente la compañía.

En vista de lo ocurrido, el director de la empresa fue a ver a Stephenson, inventor del ferrocarril, y le dijo:

—Los maquinistas no hacen bastante ruido con las bocinas para que les dejen la vía libre. ¿No puede usted arreglar las cosas de modo que el mismo vapor de la máquina toque un cuerno que suene más fuerte?

El inventor consultó con un fabricante de instrumentos musicales, y de ahí nació el silbato de las locomotoras.

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12. Un elefante pianista

Las gacetillas de los periódicos toledanos del pasado son diversas en su especie, como vamos viendo en algunas de las ya publicadas en este Cajón de sastre. A veces reproducen un chiste o cuentecillo, como en el caso de El Eco Toledano, VI, 1.218, 30-I-1915, p. 3, que copiamos:

En un famoso circo anunciaron una gran función en la que debía tomar parte como número principal del programa un elefante tocando el piano. Este extraño ofrecimiento atrajo mucha gente, y el circo se vio lleno completamente.

Comienza la función; la impaciencia de los espectadores aumenta por grados; pero, por fin, llega el número consabido. Se coloca en la pista un gran piano de cola, el elefante se encamina con paso lento y grave al instrumento, se sienta, recorre con la trompa las teclas haciendo una escala… Violentamente se levanta y sale de la pista, dejando oír fuertes y apesadumbrados gemidos. ¿Qué es lo que ha pasado?

El domador toma la palabra, y dirigiéndose al auditorio, dice:

—Señoras y señores: una gran casualidad impide a este elefante, por ahora, demostrar su talento y gran habilidad ante este ilustrado público. Seguro estoy de que todos ustedes respetarán su dolor cuando sepan que en el marfil de las teclas del piano ha reconocido los colmillos de su difunto abuelo.

La cosa no era para menos.

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11. Lo que pesa el alma humana

Vea el lector esta gacetilla de El Día de Toledo, XIX, 1.056, 6-IV-1912, p. 6:

Un médico ruso, el doctor Ivan Kerstoff, de San Petersburgo, ha descubierto que el alma humana pesa 30 gramos./ El doctor colocó a un hombre moribundo en una báscula de su invención y notó una disminución de peso en el momento que sobrevino la muerte./ Posteriormente hizo similares experimentos con animales y la máquina no sufrió alteración alguna, prueba concluyente —dice el hombre de ciencia— de que los animales no tienen alma.

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10. “Yo soy mi abuelo”

Copiamos de El Día de Toledo, XXI, 1.162, 18-IV-1914, p. 2:

Dice un señor:/ —Me casé con una viuda que tenía una hija, hermosa señorita, de la que se enamoró mi padre y la hizo su esposa./ En el acto quedó mi padre convertido en mi yerno, y mi hijastra se transformó en mi suegra y madrastra./ Pronto tuvo mi mujer un hijo, que fue el hijo de la madre de la mujer de mi padre, y al mismo tiempo mi tío, puesto que era el hermano de mi madrastra./ Resulta, pues, que mi hijo es mi tío./ La mujer de mi padre fue también madre de un muchacho que era, a la vez, mi hermano y mi nieto, pues era hijo de la hija de mi mujer./ Ítem más: mi mujer resultó mi abuela, por ser la madre de la mujer de mi padre./ De modo que no soy solo marido de mi mujer, sino su nieto; y como el marido de la abuela de cualquier persona es llamado por ésta abuelo, resulta, en definitiva, que soy yo mi abuelo./ ¡Qué cosas pasan en las familias!

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9. Charlotada

Tal vez los jóvenes de hoy ni siquiera conozcan la especie, pero al menos hasta finales de los años cincuenta del pasado siglo se celebran con gran éxito de público las charlotadas, voz que designa un tipo de espectáculo cómico taurino que ha suscitado nuestra curiosidad a raíz de su frecuente presencia en la prensa —más del espectáculo que de la voz— a partir de los años de la Gran Guerra. Sobre todo al comprobar, tras acudir al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que el vocablo es normativamente muy reciente en castellano, pues no ingresará en el repertorio oficial hasta que el festejo cuente cerca de setenta años de existencia. ¿Qué pasó entretanto?, cabe preguntarse.

Veamos. No es sino en 1983 cuando charlotada se incorpora al DRAE, con dos acepciones que copiamos literalmente: «1. f. Festejo taurino bufo. // 2. Actuación pública, colectiva, grotesca o ridícula». La edición usual de 1984 agrega una referencia etimológica previa: «De Charlot, apodo de un torero bufo, que en su vestido y actitudes remedaba al actor de cine Charles Chaplin o Charlot», que aparece levemente matizada en 1992: «De Charlot, apodo del torero bufo Carmelo Tusquellas, que en su vestido y actitudes remedaba al actor cinematográfico Charlot», y que se ha mantenido hasta hoy, edición digital actualizada incluida (todo ello, en http://www.rae.es/rae.html, la web de la Real Academia, donde el lector puede acceder a las consultas indicadas, también las de versiones anteriores del Diccionario, a partir del Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española).

El desencadenante de nuestra curiosidad —y la primera relación con Charlot que descubrimos antes de acudir a los diccionarios— fue la expectación que suscitó en Mora en el verano de 1917 el espectáculo que leemos anunciado en la prensa con tres semanas de antelación: «Corren rumores de que el día 25 del presente tendremos novillada con los tan célebres Charlot’s y Llapisera» (El Eco Toledano, VII, 1.855, 4-VII-1917, p. 3); para insistir aún unos días después (El Eco Toledano, VII, 1.863, 13-VII-1917, p. 3), con lo que comprendemos que se trata de un acontecimiento muy señalado. Se celebrará efectivamente para la fiesta de Santiago, y de ello informará en una escueta crónica el corresponsal, Virgilio Muñoz (El Eco Toledano, VII, 1.878, 2-VIII-1917, p. 3).

Por entonces y desde entonces proliferarán las actuaciones de los toreros cómicos. Lo constatamos sin salir de ese mismo periódico, cuando el crítico taurino Verde y Oro nos informe de los 75 festejos que habían protagonizado a lo largo de 1918, desde el 1.º de enero (Alicante) hasta el 29 de diciembre (Ondara) (El Eco Toledano, IX, 2.364, 12-III-1919, p. 2).

El origen de este espectáculo era entonces muy próximo. De él encontramos cumplida información en internet (que resumimos de los blogs taurinos A los toros y Mano a mano, aquí con fotografía incluida de los toreros bufos): en mayo de 1916 vino a Barcelona Charles Chaplin, Charlot, de la mano del empresario Eduardo Pagés, para actuar ante un becerro en la Plaza de las Arenas; pero la víspera el actor dio la espantá, poniendo en un brete al empresario, quien salió del paso contratando a un novillero de segunda fila, Carmelo Tusquellas, al que, convenientemente caracterizado, hizo pasar por Chaplin. No obstante, el éxito fue de tal magnitud que la función se repitió ocho días después, ahora desvelada ya la identidad del falso Charlot. Atisbando Pagés la viabilidad del espectáculo, se decide a reforzarlo, para lo que contrata al novillero valenciano Rafael Dutrús, Llapisera, al que viste de frac y chistera, y a José Colomer, El Botones, ataviado con el atuendo propio de los mozos de hotel. El grupo debutó en la misma Barcelona el 28 y 29 de junio de ese año 1916, en Madrid el inmediato 20 de julio, y desde entonces le llovieron por doquier los contratos. Pues bien, esta es la cuadrilla que actúa en Mora el verano siguiente, convertida ya en la sensación de España y América.

Indicio inequívoco del éxito del espectáculo es que enseguida surge el término charlotada para designarlo: a finales de julio de ese mismo 1916 el diario ABC alude a una «novillada, con charlotada, en Vista Alegre» (ABC, XII, 4.058, 31-VII-1916, p. 12). Desde entonces hallaremos la voz esporádicamente, y con mayor asiduidad en los años veinte, en los que, por ejemplo, el corresponsal de El Castellano anuncia en Mora una «charlotada» entre los festejos de la feria del 27 (El Castellano, XXIII, 5.803, 13-IX-1927, p. 3).

Rastreando el mismo ABC (que dispone de una excelente Hemeroteca Digital), topamos con otra perla: un empleo de charlotada en la que será luego la segunda acepción del Diccionario académico (aquí muy apegada aún a la primera), cuando Añala,en una crónica de fútbol de 1935, escribe que el partido Donostia-Arenas «podría titularse charlotada futbolística, impropia de los equipos de primera división» (ABC, XXXI, 9.921, 12-III-1935, p. 50).

Eso sí, habría de transcurrir aún medio siglo para que la Real Academia bendijese definitivamente nuestra charlotada.

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8. Aviso a las jóvenes: la moda del corsé no puede ser más perniciosa

 La prensa del siglo XIX abunda en curiosidades de las más variopintas. Hoy queremos ofrecer a nuestros amigos de Memoria de Mora esta gacetilla procedente de un semanario toledano de hace siglo y cuarto(El Nuevo Ateneo, I, 11, 14-IX-1879, p. 158), que nos limitaremos a copiar:

Un médico ilustre ha hecho la siguiente estadística del corsé, que por su interés supremo sometemos a la consideración de las jóvenes que con él se desgracian, a trueque de obtener una especie de belleza o elegancia contraria al tipo verdaderamente estético. De cien jóvenes que llevan corsé, dice el citado médico:/ Mueren de enfermedad del pecho, 25/ Sucumben de resultas del primer parto, 15/ Quedan achacosas después del primer parto, 15/ Pierden la pureza de las formas, 15/ Resisten, aunque no en completa salud, 30/ [Total], 100./ Esta asombrosa estadística influirá favorablemente en el ánimo de las jóvenes de juicio, retrayéndolas de seguir una moda que, después de alejarlas del tipo clásico de la belleza, no puede ser más perniciosa.

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7. ¡Que te den morcilla!

No estoy seguro de que la expresión siga activa hoy día en el lenguaje de los jóvenes, pero pervive desde luego en el de los mayores. «Indica desprecio, mala voluntad, desinterés, etc., hacia alguien», define el Diccionario de la Real Academia Española; y José María Iribarren (en su delicioso El porqué de los dichos [1955], Pamplona, Gobierno de Navarra, 1994, 6.ª edición, pp. 173-174) aclara: «Alude a que, en épocas de hidrofobia, las autoridades ordenaban dar muerte a los perros callejeros dándoles a comer morcilla envenenada con estricnina». Añade Iribarren que en Madrid aparecieron desde 1891 los laceros, que, como revela su nombre, mediante un lazo se encargaban de recoger a los perros vagabundos evitando el bárbaro sistema de darles morcilla. Algo que, sin embargo, no ocurría en todas partes, pues él mismo cuenta que, siendo chico (había nacido en 1906), llegó a ver cómo un alguacil de su pueblo (Tudela) daba morcilla a un perro vagabundo. Y algo que, por fortuna, no hemos visto nosotros, pero sí leído en estas dos gacetillas que con idéntico título publica El Eco Toledano, referidas a la ciudad imperial, en su sección de «Noticias varias»:

La «morcilla».—El guardia municipal Víctor Infantes echó este alimento a una perra propiedad de Teresa Trigueros Quijada, domiciliada en la calle Honda, núm. 42, siendo insultado el guardia por esta, y por la noche un hermano de la misma amenazó de nuevo al agente, pasando este asunto al Juzgado (VI, 1.622, 18-IX, 1916, p. 3).

La «morcilla».—En la mañana de hoy, los agentes del Municipio, guardias municipales, se han dedicado a exterminar muchos perros que por la vía pública circulaban sin bozal./ ¿Pero no hay otra cosa para exterminar a los canes?/ Es un espectáculo repugnante (VII, 1.770, 17-III-1917, p. 3).

No falta razón al gacetillero. Piénseselo dos veces el lector antes de desear a alguien que le den morcilla.

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6. Una de fútbol: el penalty amistoso

En las abundantes crónicas de fútbol de los equipos de Mora que trae El Castellano en los años veinte y treinta del siglo pasado, se mencionan en ocasiones, con esta o parecida denominación, penalties amistosos, que el jugador lanzaba fuera o mansamente a las manos del portero, renunciando así a la ventaja derivada de un castigo considerado excesivo por el favorecido.

Eran bien aceptados y hasta saludados con calor por un público muy noble. Esto escribe desde Consuegra el cronista del partido entre el Contrebia y el Athletic de Mora:«el árbitro castiga con un penalty a los contrebianos, tirándole Hormaechea con suma suavidad, y con marcada intención pone el balón fuera de juego. Al ver esto el público, los aplausos resonaron de manera estruendosa. Aprendan —añade— los equipos toledanos vecinos. El juego del futbol es nobleza, no lucha, decía después el señor Hormaechea». Cuando García Serrano, ahora a favor de los consaburenses, hace lo mismo, «se repiten los aplausos y grita un grupo: “¡Viva Consuegra y Mora!”» (El Castellano, XX, 5.223, 16-VIII-1924, p. 3, periódico al cual corresponden también los enlaces que siguen).

En esa misma temporada, y en un Racing de Toledo-Athletic de Mora, «Sandino perdonó un penalty enviándoselo a las manos al guardameta, siendo por ello justamente ovacionado el equipo toledano» (XX, 5.092, 5-III-1924, p. 3). Y unos años después señala el reportero en la goleada (6-0) que el Mora F.C. infligió al Deportivo Iberia: «Un rasgo digno de anotar y de pura caballerosidad fue el mandar el balón intencionadamente fuera, concedido en un penalty [favorable al Iberia]. No quisieron convertirle en el tanto del honor, a pesar de la derrota que pesaba sobre sus colores» (XXVI, 6.582, 15-V-1930, p. 2).

Otras referencias de lances semejantes encontramos al menos en las crónicas de XXI, 5.352, 20-I-1925, p. 1; XXVI, 6.489, 24-I-1930, p. 1; XXVI, 6.656, 13-VIII-1930, p. 3; XXVII, 7.000, 5-X-1931, p. 4; XXVII,7.013, 20-X-1931, p. 4; XXVII, 7.062, 17XII-1931, p. 3, y XXVIII, 7.276, 1-IX-1932, p. 3.

¡Cómo cambian los tiempos! ¿Quién renunciaría hoy a convertir un penalty, por injusto que pudiera parecer? ¿Aplaudirían sus seguidores al jugador o al equipo que actuase así? ¿No cree el lector que en ocasiones, como escribió el poeta, cualquiera tiempo pasado fue mejor?

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5. La población de las ciudades españolas en 1900

Será curioso también examinar el número de habitantes de las capitales de provincia españolas hace cien años largos, a partir ahora no de la prensa, sino de los censos históricos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE. Fondo documental. Censos de población). Observamos que solo Madrid y Barcelona pasan del medio millón de habitantes, y que cuatro más superan los cien mil. He aquí los datos, que corresponden siempre a la población de hecho:

Madrid, 539.835; Barcelona, 533.000; Valencia, 213.550; Sevilla, 148.315; Málaga, 130.109; Murcia, 111.539; Zaragoza, 99.118; Bilbao, 83.306; Granada, 75.900; Cádiz, 69.382; Valladolid, 68.789; Palma de Mallorca, 63.937; Córdoba, 58.275; Santander, 54.694; Alicante, 50.142; Oviedo, 48.103; Almería, 47.326; Las Palmas de Gran Canaria, 44.517; La Coruña, 43.971; Santa Cruz de Tenerife, 38.419; San Sebastián, 37.812; Badajoz, 30.899; Vitoria, 30.701; Burgos, 30.167; Castellón de la Plana, 29.904; Pamplona, 28.886; Lugo, 26.959; Jaén, 26.434; Salamanca, 25.690; Tarragona, 23.423; Toledo, 23.317; Pontevedra, 22.330; Albacete, 21.512; Lérida, 21.432; Huelva, 21.359; Logroño, 19.237; Cáceres, 16.933; Zamora, 16.287; Palencia, 15.940; Gerona, 15.787; León, 15.580; Ciudad Real, 15.255; Orense, 15.194; Segovia, 14.547; Huesca, 12.626; Ávila, 11.885; Guadalajara, 11.144; Teruel, 10.797; Cuenca, 10.756; Soria, 7.151.

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4. Las ciudades más pobladas del mundo a comienzos del siglo XX

He aquí las trece ciudades del mundo con mayor número de habitantes hace algo más de cien años, que tomamos literalmente de El Castellano, II, 86, 7-IX-1905, p. 3. Observe el lector las transcripciones de entonces de las que hoy nombraríamos por escrito como Moscú (Moscou) y Jinan (Si Nan Fou), y la diferente acentuación de Tokío, que recordamos ser frecuente en castellano hasta los años setenta del pasado siglo. Agreguemos, por lo que respecta a las ciudades españolas, que Madrid y Barcelona pasaban ligeramente del medio millón.

Las grandes poblaciones.—Las últimas estadísticas de las grandes capitales del mundo establecen que Londres tiene 3.536.000 habitantes; Nueva York, 3.347.000; París, 2.260.000; Berlín, 1.888.000; Chicago, 1.700.000; Viena, 1.662.000; Tokío, 1.440.000; San Petersburgo, 1.439.000; Calcuta, 1.321.000; Filadelfia, 1.293.000; Constantinopla, 1.125.000; Moscou, 1.035.000; Si Nan Fou, 1.000.000.

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3. A vueltas con el calendario

Véase esta curiosa e interesante propuesta de “Reforma del calendario” que leemos en El Castellano, VI, 281, 29-V-1909, p. 3; muy semejante por cierto a la que se planteará tres años después en Ginebra (El Eco Toledano, III, 483, 6-VIII-1912, p. 2). Copiamos la primera:

En un congreso celebrado en Santiago de Chile se presentó un proyecto de reforma del calendario./ Esta consistiría en que el año tuviese 13 meses de 28 días cada uno, dividido en cuatro semanas de siete días, o sean 52 semanas justas./ Entre el 28 de treciembre, último mes, y el 1.º de enero se intercalaría un día en los años bisiestos, que sería festivo, denominándose 0 (cero)./ El primer día de cada siglo, de cada año y de cada mes sería lunes, y el último, domingo./ Los años se dividirían en dos medios años de 26 semanas cada uno para los efectos de balance en los bancos, etc./ Las letras de cambio se girarían a 28, 56 y 84 días, o, más claro, a uno, dos y tres meses vista.

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2. La duración de los lutos

Contraste el lector la formalidad de ayer con la informalidad de hoy en esta pequeña joya tomada de la sección de «Ecos y noticias» de El Día de Toledo, XIV, 801, 18-V-1907, p. 5. Aclaremos de entrada, pensando sobre todo en la gente joven, que el alivio (o alivio de luto) era la atenuación de las señales externas de duelo (especialmente en los colores del vestido) una vez transcurrido el tiempo de luto riguroso.

La duración de los lutos, según la costumbre establecida en España, es la siguiente:/ Por padres, esposos, hermanos e hijos, un año de luto y seis meses de alivio; por abuelos, seis meses de luto y tres de alivio; por tíos, primos y sobrinos carnales, y por tíos, primos y sobrinos segundos, un mes de luto y nueve días de alivio; por los suegros, cuñados, yernos y nueras se lleva igual luto que por padres, hermanos e hijos, no precisamente por el parentesco, sino por delicadeza y atención./ El uso moderno admite también el luto por amigos íntimos, y estos lutos duran un mes y nueve días de alivio.

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1. Ver para creer

Verdaderamente singular es el suceso que recoge en su sección de «Noticias» El Eco Toledano, III, 580, 29-XI-1912, p. 2, que no requiere mayores comentarios (tanto en este como en los textos restantes, la pleca [/] indica punto y aparte en el original):

Nos hablan de un caso poco vulgar./ En la mañana de ayer contrajo matrimonio una agraciada modista de esta localidad [Toledo] con un joven de la misma; al terminarse la ceremonia nupcial, novios, padrinos e invitados se congregaron en fraternal lunch; terminado este, el novio se sintió repentinamente indispuesto, teniendo precisión de guardar cama, sin que de ella se haya vuelto a levantar, toda vez que en la mañana de hoy ha fallecido./ He aquí por lo que decimos que el caso es poco vulgar, pues la novia, en un período menor de veinticuatro horas, ha pasado por los tres estados civiles de la mujer; pues ha sido soltera, casada y viuda.

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3 respuestas a Cajón de sastre

  1. Jesús Jiménez Martín dijo:

    Gran trabajo, Esteban, no me podía imaginar que tuvieras tanta información. Sigue así que está fenomenal.
    Un saludo.
    Jesús

  2. juan jose mayor peinado dijo:

    Excelente el trabajo realizado, lo digo como nieto de un moracho, Plácido Peinado. Gracias por refrescarnos la memoria.

    • Azucena Peinado Gómez dijo:

      Hola, he dado por casualidad con este comentario
      Yo soy Azucena Peinado, bisnieta de Francisco Peinado (hermano de tu abuelo Plácido)
      Un saludo

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